Todas las entradas de: Paco Cañamero

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

GLORIETA DIGITAL apoya el premio ‘Tauromaquia-2020’ para Andrés Vázquez

La candidatura de Andrés Vázquez se alza  como justa candidata para lograr al premio Tauromaquia de Castilla y León-2020. Galardón muy merecido para este castellano que paseó el nombre de su tierra por todo el orbe taurino con la pureza de bandera. De quien se supo ganar con tanto arte y sangre por los ruedos del mundo y, una vez sea oficializado, este premio honrará toda su carrera.

Me alegra enormemente este nombramiento al que se han adherido diferentes colectivos taurinos de toda España, porque ellos tuvieron sensibilidad con quien fue tan destacado torero en las pasadas décadas de los sesenta y setenta. El mismo que, además, formó parte de una magnífica generación en una de las mejores épocas del torero, cuajada de nombres de postín, hasta rendir en tantas ocasiones la cátedra madrileña. O el resto de las plazas, donde se ganó los honores de maestro. El que siempre llevó a su querido pueblo tan en el corazón que, incluso, más allá del ámbito taurino cuando surgía el nombre de Villalpando enseguida surgía “el pueblo del torero Andrés Vázquez”. Andrés, a quien nadie ha regalado nada, lo merece  y será un orgullo que el premio  Tauromaquia Castilla y León-2020 vaya a sus manos. Porque va a ser el honor más grande que lucirá el protagonista y una medalla en su corazón de castellano viejo.

Mis respetos a un hombre que dignificó la Tauromaquia y a un maestro del toreo que siempre sintió orgullo de su origen.

 

En el adiós de Florines, el de ‘Mi Vaca y Yo’

Cuando Florencio Cuesta, el popular Florines marchó a Tenerife para ganarse la vida siempre lo hizo con el sentimental billete de vuelta. Porque su vida estaba en Salamanca, que siempre llevó en el corazón. Esa Salamanca de la que tanto presumía durante los años que permaneció en la isla del Teide y de la que regresó cuando ya tenía lista la cartera para llevar a cabo su vieja aspiración de montar un bar.

Niño de la guerra nacido en Vitigudino, hijo de la España del hambre y las cartillas de racionamiento, un día tras ver las película Currito de la Cruz también quiso ser torero y más aún cundo escuchaba a la gente, que conmocionada, decía que un toro había matado a Manolete. A ese Manolete que para él, en esos años de la infancia, debía ser como un Dios. Pronto se disiparon los sueños de gloria vestido de luces y en aquel Vitigudino de su infancia vería los comienzos artísticos de su vecino Santiago Martín, a quien llamaron El Viti y después tanto aplaudiría por todas las plazas, porque desde que El Viti mató su primer novillo, Florines, ya quedó herrado con el sello de vitista.

También aplaudió y siguió a todos los toreros de la tierra -sin dejar uno atrás- o que se afincaban en ella durante el invierno, a Antonio de Jesús, a André Vázquez, a José Luis Barrero, a Paco Pallarés, a Amadeo dos Anjos, a Flores Blázquez, a Víctor Manuel Martín, a Juan José, a Pascual Mezquita, al Inclusero, al Niño de la Capea (otra de su reconocidas debilidades), a Julio Robles, a Sánchez Marcos, a Luis Reina, Rui Bento, Manrique, Pepe Luis Gallego… Junto a todos los banderilleros y profesionales que siempre tuvieron en él a un amigo y confidente, gente desde El Aldeano, El Latas, Adolfo y Victoriano Lafuente, El Güevero,Arturo Martín, Tito Guerra, Vicente de la Calle, Marcial Villasante, Mateo Carreño, Rubén de Dios, El Miura, Tomás Pallín, Carlos Zúñiga, José Miguel Flores, El Mingo, Aguilar Granada, Nacho Moro… picadores, desde los Cáneba, los Rivas, Juan Mari, Paco Tapia a los actuales.

Florines, de baja estatura, ancho corazón y que siempre derrochaba generosidad y simpatía fue dueño del bar Mi Vaca y Yo un lugar hecho a medida para él, que marcó el pulso taurino de Salamanca durante tres largas décadas, siempre abarrotado de toreros, aficionados y también guiris que querían ver las fotos taurinas colgadas en las paredes. Porque Mi Vaca y Yo era una especie de museo taurino y también una casa de la amistada la que de haberla encontrado en los caminos de su vida un Cela lo hubiera inmortalizado. Porque tenía todos los ingredientes para ser el argumento de un bell sellers. Y junto a ellos nunca faltaba un grupo fijo encabezado por el inolvidable Barbero (de Publicidad Barbi) y por encima de todos el eminente doctor y cirujano taurino Luis Carrasco, quien fue un fiel amigo de Florines.

