
La vida de un taurino da mucho de sí y es frecuente sumar nuevas anécdotas que se guardan en los almacenes de los recuerdos y después gusta desempolvan al calor de la tertulia. También hay otras donde como decía nuestro genial Camilo José Cela, el Nobel gallego, la ficción supera a la realidad. Fue el caso de la ocurrida en la madrugada de este domingo al poco de iniciar el regreso de la semifinal de la Copa Chenel celebrada en la villa madrileña de Alalpardo, a la que acudimos en el autobús fletado por la peña Manuel Diosleguarde, al ser más económico que ir en el auto propio, junto a estar en buena compañía con la gente que iba a aplaudir a su torero y a la que se unieron varios seguidores de Alejandro Marcos. En definitivo era un viaje agradable y de concordia que se hizo buena tarde-noche (pero sin contar con algo tan Kafkiano como esperaba).
Tras la corrida abandonamos la coqueta plaza de Alalpardo y, en la habitual aglomeración de la salida, después de saludar a amigos, paisanos, compañeros nos subimos al bus y comenzamos el camino de regreso. La ilusión era llegar pronto a casa para descansar y estar frescos en este domingo en el que todos empujaremos a la Selección para ser campeona del mundo; mientras hacíamos apostillas con el deseo que los toreros estuvieran en la final, algo que de justicia habían ganado.
Eran las 00.10 horas del domingo cuando apenas llevábamos recorridos 5 kilómetros y, en medio del casco urbano de Algete, el autobús se cala en un semáforo. Pese a los continuos intentos del conductor, no hay manera de ponerlo en marcha. Una y otra, sin que arrancase, con el calor informal adueñándose del interior hasta que los sudorosos expedicionarios deciden bajarse para respirar aire fresco esperando a que se solventase la avería con rapidez. Por más que se intentaba no había manera, con la tensión e impotencia atrapando a todos, junto al añadido de ver a gente más mayor a la que no se le daba respuesta. Entonces coincide que pasan los padres del torero Manuel Diosleguarde y ayudan llevándose a tres pasajeros, a los más necesitados por impedimentos físicos o que debían llegar a casa con celeridad para tomar medicación.
Para el resto, malhumorados, en medio de esa soledad, únicamente el ruido de los aviones al despegar del aeropuerto de Barajas rompía los silencios de la noche. La mayoría de las aeronaves, que volaban ordenadamente por los pasillos aéreos de Madrid (se conoce que había recibido órdenes de no chocar), tenían como destino la ciudad de los rascacielos, Nueva York, e iban cargados de entusiastas aficionados que acudían a ver la final del Mundial. Olvidados y desatendidos por quien debía poner remedio, el desánimo se fue adueñando de quienes no tenían puerta a la que llamar, ni taberna en la que saciar su hambre, ni hombro para llorar las penas… hasta que se detuvo el coche de Inocencio, un lugareño de Diosleguarde que reside en Madrid y echó una mano en lo que pudo.

