MAGNÍFICAS EXPECTATIVAS

Diego García, otro valor al alza

Empecé a saber de Diego García hace ya una década, más o menos, cuando participó en el Bolsín Taurino de Ciudad Rodrigo y, por entonces, fue habitual en diferentes certámenes para los jóvenes toreros. Alto y delgado, como una garrocha, siempre llamaba la atención por su buen concepto. Era la época que su hermano Álvaro volaba por el escalafón de los novilleros con picadores y se estaba formando una dinastía con la raíz, el sentimiento y la cuna de San Sebastián de los Reyes, de la que esta familia es un símbolo. No obstante, su padre, Blas García Perdiguero, siempre ha sido un insigne aficionado, habitual en Madrid es uno de esos rostros que puedes encontrar en cualquier plaza, siempre con su palabra medida, su señorío y un enorme conocimiento de la Tauromaquia. Lo mismo ocurría con su abuelo, el señor Blas, fallecido hace poco tiempo, quien fue otra referencia y excelente aficionado que veía muy bien el toro y repartía sus pasiones con Antonio Bienvenida, El Viti, Antoñete, Andrés Vázquez, Ángel Teruel, Curro Vázquez, Julio Robles… y siempre seguidor de los toreros de San Sebastián de los Reyes o allí radicados, desde Pedrín Benjumea, Ortega Cano, Andrés Caballero…

Por estas y tantas razones más, para esta familia que lleva la Tauromaquia en su sangre, fue un acontecimiento -aunque tampoco era de extrañar- que Álvaro y Diego desde niños quisieran ser toreros, abriendo de par en par las puertas de su vida para adentrarse en ese mundo, pero siempre por delante el respeto, el buen estar y la educación que debe imprimir en quien se viste de luces. Y protagonizando carreras distintas los dos hermanos se fueron abriendo camino, Diego, el pequeño por detrás, sin dejar a nadie indiferente en su etapa de novillero, donde vivía su mayor gloria con una salida en hombros por la puerta grande de Madrid y después alternativa de lujo, que siempre es un acontecimiento, aunque a la vez sea superar una frontera donde resulta tan difícil hacer corridas y debiendo aprovechar cada pitón, cada momento, cada tarde por escasa importancia que pueda suponer. Y ahí, en esta finalizada 2025, Diego ha dado una enorme dimensión en cada corrida que ha toreado, la misma que estas semanas ha continuado en diferentes plazas de Perú.

La ha dado más allá de salir cada tarde en hombros, también por su buen hacer, por sus avances y dejar sobre la mesa una tarjeta con su nombre. Y es que para nadie ha pasado inadvertido que, a medida que pasaban las semanas, cada vez se escuchaba con más fuerza su nombre y el titular de puerta grande lo acompañaba, junto a la sensación de estar ante un nuevo que tiene en sus manos un brillante provenir y en el próximo San Isidro debe ser uno de los jóvenes que recién confirmada su alternativa (la ceremonia fue el pasado 2 de mayo) tendrá un sitio, de donde puede y debe salir lanzado para seguir acaparando titulares y convenciendo con las razones de su toreo.

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas largas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de colaborar en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril y si estoy a gusto en una buena tertulia regada con un tinto de Toro me olvido del móvil. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito treinta y nueve libros y también he plantado árboles. Un mal día le puse los cuernos a mi profesión para entrar en política y fue el mayor error de todos los cometidos en mi vida, al encontrar un mundo de traiciones, puñaladas por la espalda y falsedades que acabó convertido en un infierno hasta el punto que casi me cuesta la vida. Aunque esa es otra historia.

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