Volver a San Miguel de Valero

La tarde de San Miguel Arcángel siempre está apuntada para ir al festejo taurino programado en la villa de San Miguel de Valero. Tiene encanto este pueblo de Las Quilamas rodeado de unos paisajes únicos y al poniente, cual vigía de toda la sierra, la imponente silueta de la Peña de Francia. Es ocasión, además, de provechar para echar el día, darse una vuelta por la zona y disfrutar de la exquisita gastronomía, desde el España, de Linares, o el bar Chaplin, con el mejor tapeo de la zona; La Oficina, de San Esteban; La Terraza, de Santibáñez; el Pipero, en Los Puentes del Alagón; el Sierra Quilama, de San Miguel…, o tantos otros repartidos por esos pequeños pueblos.

Han sido muchos los años de ir a San Miguel, donde en la época de Tribuna de Salamanca, los festejos celebrados allí tenían un tratamiento especial, al ser el lugar natural del empresario Mariano Rodríguez, dueño del periódico y que siempre le encantaba ver a su pueblo con toda la categoría. De ahí que, en algunas ocasiones, coincidiendo con el día grande de la fiesta, nos íbamos por la mañana para cubrir la misa, procesión y el convite (con entrevista a los mayordomos, autoridades…). Siempre acudía con el fotógrafo Carlos Manuel Perelétegui, gran amigo, con el que me entendía de maravilla y echábamos el día en San Miguel, aunque a la hora de comer solíamos irnos a la vecina Linares y, tomar el café, enseguida para la plaza, donde también había que estar pendiente del palco de invitados.

Entonces, Mariano Rodríguez, era una potencia económica y se le acercaban como las moscas a la miel. Políticos para ver si caía algo de alguna obra adjudicada; periodistas de renombre para ver los contrataba de columnistas en el diario; empresarios para hacer algún trato; figurantes, para presumir de su amistad… Porque en esa época, Mariano Rodríguez, descolgaba el teléfono y se lo cogían sin titubear hasta en La Moncloa. Y a él le encantaba que los periodistas de Tribuna de Salamanca estuvieran por allí todo el día.

Acabado el festejo de San Miguel volábamos a la redacción donde esperaba un trabajo enorme. Comenzaba escribiendo una página de provincia con la misa, procesión y convite, junto a otra más social de fotos (donde no había margen de error al confundirse con algún nombre); después, otra página para la crónica y engatilladas fotos del palco (imprescindible) y alguna de interés. Total, que ese día era el último en marcharme e iba para casa (aunque entonces seguramente lo hiciera al bar) después de medianoche, bajos las prisas del de cierre: ¡Vamos, vamos, que no perdemos los correos!

La plaza, que la construyó para regalársela a su pueblo el propio Mariano (que dicho sea de paso debería llevar su nombre), se inauguró la tarde de San Miguel de 1993, nublada y lluviosa, donde se tiró la casa por la ventana. La televisó en directo Tele-5, que entonces metía las cámaras en las plazas casi todas las tardes, con un cartel integrado por Palomo Linares, Espartaco y El Litri. El día no acompañó y la taquilla tampoco, por lo cual, a última hora, ante la previsión de mostrar los tendidos con muchas calvas y dar un petardo, se llamó por teléfono (entones apenas había móviles) a todo el mundo para que viniera a ver en directo la corrida y al menos, de esa manera, salvar los muebles. Después, la corrida fue un pufo, pese al interés por salvarla de los comentaristas, Pedro Javier Cáceres y el maestro Rafael Peralta.

Desde entonces nunca hemos faltado y siempre se pasaba bien, además era muy agradable saludar al maestro Emilio Ortuño Jumillano, hijo natural de ese pueblo y que nunca faltaba. Con su estampa elegante y siempre sonriente recibía el saludo, cargado de admiración, de todos sus paisanos, además de sus familiares, antes de sentarse a presenciar el festejo en el palco, junto a su esposa y muy cerca de Mariano, que sentía orgullo del gran torero (en el solar serrano ha nacido un gran torero que se llama Jumillano).

Este año, siguiendo la tradición hemos vuelto. Ahora al gancho de un cartel integrado por Juan del Álamo, José Garrido, Manuel Diosleguarde y Valentín Hoyos, quienes lidiaron reses de Sánchez Cobaleda, que llegó con las dos sangres de la ganadería y siempre en la buena línea de esta divisa. Fue un festejo entretenido para volver a admirar la inmensa capacidad de Juan del Álamo, quien debe volver a tener sitio en los carteles; un José Garrido, que lucía el sombrero de ala ancha con barboquejo, que puso a toros de acuerdo; otra vez volvió a gustar mucho Diosleguarde, quien le pudo a un torete que fue el de menos clase del encierro y también el albercano, Valentín Hoyos, ya para empresas mayores.

La plaza, como es habitual y pese a la amenaza del agua, junto a jugarse a la misma hora el derbi madrileño, registró un magnífico ambiente con lleno en los tendidos, en un festejo organizado con la seriedad y el buen hacer de Servicios Taurinos del Duero, mercantil regentada por Ángel Manuel Castro y Nacho Matilla.

Y es que, al volver a San Miguel de Valero, siempre afloran los recuerdos de una época y ya son muchas las ocasiones que hemos disfrutado de festejos en esa coqueta plaza serrana que, de bien nacidos es ser agradecidos, debe llevar el nombre de Mariano Rodríguez.

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas largas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de colaborar en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril y si estoy a gusto en una buena tertulia regada con un tinto de Toro me olvido del móvil. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito treinta y nueve libros y también he plantado árboles. Un mal día le puse los cuernos a mi profesión para entrar en política y fue el mayor error de todos los cometidos en mi vida, al encontrar un mundo de traiciones, puñaladas por la espalda y falsedades que acabó convertido en un infierno hasta el punto que casi me cuesta la vida. Aunque esa es otra historia.

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