Romance de Valentía, un año después

La impactante historia de Antonio del Castillo a nadie dejó indiferente

Fue por estas fechas de julio el inicio de la distribución de Romance de Valentía, la obra literaria basada en la vida del novillero sevillano Antonio del Castillo, con trágica muerte en el pueblo salmantino de Masueco de la Ribera y llevada a los escenarios por Concha Piquer gracias la copa dedicada al malogrado torerillo de Alcalá de Guadaira.

 Llevaba años detrás de esa historia, de la que me habían hablado varias personas. Una de ellas, el maestro Santiago Martín El Viti, quien presenció el entierro del infortunado aspirante a la gloria en Vitigudino siendo un chaval, al igual que viejos banderilleros presentes en la tragedia – Toreri, El Zamorano…-, junto a otras que fueron testigos o escucharon el testimonio y lo fueron transmitiendo. Por la impresión que causó, el drama vivido y los ecos de la copla me parecía muy interesante contar la historia en una novela y en cuanto tuve ocasión me planté delante del folio y, dale que te pego, a escribir.  

Para hacerla realidad varias personas facilitaron el trabajo, entre ellas la familia de Antonio del Castillo, que se volcaron y sin su colaboración hubiera sido imposible que viese la luz con tal precisión de datos. También el lugareño José Díaz, quien facilitó fotos y el nombre de gente de aquel Masueco de la postguerra que fue escenario de este triste suceso es merecedor de toda la gratitud. En ese pueblo ribereño fue muy estimable la Miguel Vicente desde su puesto de teniente alcalde. La pena que el anterior secretario, Jesús ya estuviera jubilado, porque conociéndolo se hubiera volcado. Pero con estas mimbres nos tocó hacer el cesto; aunque eso sí, fue fundamental que el personaje malogrado era muy mediático en la prensa local y ahí tuvimos mucho adelantado.

El teniente de alcalde, Miguel Vicente, fue un tío agradable y se preocupó hasta buscar un lugar para llevar a cargo la presentación. Porque el alcalde, de cuyo nombre no quiero acordarme, pasó de todo e incluso las veces que me dirigí para hablar con él, con la intención que me buscase a gente mayor y entrevistarla, daba a entender que desconocía la tragedia de Antonio del Castillo y que no le interesaba, en una total abulia cuando era para recuperar un hecho histórico sucedido en el pueblo y que iba a tener una difusión nacional. Sin embargo, si fueron todo atenciones con otro anterior alcalde, don Marceliano Sevilla, fallecido a las pocas semanas de la presentación, ayudando en lo que pudo. Don Marceliano Sevilla fue un gran señor.

Me desplacé varias veces a Masueco y en las iniciales, hasta que encontré a José Díaz, gran aficionado a los toros y durante muchos años seguidor del Niño de la Capea, anduve sin rumbo. Encima una de esas ocasiones me ocurrió una anécdota que entonces me molestó mucho por un espontáneo que interrumpió mi trabajo. Fue una tarde que hablaba con una señora mayor, la hija del responsable de la meditura del vino en el año de la tragedia, quien me pormenorizaba detalles de aquella manera de vivir de esos días. Recuerdo que estábamos sentados junto al precioso caño y llegó un hombre que preguntó directamente de qué hablábamos para responderle la señora que de la muerte del torero. El hombre, a quien nadie le había dado vela, se sentó y al momento empezó a hablar, ya sin parar, para explicar que de joven había sido boxeador y después Guardia Civil con destino muchos años en el penal cántabro del Dueso. Hablaba de sus cosas del boxeo -que no venían a cuento y estaba interrumpiendo- sin que se callase, aunque no fuera más que por respeto la señora y también al escritor, a quien no conocía. Perseveraba tanto que ya le pregunté si era el Cassius Clay de Las Arribes y lo que hice, sin proponerlo, fue darle más cuerda. Porque soltó el carrete y empezó a contar que una vez, antes de ir a la mili, boxeó de manera benéfica en su pueblo para obtener fondos en la reparación del tejado de la iglesia con otro púgil profesional llegado de Salamanca en tiempos que el deporte de las doce cuerdas hacía furor a orillas del Tormes.  

