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El ‘día del toro’, en Buenamadre

El Campo Charro siempre reservaba para hoy, tradición charra del Lunes de Aguas, la celebración de su romería más tradicional -junto a Cabrera, El Cueto…-, la más querida y enraizada entre sus gentes. La que honra a la Virgen de los Remedios en la ermita del mismo nombre, situada en el término de Buenamadre, muy cerca del río Huebra y en medio de un privilegiado teso sobre el que se domina parte de la llanada charra.

La romería tiene -en esta ocasión tenía por el confinamiento del Covid 19-  su día grande, el de los tiros largos, en la jornada de hoy, el Lunes de Aguas, aunque los nativos de la comarca, le supieron dar un toque de distinción y, desde épocas añejas, en esos pueblos se conoce como el día del toro, gracias a un festejo taurino que, hasta hace muy pocos años, se celebraba en su preciosa plaza de toros. Y también este año se iba a recuperar y ahora deberá esperar mejor ocasión.

En la ermita comienzan los actos religiosos en la tarde del domingo con la llegada de cientos de romeros, muchos los cuales cumplen el ritual de velar durante toda la noche en la ermita para agradecer promesas o hacer algún voto, al gozar la Virgen de los Remedios  de tanto fervor en el Campo Charro. Después, tras los actos religiosos disfruta de una hermosa fiesta, arraigada y que convoca a miles de personas llegadas de toda la provincia.

Juan José fue un clásico de este festival. En esta foto en tarde de triunfo.

Ahora, tras esta obligada interrupción, el próximo año volverá a recuperar su grandeza con los valores que la definen de su aspecto tradicional y sabor añejo. Porque a la misa y procesión mañanera seguía la comida; después, al finalizar, con la panza llena de hornazo y vino, llegaba la hora del típico festival taurino en el escenario una de las plazas más bonitas y asoleradas de la charrería. La misma que iba a volver a abrir sus puertas y ojalá alguien, o la propia cofradía, tramiten la documentación para que sea declarada Bien de Interés Cultural y con ello poder hacer una integra restauración.

La plaza, es un coso de piedra berroqueña que ha visto actuar a lo más granado del toreo, desde Jumillano, El Viti, Camino, Antonio Bienvenida, Pallarés, El Niño de la Capea, Robles, El Yiyo…, hasta muchos más que allí escribieron páginas de oro en su biografía,  ejemplo de los venezolanos hermanos César y Curro Girón, quienes actuaron por primera vez en España en ese coso. César, pocas después más tarde sería uno de los ídolos de la Tauromaquia.

Uno de los últimos festejos realizados, en concreto el penúltimo.

Por eso, esta tarde, desde la añoranza de esta romería tan charra de Buenamadre, la más tradicional de nuestra tierra -junto al Cueto y Cabrera- cargaremos fuerza para el año venidero.

 

 

 

 

El Helmántico: 50 años de recuerdos y felicidad

Nuestro Helmántico, estandarte deportivo de la ciudad de Salamanca alcanza los 50 años. Ya medio siglo desde que el vetusto campo del Calvario cerró su puertas para abrir las de un moderno estadio admirado por todo el mundo del fútbol. Tiempos del vielo Pedraza, del capitán Huerta, del sensacional Pollo, de José Manuel, de Fermín, de Calero… entrenados por Casimiro Benavente, que era el técnico en aquel tiempo de mudanza. De entonces hasta hoy ha transcurrido mucha vida y ese recinto que ha sido un orgullo de la ciudad se nos hace mayor y hace tiempo que dejó de ser un mozo; aunque mantiene la coquetería y glamour, con la belleza de la madurez que lo convirtieron en una cancha futbolística tan bonita y singular, pese a las zozobras de momentos tan duros que llegaron a raíz de la desaparición de la Unión y aún continúan. 

