BRILLANTE CRÍTICO TAURINO

Carlos de Rojas, un farinato en el olvido

El recuerdo de Carlos de Rojas apenas sigue vivo más allá de los escasos buenos aficionados que van quedando (otra cosa muy distinta es el público). También en los veteranos y en los pocos compañeros de la crítica que aún están vivos (Carlos Illán y Molés). Entre el resto ya nadie sabe que allá en los 60 y 70 brilló un singular crítico taurino, procedente de la aristocracia, llamado Carlos de Rojas, hijo del Conde de Montarco y nacido en Ciudad Rodrigo, donde por extraño que parezca nadie lo recuerda, ni se le reivindica. Y eso que era un farinato de verdad, llevándolo siempre a gala, mucho más que otros a quienes se la han dado todos los honores o incluso los han querido hacer mirobrigense con calzador. Porque Carlos de Rojas fue un embajador de su tierra y a ella dedicó muchas páginas, en un legado que después recogió Alfonso Navalón, muy cercano a él.

Había nacido en 1937 en el palacio del Conde de Montarco, en ese bello edificio renacentista de la plaza del Conde que fue una de las residencias de su padre, aquel personaje de la nobleza llamado don Eduardo de Rojas Ordóñez, quien fue dueño de la una vida de película en sus vinculaciones políticas, laborales, intelectuales, amorosas… Basta decir que fue uno de los principales apoyos de José Antonio para fundar Falange y que después, en el franquismo, a pesar de apoyarlo en el inicio, de irse voluntario a la División Azul y desempeñar cargos, estuvo alineado en las corrientes críticas al dictador que pedían la vuelta de la monarquía, siendo miembro del consejo privado de don Juan y ser frecuentes sus viajes a Estoril, donde residía exiliado y viviendo como un rey -nunca mejor dicho- el Borbón, abuelo del actual Felipe VI y padre de don Juan Carlos I. Don Eduardo de Rojas destacó en el mundo agrícola siendo innovador y modernizador del campo, además de facilitar la llegada de diferentes razas bovinas que aquí se adaptaron rápidamente. Fue también uno de los fundadores de El País, el diario que traería un aire nuevo a la reciente Democracia. Además, fue un buen aficionado a los toros, con abono en Las Ventas y amigo de muchos diestros, entre ellos Antonio Bienvenida. De ahí, de esa afición nacen las fuentes de Carlos de Rojas, quien desde niño ve toros en Madrid, San Sebastián y otras plazas, además conoce muy de cerca el mundo del caballo -del que su padre era una autoridad-, con un conocimiento tal que, durante sus años, en el periodismo fue la máxima referencia y el más considerado para escribir de rejoneo -decían que solamente escuchando un relincho sabía de qué caballo era-.

Carlos de Rojas que falleció muy joven, con apenas 41 años, era el titular de la sección taurina de Informaciones, en la que heredó el puesto de su querido Alfonso Navalón en el momento que Emilio Romero ficha a éste para Pueblo. Aquí también estaba un poco presente el pago de gratitud del crítico de Fuentes de Oñoro con el Conde de Montarco, quien tanto le ayudó en sus inicios a abrirle las puertas de los medios de Madrid, entre ellos Radio Juventud y después Informaciones. Porque Navalón siempre disfrutó de la amistad de esta noble familia, siendo unas de las estrellas en aquellas jaraneras fiestas que organizaban en su finca Sajeras de los Toros, cerca de Fuenteguinaldo, con el nombre de La Oreja de Oro, al que venían relevantes figuras del toreo, además de muchos de los rostros más destacados de la sociedad, entre ellas esplendorosas damas, coincidiendo en esa época que discurre entre la viudez del Conde hasta que conoció a su segunda esposa, la espectacular Charo Palacios.

En aquellas fiestas otoñales, que desaparecen con la nueva boda del Conde y de las que Alfonso Navalón siempre hacía grandes reportajes en El Ruedo, además de ser quien la facilitaba algunos toreros -Luis Segura, Fermín Murillo, Andrés Vázquez…- fueron también un poco la carta de presentación de Carlos de Rojas, a pesar de que él no era una persona de barullos, más bien de la soledad, con su manera introvertida, discreto en el vestir, buscando estar a gusto y siempre con un wiski en su mano para hablar de toros, arte del que lo sabía todo, del que fue estudioso y su pasión, junto al mundo del caballo, del que decía que, pese a su linaje, era más feliz limpiando una cuadra o curando un potro que pisando la moqueta de un hotel.

