En la muerte de Aurelio García Higares

A Aurelio García Higares desde que colgó el traje de luces le gustaba pasar inadvertido y, aunque era amigo de los profesionales, vivía ajeno a los focos taurinos, a las entrevistas y al taurineo. Iba a la plaza y sacaba su entrada para sentarse en el tendido donde la gente desconocía que aquel señor de pelo rizado, de aspecto serio e innata elegancia fue un notable torero. Ni tan siquiera cuando toreaba su hijo Óscar, cuya carrera siguió muy de cerca, aunque siempre a la sombra, disfrutando de esos mejores momentos donde el nuevo Higares estuvo cerca de ser figura y dejando la huella de gran estoqueado. 

Conocí a Aurelio en ‘La Cubierta’ de Leganés en una ocasión que toreaba su hijo Óscar con el salmantino Andrés Sánchez y completaba Manuel Díaz ‘El Cordobés’. Lo reconocí sentado en la terraza de una cafetería situada en los bajos comerciales de la plaza. Como estaba solo, tratando de no molestar, me presenté a él recibiéndome con agrado y exquisitez en el trato. Me invitó a sentarme a su lado para hablar de gente común y de nuestra tierra. Fue un rato agradable con un torero al que no llegué a ver en las plazas y de quien tanto escuché hablar a Andrés Vázquez, a Pallarés, a Flores Blázquez, a Chanito, a Juan José… a los vaqueros y mayorales del Campo Charro, al igual que a gentes de Martín de Yeltes, su pueblo, donde tenía varios parientes, entre ellos la familia Cerezo.

Poco después, en la feria de Salamanca, volví a saludarlo con ocasión de una tarde que toreaba su hijo, de quien lo recuerdo vestido de blanco y plata, brillando a gran altura. Aurelio era un caballero y, antes, al escribir que hablamos de nuestra tierra se debe a que él era natural de Martín de Yeltes, al haber nacido en 1941 en la finca Campo Cerrado, en la finca ganadera de Atanasio Fernández, donde trabajaba su padre y su tío. Su tío Domiciano Pombo, el popular Domi, mayoral de esa vacada durante varias décadas y su padre -casado con una hermana de Domi- ejerció de ahijador. Ahijador hasta que cambió de aires al salirle un atractivo puesto de mayoral en la ganadería toledana de Castillo de Higares, a la que marcha cuando Aurelio era un adolescente que soñaba con ser torero después de que, en Campo Cerrado, ya hubiese visto torear a las figuras e incluso tratarlas de cerca. De hecho, muy niño aún tenía vivos recuerdos las épocas que Manolete pasaba en esa casa; o más tarde Parrita, Luis Miguel, Ordóñez… O cuando Antoñete, siendo aún novillero llega a Campo Cerrado, enviado por su cuñado Paco Parejo, íntimo del mayoral Domi, época en la que dormía en la habitación del pequeño Aurelio.

Disfrutando de una infancia entre toros y toreros, su camino quedó claro desde bien pronto y no tuvo duda alguna sobre su futuro al dar los primeros pasos en Campo Cerrado, que continuaron después en tierras toledanas y completados en Madrid, donde ya se hizo Aurelio y siempre fue catalogado como torero madrileño, por residencia y sentimiento. Fue habitual por el propio Madrid y la zona centro, muchas de esas ocasiones en la carabanchelera Vista Alegre, para después de una larga carrera de novillero irse a tomar la alternativa a Tarragona, cuando esa capital catalana, que tenía al frente a un gran empresario llamado Moyita, ofertaba una veintena de corrida cada año, algunas con carteles de figuras. Así le ocurrió en su tarde más importante al tener de padrino a Ostos y de testigo a Puerta , en la que dejó constancia de su buen estilo, sobrio y son concesiones, poderoso y buen matador. Después le tocó vivir una larga lucha sin lograr un triunfo rotundo que le cambiase el sello para ser torero de ferias, pese a cortar varias orejas en Las Ventas, plaza en la que tuvo cartel y compareció generalmente en verano. En Salamanca toreó en varios pueblos de la provincia; una de las veces en La Fuente de San Esteban una corrida organizada por Pepe Mirabeleño, para Paco Pallarés, íntimo amigo suyo con quien compartió cartel, junto a Pedro Santamaría y encabezada por Manecas, el rejoneador portugués. Después también se acarteló en varias ocasiones con su paisano Sebastián Martín ‘Chanito’, una de ellas en Vitigudino. Después, ante la falta de contratos y ser tan difícil ser figura, un día dejó de torear, aunque le gustaba ir al encuentro de las cuadrillas de profesionales que se reunían por la madrileña plaza de Santa Ana y el hotel Victoria, sin perder nunca su caballerosidad y elegancia natural.

Ahora acaba de irse casi en silencio, como a él le gustaba, pasando inadvertido, aunque siempre con el respeto de los profesionales y aficionados que disfrutaron de su buen hacer. Descanse en paz este gran torero salmantino que vio la luz en Martín de Yeltes.

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas largas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de colaborar en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril y si estoy a gusto en una buena tertulia regada con un tinto de Toro me olvido del móvil. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito treinta y nueve libros y también he plantado árboles. Un mal día le puse los cuernos a mi profesión para entrar en política y fue el mayor error de todos los cometidos en mi vida, al encontrar un mundo de traiciones, puñaladas por la espalda y falsedades que acabó convertido en un infierno hasta el punto que casi me cuesta la vida. Aunque esa es otra historia.

4 comentarios en “En la muerte de Aurelio García Higares

  1. Muy bueno, Paco, el obituario de Aurelio Higares, al que recuerdo muy bien y con el que tuve la oportunidad de charlar en varias ocasiones. Era, efectivamente, un hombre serio y con un agradable trato. Guardo de él un buen recuerdo.

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