El Helmántico fue un símbolo de fútbol español en los tres últimos decenios del pasado siglo, especialmente coincidiendo con los años que la Unión –la querida y entrañable UDS a la que seguimos guardando luto en nuestro corazón de aficionados- se tuteó con los grandes en Primera División. Y allí, sobre ese magnífico tapete, envidiado por todos los equipos que visitaban el Helmántico, admiramos a los grandes jugadores que coleccionábamos en los cromos de Panini y eran los ídolos de la época. Primero los nuestros, con el fabuloso Joao Alves, el genio portugués de los guantes negros que puso al futbol charro en el escaparate mundial en unos años que todos los chavales jugábamos con guantes negros para emular al ídolo; los argentinos D’Alessandro y Rezza; tiempos de Sánchez Barrios, en un altar tras el gol de leyenda al Betis que convirtió a Salamanca en una fiesta y nos llevó al olimpo de los grandes, a la clase de Robi, a Lanchas, a Corominas, a Enrique, a Pepe, a Pedraza, a Martínez, a Juanjo, al magnífico Lobo Diarte, a Ángel, a Huerta, a Rial, a Ameijenda, a Báez, a Bustillo, a Tomé, a Pita, a Ito, a Pérez… y los que fueron llegando para contribuir a la grandeza del equipo y escribir páginas históricas sobre el césped del Helmántico.

Y junto a nuestros dioses era como un sueño ver en directo a las leyendas del Madrid con nuestro admirado paisano Vicente del Bosque, junto a los Santillana, Juanito, Pirri, Breitner, Sielike, Jensen, Camacho, el negrito Cunninghan contra aquella Unión que jamás se rendía. O al Barcelona de Cruyff, con su aureola de ser el mejor jugador del mundo, rodeado de Neeskens, Rexach, Asensi, Migueli, Carrasco… y la mayoría de las veces salían vapuleados con una nueva derrota en el Helmántico. O el Atlético de Madrid post Luis, en los denominados tiempos del Pupas, con Leivinha, Ayala, Pereira, Rubén Cano, Irureta… El Valencia de Kempes, Rep, Tendillo… El Español de Solsona o Marañón. La maravillosa Unión Deportiva Las Palmas que lideraba el maestro Germán Dévora, con Brindisi, Morete, Castellanos, el portero Carnevalli… Y la inolvidable Real de Arconada, Zamora, Satrustegui, López Ufarte, Alonso, Gajate (procedente de Hinojosa de Duero); de entonces recuerdo un partido que se encontraba en empate a uno y a falta de unos minutos para el final el técnico Ormaetxea realizó un cambio para reforzar la defensa y sacó a López Ufarte, a quien todo el estado tributó una ovación de gala cuando marchaba para el vestuario. ¡Aquella era la enorme afición charra!

El aquel precioso estadio y bajo el grito de ¡Hala Unión! fuimos creciendo y haciéndonos mayores. Eran tardes de fútbol con el olor a Faria que impregnaba el graderío y copas de Soberano que servían sin parar los bares del interior durante el descanso para matar los fríos del invierno. Era mágico aquel ambiente que nos cautivó y hoy miramos atrás con el orgullo y la felicidad de haber crecido teniendo al equipo de tu tierra en la élite y con un maravilloso campo que cada dos semanas se llenaba de aficionados, junto a otros muchos venidos de diferentes puntos del país y daban un toque tan colorista a la ciudad llenando hoteles y restaurantes. De entonces lo peor eran los partidos contra el vecino Valladolid que acababan convertidos en un choque de insultos entre las dos aficiones y los ecos se extendían los siguientes partidos al grito de “pucelano el que no vote” o “ese árbitro pucelano es”.

En esos tiempos de la infancia y adolescencia era lo máximo poder disfrutar de la Primera División en directo cada quince días, porque cada partido era un acontecimiento. Y hubo momento que jamás olvidaremos y han quedado grabados para siempre en las despensas de nuestros recuerdos. Uno de ellos un partido contra el Barcelona cuando España vivía con la zozobra del secuestro de Quini y aquel día, con la Unión casi descendida a Segunda tras siete años en la máxima categoría ganó al Barça gracias a un sensacional Ito que se marcó un partidazo y por esas fechas fue traspasado al Real Madrid con aureola de estrella; de aquel día jamás olvido la enorme ovación que recibió aquel gran señor, icono del seny catalán, que fue Nicolás Cassaus al atravesar el campo, completamente emocionado, camino del palco. Y aquel partido fue el canto del cisne de una leyenda blaugrana, del gran Charlie Rexach, quien a final de temporada se retiró y esa tarde salió el segundo tiempo marcándose un partidazo y llevando continuamente el peligro a la portería que defendía Antonio (ese día titular) para intentar fructificar el triunfo blaugrana. Esa noche, Helenio Herrera, el entrenador del Barça al ser entrevistado por José María García manifestaba que ese partido se debía repetir por no estar sicológicamente preparados los jugadores debido al momento de incertidumbre que vivían por el secuestro de su compañero.