Aquel bar lo frecuentó un cantaor de la talla del Calderas, también en alguna ocasión su hermano Rafael Farina y muchas veces Manolo de Vega, gran amigo de Florines, al igual que el cantaor de flamenco Manuel Gerena. En el mismo bar donde en cuanto asomaba el otoño y llegaban las canales, se acababa la temporada y las carteras de muchos taurinos se llenaban de telarañas, Florines para poder ayudar a quien lo necesitaba empezó a montar un cambalache de compra y venta de artículos de torear, lo que con el tiempo fue el nacimiento de La Boutique del Torero, hoy regentada por su esposa Nati y cuya fama se extiende más allá de los fronteras.

Además siempre se preocupó de dignificar a los toreros y fue impulsor de numerosos homenajes que llegaron con motivos de la jubilación o retirada, desde matadores de toros, banderilleros, picadores…. Cuando llegaba ese momento, Florines enseguida movilizaba a la gente, hablaba con el restaurante y al protagonista le hacía ser feliz envuelto en la grandeza que supo ganarse. Lo mismo hizo con los cocidos taurinos de fin de temporada, que también fueron idea de él y durante muchos años fue una fecha emblemática en el calendario taurino charro.

Suyo fue también el monumento al torero portugués José Falcón situado en los alrededores de La Glorieta. De aquel Falcón, que tan valiente y buen torero, afincado en Salamanca donde enraizó con su talante y nobleza. O después también promocionó la escultura dedicada al malogrado Nicasio Pérez Cesterito, que se conserva en el Museo Taurino de Salamanca.

Ahora, en estas vísperas de San Andrés, cuando ya han llegado las primeras heladas y las nieblas son protagonistas de muchas mañanas en Salamanca se ha ido a la eternidad. Aunque hacía ya años que vivió en un mundo de nieblas, lejos de tanto rumbo como el que tuvo en la vida. Ahora se ha ido casi en silencio, entre el cariño eterno de Nati, su mujer; de Gema y de Juan Carlos, sus hijos y del pequeño Andrés, su nieto, que fue su debilidad. Se ha ido quien fue un taurino ejemplar y un día en Tenerife supo que su sitio estaba en su querida Salamanca, donde Mi Vaca y Yo su bar fue un referencia durante más de tres décadas. Y sobre todo un rincón que tuvo todos los ingredientes para ser argumento de un bell seller.

 

¡Dejad tranquila la memoria de Paquirri!

Paquirri ha vuelto a la pomada de la actualidad. En realidad nunca dejó de estar y su nombre se ha mantenido vivo desde aquella trágica tarde de Pozoblanco que nos devolvió a la realidad de que los toros matan de verdad.

Sin embargo, no es justo que quien fuera tan gran torero, siempre un tío digno y con la verdad por delante, no lo dejen dormir el sueño eterno. Y sus restos se revuelven en su mausoleo del cementerio sevillano de San Fernando desde que es víctima de tantas especulaciones. Y con numerosa gente interesada medrando alrededor de quien fue un tío cabal.

Hoy su nombre acapara protagonismo en las tele-rosas y las revistas del colorín, a vueltas siempre con ese grandioso torero que nunca acabó de ser feliz. Porque tuvo mala suerte hasta para morir en una plaza con escasos medios sanitarios y además, un apoderado ineficaz -su ex cuñado Juan Carlos Beca Belmonte- que no fue capaz de llamar al helicóptero de  Protección Civil para que en veinte minutos lo hubiera desplazado a Córdoba y evitar perder la vida en las siniestras carreteras del Valle de los Pedroches. Y es que Paquirri tuvo mala suerte hasta para eso, después de que sus  éxitos en el ruedo que lo auparon a ser una primera figura, ni tanto dinero como ganó y la máxima popularidad lograda allanaron el camino para ser un hombre feliz. El camino que siempre se busca en la vida.

Ahora, para quienes tanto admiramos su figura, es tristísimo ver cómo sigue en la diana de la actualidad por mor de su tan traída y llevada herencia. Por malas artes de gentes en quien confió y por tanta vividor a costa de un torerazo que nunca fue feliz.

Dejad su memoria tranquila. Porque debe permanecer el recuerdo de un grandioso torero y de un hombre íntegro. Esa es la gran herencia que dejó Paquirri.

