
Días pasados volvimos a San Sebastián, ciudad que desde siempre está en el pedestal de mis preferencias al ser la más hermosa que encontré en los caminos ibéricos. Recuerdos familiares y de la infancia se multiplican desde que respiré por primera vez sus aires en mi niñez con ocasión de un encuentro que jugó la Unión Deportiva Salamanca en el viejo campo de Atocha. Tiempos del genial Alves, enfundado en sus guantes negros, cuando el conjunto charro causaba admiración y de aquel día, con numerosa hinchada del conjunto salmantino -gracias a tantos emigrantes de esta tierra allí residentes- recuerdo el portentoso partido que se marcaron los dos metas: D’Alessandro y Arconada deteniendo balones en vuelos imposibles.
San Sebastián tiene cosas
que no tiene el mundo entero
tiene playa,
tiene Igueldo
y el mejor puerto koskero
Sin embargo, sería unos años más tarde, a raíz de inaugurar la plaza de Illumbe en 1988, en el que fue el acontecimiento taurino de la época, cuando se multiplicaron los viajes a la capital donostiarra y pude disfrutar tanto de su magia. Fueron muchas las tardes que acudimos y de pasar días seguidos allá, tanto en la propia Semana Grande, que era un lujazo o en esa maravilla de novilladas programadas una vez transcurrida la Navidad y eran un lujo, hasta el punto que de allí salió toda una generación: Javier Castaño, Javier Valverde, Salvador Vega. Matías Tejela, César Jiménez, Sebastián Castella… en una maravillosa promoción para los nuevos valores y que debió haberse invertido más años hasta que encontrar números azules. Además, en esas ocasiones, a San Sebastián acudían aficionados llegados de numerosos puntos de España y Francia. También, a la par que las novilladas, Manolo Chopera organizaba algún festejo extraordinario, una de ellos con Ruiz Miguel, Padilla y Fernández Meca donde el viejo gladiador de San Fernando dictó su última lección, Padilla sufrió una grave cornada a portagayola y el francés Fernández Meca estuvo sensacional.
La recuperación de la Fiesta en Donosti con la nueva plaza fue algo grandioso y todos apostamos por volver a vivir otras Semana Grande como las celebradas en El Chofre que marcaban el verano taurino. El verano y la temporada, porque no olvidemos que durante muchos años todos los hilos del toreo se manejaban desde San Sebastián.
Sin embargo, la pérdida del Chofre que fue un mazazo para la ciudad y la propia Tauromaquia la heredó Santander, donde ese turismo de gastronomía, playa y toros que marcó a San Sebastián allí, en la capital de La Montaña, encontró su sitio. Y San Sebastián, que estuvo cerca, no acabó de volver a tener el sitio de grandeza, aunque en Illlumbe se vivieron momentos memorables y esos primeros años hubo proliferación de coloquios en hoteles, actos todo el año con conferencias, premios… Mismamente recuerdo ir en varias ocasiones durante el invierno a eventos taurinos, incluso ya mucho después a recoger el premio literario ‘Paco Apaolaza’, que era el de más prestigio.
Muchos antes ya San Sebastián mandaba en el toreo, hasta que Jardón hizo la locura de vender la plaza y aquel nefasto alcalde llamado Felipe de Ugarte y Lambert, militar y político franquista, autorizó la operación que más daño hizo a esa joya de ciudad, al perderse un edifico emblemático, un ambiente diferente, un gran imán para el turismo, además de ser una ciudad que mandaba en el toreo. Y es que bajo el mandato de ese lamentable alcalde se cometieron más tropelías como perder el palacio del Gran Kursal -símbolo del esplendor local, se vendió el teléfono -que era la única capital que contaba con servicio propio-, se levantó la torre de Atocha… Y con El Chofre perdido -y siempre llorado- ya nada volvió a ser igual, mientas la añoranza se adueñó de todos los donostiarras, de los toreros, de los aficionados… que guardaban luto por la pérdida de una plaza y una feria que marcó la temporada. Aquel Chofre en el que estaba de conserje y jefe de corrales un viejo banderillero madrileño, el señor Parejo, que era hermano de Paco Parejo, mayoral de Las Ventas y cuñado de Antoñete. El señor Parejo, que era un hombre muy respetado, desde San Sebastián viajaba a otras plazas de España y Francia regidas por la empresa de Madrid.
En ese esplendor de San Sebastián muchos toreros pasaban las vacaciones, desde Manolete, que allí trasladaba esos meses a su familia, a Villa Iru, justo enfrente de La Concha; Antonio Bienvenida, quien se instaba en una vivienda al lado del Boulevard con toda su familia e incluso su presencia en la ciudad, en los años de menos contratos, le vino bien y propició que torease tantas veces en El Chofre. En esa época también Parrita y Manolo Escudero fueron muy fieles a La Bella Easo, al igual que antes lo fue Pepe Luis Vázquez y más tarde otros muchos, a quienes a la caída de la tarde era frecuento ver bajo los tamarindos de La Concha. Sin olvidar a tantos y tantos toreros que, si no tenían contrato, se detenían a pasar un día para disfrutar de esa ciudad y nunca faltaban en los fogones de Rekondo, en la subida de Igueldo, donde bajo las frondosas ramas de sus plátanos tantas negociaciones se llevaron a cabo. O el esplendor de hotel María Cristina, donde se cambiaban los grandes toreros, mientras que muchos ganaderos -Atanasio, algún Pérez-Tabernero, Pablo Romero, Miura, Álvaro Domecq, Palha…- contrataban habitaciones en el Londres con vistas al paraíso de La Concha.
Entonces mandaba la llamada empresa de Madrid, con Jardón, Stuick y el personal que tenían a sus órdenes y mandaban tanto, como aquel Juanito Martínez que temían los toreros modestos. A la par, de allí eran los Chopera y trazaban su tela de araña para ser cada vez más poderosos; desde don Pablo, el gran patriarca, don Antxon; después la segunda generación capitaneada por dos sagas de hermanos: Manolo y Jesús-José Antonio y Javier, quienes en 1972 separan sus caminos y pronto vivían cómo su ciudad perdía la joya del Chofre. Desde entonces, aún en escombros, ya Manolo Chopera no paró hasta ver la vuelta de los toros a su tierra y aunque hubo de esperar cadi un cuarto de siglo lo puso ver como su última obra al servicio de la Fiesta para devolver un esplendor perdido.
Y es que en San Sebastián siempre me sentí como en casa y desde el momento de respirar sus aires ya embarga una felicidad de regresar a un lugar que la Tauromaquia vivió tantas páginas de grandeza. Así lo hicimos ahora, al volver para hablar en la peña Paco Apaolaza, que lleva el nombre del grandioso periodista desaparecido y aglutina a lo más granado de la afición local. Allí, bajo la magnífica moderación de Manuel Harina hablamos de Morante, de la actualidad, de la previsión de la nueva temporada taurina… y siempre soñando por ese magnífico escenario, donde a nuestras espaldas el embravecido mar Cantábrico amenizaba con su sinfonía de las olas que van y vienen.
San Sebastián tiene cosas
que no tiene el mundo entero
tiene playa,
tiene Igueldo
y el mejor puerto koskero
