De toros por tierras del Alto Alberche

No hay nada mejor para huir los calores que buscar el frescor de la sierra y quedar con un grupo de amigos para hablar de toros. Este fin de semana, Pamplona con su San Fermín, quedaba un poco a trasmano y estaba descartado, porque previamente habíamos quedado con un grupo de amigos de Navaluenga y San Martín de Valdeiglesias. Más aún en ese rincón que forma parte del llamado, por los taurinos, Valle del Terror y del honor para los exigentes aficionados. En principio íbamos a hablar del maestro Juan José y de su recuerdo en esa zona que tanto frecuentó y durante varios años fue habitual en sus carteles, pero ya se sabe que después acabamos tocando todos los palos.

Lo principal es que por allí hay excelentes aficionados, no taurinillos al uso dejados llevar por la última novedad, o istas ocasionales. De ahí que estés un par de días hablando de Juan Mora, de Curro Díaz, de Uceda Leal, de Morenito de Aranda, de Robleño, de Jiménez Fortes, de Leandro…, no tiene precio. O de la actual cabaña ganadera. Y también de vez en cuando se rememora con nostalgia a Julio Robles, a Curro Vázquez, al Niño de la Capea, a Roberto Domínguez, de Ortega Cano… de esa generación deliciosa de los 70; o surge una conversación con la escuela madrileña de Luis Segura, Antoñete, Ángel Teruel, Frascuelo…; o la pincelada de las anécdotas de Gregorio Tebar El Inclusero… De tantas cosas que es una delicia e imposible poder hablarlo con quien únicamente solo tiene ojos para un torero. Por eso apenas hablamos de novedades y de quienes están en la pomada, pero sí de lo eterno y que no tiene fecha de caducidad.

El domingo por la mañana a temprana hora ya estábamos en San Martín de Valdeiglesias, el primer pueblo de Madrid entrando por el valle de Iruelas tras dejas atrás El Tiemblo y, a un lado, Cebreros, al igual que los Toros de Guisando, para aparcar junto a la plaza de toros y acudir directo a Casa Pepe, donde esperaba el matador de toros Fernando Lechuga, quien estaba sentado en la terraza con su compañero y coetáneo Carlos Aragón Cancela, quien esa tarde lidiaba dos novillos de su ganadería Flor de Jara en la final del Circuito de Novilladas de la Comunidad de Madrid que acogía la torera plaza de San Martín. Carlos Aragón Cancela, matador de toros, a quien Juan José dio la alternativa en Valdemorillo y después fue apoderado varios años por Andrés Vázquez, dejó el recuerdo de su poderío y elegancia que tuvo su cénit en San Isidro, en una corrida de Victorino Martín, en la que había cuajado un toro y tenía cortadas las orejas, pero justo en el epílogo de la faena le dio un cornalón.

Con ellos hablamos en una conversación donde era palpable la consternación producida por la gravísima cornada sufrida la tarde anterior por el novillero Sergio Rollón deseando el milagro de su recuperación. Pronto llega Jorge Laverón, histórico de la crítica taurina, del Madrid golfo de la movida de la que salió gente escribiendo tan maravillosamente bien como el mismo Jorge, Ignacio Barquerito que se hizo figura en Diario 16, el mirobrigense Carlos de Rojas (hijo del Conde de Montarco), Javier Villán… Con el recuerdo de tanta grandeza siempre es un placer encontrarse con Laverón, amigo desde hace 25 años, abanderado del antoñetismo, con el Cossío en su cabeza, fiel al gin tonic y aseverando la conversación donde su batuta siempre marca, hasta el punto que acabamos hablando de Luis Miguel Dominguín, “yo siempre he sido muy de Luis Miguel”, asevera, antes de responder Fernando Lechuga, “y yo también”. Uno tampoco se quedó atrás.