Garzón merece un respeto

Noviembre acude al abrazo de su ecuador y el mundo vive angustiado por esta pandemia de luto y dolor, también esperanzado en que la nueva vacuna acabe con este plaga y se trate de recuperar una cierta normalidad, aunque nada volverá a ser igual. Entre las gentes del toro se hacen apostillas para ver cuándo puede llegar el momento de no volver a volar con las alas de la libertad. De momento todo son hipótesis y aunque para mayo está prevista la salida de la crisis sanitaria,   lo cierto es que hay otro problema de mayor calado. Y es que, desde ese momento, los ‘podemitas’ que gobiernan en Madrid, buscarán sus ases de la manga para seguir arrinconando a la Tauromaquia. Porque quedan tres años de legislatura y van a ser tres años de esquivar las balas que quieren matar la Tauromaquia.

Aunque a los taurinos eso no parece importarle y sí viven, muchos de ellos con sus argucias de siempre y tratando de eliminar a quien osa buscar un trozo de la tarta. Es el caso ocurrido con un empresario nuevo y de grandes ideas, con José María Garzón, un hombre con un concepto de Fiesta del siglo XXI en las antípodas del encorsetamiento del actual ‘sistema’. Por eso, algunas de las casposas mentes que rigen la Fiesta, encuadradas en ANOET, le quieren cortar las alas para volar. Pretenden hundirlo, solamente porque él sabe atraer a la gente con el imán de su buen hacer o la modernidad en una Fiesta que, en muchas cosas siguen embarrancadas con manera organizativas de las medianías del siglo XX.

Sobre Garzón se han lanzado los buitres de ANOET cuando llovía sobre mojado en la estructura de la Tauromaquia y no han sido capaces de defenderse. Sobre él, que es un empresario modelo, afilaron sus garras tras la corrida que organizó en la Plaza Real del Puerto de Santa María y constituyó un éxito. Sin duda la mejor de las celebradas esta temporada.

Pero como el arcaico mundo del toro no da margen a nadie han ido a por él. Porque además, Garzón, era una presa que intentaban derribar después de gestionar con tanta acierto diferentes plazas, de confeccionar carteles atractivos –con toreros jóvenes e interesantes- y de ser capaz de entusiasmar al público, algo que la mayoría de los socios de ANOET son incapaces. Porque la empresarial taurina no mira que el hoy, sin saber nunca que llegaría un futuro.

Pos esa razón y siempre buscando lo mejor de la Fiesta lanzamos nuestra admiración a este empresario. Porque la Fiesta necesita modernidad y sobra demasiada caspa, como la que desde ANOET intentó derribarlo.

Dioni se fue por la banda

Por Antonio Risueño
Tras dos años en que un fatal ELA lo ha tenido relegado en el banquillo de la vida, Dioni se nos ha perdido por la banda para siempre, a la edad de 54 años. Dionisio Fonseca Gutiérrez nació en El Bodón, era el pequeño de cuatro hermanos, que  creció en el emblemático mesón El Refugio. Lugar de referencia en la comarca de Ciudad Rodrigo, y del mundo del toro durante décadas.

 

La vida de Dioni fue siempre energía y clase, a la vez que un notable temple a la hora de encarar la vida. Sus facultades físicas le pusieron en la órbita de configurarse como una importante promesa de futbol. Las cosas le fueron saliendo bien y tras brillar con luz propia en los patios del desaparecido -como tantas cosas, en esta despojada tierra-   Colegio Los Sitios,  y de los polvorientos campos de futbol de la socampana de Ciudad Rodrigo; fue escalando categorías en el equipo de futbol de  Ciudad Rodrigo, para dar el salto a la capital charra,  integrando las filas del Salmantino – filial de la tristemente desaparecida Unión Deportiva Salamanca-  sin llegar a jugar con el primer equipo. La impresión de jugador alegre, rompedor e intrépido le acompañó el resto de su vida, por donde ha ido entre todos los aficionados al futbol que le vimos jugar;  por más que las lesiones y el no acertar a ver el futbol más allá de un juego divertido, le apartaran muy pronto de los terrenos de juego.

Con poco más  de  veinte años y dejando a un lado  el futbol,  se enfrentó a la vida con entrega y elegancia, haciendo de la difícil profesión de comercial de una casa de piensos, el magnífico taller donde él moldeo su persona, e hizo vida en una comarca y un sector, que  siempre está lejos de cualquier boyantía. Su repetida máxima de ‘problema- solución’, que tantos dolores de cabeza le ocasionó hizo que en más de tres décadas no dejara de crecer profesional y humanamente. Nunca dijo que lo supiera todo de un sector, en el que llevaba toda su vida profesional y siempre se le vieron intenciones de seguir aprendiendo y creciendo. Su capacidad camaleónica para hacerse al terreno y a los tiempos le ayudó a no perder el pie del estribo, en treinta años de cambios.

