Valladolid, desde siempre, fue uno de los mejores lugares para ir a ver toros. Pese a la rivalidad regional con los charros, ir a disfrutar de sus festejos taurinos era como sentirse en casa. Mucha culpa de ello la tenía Emilio Ortuño Jumillano, el dueño de la plaza, quien trataba de lujo a sus paisanos. Hoy vienen al recuerdo infinidad de vivencias de las tardes de San Pedro Regalado y también de la feria de septiembre, que antes se llamaba de San Mateo y desde hace un par de décadas es Virgen de San Lorenzo. De santos a vírgenes, que a fin de cuentas no pierde el nombre celestial. Entonces, las corridas de Valladolid comenzaban, al igual que en Logroño, alrededor del 21 de septiembre y de esa manera, una vez acabada Salamanca, daba inicio en la vecina capital y apenas eran competencia.
Plaza histórica en la que una leyenda, El Viti, puso fin casi por sorpresa a su carrera profesional y que siempre ha acogido acontecimientos. Allí hemos disfrutado tardes memorables de Julio Robles -quien junto al local Roberto Domínguez era quien gozaba de más cartel en esa plaza-, del Niño de la Capea, de Ortega Cano, del viejo Manzanares, de David Luguillano, de Manrique, la alternativa de Manolo Sánchez en un festejo para recordar siempre; un faenón para soñar de Juan Mora a Victorino y, junto a alguna que queda en el tintero, otra para soñar hace un par de años con Juan Ortega
Recuerdos del viejo Lucense, enfrente a la plaza y que congregaba a los taurinos antes del festejo; del hotel Meliá Parque que durante tantos años acogió a la gente del toro y después de la corrida celebraba coloquios con Manuel Illana y José Antonio del Moral; de La Criolla, templo del buen comer, tan taurino y uno de los cuarteles de Roberto Domínguez, con comedor incluido que lleva su nombre. De tanta gente que fueron y son un símbolo de esa plaza y esa feria. Del viejo José Luis Lera, con sus magistrales crónicas en El Norte de Castilla, donde también escribía Maribel Rodicio y el admirado Santos García Catalán, siempre con el micrófono era el director de Antena 3; del televisivo Fernando Fernández Román, un caballero castellano, quien allí sigue presenciando las corridas en un burladero del callejón recibiendo la admiración y el respeto de los taurinos. Entonces aún no conocía a quien iba a acabar siendo la persona más fundamental en mi vida profesional, el maestro Julián Lago, lujazo de periodista y de señor, que esos años apenas iba por su tierra. Aquel Valladolid tenía un encanto especial y aún lo mantiene en parte, aunque la gentrificación, junto a las nuevas modas, se hayan barrido un montón de símbolos. ¡Y qué rabia observar cómo un bar de toda la vida ahora es una franquicia, da igual un 10 Montaditos 10 o de carcasas!
Fue un gusto ver la plaza abarrotada, con el preciado no hay billetes en taquilla y muchísimos aficionados llegados de otras provincias. Un montón de madrileños, media Zamora, de Palencia, de Salamanca…, ante un acontecimiento; la inicial rivalidad Morante-Roca Rey en las arenas, junto a un jovencísimo Marco Pérez y toros de Garcigrande. Al final no vino Morante, quien la tarde antes mandó parte para anunciar que aún no estaba recuperado de la cornada de Pontevedra y la empresa barrió para casa al anunciar a Emilio de Justo, triunfador el día anterior en esa plaza. La sustitución no se resistió en las taquillas y, por tanto, a la hora anunciada comenzó el festejo con la expectación propia de los grandes acontecimientos.
Fue una tarde de matices y donde hubo dos cosas importantes. Una la raza de Roca Rey, a quien su primer toro, nada más abrirse de capa, lo cogió de muy feas maneras al venírsele el toro al pecho para arrollarlo y después buscarlo en el suelo, donde milagrosamente no salió herido de gravedad (aunque sí con una molesta lesión intercostal). Cuando todos pensaban que iba a ser llevado a la enfermería se levantó y con enorme amor propio continuo la faena en los medios para torear con enorme clase, donde hubo series de gran calidad hasta el punto de poner a la plaza en pie ante un bravo Garcigrande. Pudo cortar las dos orejas, que aún así se las pidieron con fuerza, si no es un por un pinchazo previo, pero lo importante es que dejó las mejores sensaciones antes de pasar a la enfermería tras haber firmado una faena de épica y lírica. Más complicado fue el sexto (corrió turno al estar en la enfermería), frente al que hizo un esfuerzo, aunque resultó baldío por la poca condición del toro y la merma de sus facultades.

Antes había abierto un Emilio de Justo solvente y con oficio, con un primero manejable al que toreo buen en larga faena y donde perdió la oreja por la tardanza en caer; mientras que su segundo tuvo exigencia y él se entregó hasta el punto de recibir un susto al rematar un pase de pecho. Ahora la espada lo privó de cortar una oreja.
Marco Pérez hizo la presentación en el coso del Paseo de Zorrilla arropado por muchos paisanos y la verdad que llegó, vio y venció. Pero además convenció, que realmente es lo que más cuenta. Convenció con la enorme variedad de su toreo de capote en su primero, otro buen toro al que interpretó un magnífico trasteo sobre la diestra, con gusto y siempre rematando de manera vistosa, tan bien recibida por el respetable. Gustó y mucho Marco, a quien le pidieron las dos orejas, que no concedió el presidente, con buen criterio, por haber pinchado antes. Pero las sensaciones fueron muy positivas por el valor, por la frescura, dominio, listeza y capacidad de resolver, además de la facilidad para llegar el público de este torero que, al igual que lo fue Camino, también es un niño sabio. El niño sabio de Salamanca.
Su segundo se lastimó nada más comenzar la faena de muleta y Marco se limitó a hacer lo que debía, una faena de enfermero y matarlo, pero que el público -que desconoce la reglamentación taurina- pitó con fuerza al presidente por no haberlo cambiado, cuando el palco hizo lo que debió al estropearse después del tercio de banderillas.
Y con la noche ya echada sobre la vieja capital de Castilla, abarrotada en su semana de feria, la muchedumbre que había llenado el coso se fue desperdigando por el Paseo de Zorrilla, con las sensaciones buenas para la mayoría, aunque por circunstancias la corrida no acabó de redondearse y quedaron escritas muchas lecturas.