Eso sí, lo que no rememoró -después me lo contaron- que era un combate amañado y en un descuido le arreó un zurdazo al púgil profesional tumbándole en la lona y rompiendo el pacto de caballeros. A continuación, el boxeador llegado de la capital, en cuanto se repuso y comenzó el nuevo asaltó le arreo un par de derechazos y un gancho que lo tumbaron.  Maltrecho intentó reponerse el de Masueco y de un zurdazo cayó de nuevo dando por vencedor al forastero para acabar la exhibición. Cuentan que después el padre de este Cassius Clay de Las Arribes quería matar al boxeador profesional, a quien buscó por un pueblo con un objeto contundente.  

Es lo que tiene cuando te adentras a escribir algo, que conoces a mucha gente y nunca sabes el camino por el que regresarás a casa. Aunque eso sí, a Masueco la historia de Antonio del Castillo apenas le interesó con la importancia que debería tener. Basta comprobar que ni siquiera una placa recuerda esa triste efeméride. Sin embargo, en Vitigudino, donde el malogrado novillero sevillano estuvo enterrado más de 20 años, fue realmente el pueblo que más se volcó en ayudar y en recordar su testimonio, teniendo incluso una placa de mármol en el cementerio para testimoniar el lugar donde estuvo enterrado.

Fue un placer escribir esta novela que llegó a tantos puntos de España y conocer a gente como la familia del Castillo; además de mi gratitud a José Diaz y Miguel Vicente, junto a las personas que mostraron interés, aunque aquel Cassius Clay de Las Arribes nos interrumpiera el trabajo para contar sus batallitas.

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas largas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de colaborar en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril y si estoy a gusto en una buena tertulia regada con un tinto de Toro me olvido del móvil. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito treinta y nueve libros y también he plantado árboles. Un mal día le puse los cuernos a mi profesión para entrar en política y fue el mayor error de todos los cometidos en mi vida, al encontrar un mundo de traiciones, puñaladas por la espalda y falsedades que acabó convertido en un infierno hasta el punto que casi me cuesta la vida. Aunque esa es otra historia.

4 comentarios en “Romance de Valentía, un año después

  1. Estimado Paco: Voy al grano, porque no me gusta aburrir.
    En Santos-Ochoa encontré tu libro Romance de valentía ¡Una pasada! La foto impresionante de la portada ya dice algo y en cuanto lo hojee unos segundos me dije: me lo llevo . Soy salmantino de toda la vida, tengo 81 años y todo los nombres de toreros, ganaderías, establecimientos y ganaderos los tengo en mi mente super actualizados. Muy documentado y a medida que vamos leyendo la historia del malogrado Antonio del Castillo va uno viendo la dureza de los maletillas en aquella época y cuando llega la hora del percance en Masueco siente uno una tristeza como si hubiese sido ayer. Los grabados preciosos y el grabado del entierro te ablanda el corazón. Conocí a Toreri el la tertulia del hotel Rona Dalba y estuve en su casa en dos ocasiones poco antes de morir. Jamás conto nada del caso Antonio pero era buen filosofo de la vida.
    Por mi profesión de bancario tuve la oportunidad de ir al Gran Hotel a aclarar las cuentas con algún ganadero importante que solicitaba al banco que prefería la habitación del hotel que ir a la sucursal.
    En resumen Sr. Cañamero, mi más cordial felicitación y una sugerencia !Hay que publicitar más ese libro! Cuántos jubilados salmantinos de mi edad lo comprarían, aunque solo fuera por rememorar establecimientos, nombres de toreros y todo cuanto cuentas del Campo Charro, sus pueblos y sus gentes en aquellos años 50. ¡Enhorabuena!

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