Su carácter abierto y siempre dispuesto para el dialogo y la chanza, especialmente en su pueblo, le convirtiéron en un genial anfitrión con quien nadie se sintió jamás extraño ni forastero. Andando  Dioni por los bares, no había forastero desatendido ni pariente pobre: abierto, dicharachero, distendido, capaz de pasarse las horas muertas filosofando con quien le asistiera al palo;  Dioni- siempre impecablemente vestido-  llenaba vacíos e iluminaba sombras con su sola presencia.

Su condición de hombre fiestero, escapaba radicalmente de una personalidad superficial: poco a poco fue caminado por las roderas profundas de la vida en la relación con sus amigos, sus jefes y compañeros de trabajo, sus hermanos y resto de familia; y de forma especial con su mujer y su hija: Chus y Lorena,  de quienes ha recibido el ciento por uno en este difícil y duro tramo final de su existencia.

Ahora que se ha ido por la banda, para no volver a ser visto en alegre incorporación al campo de la vida, sólo aspiro a que sus dichos ocurrentes, su memoria y sus imprescindibles cualidades, se siembren y broten en todos los que aun buscamos lo físico de su presencia. Descansa Dioni… Y muchas gracias por todo.

 

Artículo escrito por Antonio Risueño

 

Recordando a don Pablo Lozano y a Tinín

Seguimos despidiendo gente afín, con la que has compartido momentos en los pasos de la vida. Estos días se nos han ido don Pablo Lozano y el torero José Manuel Inchausti Tinín, dos personajes del toro que a nadie dejaron indiferentes.

Recuerdo en mis tiempos de chaval ver a don Pablo Lozano (a los taurinos triunfadores siempre se les llamó de don) en sus viajes por el Campo Charro, Siempre paraba en el desaparecido restaurante El Cruce, de La Fuente de San Esteban, un lugar donde también le dejaban encargos y quedaba con ganaderos y gentes del toro. Eran muy frecuentes sus viajes para reseñar las corridas, para embarcar o cualquier otra función de la cometido.

Don Pablo, quien en sus tiempos de matador fue bautizado La Muleta de Castilla, con su enorme estampa, calvicie oculta por una gorra de visera y seriedad en el rostro bajaba de su vehículo, casi siempre un Mercedes –que era sello de distinción entre los taurinos- nada más entrar por la puerta del Cruce iba como una exhalación al teléfono (cuando a las llamadas se las denominaba conferencias) para llamar a sus hermanos y estar al tanto de todo lo que ocurría en sus competencias. Siempre al teléfono donde estaba un buen rato; porque antes de llegar lo móviles, los taurinos en cuanto llegaban a algún establecimiento salían corriendo en busca del teléfono. Después al acabar pinchaba algo, casi siempre en la barra, donde era saludado por colegas que coincidían y rápidamente regresaba para Madrid.

Eran tiempos del esplendor de Atanasio Fernández, de los Galache, de los Cobaleda, de Raboso, de Sepúlveda, del Sierro, de Sánchez-Arjona, de Antonio Pérez, de Juan Mari, de Garzón, de Alipio…, años de oro del toro charro con ganaderías que estaban siempre en la agenda de don Pablo y de las que conocía todas las reatas, los mejores sementales y hasta, si se terciaba, las encinas de cada finca. De ahí que pronto se hubiese alcanzado fama como uno de los mejores hombres de campo. Siempre dentro del trío formado por estos taurinos de la toledana villa de Alameda de La Sagra, donde José Luis –que afeitaba un huevo en el aire- era el relaciones públicas y Eduardo el de los números.

Tiempo más tarde, en otoño de 1989, siendo uno primerizo en las labores periodísticas, los Lozano llegan al trono de Las Ventas como empresarios de esa plaza para suceder a Manolo Chopera en un nuevo giro para la Fiesta. Y exactamente el día después de la concesión, en épocas que aún faltaban años para la llegada de la telefonía móvil e Internet, encontré a don Pablo Lozano, como casi siempre, en el restaurante El Cruce, donde comía con Íñigo Sepúlveda. Esta vez se encontraba en el comedor, lejos de la habitual barra y esperé hasta que acabasen para abordarlo y solicitar una entrevista. Entonces uno tenía mucha hambre de periodismo y todas las horas del día estaban al servicio de la profesión. Tras saludar a don Pablo, a quien dí la enhorabuena por lograr el sueño de alcanzar el trono venteño y a Íñigo, en esos días máxima figura de los ganaderos, don Pablo aceptó encantado y me invitó a sentarme con ellos en la mesa donde contó pretendían que fuera su gestión y la enorme ilusión con la que habían desembarcado en Las Ventas, como guinda de una larga y trabajada trayectoria al frente de todos los palos del toreo.

La entrevista se publicó dos días más tarde a doble página en el desaparecido diario El Adelanto y fue uno de los mis primeros éxitos en esta profesión. Y en ese mundo taurino al que entregué los mejores años de mi vida.

