DEHESA ITUERO DE HUEBRA

El nieto del correo

A Ezequiel Pérez Villoria lo miras de frente e impone con sus casi dos metros y el rostro serio, realmente con aspecto semejante al de aquellos vascos que abandonaron su tierra para sembrar la semilla de su tierra en otros mundos. Aunque a él realmente, su verdadera distinción, es la de castellano viejo, que es un símbolo de consideración, como definió Larra a estas gentes de marcada nobleza, sabiduría y amor a la tierra que los vio nacer.

Salmantino de Villaseco de los Reyes, pueblo del que tanto presume y donde aún es conocido como el hijo del secretario (en honor al trabajo del padre) y hasta hace poco, por los mayores como el nieto del correo (por la dedicación de su abuelo) siempre ha sido un personaje inquieto y desde luego con miras más altas -o distintas- a las de cualquier joven de su generación nacido en el medio rural. De hecho, Ezequiel estudio Ingeniería Aeronáutica cuando apenas se conocía ese mundo, del que además renegó al poco de finalidad al sentir pánico a los aviones y hoy ese título luce como algo que pudo ser y no fue. Y de allí a Barcelona, a aquella maravilla de ciudad que hizo suya desde finales de los 60, cuna de las libertades, la vanguardia, los mejores espectáculos…. y desde luego el mejor lugar para labrarse un futuro. Aquella Barcelona que era un modelo de convivencia y en la que cabía todo el mundo, la que no tenía ningún complejo.

 Allí vivió, sin olvidar jamás a su querida Salamanca con la que soñaba cada noche, para triunfar en los negocios y ¡cómo no! en cuanto pudo comenzar a invertir y adquirir la finca Ituero de Huebra, una preciosa dehesa situada muy cerca del Cubo de don Sancho en la que fue haciendo realidad sus sueños. Porque esa finca no era para la holganza y el disfrute de quien ha triunfado; ni mucho menos pensar eso alguien tan inquieto como Ezequiel, tan amante del campo y las tradiciones charras, hasta el punto que pronto comenzó a recuperar edificaciones en ruina, también la preciosa ermita ya con la techumbre hundida, cercados…, para dotar a cada cercado de agua y, con el tiempo, dejar la alquería convertida en una maravilla, recuperadas las viejas casas de vaqueros, montaraz, porquero en un centro de turismo rural. Y cerca los distintos prados donde pastan los cochinos de raza ibérica, además de vacuno morucho, otro de los tesoros de esta tierra y que él ha puesto un empeño especial en defender frente a la proliferación de razas de otras latitudes. Pero además hay que descubrirse ante este personaje, de quien cuando fue capaz de tener el mejor jamón ibérico y la más exquisita carne faltaba el vino ideal para maridarlo y él, que no tiene fronteras cuando aflora en su interior el volcán de un nuevo proyecto, ya tuvo la idea de elaborar un vino propio y además comercializarlo, sin que nadie detuviera su torbellino emprendedor. Sí, producir un vino en pleno Campo Charro, en la misma tierra que la filoxera de finales del siglo XIX lo dejó prácticamente sin viñas y las pocas que sobrevivieron fue hasta más o menos la pasada década de los 60 en la cercana villa de Retortillo, aunque su producción era para consumo propio.

Aquel vino también fue una realidad y hoy, Viña Ituero, gana prestigiosos premios y a nadie deja indiferente, siendo un vino de exquisiteces, tanto los tintos, como los blancos, sin olvidar un magnífico vermut que también elaboran en su bodega. Y en cada nuevo proyecto nunca olvida a su abuelo, al correo, que fue quien le dio su primero trabajo cuando siendo un niño lo mandó las eras a trillar mientras una pareja de moruchas daban vueltas sin parar sobre la parva y el pequeño Ezequiel pensaba en un triunfar por el mundo en esas horas que permanecía sentado sobre el viejo trillo de Cantalejo. ¡Quién sabe si entonces al ver volar un avión sobre su cabeza quiso formar parte de aquel maravilloso mundo!

Lo cierto es que se perdió un ingeniero aeronáutico que de haber seguido en el oficio con seguridad habría inventado otra maravilla de los cielos, pero ganamos a un castellano viejo, a un charro ligrimo que se acuesta cada noche pensando en su Salamanca, en su finca de Ituero que es una referencia del sector agrícola, ganadero, enológico y turístico. A un hombre siempre pendiente de su querido Villaseco de los Reyes, precisamente un pueblo al que llegue hace muchos años, con motivo de la serie que realicé sobre ermitas de la provincia, para hacer un reportaje sobre la existente en la localidad dedicada a Nuestra Señora de los Reyes, poco después de restaurar su inmensa techumbre y siendo Arturo de Inés, el entonces alcalde, el encargado de contarnos quien era el lugareño Ezequiel Pérez Villoria. Aquella fue la primera vez que escuché hablar de este hombre que, gracias a su espíritu emprendedor, su bonhomía e inmenso señorío que atesora, se ha convertido en un símbolo del Campo Charro.

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas largas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de colaborar en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril y si estoy a gusto en una buena tertulia regada con un tinto de Toro me olvido del móvil. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito treinta y nueve libros y también he plantado árboles. Un mal día le puse los cuernos a mi profesión para entrar en política y fue el mayor error de todos los cometidos en mi vida, al encontrar un mundo de traiciones, puñaladas por la espalda y falsedades que acabó convertido en un infierno hasta el punto que casi me cuesta la vida. Aunque esa es otra historia.

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