
Ya hace tiempo que el novillero Julio Norte venía reivindicando un sitio. Desde que fue anunciado en los primeros festejos de la Escuela de Tauromaquia de Salamanca ya cantaba que atesoraba el don del buen toreo. Se sumaba un valor innato, claridad de ideas, un poder que a nadie dejaba indiferente y la inmensa elegancia en su interpretación del clasicismo propio de la escuela castellana, junto a la sobriedad en la pureza.
Julio Norte, hijo del cuerpo y del matador de toros del mismo nombre que tanto ilusionó en la última década del pasado siglo, se ha convertido en una clara revelación. Y lo ha hecho gracias a su torería y enorme ambición, con la generosidad de no dejarse nunca nada, junto a una personalidad natural que rápido llega al tendido con su figura espigada, la seriedad y aroma de torero bueno.
Su último golpe en la mesa fue en sábado, en la semifinal del Circuito de Novilladas de la Junta de Castilla y León celebrado el sábado en Astorga (tierra natal de su padre) donde cuajó su lote para proclamarse triunfador total y dejar una llamada a todos de que en ese novillero hay mimbres de torero grande.

Muchos son los llamados. Pero muy pocos los elegidos