A partir de entonces siempre hubo magnífico trato con don Pablo Lozano, quien fue una referencia en conocer el toro bravo y en saber dónde se debía tocar la tecla de un torero para dar lo mejor de sí.

Apenas dos días después fallecía José Manuel Inchausti, el célebre Tinín, personaje novelesco y que pasó por la vida sin dejar a nadie indiferente. Tinín fue otro fijo en el Campo Charro, incluso en los últimos años residía en Salamanca dada su vinculación a la familia Matilla. A Tinín lo conocí en los primeros meses de 1985 al anunciar su reaparición e instalarse en la Fonda Ortega, de La Fuente de San Esteban. Allí pasó varios meses y Tinín, como ocurrió en todas las facetas de su vida, a nadie dejó indiferente. Aunque cierto que poco quedaba de aquel torero que triunfó con tanta fuerza en sus irrupción taurina dos décadas antes. La reaparición fue en Madrid, donde Manolo Chopera lo acarteló en una corrida de Santiago Domecq, divisa de garantías, alternando con el joven Pepín Jiménez, que ya encandilaba a Madrid con su arte y el zaragozano Enrique González El Bayas, que había triunfado con fuerza la anterior Feria del Pilar en una televisada.

Como Tinín que siempre tuvo tanto desparpajo se había hecho amiguete, junto a varios amigos fuimos aquel domingo a Las Ventas, cuando los viajes a Madrid, por ñla carretera nacional, nada tenían que ver con los actuales. Ni tampoco aquellas corridas de la temporada madrileña que eran cita de los mejores aficionados y que fueron el puente de salvación para tantos toreros, que en ellas encontraron el camino de las ferias –Paco Ojeda, Ortega Cano, José Luis Palomar…-. Tinín, que estaba tieso –como decía- pretendía recuperar glorias y dinero en el toreo, aquella tarde fracasó y su sombra pasó por Las Ventas lejos del torero que había abrazado la gloria. Chopera, no obstante, le volvió a dar otra oportunidad en julio y otra vez ofreció la peor de las caras. Desde entonces, Tinín desapareció largo tiempo y casi nadie tenía noticias suyas. Decían que acaba por México y otros que había vuelto a su época de manager de artistas –antes había sido de Serrat y de Camilo Sesto-.

Más tarde y siempre por sorpresa –porque toda su vida fue una sorpresa- volvió a verse por el Campo Charro, ahora en la faceta de veedor. Y Tinín era como siempre, con su risa contagiosa (cuando se juntaba con Habacuc Cobaleda y ambos reían era un espectáculo), con sus abrazos si se encontraba con algún torero amigo –El Viti, Robles, Pallarés, Flores Blázquez, Juan José…- o su forma de ser tan espontánea. Siempre con su fama de mujeriego y de vividor que había recorrido medio mundo. Por eso Tinín también tenía mucho de trovador.

Vaya el recuerdo a estos dos personajes, ahora que en el ecuador del otoño nos han dejado.

 

El triunfalismo no es el camino

El 2020 avanza a la velocidad del tren burra, como llamaban aquel tren de vagones de madera que desde Valladolid unía la Tierra de Campos y llegaba hasta Castroverde haciendo honor a su nombre. Porque nunca hubo más deseo de dar carpetazo a un año y más aún con la esperanza de tener esa deseada vacuna que descabelle la horrorosa pandemia de la muerte y de la ruina.

Mientras, no hemos dejado de lado la actualidad, solidarizándonos con el mundo ganadero, ahogado y con muchas interrogantes en su inmediato futuro; al igual que el resto de profesionales que forman parte de la Tauromaquia, con el horror de ver cmo se vacía la despensa de sus sueños y no hay nada claro para la próxima temporada. Para ese 2021 al que se aferran para que sea el de la esperanza y ni en sueños nadie quiere que sume al actual para convertirse en un bienio trágico.

Al hilo de la actual y siniestra campaña hemos vuelto a disfrutar con la grandeza del extremeño llamado Emilio de Justo, quien debería haber recogido el fruto de su cosecha torera y deberá esperar. Porque Emilio de Justo -¡ojalá vuelva pronto la normalidad!-, gracias a su grandeza, es uno de los nombres señalados para dar grandeza a la Fiesta. A Diego Urdiales, otro máximo exponente de la pureza que apenas se le ha podido ver, pero se le espera como a las aguas de mayo, al igual que a Pablo Aguado, que también era este su año y de momento también está sentado en el banquillo de la espera. Y aquí, en medio del naufragio que vivimos ha sacado cabeza para navegar en su arca un sevillano de Triana llamado Juan Ortega. Torerazo soñado y manantial cristalino pulido por el gran Pepe Luis Vargas. Juan Ortega, que para muchas es una sorpresa, no es nuevo y ya había dado varios toques de atención en plazas importantes, incluso Las Ventas. Pero en 2021 le han valido dos tardes para reivindicar que va a ser un nombre importantísimo en la Fiesta. Y junto a ellos otra serie importante de nombres quienes han debido ver la temporada en su casa, esperando que este tsunami de ruina y muerte llamado Covid acabe pronto.