Esa misma temporada del descenso, dos jornadas más tarde llega la visita del Real Madrid en una tarde sabatina de primavera con el Helmántico abarrotado. Comenzó marcando la Unión, con gol de Ito –que ya era propiedad del Madrid tras un cuantioso traspaso para la época- y pronto empató Juanito, quien marcó otros dos goles más para alzarse con un cómodo triunfo aquel Madrid que acabaría ganando la Liga en un partido donde en los primeros compases, el meta García Remón –que vivía entonces un gran momento deportivo- sufre una gravísima lesión al atajar un balón en la portería del fondo norte y propicia el debut del joven Agustín. Muchos años después, García Remón, siempre aireando la bandera de la caballerosidad, fue entrenador del Salamanca y cuando lo entrevistaban gustaba de posar en esa portería del fondo norte, donde un día vio cómo se truncaba su mejor momento deportivo. 

 Después llegaron ascensos, descensos, interminables etapas en la 2B y otro buen día la ciudad recuperó la Primera División; ahora con los Pauleta, César Brito, Sito, Taira, Barbará, Vellisca, Quique Martín, Torrecilla…volvimos a soñar con épicos triunfos como el 4-3 al Barcelona, el 5-4 al Atlético de Madrid, el 6-0 al Valencia… en esa casa de la felicidad que es el Estadio Helmántico y ahora cumple 50 años. Un siglo de gloria y grandeza al servicio de Salamanca y del fútbol. 

Silencio: ¡Torea Curro Vázquez!

Curro Vázquez fue una debilidad de este crítico, un torero de culto al que durante años seguí por un montón de plazas. Por la casi totalidad de las corridas que contrataba en una época de tanta pasión que únicamente me faltó durante esos inviernos cruzar el charco y seguirlo por América. Fue el sucesor natural de la infinita pasión que tuve desde niño por Julio Robles, el que siempre fue mi torero y a quien en esos años que te bebes la vida, sin día ni noche, se organizaban los fines de semana alrededor de las plazas que iba a torear nuestro Julio, siempre acorde a las posibilidades de entonces. Eso si, el sitio de Julio en mi alma de aficionado nadie lo podrá llenar.

Aquella pasión se rompe el trece de agosto de 1990 con el terrible percance de Beziers y, desde ahí, uno queda huérfano, igual que un perro sin amo y desnortado en el inmenso planeta taurino. Con el divo roto y postrado en una clínica francesa, enfrente del Mediterráneo, tratando de salvar su vida con su cuerpo lleno de tubos y de cables. A partir de entonces era llegar a una plaza –uno ya estaba inmerso desde hacía unos años en las labores del periodismo taurino- y se caía el alma con su nombre ya apeado de los carteles. Más cuando tantos aficionados se acercaban para preguntarte por Robles y ver qué tal estaba, porque Julio Robles fue un gran amigo hasta el última día de su vida.

La vida sigue y por aquellos tiempos empecé a seguir con más pasión –también por la influencia de Alfonso Navalón, de quien entonces ya era compañero y desbordaba sus pasiones antoñetista y currovasquista, a quien solía traer a las tientas de su finca El Berrocal. Y a partir de entonces Curro Vázquez, ese Rubio de Linares, que era la debilidad de Madrid y un torero de culto para los aficionados de postín, fue el torero que más me llenaba en sus tardes de inspiración. Curro, el Curro de Madrid, cada poco regalaba alguna lección de arte con momentos para enmarcar dentro de una época donde disfrutamos de muchas actuaciones de relumbrón en Las Ventas, en la misma plaza que lo ví salir en hombros en la Feria de Otoño de 1989 tras desorejar a un Victorino y en vísperas de salir Julio Robles en volandas tras torear una santacolomeña corrida de Buendía, en una anochecida madrileña donde todos los roblistas acariciamos el cielo con las manos. ¡Quién iba a decir que ya estaba tan cerca el final de nuestro torero! 

