
La leyenda del insigne don Julián Sánchez El Charro sigue viva en el recuerdo de las gentes de Salamanca y de la vieja Castilla. De hecho, aún se canta en muchas celebraciones de la provincia la famosa canción:
Cuando don Julián Sánchez monta a caballo
dicen los franceses
¡viene el diablo!
Cuando don Julián Sánchez monta a caballo
dicen los españoles ¡vienen los charros!
Más allá de su legado e impresionante expediente militar que lo alzó hasta el grado de brigadier y no alcanzó el de mariscal de campo, del que se quedó a las puertas, por su enfrentamiento con el felón de Fernando VII, a quien llamaron el deseado y no fue más que el peor de todos los reyes que ha tenido España, queda muy vivo su recuerdo. Calles y rúas en varias localidades de la provincia salmantina, además de otras cercanas -Segovia, Burgos…-, medallón en la Plaza Mayor de Salamanca, los recientes homenajes en Muñoz -en cuya pila bautismal fue bautizado-, el monolito de Fuentes de Oñoro y otro, el gran desconocido, inaugurado mucho antes, en 1845, en la pedanía de La Moralita, muy cerca de Cipérez, localidad de la que depende y que a principios del siglo fue reformado añadiéndole el busco, obra de Amable Casas Rivas para tener la forma actual.
Se trata de una verdadera joya inspirada en la ilusión de los lugareños, conas las iniciales de su nombre grabadas en un lateral, quienes en su inicio la sufragaron por suscripción popular para agradecer al guerrillero nacido en Peramato -entonces pedanía de Muñoz- la liberación de ese poblado ante el atropello que era sometido por las tropas napoleónicas. Habían sido varias las ocasiones que se produjeron robos de ganado, cosechas, incendios de propiedades, vejación a mujeres…, que eran el sello de la horrorosa identidad gabacha en la provincia. Entonces, ante la indefensión de las gentes de La Moralita y conocedores de las andanzas de ese vaquero de Muñoz que apodaban El Charro, con la fama de su leyenda extendiéndose por toda la provincia, un lugareño se desplaza a caballo hasta Ciudad Rodrigo con la finalidad de contactar con don Julián para ponerlo al corriente. Tras ser informado, el famoso guerrillero, sabedor que aquel era lugar de paso de caravanas francesas acude al rescate el 12 de abril de 1810 cuando al frente de 60 lanceros, don Julián ataca en los encinares cercanos a ese municipio a una avanzada francesa con 30 soldados, que se desplazaba al frente de un capitán. A todos los hizo prisioneros, excepto a tres soldados franceses que resultaron muertos en la contienda.
Ante el éxito de la operación y verse liberadas de tanta opresión, las gentes de La Moralita colmaron de atenciones a los lanceros de don Julián, sacando de sus despensas las más ricas viandas y ofreciéndole sus mejores vinos -entonces en esa zona existía mucho viñedo-, antes de emprender camino de Ciudad Rodrigo con la cordada de presos. Ese detalle jamás se olvidó, al igual que tampoco tantas operaciones para liberar diferentes pueblos, quedando una inmensa gratitud entre las gentes de La Moralita, quedando entre ellos una deuda de gratitud tan grande que, 35 años más tarde, en 1845 la saldaron con este monumento, al mismo que después, a principios de siglo, dio manera definitiva en piedra arenisca tallada el artesano Gabriel Casas Rivas -hijo y nieto de moralitenses-, permaneciendo allí como símbolo y recuerdo al más grande de todos los charros, a don Julián Sánchez.