Por lo demás hemos seguido puntualmente la llamada gira de reconstrucción y el resto de festejos televisados. De nuevo, muchas veces, con el lógico malestar al ver a los taurinos tropezar en las mismas piedras, las que desde hace años han dejado tan tocada a la Fiesta. Y lo que es peor, emperrados en pretender que los males se arreglan por la vía del triunfalismo, con muchas orejas tras faenas mediocres (muchas veces mendigadas por los propios toreros o sus banderilleros, en escenas lamentables), con salidas en hombros masivas (algún día se escribirá en los carteles al final del festejo todos los actuantes serán izados en volandas para salir por la puerta grande) y la indultitus que tan poco beneficio al espectáculo. Y es que, de unos años para acá, se indulta todo y se hecho en genérico lo que debería ser todo un acontecimiento que acaparase los titulares.

Un festejo taurino tiene un verdadero banderín de enganche y ese no es otro que la emoción. Ver algo diferente que observes con el corazón latiendo a gran ritmo cuando un toro bravo se hace el dueño de la plaza. Si eso toro no se hubiera perdido, en vez de uno ¡que no moleste! –como señalan algunos ganaderos- desde luego que las carreras de los matadores no serían tan largas. Antes, cuando las figuras se retiraban mataban festivales benéficos, algo que prácticamente ha desaparecido y era escuela de aficionados, porque le es más fácil seguir vistiendo de luces.

Eso ha provocado que haya un escalafón con diestros súper veteranos y, lo peor, muy vistos. Y ojo, aquí hago un inciso porque en casi todos los tiempos e hubo toreros veteranos que iban o venían alternando con las novedades de esa época, bebiendo de sus fuentes tanto los aficionados como la gente joven. Ocurrió en mi generación con la reaparición de Antoñete y Manolo Vázquez, admirando todos los chavales que éramos aficionados a los dos maestros. O más recientemente con Juan Mora, que ha sido el último lujo del toreo y los estamentos de esta Fiesta, tan falta de sensibilidad, no supieron aprovechar, porque en captar su arte, esencia, colocación, distancias… estaba la verdadera escuela para los más jóvenes.

Hoy, cuando uno se aproxima a los treinta y cinco años en la profesión periodística y suma cuatro largas décadas de aficionado taurino, habiendo disfrutado plenamente de la Fiesta desde el final de los 70 e íntegramente la grandiosa década de los 80, tengo licencia para decir muy alto y en cualquier foro que el triunfalismo (‘indultitis’ incluida) es un cáncer para la Fiesta. Porque aquí lo que se necesita es emoción, que son palabras mayores y el camino de reconstrucción de la Fiesta cuando llegue la normalidad que vendrá tras esta horrorosa pandemia de la muerte y de la ruina.

 

Alejandro Mora vuelve a soñar

Alejandro Mora, el fino y elegante novillero plasentino vuelve a soñar y ya mira los horizontes del 2021. De la nueva temporada, tras este paréntesis del ‘20’, donde el toreo ha permanecido amarrado en el andén de la espera por este maldito virus.

Sin embargo, a Alejandro Mora este año se le complicó aún más con una dolorosa lesión en la muñeca derecha que le fue detectada en abril tras ser sometido a una resonancia magnética. Se trata de una Tenosinovitis de Quervain. En un principio se intentó recuperar a través de una rehabilitación por fisioterapia. Pero ante la negativa de una mejoría el doctor don César Casado Pérez le recomendó ser intervenido y e la mañana del viernes pasó por el quirófano del hospital madrileño de La Paz y practicarle una apertura corredera extensora.

Ahora Alejandro Mora, nieto de aquel luchador en todos los caminos del toro llamado José ‘Mirabeleño’ y sobrino del maestro Juan Mora, convertido en uno de los revulsivos de la novillería actual y que ya ha dejado su calidad artística en numerosas plazas, empezará en breve a preparar la nueva campaña. Porque los horizontes del 2021 ya están ahí y su nombre va a ser otra referencia gracias al arte y esencia que atesora.