A Curro Vázquez lo seguí con desbordada pasión y fui testigo de aquel fantástico San Isidro de 1994 donde cuajó dos faenas y estuvo a punto de salir en hombros las dos tardes contratadas, en una de ellas, bajo un aguacero, bordó el torero con un Valdefresno y mereció llevarse para su casa todos los premios; pero esa misma feria Julito Aparició inmortalizó a Cañego, un toro de Alcurrucén con una faena de leyenda, plena de inspiración y torería, que se llevó todas las distinciones. Después aquel año vi varias tardes más –Curro no era un torero que se prodigase a la hora de firmar contratos- y la que iba a ser la culminación de su carrera (¡Se va el maestro!, anunciaban los carteles) con una corrida otoñal en solitario de seis toros en Las Ventas para marcharse al grito de ¡torero, torero! 

Estuvo unos años alejado, se dejaba ver por las plazas, toreó algún festival y una tarde en Valencia, en el homenaje al Soro, a su gran amigo Vicente, Curro Vázquez destapó el tarro de las esencias y el bicho del toreo lo volvió a picar con su veneno para llegar su última vuelta a los ruedos. Y llegó la reaparición de la mano de Rafael Corbelle, que ya había colgado su traje de figura de los hombres de plata y triunfaba como apoderado, siempre muy cerca de los Lozano, empresarios de Madrid.

Era el invierno de 1997 y Curro se preparó mucho en el Campo Charro. Frecuentó las ganaderías del Puerto de San Lorenzo, El Pilar, Valdefresno, Sepúlveda, Sánchez Arjona, Montalvo, Alipio Pérez-Tabernero, Charro de Llen… donde aprovechando el final de las faenas camperas acudía a merendar con su compañero y amigo Julio Robles, quedándose incluso alguna vez a dormir en la finca de La Glorieta. Ya en primavera se anunció San Isidro y fue contratado tres tardes las tres en lunes, por lo que aquel ciclo isidril se dio en conocer como el de los lunes de Curro Vázquéz. Para prepararse más a fondo también mató también varios toros en la vieja plaza de Santa Cruz, de Ciudad Rodrigo, cuando ese coso, donde por entonces guardaba el rejoneador local Juan Luis Perita sus caballos, ya escribía su réquiem, aunque por entonces se mataron muchos toros a puerta cerrada, gracias a una sociedad que crearon el torero José Luis Ramos y el empresario Ángel Corral, quienes compraban toros de deshecho e inútiles para la lidia en las ganaderías de la zona y se aprovechaban para el entrenamiento. En una de aquellas veces, el gran Curro Vázquez, que cuando iba a matar un toro a puerta cerrada se instalaba en La Ponderosa de Sancti Spíritus, bordó una faena antológica antes un colorao de Raboso. Un privilegio para las escasas personas que nos encontrábamos en Miróbriga.

Vestido con un viejo verde botella y oro que le llevó su hermano José María, a la vez mozo de espadas, con la ayuda de un par de banderilleros, su fiel Pali Pirri y Briceño, junto al picador Victoriano El Legionario, Curro se presentó en la plaza de Ciudad Rodrigo a bordo de su Volvo y la compañía de su hermano Antonio, que iba al volante. Apenas había media docena de personas y enseguida se dio orden de salida a un toro colorado, destartalao y bizco del pitón izquierdo. Un toro que remató de salida en los burladeros y enseguida lo vio Curro, quien lo lanceó con sus yemas de seda con cuatro lances y una magnífica media. Entre barreras, a la hora de coger la muñeca y bajo el grito de “silencio, ¡torea Curro Vázquez!” guiñó de forma cómplice a su hermano Antonio, señal inequívoca que estaba ante un toro soñado para poner en escena su magnífica interpretación y el inmenso caudal de su torería.