Justo en ese momento para otro vehículo al extrañarse sus jóvenes ocupantes de ver a esa veintena de personas perdidas en medio de la nada y ocultos entre los silencios de la noche. Se trataba de cinco veinteañeros, alguno luciendo la camiseta de la Selección y el reflejo en sus rostros de ser unos chavales nacidos para hacer el bien al dar tan buenos ánimos antes de despedirse. Marcharon y, con grata sorpresa para todos, al cuarto de hora se presentan de nuevo cargados de agua, refrescos, barras de pan, embutidos… para saciar el hambre y la sed. Pero lo más importante, regalando su inmensa humanidad y viendo que esta sociedad cuánto debería mirarse en el espejo de estos chavales de Algete.
Ellos son Adri, Gabi, David, Héctor y Lita, todos con la sangre de la solidaridad corriendo por sus venas. Fueron héroes esa noche para un grupo salmantino que veía pasar las horas sin que nadie pudiera remedio a la avería sufrida por su autobús, quedando literalmente tirados, con gente de edad avanzada sin saber qué sería de ellos al no darle soluciones, ni encontrar otro bus en Madrid, ni -según indicaba la propiedad de los autocares naranjas– encontrar taxis suficientes para llegar a Ciudad Rodrigo. Únicamente encontraron uno y, con la noche metida en agua, quienes lo tomaron volvieron a sufrir otra peripecia mientras el taxista, para evitar el pago del peaje, se perdía por la sierra madrileña.
Como por arte de magia a las 03.14 arribó una potente grúa para recoger el bus averiado y, entonces, el conductor-mecánico, un tipo muy apañado, lo puso en marcha sin ningún problema para abrir el telón de la esperanza. Tras comprobar el estado de la mecánica con una vuelta y ver que se podía regresar, a las 04.20 horas, con el cansancio visible, reiniciamos el camino hasta el área de servicio de Villacastín donde esperaba otro autobús enviado para socorrer a los taurinos charros. Con tantas ganas de llegar a casa como de recibir el premio de una bonoloto, las baterías de los móviles agotadas y, siendo protagonistas de esa esa madrugada tan Kafkiana. Con indiferencia éramos testigos de cómo omo en la travesía de Ávila rompía el alba y las primeras claras se apreciaba en sus milenarias murallas, mientras que poco después, en la cerealista La Moraña, ya era de día.
Al final, cual mozo jaranero, uno llegó a casa cuando las agujas del reloj estaban próximas a alcanzar las nueve de la mañana y varias comadres salían de la primera misa, mirando con desdén a quien, tan ojeroso y despeinado, no quería más que ir a la cama. En ese instante le daba vueltas a la película de mi existencia hasta llegar a la conclusión de que hacía lo menos 30 años que no llegaba tan tarde a la cama. Caí redondo y antes de entrar en u n profundo sueño sentí el inmenso orgullo de saber que aún queda mucha gente buena por el mundo, como era caso de Adri, Gabi, David, Héctor y Lita, unos chavales de Algete nacidos para hacer el bien.

CUADERNO DE BITÄCORA
Escribía esta crónica después de levantarme, alrededor de las tres de la tarde y, ataviado que una vieja camiseta de la Selección Española que compré en vísperas del Mundial de Sudáfrica, me llega la grata noticia de ver cómo Alejandro Marcos y Manuel Diosleguarde torean en la final de la Copa Chenel, compartiendo cartel junto al mexicano Héctor Gutiérrez. Los tres rivalizarán por este prestigioso galardón en la noche del 30 de julio en Las Ventas frente a toros de la familia Capea.
¡Allí estaremos!

Que odisea!!! Pero… Nuca hay mal que por bien no venga.
Paquito. Esos chicos de Algete son lo que todos queremos tener de amigos. Enhorabuena por encontrarlos.
Tienes razón Paco, aún queda buena gente por el mundo. Y lo mejor es que es gente joven, que tienen unos valores dignos de admiracíon.
De lo malo, siempre hay que sacar algo positivo, que siempre lo hay.
Una aventura que contar, en tu caso de manera excelente, al detalle y buscando el lado humano de la historia. Y especialmente ver el gesto tan humano y fraternal de esos jóvenes samaritanos.
Sabía que eras un buen escritor y cronista. Si esto no era suficiente las dos crónicas que nos ocupan:
1 – Semifinales copa Chenel.
2 – ¡ Unos chavales de Algete!
Lo ha venido a corroborar. Crónicas que, repito, están perfectamente relatadas a la vez realistas y verosímiles Soy lector y admirador tuyo, amigo y colega de Manolo. Aficionado a los toros, te he leído en : » Alfonso Navalon: escribir y torear » Por tanto se cómo escribes y ésta crónica lo ha venido a demostrarlo. Gracias por escribirla.
Gracias a los chavales de Algete, y sobre todo , gracias a Manuel y Alejandro por su gran triunfo, que estoy seguro será el trampolín de lanzamiento para el éxito rotundo el día 30 en LAS VENTAS
¡ MUCHA SUERTE!
Paco queria darte la enhorabuena por este espectacular artículo que gracias a ello se puede dar visibilidad y tratar de agradecer a personas como estás que hoy día son difíciles de encontrar en estás situaciones.