
Pocos toreros han surgido en los últimos tiempos con la rotundidad, la verdad y el valor del madrileño Víctor Hernández. Ya en la época de novillero dejó impronta de su personalidad, de sus aires tan distintos con el resto y de su buen hacer; pero el sistema no acabó de verlo y prefirió dejarlo en el banquillo, incluso después de ganar la Copa Chenel no cató el calor de las ferias, para limitarse a torear en plazas menores las escasas veces que era contratado. Ahí, el buen aficionado hablaba y no paraba de sus cualidades, de sus magistral toreo al natural, pero el absurdo empresariado no le echó cuentas y tuvo que ser tiempo después cuando otra tarde en el otoño de Madrid, aún sin triunfar, paró los relojes y puso a todos de acuerdo por que más allá de orejas el toreo es sentimiento. Ya desde entonces, Víctor Hernández, ha estado en el pensamiento de todos e incluso hasta le buscaban comparaciones con otros divos, cuando este chico va por su camino y sin buscar ser una copia de nadie, con la cara descubierto de su identidad.
Es muy taurino aquello de buscar comparaciones. En Salamanca lo hemos vivido en numerosas ocasiones cada vez que sale algún chaval haciendo ruido y enseguida lo comparan con Robles, cuando el malogrado torero fue único y nadie ha sido capaz de robar un aplauso a su memoria. Una cosa es la admiración y otra la comparación. Y para ello hay que remontarse a la anécdota de Belmonte cuando lo invitaron a un tentadero para que viera a un chico nuevo del que decían que era un calco suyo. Entonces, el Pasmo de Triana, al verlo, serio y meditabundo, con su puro y el sombrero de ala ancha calado, tras acabar su labor con la becerra exclamó con su voz tartamudeante: Y tan malo era yo.
Por eso ya está bien de buscar comparaciones. A Víctor Hernández no le hace falta que lo comparen. Tiene un aroma, valor seco y personalidad que le ha dejado en sus manos ser el relevo natural a una generación de toreros ya muy veteranos, amortizados y con su hoja de servicios a la Tauromaquia ya escrita. Ojalá lo respeten los toros, porque en el sitio donde se coloca es donde pegan de verdad, aunque también el de ser máxima figura y el de los millones.
A Víctor Hernández hay que esperarlo con especial atención. Y en este San Isidro es la máxima novedad, donde puede y debe dar el golpe definitivo para ponerse en la cabeza y convertirse en la nueva figura. La renovación es necesaria y el aire fresco que necesita la Fiesta tiene todos los ingredientes en este espigado torero de Madrid que atesora todas las bendiciones gracias a ese valor y personalidad.

Lo triste de todo esto es que quieren savia nueva en el toreo y nadie va a ver a los toreros nuevos.
Están aburrido de la figuras y no van a ver a los noveles.
Se quejan del mono encaste y las de “encaste minoritario” nadie va a verlas.
Contradicción Pura esto que llaman “la fiesta del toro”
Ya nadie compra “Aplausos”, solo leen los portales taurinos vendidos a los ponedores y ejecutadores de sobres.
Y esto está así y nadie lo remedia.
Hay carteles que tenían que poner en vez de aquella a famosa frase “desecho de tienta “ “alguno de los actuantes es ponedor”