A partir de entonces ya todo fue una obra de arte bajo el aroma de la inspiración, mientras fluía el arte del toreo en toda su belleza, con naturales ralentizados y ligados uno tras otro que provocaban los oles y el enorme remate de dos dos trincherillas cambiadas. Fue la obra perfecta, rubricada exactamente con catorce muletazos y una estocada que dejó el sabor de lo mejor. Y a Curro le llenó las fuentes de su torería, quien además como es un torero de grandeza, nada más llegar a La Ponderosa, tras ducharse, pidió una botella del mejor vino, para regarlo con el mejor jamón.

Porque un torero, además de un arte es grandeza. Y el maestro Curro Vázquez eso lo llevó a gala.

¡Cuando se inauguró El Toreo de Cuatro Caminos!

Aquel mes de mayo de 1989, la Salamanca taurina vivía con emoción el acontecimiento programado para el día 14, domingo y contaba con todos los tintes para convertirse en algo histórico. Nada menos que la esperada inauguración de la plaza de toros del Toreo de Cuatro Caminos, que había promovido el gran torero Paco Pallares en el paraje El Cruce, muy cerca de su querido pueblo de La Fuente de San Esteban, donde años antes había adquirido unos terrenos al ganadero Salustiano Galache. Aquella plaza tan coqueta era la culminación de los sueños de Pallarés y el lugar elegido para dedicarse a su oficio de empresario taurino, después de verse obligado a colgar el traje de luces a raíz de sufrir un trágico accidente de tráfico que le dejó imposibilitado para continuar en activo.

El 14 de mayo apareció un día radiante, de sol espléndido, en medio de una primavera para soñar. Era la fecha que tanto se hizo esperar y, desde los días antes, en la propia plaza se vivía un ambiente de gala con numerosos aficionados que llegaban de todos los puntos de la provincia, otros de Zamora, Valladolid, muchos de Portugal para sacar las entradas y no perderse el acontecimiento, además de elogiar el gusto de la plaza, junto a los detalles tan toreros y cuidados que lo convertían en una referencia. Y que debía ser un símbolo del mejor toreo, como lo era el mejicano coso del Toreo de Cuatro Caminos, del que Pallares trajo el nombre en recuerdo a los triunfos que alcanzó en aquel histórico coso de la capital azteca.

Paco Pallarés quiso tirar la casa con un cartel atractivo y de tirón, y para ello rápido aceptó el ofrecimiento de su discípulo Julio Robles, consagrado en figura y diestro que despertaba auténticas pasiones y además reinaba en solitario en el torero castellano tras la retirada, el anterior septiembre, del Niño de la Capea. Por cierto, el propio Robles, había seguido con mucho interés el proceso de las obras y fueron varias las ocasiones que acudió a visitarlas acompañado del propio Pallarés, quien también invitó para abrir el cartel a su paisano Juan José, puro intérprete de la sobriedad castellana y con el poso propio de la veteranía. Cerró la tarde Ricardo Sánchez Marcos, de Vitigudino, torero de exquisiteces, pero sin suerte y que en esa época traba de buscarse sitios en los carteles apoderado por Paco Pallarés. Aún así, en aquellos tiempos lejos todavía de los móviles, a Paco Pallarés se le ofrecieron un montón de toreros para ser protagonistas de ese acontecimiento, ejemplo de José Fuentes, Manzanares, Curro Vázquez… O del mismo Espartaco, quien siendo máxima figura de la época, días antes de la inauguración, al coincidir que estaba tentando en Campo Cerrado, visitó la plaza y le dijo a Pallarés: “Maestro, algún día me gustaría torear aquí”. 