La huella salmantina de Manolo Granero

El nombre de Manolo Granero ha vuelto  a la pomada de actualidad con motivo del centenario de la celebración de su alternativa, conmemorada hace unos días. Por esa razón, hoy recuperamos algunos parajes de los momentos que vivió en Salamanca, su tierra de adopción y donde se hizo torero. Llegó mediada la segunda década del pasado siglo, en los tiempos que José y Juan escribían una gloriosa época que ha pasado a la historia como la Edad de Oro
En esos años, Manolo Granero se curte en el Campo Charro con otros tres chavales que conmocionaron, taurinamente,  a la afición. Se trata del sevillano Manuel Jiménez ‘Chicuelo’, del jerezano Juan Luis de la Rosa, del madrileño (aunque criado en Salamanca) Eladio Amorós. Los cuatro dieron luz y llenaron toda una época que se vivió con enorme pasión. De hecho, cuando eran anunciados se fletaban trenes especiales  y sus novilladas eran todo un acontecimiento.

Granero, una tarde que actuó en una novillada celebrada en el viejo coso de Tejares. A su derecha el señor Paulino, conocido joyero y admirador del joven.

Manolo Granero, uno de aquellos protagonistas -hijo de una familia bien del valenciano barrio del Pilar-, por sus gestos tan refinados, la exquisita educación y su saber estar, su llegada a la capital del Tormes en el invierno de 1917 no pasó inadvertida. Porque aquel muchacho que cursaba estudios de violín en el Conservatorio de Valencia estaba lejos de quienes pretendían ser torero. Sin embargo pronto hizo cambiar de opinión a todos los ganaderos del Campo Charro y aficionado de la tierra, al ver en él una figura en ciernes.

Estudió violín en el Conservatorio de Valencia y estaba llamada también a ser una eminencia de la música.

Llega a Salamanca acompañado de su tío Paco, un entusiasta aficionado que desde la infancia trata de conducir a Manolito en los terrenos del toro. Lo hacen gracias a la amistad de su tío Paco con un comerciante textil y sastre de Salamanca, don Pedro Sánchez, a quien conocen por Pedro Paños y es conocida su enorme afición taurina. Enseguida, don Pedro Sánchez se convierte en su apoderado y es quien lo conduce a los ganaderías de la tierra, a la primera de todas a las pertenecientes a la familia Pérez-Tabernero, donde enseguida le abren las puertas don Antonio, don Argimiro, del Alipio y don Granciliano pasando semanas enteras en sus fincas. También comienza a acudir a Campo Cerrado, a casa de don Bernabé Cobaleda, donde también se prenda del arte del muchacho el joven ganadero Atanasio Fernández Iglesias, que acababa de contraer matrimonio con Nati,  hija de don Bernabé Cobaleda.

Antes de llegar a la ciudad charra ya había matado una becerrada en Valencia, gracias a la gestión de su tío Paco. Sin embargo, es en el Campo Charro donde se curte y hace torero. Su residencia la tiene en la salmantina calle Zamora donde, casi siempre está con sus inseparable compañeros de vocación, siendo muy querido y pronto empieza a contar con numerosos seguidores. Granero, además, pronto gana más adeptos por su exquisitez humana y la cultura que atesora, además de la avezada calidad artística para el violín, llamado a ser también una eminencia en la música. Ese hace que, incluso, en cierta ocasión fue hasta acompañe a orquestas que actúan en el café Suizo o en el mismo Casino, donde está en la mira de apuestas jovencitas de la sociedad charra, cuando aún es casi un niño, mientras se extiende como un reguero de pólvora su calidad torera y grandes personalidad charras se apasionen por él. Ocurre con el señor Paulino, afamado joyero que tiene su establecimiento comercial en la Plaza Mayor y en uno de su viajes por el extranjero adquiere un precioso violín que le regala a Granero, e torero en ciernes.

Aquel torero-violinista seguía creciendo para coronarse como un rey de la torería, mientras tenía idealizado a Joselito. Tanto que en esos años de novillero, junto a sus compañeros, abarrota las plazas donde son anunciados. Por ejemplo, en cierta ocasión fueron anunciados en Tejares y llegó tal avalancha para presenciar el espectáculo que estuvo a punto de producirse una alteración de orden público a cargo de las miles de personas que se quedaron sin poder acceder al coso. Lo mismo ocurría al anunciarse en Zamora, Toro, Valladolid, Ávila, Cáceres… fletándose hasta trenes especiales. Sirva el ejemplo de una novillada celebrada en Guijuelo, cuyos ecos han llegado a nuestros días, donde Eladio Amorós, Manolo Granero y Juan Luis de la Rosa, frente a reses de Coquilla, causan tal alboroto que durante años se habla de esa tarde en toda la comarca, transmitiéndose el testimonio de padres e hijos con verdadera pasión. ¡Y no se cortó más que una sola oreja!