Por su conocimiento fue un crítico exigente y duro, en la línea de la época, formando parte de llamada nueva crítica que capitanearon Alfonso Navalón, el viejo Vicente Zabala, Carlos Illán… y a la que pronto se unieron Joaquín Vidal o Javier Villán, además de otros nombres dentro de una época importantísima en el periodismo taurino, donde todos los citados pasaron a ser redactores de los medios. Se trataba de una fórmula muy diferente a la anterior consistente en comprar la página al periódico y luego cobrar a los toreros, una práctica común en la mayoría, con algunas excepciones. La principal era el ABC, que tenía en nómina a don Antonio Díaz-Cañabate, grandioso escritor costumbrista y buen aficionado, aunque con muchas controversias, como ocurría en la época marcada por José y Juan, en la que él para llevar la contraria siempre decía que era de Vicente Pastor.

Carlos de Rojas dejó su selló de credibilidad durante los años que lideró la sección taurina de Informaciones, siempre fiel a su plaza de Las Ventas y otras del entorno del Madrid. Fuera solía cubrir San Fermín, Semana Grande de San Sebastián, Bilbao, algún año Salamanca y Zaragoza, además de las grandes corridas del arte del rejoneo que se celebraban en Jerez y Lisboa. De Las Ventas hay magníficas crónicas conservadas en las hemerotecas con su firma, especialmente de los domingos del verano donde dedicó magistrales letras a Agapito Sánchez Bejarano, a Joaquín Bernado, que era su debilidad; también a Dámaso Gómez, a quien cantó sus glorias, sin olvidar a Andrés Vázquez; o su pasión por el estilo madrileño de Luis Segura. Con todos ellos se entregó, sin hacerlo casi nunca con las grandes figuras.

Fiel a ese estilo y a lo que marcó su vida, en cuanto a fechas y carteles, encontró una prematura muerte a primera hora de la tarde de 14 de septiembre de 1980, día que media España se encontraba de fiesta con la celebración de tantos Cristos repartidos a lo largo y ancho de la geografía. Esa tarde acudía con su coche, un Seat 131, para hacer la crónica de la corrida anunciada cuando, parado en un semáforo de la calle de Alcalá, justo después de dejar atrás la castiza plaza de Manuel Becerra y ya enfilado a Las Ventas sufre un infarto de miocardio que lo lleva a la inminente muerte. Una hora antes del festejo, mientras su inseparable Manuel Vidal, ya inquieto por la tardanza, lo esperaba en la cafetería Detorres, comenzó a extenderse el runrún de que quien había acababa de fallecer en su coche unos metros más arriba y había provocado ese caos de tráfico en la calle de Alcalá era Carlos de Rojas, el crítico de Informaciones. Y con ese rumor, que desgraciadamente se confirmó enseguida, comenzó la corrida en la que se lidiaban toros de Tulio e Isaías Vázquez, para una terna muy de su gusto y a quien había dedicado mucha tinta para engrandecerlos: El Inclusero, El Calatraveño y Sánchez Puerto, que confirmaba alternativa.

A la mañana siguiente, en las secciones taurinas de todos los medios dedicaban párrafos a su muerte y al domingo siguiente, en Las Ventas, en un cartel mixto integrado por el rejoneador Antonio Ignacio Vargas, junto a los matadores Andrés Vázquez y Julio Robles se guardó un minuto de silencio.

De él quedaba además haber sido el inventor de los coloquios taurinos que comenzaron a celebrarse en Madrid una vez finalizadas las corridas de San Isidro, que hacía al alimón con Manuel Vidal y después llevaron a algunas provincias. Unos coloquios que poco después convertía en un espectáculo Alfonso Navalón, siempre tan cercano a él e íntimo amigo.

Y es nunca podemos olvidar el pasado y de dónde venimos. Y ahí, en la historia de la crítica taurina de la pasada década de los 70, tuvo un sitio destacado este crítico de Ciudad Rodrigo llamado Carlos de Rojas.

PD: Ese artículo del admirado Barquerito publicado en Diario-16 y que ilustra este artículo es ideal para conocer un poco mejor a este personaje, hoy caído en el olvido, pero que fue un brillante crítico taurino.