El domingo, ya desde primeras horas, fueron numerosos los aficionados que llenaron completamente el recinto del Toreo de Cuatro Caminos –reforzado con bares anexos-, además de los cercanos establecimientos, que tuvieron que duplicar sus plantillas con personal extra y colocar barras en el exterior ante la avalancha de público, con miles y miles de aficionados. También llegaron hasta ese rincón del Campo Charro muchos profesionales para estar presentes e infinidad de medios de comunicación, entre ellos el televisivo Tendido Cero, que desplazó a Federico Arnás para grabar esos históricos momentos, donde hubo ¡hasta reventa! con la presencia de conocidos especialistas quienes hicieron su agosto en las horas antes del inicio. Hoy parece increíble al rememorar que hasta la reventa funcionó, siendo muchos los aficionados que llegaron a última hora y no les quedó más remedio que adquirir su entrada de esa forma, una vez que en taquilla se había colocado el no hay billetes.

Y ya caída la tarde acabó la corrida con casi todo el mundo contento. Porque aunque el resultado artístico no fue el esperado, lo ciertos que esa fecha quedó escrita para la posteridad en la Tauromaquia charra al ser todo un acontecimiento que abría una nueva puerta a la afición en el mismo corazón del Campo Charro. Lo peor de todo fue que, por distintas circunstancias, aquel precioso proyecto de Paco Pallarés que revitalizó esa zona no acabó de cuajar y al tiempo ese recinto acabó cerrando y hoy se pierde a merced de los vientos del olvido.

 

Alfredo, ¡esperanos en el cielo!

Querido Alfredo: Hace ahora un año cuando presentamos Aquella Mañana de Diciembre hablábamos con frecuencia de la tragedia que asoló al Campo Charro y dejó una cicatriz de dolor eterna en esa comarca. Un hecho que sentías tan dentro por tu condición de sacerdote del entrañable pueblo de La Sagrada, sobre el que la desgracia clavó las garras de dolor con tanta crueldad. Cuando hablábamos sobre ello -siempre te agradeceré lo mucho que me ayudaste en esa obra, la más sentimental de mi trayectoria- me decías que “aquella mañana jamás debió haber amanecido”. Hoy, en este día que cierra marzo, triste y nevado, nos hemos levantado con la noticia de tu muerte y, bajo la conmoción del gran afecto y amistad que nos unía, pienso que esta mañana tampoco debió haber amanecido. 

Llevabas días luchando contra ese maldito Covib19, abrazado a la vida y viniéndote arriba con tu bravura natural, sin perder en ningún momento las ganas de luchar. Porque has sido un luchador, un hombre que jamás se volvió a atrás y estaba ahí. Siempre llegabas a todos los sitios con tu porte de viejo pelotari, la camisa inmaculada y la corbata, saludando a unos y a otros. Departiendo con todos y hablando del asunto que se terciara, porque sabías dominar los tiempos y los ritmos. Por eso queda un vacío infinito y se te va a echar mucho de menos en las tierras del Huebra y del Yeltes, en las entresierras o en que querido Ciudad Rodrigo, donde eras una personalidad y formabas parte de diferentes instituciones, tal como el Bolsín Taurino, donde saciabas tu enorme afición a la Tauromaquia. O en la Peña de la Francia, a la que tanto acudías para postrarte ante tu Morenita, de la que eran tan fiel devoto.

Casi no tengo palabras para escribir tu despedida. Y pienso en que aún no sé qué momento de la vida llegó  la amistad contigo, desde luego que hace más de 25 años y por la vinculación taurina y futbolera de ambos. Si te recuerdo de antes jugando al frontón y era un acontecimiento tu fuerza, destreza y capacidad cuando ibas a jugar torneos veraniegos por los pueblos y te los llevabas de calle. Siempre con tu personalidad, recia y charra, tu don de gentes y el montón de amigos que tenías, que eran la gran cosecha de tu vida.

Porque has sido una persona que ha brillado sabiendo hacer gala de tu bonhomía. Que la tierra te sea leve, gracias tu amistad y esperanos en el cielo.

Hasta siempre, Alfredo.

En el adiós al doctor Ortega

Vaya esta crónica sentimental dedicada al eminente doctor José Manuel Sánchez Ortega, a quien admiré desde muchos años antes de ser su amigo y que esta tarde de domingo nos ha dejado en su querida Barcelona, víctima de la lacra del Covib-19.

