
Llegó la corrida del domingo de la feria de Salamanca y, con el delirio del no hay billetes se abrió la Puerta del Toro en medio de la apoteosis con la salida en hombros de Roca Rey y Marco Pérez. En esos momentos, donde los seguidores y amigos de los toreros triunfadores eran la viva imagen de la felicidad, muy pocos reparaban en el gran suceso vivido una hora antes sobre las arenas de La Glorieta. Del momento de mayor torería y pureza, del toreo de más sentimiento y expresión que casi pasó inadvertido para una masa que busca más la espectacularidad que la clase. Eran muy pocos (por desgracia ya casi no quedan aficionados) quienes en los corrillos de la salida rememoraban las dos series de Talavante al segundo de su lote, cuarto de lidia ordinaria, que fueron un monumento al arte de torear por el empaque, temple y verdad. Talavante toreó con excelencia y no es que pasase inadvertida esa gradeza, es que hasta ¡hubo algún pito! pidiendo que lo matase para volver a ver a Roca Rey (quien por cierto estuvo bien).
Una pena que en la tierra del toro no se haya sabido saborear el manjar de la excelencia gracias a unos naturales que serían de premio en cualquier feria de postín. Sin embargo aquí ni acapararon ningún titular, ni protagonismo alguno en medio de una corrida en la que se vendió todo el pescado para Roca y el joven Marco Pérez, entre la indiferencia a un Talavante que, en maestro, bordó dos series de naturales. Y es que después, aunque la faena ya no fuera rotunda, por pararse el toro ahí quedó esa grandeza.
Mientras nadie hablaba de Talavante y como ya soy viejo (aunque la Fiesta actual cada vez me atraiga menos), recordé otro episodio parecido que ocurrió en la feria de 1991. O sea 35 años atrás, cuando la vida era muy distinta y la pasión otra. Aquel año en la feria, los hijos de don Dionisio Rodríguez, el grandioso ganadero de Villavieja de Yeltes, vivieron una de las últimas alegrías en el mundo del bravo gracias al toro Chafaroto, que ganó todos los premios, entre ellos el Toro de Oro. Tuvo por delante al mexicano Miguel Espinosa Armillita Chico, que presencia en la feria había sido protestada y eso caló tanto en la gente que lo ignoró mientras toreaba de manera soberbia al Dionisio. Lo toreó tan bien, como ignorante estuvo el público, más pendiente del debut de César Rincón, en el año de su consolidación como grandiosa figura y de Rafi Camino, entonces de moda. Esa tarde, Rincón y Rafi, salieron en hombros, pero quien estuvo bien de verdad fue Armillita, al que Salamanca ignoró y nadie cantó tanta grandeza para dedicar todos los titulares a sus compañeros.
Pero esa faena fue tan grande y con tanto calado que dos años más tarde resurgió con toda la fuerza. Fue en el festival homenaje a nuestro Julio Robles celebrado en Las Ventas, tarde en la que el mexicano Miguel Espinosa cuaja una sensacional faena a un toro de Juan Pedro Domecq, al que desoreja y directamente le abre para la temporada siguiente las ferias de España. Esa tarde, a raíz de ese magnífico trasteo, se recordó su gran faena de Salamanca de la que, a pie de obra, pasó inadvertido. Más tarde, Armillita vino a torear en el festival de Las Hermanitas, creo que en la última edición celebrada y frente a un novillo de La Glorieta (la ganadería de Julio Robles) volvió a ofrecer gran dimensión y ya todos hablaban de su gran faena al toro de Dionisio que en su día fue ignorada.
Por eso, a lo mejor con Talavante pasa lo mismo. Porque en Salamanca, al cuarto lo toreó con un gusto, una elegancia y un clasicismo que fue una maravilla. Aunque casi nadie lo viera en una tarde donde Roca Rey y de Marco Pérez se llevaron todos los aplausos y sus admiradores eran la viva imagen de la felicidad.

Totalmente de acuerdo. Hay mucha gente que se acomoda en un asiento y su culo solo está acoplado con parte de la terna, el resto le incomoda.