Pasa el tiempo y el violinista valenciano, ya convertido en la máxima figura de los novilleros decide tomar la alternativa. Y dada su relevancia lo hace en Sevilla, en La Real Maestranza, de manos de Rafael Ortega y de testigo su amigo y compañero de correrías novilleriles Manuel Jiménez Chicuelo. Fue el 28 de septiembre de 1920 y desde ese momento todos comenzaron a augurar que estaba llamado a ser el sucesor de Joselito El Gallo, fallecido de manera trágica unos meses antes en Talavera de la Reina. El toro de la alternativa se llama Doradito, era sardo de capa y pertenecía a la ganadería de Concha y Sierra. Granero brilla y es muy aplaudido.

Es el inicio de una carrera que lo aúpa a la élite y todas las plazas se rifan su presencia, estando presente en los mejores carteles. Hasta que llega el 7 de mayo de 1922 y Granero esanunciado en Madrid, en la plaza de Goya, de la carretera de Aragón con todos de dos hierros: tres del duque de Veragua y otros tres del marqués de Albaserrada para un cartel joven que ha levantado mucha expectación: Juan Luis de la Rosa, Manolo Granero y Marcial Lalanda, que confirma su alternativa. El quinto toro, inscrito con el nombre de Pocapena, cárdeno y bragado, seguramente burriciego, muestra mansedumbre y en terrenos del 2, Granero, se dispuso a entrarle a matar, cerca de las tablas, donde le aprieta el animal, hasta alcanzarle en una tremenda voltereta de la que salió maltrecho y con la ropa rota. Granero había quedado prácticamente sentado, dando la espalda a la barrera. Pocapena vuelve a él para cornearle, metiendo el pitón por su ojo derecho y destrozándole el cráneo contra las tablas. Su rostro era una masa sanguinolenta que logró fotografiar Pepito Fernández Aguayo, aunque nunca desveló aquellas placas.

A la mañana siguiente la noticia se conoce en Salamanca y, los vendedores de periódicos vocean su muerte, en las ediciones vespertinas. Pronto la tristeza se adueña en todos los ambientes taurinos y sociales de la ciudad que tanto lo quería , al igual que en la provincia, tan frecuentada por él para ir a las ganaderías y por haber toreado novilladas en diferentes localidades. De hecho, había manifestado que su ilusión era retirarse a lo sumo en tres y cuatro años, comprar una finca en Salamanca y alternar la residencia en la tierra charra de su adopción y la valenciana de su alma.

Poco días después de la tragedia, la céntrica iglesia de San Esteban acoge una misa por su alma, a la que acude una multitud que ofrece sus condolencias a don Pedro Sánchez, el conocido por Pedro Paños, el comerciante que lo apoderó y ya para siempre vivió, al igual que su familia, con el recuerdo de aquel Manolo que de niño violinista acabó protagonizando una carrera taurina tan breve como gloriosa. Y al que Salamanca lloró como si fuera suyo.

 

 

¡Salvemos la Fiesta!

Nos despertamos este lunes con un ataque frontal a la Tauromaquia. Ahora, nada menos, que por el ministro de Cultura, Rodríguez Uribes, en unas lamentables declaraciones realizada al diario El Mundo, que son más que el reflejo del antitaurinismo de este gobierno comunista que está destrozando a España. De este Gobierno que desde antes de llegar al poder ya dejó ver sus intenciones y que ha aprovechado la lacra de la pandemia para clavar su estilete en el mismo corazón de la Fiesta.

Tristísimo y una vez más se pone en evidencia que la Tauromaquia jamás debió salir de Interior, donde le fue an bien y no el Ministerio de Cultura donde únicamente ha recibido palos y menosprecios desde su llegada.

Hoy, con las declaraciones de Rodríguez Uribes, los aficionados han vuelto a mostrar su indignación. Y también su indefensión, porque nadie es capaz de dar un paso al frente para la defensa del toreo, más que casos aislados. Pero cuando es más necesaria que nunca la unión, otra vez más, cada cual ha remado en las aguas de su interés. Y esto creo una debilidad que aprovechan los enemigos.

Lo malo no son los reiterados ataques que buscan tambalear el arte del toreo, no. Lo malo es que las gentes que viven de ese arte aguantan con los brazos cruzados y en ocasiones poniendo la otra mejilla, ante una campaña que no busca más que erradicar la Tauromaquia.

Es hora de decir basta, de parar tantas tropelías ante esta gentuza que desde las altas instituciones del Gobierno está cercenando todo lo que es España y sus tradiciones. La Tauromaquia es grandiosa y no puede seguir siendo un naufrago en aguas de nadie. Ya es necesaria la acción y olvidarse todos de su interés. El frente común es lo único que la puede salvar y arrinconar a esos comunistas del gobierno que están destrozando al país.