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas largas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de colaborar en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril y si estoy a gusto en una buena tertulia regada con un tinto de Toro me olvido del móvil. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito treinta y nueve libros y también he plantado árboles. Un mal día le puse los cuernos a mi profesión para entrar en política y fue el mayor error de todos los cometidos en mi vida, al encontrar un mundo de traiciones, puñaladas por la espalda y falsedades que acabó convertido en un infierno hasta el punto que casi me cuesta la vida. Aunque esa es otra historia.

11 comentarios en “Carlos de Rojas, un farinato en el olvido

  1. Extraordinario artículo sobre Carlos de Rojas que hace justicia a un excelente crítico taurino que se nos fue muy joven y de forma trágica.
    Te agradezco tu envío porque también aparece mi paisano, y ya desaparecido, Calatraveño.
    Un abrazo.

  2. Conocí al padre, don Eduardo, al que visité en Ciudad Rodrigo una tarde y pasamos tres horas hablando largo y tendido de mil cosas. Inolvidable. Me acerqué a su personalidad, tras ver en la TVE un capítulo de una serie titulada : «los Padres de nuestros Padres», donde don Eduardo de Rojas se mostró muy cercano… Nunca pensé que me recibiría con la paciencia y simpatía que aquella tarde mostró. Salvando las distancias, viví una situación parecida con Pio Cabanillas, en su casa de campo en Cambados una tarde que dio para un reportaje y portada en el suplemento de verano de El Periódico de Catalunya, cuando este era un «acorazado» de la Prensa española… Hoy, este estupendo relato de Paco Cañamero me ha reavivado los recuerdos de tiempos que ya no volverán. EUGENIO EIROA FRANCO, periodista jubilado aunque con actividad desinteresada en la TRIBUNA da TAUROMAQUIA IBÉRICA (www.tribunadatauromaquia.com)

  3. Estimado Paco:

    Tu Artículo me ha conmovido profundamente, realmente es emotivo y preciso en sus datos, describe perfectamente como era Carlos.

    Era el hermano que asumió conmigo el papel de protector e introductor en la vida social. Con diez y seis años, recién llegada de mis estudios en París, decidió enseñarme sus mundos. Así me llevaba al Wellington para que conociera a los actores del toro y al Duende para que conociera el ambiente del flamenco. Aquel era nuestro punto de reunión casi diario. Allí fue donde conocí a Enrique el Cojo, a Pastora, a Manuela Vargas y a Rocío Jurado entre otros muchos.

    De niño pasaba horas dibujando en su habitación y competíamos con mi madre en reconocer obra y autor de los conciertos en la radio. Era culto, tierno, introvertido y muy cariñoso con la familia, pero se que tenía una especial afinidad conmigo y algunos amigos suyos me decían que siempre se refería a mí como «su familia». 

    Los últimos años no fueron felices y el alcohol lo enturbió todo. Estuvimos muy en contacto y le ayudé todo lo que pude. Le quería con toda mi alma y conservé tanto como pude la Yeguada Montarco en su memoria. Era un trabajo excesivo tanto física como económicamente para mi edad y posibilidades y en 2017 se la cedí a un amigo veterinario de Ciudad Rodrigo. Él siempre decía que antes de ser humano había sido caballo.

    Un día vino con unos papeles mecanografiados y me dijo – «toma esta es parte de mi vida por si algún día los necesitas para escribir sobre la familia» – Poco después me volvió a traer unos papeles de su proyecto de escribir un libro sobre la «Ruta gastronómica del toro». Era muy entretenido y de seguro éxito. Recorría las tierras del toro, rememoraba la vida de los vaqueros, sus platos habituales, la gastronomía y la historia del lugar, los hierros y su origen, siempre partiendo de un guiso o plato relacionado con el toro. 

    Cuando murió hablé con algunos de los que yo suponía se interesarían por continuar ese trabajo ya que escribían y estaban en ese mundo. Nadie se interesó porque yo pedía que se reconociera a Carlos como el iniciador del libro…el ego es tan pesado a veces como un toro metido en carnes…Cometí además el error de darle el original a un amigo suyo que no hizo nada, por fuerza mayor, ya que murió al poco tiempo de mi hermano, pero nunca pude recuperar aquellos papeles.

    Me hubiera gustado y volcado en su promoción en memoria de Carlos.

    Te reitero mi agradecimiento por haberle dedicado esa memoria y me llena de orgullo que tu le hayas considerado un profesional honrado y un gran conocedor. 

    Un abrazo con todo afecto

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