
Esta mañana inverniza y con amenaza de nieve, mientras esperaba el correo recibí un wasap de tu fiel Alberto Bautista para comunicar la triste noticia de tu adiós a la eternidad. Aunque esperada, jamás queríamos que llegase y nos ferrábamos al milagro de la recuperación, tú que eras tan vitalista. Fue Alberto Bautista, una persona tan buena, tan cercana a ti y tú último discípulo, a quien enseñaste lo que el tiempo te dejó y él veló siempre para que tu grandeza brillase, como hará ahora para que tu impresionante legado no lo erosionen los vientos del olvido.
Querido Miguel Ángel: Nos conocimos hace muchos años, en aquella vieja sala de prensa de la plaza de Las Ventas donde acudía en tropel la fauna de la crítica taurina acreditada en Madrid o venida de provincias para la ocasión. Unos llegaban antes antes para ver la corrida por la televisión, a pesar de estar acreditados y con un tendido; otros para hacer la crónica al finalizar el festejo, mientras el inolvidable José Manuel Carril, haciendo gala de ser de Madriolid trataba de poner orden y hasta se crispaba si alguien se alargaba más de lo habitual en la crónica y a él, que tendría alguna cita, empezaba a andar de allá para acá con las manos metidas en los bolsos de un impoluto pantalón de marca, en una acción únicamente interrumpida para prender un cigarro. Entonces, siempre llegaba Moncholi -que vendría del palco de Telemadrid- y para Carril era como un bálsamo tranquilizador, mientras encendían otro cigarro y salían a la puerta del patio de desolladero para comentar los pormenores del festejo o contarle a Carril, hombre responsable para la prensa de los Lozano, algún chisme. Lo cierto es que siempre estaba llegaba en el momento Miguel Ángel Moncholi y lo entretenía para no despistar a nadie y poder rematar dignamente las crónicas. Lo hacía con su estilo, la sonrisa de siempre y su aspecto de profesor de instituto, que era la imagen de uno de los mejores periodistas televisivos y radiofónicos que conocí. De un señor de la comunicación que siempre estuvo pendiente de echar una mano a quien se lo pidió a cambio de nadie. Bueno sí, de lo más grandes que se puede tener: la amistad y la bondad.
Has sido un grande, un maestro en toda la extensión de la palabra y que siempre supiste estar, hasta cuando te echaron zancadillas y traicionó gente en la que habías confiado, pero el legado que dejas es espectacular y el soñado por cualquiera que se adentra en este mundo, donde has dejado tu nombre en lo más alto. Siempre con la dignidad y categoría que supiste labrar en la besana del periodismo. Por eso te recordaremos hasta nuestro día con admiración y emoción por tus sabios consejos y palabra oportuna.
Recuerdo con añoranza el pasado lunes de Carnaval en Ciudad Rodrigo, cuando viniste con Alberto Bautista y un grupo de periodistas madrileños a disfrutar de esa jornada invitados por otro grande, Miguel Cid Cebrián, tan amigo tuyo y de toda la gente del toro. Esa mañana, en la calle de Madrid nada más encontrarnos surgió el abrazo sincero y la conversación de siempre hablando de nuestras cosas y no olvido la ilusión que te hizo al comentarte que en San Isidro presentaba un libro de Juan José, que también fue buen amigo tuyo y tantas veces lo viste torear en los domingos de Madrid. Fue breve y casual el encuentro, pero a la vez intenso, hasta que nos despedimos (¡quién iba a decir que para siempre!) y quedamos en vernos en Madrid, sin que en la peor de la pesadilla pudiéramos imaginar que ya entonces el bicho roía tus entrañas.
Ahora, emocionado, te digo o mejor dicho hasta algún día que ya será en el inmenso ruedo de la eternidad. Allí seguro que habrás entrado esta mañana micrófono en mano, bajo los sones de Nerva, mientras el gran Antoñete ha salido para acompañarte en la puerta grande de la eternidad, al igual que hiciste tú en la tierra cuando él, en medio de la apoteósis, salía en hombros.

Hace varios años tuvimos el honor de disfrutar de una estupenda conferencia que nos dió a nuestra Peña taurina Abulense.
Mis condolencias más sinceras a toda su familia. D.E.P.
Querido Paco: Haces justicia a un grande de verdad como Moncholi y describes muy bien sus indudables y valiosos méritos. Descanse en paz.
Me gusta mucho lo que explicas en alabanza a un clásico a un universitario a quien apreciaba y me he atrevido s hacer una pequeña semblanza,pero lejos de la calidad de lo tuyo,grande tu grande moncholi muchas gracias