Por cierto, mucho escuché hablar e incluso vi torear a Fernando Rivera (Fernando Lechuga en tiempos de novillero), pero nunca habíamos estado juntos, a pesar de tener numerosos amigos comunes -entre ellos el grandioso Juan Mora- y la admiración mutua por varios toreros. Me encantó conocerlo y departir a su lado, incluso cuando asomó en la mesa la inevitable política, “esta gente del Gobierno actual no tiene ni idea y desconocen la vinculación tan larga que tuvo el torero con la izquierda y lo han matado, además del inmenso daño que hacen a la Tauromaquia”. Seguimos con más pormenores, “fui varias legislaturas concejal del PSOE aquí en San Martín de Valdeiglesias y me echaron. Fue al primero que echaron por no aceptar tragar las ruedas de molino que me imponían y tan feliz”.

Después fueron llegando más aficionados, entre ellos Jesús Zarzalejos, gran persona y afín al toro serio y astifino de Cenicientos. Jesús, que era distribuidor de cervezas Mahou por la zona, atesora tanta afición que le llevó a hacer sus pinitos de empresario taurino. Tuvo de socio a Ramiro, un pedrero de la zona que pasaba largas temporadas en la provincia de Salamanca comprando cantos de las paredes que dividían fincas para utilizarlas en la construcción de chalet en la sierra madrileña. Ramiro, que se hizo rico con su negocio, era habitual en el Tendido 7 de Madrid y durante muchas temporadas se establecía en el restaurante El Cruce, de La Fuente de San Esteban, donde dirigía sus negocios y se enteraba de todo lo que se cocía en el mundo del toro. Después, un mal día, Ramiro murió en accidente de tráfico e infinidad de amigos quedaron huérfanos de tan gran aficionado, mientras Fernando perdió el bastón con el que se apoyaba en su ilusionante actividad de empresario taurino.

Por eso fue un viaje especial, de los que siempre dejan un remanso de nostalgia esta nueva vuelta a San Martín de Valdeiglesias. A esa histórica localidad a la que, previamente, había acudido varias veces para hablar de toros, al menos tres o cuatro veces, donde siempre surge el recuerdo de la primera vez que pisé sus calles y respiré sus aires. Fue hace 30 años, en marzo de 1993, cuando fui con Alfonso Navalón a un festival de lujo que se anunciaba, en el que iba a torear Antoñete, Curro Vázquez, David Luguillano, Manolo Sánchez… Por entonces escribía un libro sobre Curro Vázquez, que era el primero de mi bibliografía y ya tenía buen trato con el maestro de Linares, al igual que con Antoñete, a quien conocí una tarde de campo en El Berrocal, la finca de Navalón y había entrevistado varias veces. También Luguillano, con quien tanto coincidía en las ganaderías, casi siempre en El Puerto de San Lorenzo y El Pilar, en esa época que frecuentaba los tentaderos y era apasionado de ese duende y exquisitez del vallisoletano. De ahí que los alicientes fueron tantos, a pesar de hacer el viaje de ida en medio de un diluvio, tanto que se temió la celebración del festival y entonces, como no había móviles, pero los taurinos eran muy habilidosos para llamar y estar orientados, paramos en Las Cabañas de Peñaranda de Bracamonte. Allí Navalón habló con quien fuera de San Martín de Valdeiglesias confirmándole que el festival iba para adelante, por lo que seguimos el viaje para llegar a comer.

Vivencias y recuerdos de una época, pero siempre el inmenso placer de estar con gente que quiere y ama la Tauromaquia; siempre con la inmensa gratitud a Fernando Lechuga, que guarda como un tesoro una foto saliendo en hombros con Julio Robles; con el gran Jorge Laverón, siempre presente aquel mechón que nos hizo tan felices; con Jesús Zarzalejos, digno de todo elogios, junto a tantos aficionados que nos han hecho disfrutar por es magnífico rincón del alto Alberche y al que pronto volveremos.

Junto a un grupo de amigos y aficionados de San Martín de Valdeiglesias

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas largas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de colaborar en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril y si estoy a gusto en una buena tertulia regada con un tinto de Toro me olvido del móvil. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito treinta y nueve libros y también he plantado árboles. Un mal día le puse los cuernos a mi profesión para entrar en política y fue el mayor error de todos los cometidos en mi vida, al encontrar un mundo de traiciones, puñaladas por la espalda y falsedades que acabó convertido en un infierno hasta el punto que casi me cuesta la vida. Aunque esa es otra historia.

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