
Invitados por la Asociación Cultural La Alhóndiga y, gracias a la buena mano de Marisol, que tanto vela por la vida cultural de esta histórica villa, volvimos a San Felices de los Gallegos para presentar el libro Juan José -El Torero-. Era martes y a buena hora ya habíamos aparcado junto a la señorial Alhóndiga, porque ir a ese pueblo también requiere pasear por sus calles, donde abundan las construcciones señoriales de piedra berroqueña, junto a un castillo que es un tesoro. Por eso no me extraña que el gran Basilio Martín Patino se inspirase en San Felices para grabar El Noveno, un corto imprescindible.
En esta ocasión íbamos a hablar de Juan José, un torero muy querido y habitual en los días taurinos del Noveno desde que dirigió la Escuela de Tauromaquia de Salamanca, lo que le hizo contar con muchos amigos en la localidad, siendo habituales sus visitas. Para la ocasión nos acompañó Cipriano Alonso, el gran Cipri, amigo de Juan José y, quien desde la sencillez, dijo unas palabras que llenaron a todos; al igual que Álvaro Rojo, el novillero local convertido en orgullo de sus paisanos, quien también habló sobre el maestro, a quien no llegó a tratar, pero tantas referencias le han llegado.
En sus años en activo, Juan José no llegó a torear en San Felices por estar ese pueblo sometido a un particular impuesto (como si fuera otro noveno) con un vividor del toro (se trataba de un banderillero madrileño habitual con los rejoneadores y que se hacía aplaudir soltando el capote a una mano). El mismo que llegó enchufado por un militar local (que no era don Castor Manzanera) y durante una larga veintena ordeñó las arcas municipales, hasta que llegó un alcalde y dijo basta. Lo hizo harto de que, cuando llegase el Noveno, el personaje se instalase durante más de una semana acompañado por una tropa de lacayos a costa del erario municipal. Por eso, en aquella época, en la pintoresca plaza de carros de San Felices de los Gallegos, se quedaron sin torear tantos diestros de la tierra, entre ellos El Viti, quien jamás fue contratado en sus inicios, el propio Juan José, Barrero, flores Blázquez, Pallarés, Víctor Manuel, El Niño de la Capea… Y quien lo hizo fue por cercanía con la zona, caso de Antonio de Jesús o de Julio Robles, siendo generalmente torerillos utilizados por el peón para sus cambalaches lo que actuaban y aquí, al jugar con dinero de San Felices, no tuvo escrúpulos. Además, aquel hombre -quien siempre vestía la camisa azul de Falange cuando iba a visitar al Gobernador Civil- no tenía la gracia mundana del señor Primitivo Lafuente, empresario de la mayoría de los pueblos de la provincia. Ni tampoco el desparpajo de Marcial Villasante, que ya organizaba infinidad de espectáculos.

Juan José comienza a frecuentar San Felices desde que se hace cargo de la dirección de la Escuela de Tauromaquia y ya nunca faltó. Allí -pese a ser también un núcleo muy fuerte del roblismo- fue recibido con generosidad y acabó distinguido por muchos amigos. Por cierto, otra anécdota de Juan José y San Felices, es que cuando se presentó en La Coruña su apoderado, Manolo Lozano, le dijo que le brindase el toro al Capitán General de la VII Región Militar, al enterarse que paisano suyo y muy aficionado. Aquel general, don Castor Manzanera Holgado, era natural de San Felices de los Gallegos y siempre fue un gran señor que ayudó a mucha gente de su zona a entrar en la Guardia Civil, en la Policía, en el Ejército. Juan José le brindó y, una vez finalizada la corrida, recibió en el hotel la visita de la alta autoridad, quien le regaló una pitillera de plata. Desde entonces, especialmente una vez retirado don Castor y coincidir que pasaba largas temporadas en su tierra natal, las veces que se encontraron se saludaron con afecto. Otra anécdota taurina del general Manzanera ocurrió unos años antes y tuvo como protagonista a Santiago Martín El Viti. Fue en una de las tardes que toreó en la vieja plaza de La Coruña -entonces no faltaba ningún año en la feria de María Pita- y brindó un toro a don Castor con tan mala suerte que se lo echaron al corral. En ese momento, el maestro de Vitigudino, siempre ha afirmado que no sabía dónde meterse dada la gran amistad que le unía a don Castor y estar viviendo una de las situaciones más anómalas de un torero. Poco tiempo después quedó saldado en otro brindis previo a un gran triunfo.
Y es que San Felices, un pueblo que rinde culto a sus tradiciones y de gente hospitalaria, siempre recibe al viajero con señorío y generosidad. Allí nunca faltan los amigos deseosos de llevarte a casa y sacar la tabla para cortar embutido, que siempre es la mayor de las distinciones de las gentes de los pueblos, mientras se habla de los asuntos de actualidad, casi siempre de pretéritos tiempos taurinos muchos más bonitos, románticos y puros que los actuales.

Con el amigo Pablo Tabarez, un hombre de enorme corpachón paralelo a su generosidad, recordamos aquel día otoñal de 2012 que acudimos a San Felices de los Gallegos junto al maestro Andrés Vázquez para presentar su libro de memorias. Fue una jornada para enmarcar acompañados de gente de la zona (Ramón Patino, el propio Pablo Tabarez, Ángel El Alemán…) con comida portuguesa al lado del Douro y posterior vista al pequeño camposanto de Ahigal de Aceiteros donde el gran Julio Robles yace el sueño eterno. Allí, postrado a su tumba, el viejo maestro de Villalpando, quien recordó tantas tardes como compartieron, una de ellas mano a mano en Las Ventas, depositó un ramo de flores. Y desde ahí a la vecina villa de San Felices donde se unieron más amigos, entre ellos el propio Juan José, llegado desde La Fuente, que tanto admiraba al zamorano, para disfrutar una noche de torería, mientras el gélido frío del exterior estaba en las antípodas del calor que nos regalaba la inmensa chimenea de la Alhóndiga.
De casi todo eso hablamos el martes en San Felices en un acto al que asistieron medio centenar de personas, la mayoría de los amigos de Juan José y aficionado del pueblo, porque Juan José, un grandioso torero y señor que hizo gala de la gentileza, merecía el mejor de los reconocimientos. Hubo también quien excusó la ausencia, entre ellos el antiguo alcalde, Jesús Gajate, quien pese a encontrarse en el pueblo no podía asistir. Jesús Gajate, también amigo de Juan José, es un gran aficionado quien en Gijón siempre se ha distinguido por la defensa de la Tauromaquia y en ayudar a gente de su tierra, entre ellos Álvaro de la Calle, quien cuando ha toreado en El Bibio se cambia en su casa. Quien no asistió fue la actual alcaldesa, porque seguramente este acto no tenía rédito político para ella. Pero si lo tenía como respeto a un gran torero, que fue un salmantino ejemplar y siempre se sintió tan querido en San Felices de los Gallegos, un pueblo por el que merece la pena descubrirse.
PD: Gracias a la Asociación Cultural La Alhóndiga, a Marisol por la magnífica organización y el mejor de los éxitos al novillero Álvaro Rojo. GRACIAS.
Enhorabuena Paco por este, tú último libro.
Brillante relato.
Ole Paquito como se ve que te gusta ese pueblo
Se te ha olvidado recordar a Zamorano.