Tiemblan las manos, la emoción se hace presente con un nudo en la garganta y apenas puedo teclear para escribir esta crónica sentimental en unos momentos que nos rodea  tanto dolor e incertidumbre. Pero hay que hacer de tripas corazón y seguir adelante, aunque en las cunetas de la vida ya vayan quedando tantos amigos y recuerdos. Esta tarde de domingo, plomizo y marcado por la incertidumbre, se ha marchado a la eternidad el doctor José Manuel Sánchez Ortega, eminente doctor que viera la luz en La Fuente de San Esteban, localidad de la que tanto presumía por el mundo, hombre de bien y un señor que protagonizó una destacadísima página como cirujano en Barcelona.

Alto y delgado, de aspecto vareado y cierto parecido con el literario personaje de don Quijote, el doctor Ortega, un buen día envolvió sus sueños en una maleta para marchar a Barcelona y poner raíles en sus metas de ser cirujano. Atrás quedaban las encinas de su tierra natal que clavan sus raíces en el fondo de los siglos, sus años de estudiante en Salamanca, el primer destino profesional en el pueblo serrano de Garcibuey y las sustituciones que llevó a cabo en La Fuente de San Esteban a la figura del titular, el histórico don Luis Sánchez-Abarca.

Cargado de ilusiones abrazó a esa Barcelona de los años 60 que cada jornada acogía, generosa, a tantos miles emigrantes. Era la Barcelona que jueves y domingos llenaba La Monumental para admirar a El Viti, a El Cordobes, a Camino, a Bernadó…; en la misma que un día de julio de 1972 aplaudió con fervor a Julio Robles, un mozo de su pueblo que tomaba la alternativa y además de torero grande fue amigo suyo y un buen día, años después, en ese mismo escenario, le brindó un toro. Y a esa plaza siempre iba a ver torear a otro querido paisano, al maestro Juan José, muy unido a su familia, además de ser vecinos. Y soñaba con verla abierta de nuevo para admirar a Alejandro Marcos, nieto de su querido amigo Jesús y que fue su última ilusión torera.

Era la Ciudad Condal del Barça inmerso en los tiempos post-Kubala y que aún debería esperar la llegada de un astro holandés llamado Johan Cruyff para cambiar la historia de ese club y convertirlo en una fábrica de sueños. La Barcelona de La Rambla rodeada de sus personajes pintorescos que se confundían entre los soldados de la VI Flota Americana que aprovechaban el ocio del paseo hasta regresar a los barcos atracados en ese puerto, que escoltado por el mirador de Colón. La que enamoraba con su barrio Gótico y sus calles cargadas de encanto, con su preciosa Catedral y la basílica de Santa María del Mar mucho antes de que Idelfonso Falcones se inspirase en ella para escribir esa delicia de las letras castellanas llamada ‘La Catedral del Mar’.

Noviembre de 2018, en la Casa de Castilla y León, de Barcelona, en la presenciaración de ‘Latidos del Fútbol Charro’. Junto a Silvestre Sánchez Sierra y diferentes personalidades del fútbol -Paco Seirulo, José Manuel Sánchez Rodilla, Ángel González, Paco Martínez, Miquel Corominas y Rafa Marañón-.

En ese ambiente impregnado por la brisa del Mediterráneo, un muchacho de La Fuente de San Esteban escribía su gran historia de cirujano de leyenda con sus manos de oro para recuperar la salud de la vida, la alegría perenne en su rostro, la solidaridad en su alma y la sensibilidad en ese corazón que siempre ha bombeado sangre de humanidad. La misma que se alió a él y lo acompañaba cada año en el momento de regresar a su pueblo, junto a su mujer e hijos para disfrutar del Corpus –fiestas que pregonó en lujosa disertación en el año 1987- rodeado de su pandilla de siempre -Martín García, Ángel Vicente, Ballesteros, Jesús Marcos, su primo Andrés…- y sin apenas poder caminar por la calle para detenerse a saludar a tanta gente como la que se le acerca para tributarle gratitud y amistad.

El doctor Ortega, Jose para sus paisanos, siempre conservaba el aura de su humildad y señorío que le supo impregnar en el hogar familiar su madre, Paca ‘La Vicentilla’, una mujer luchadora que quedó viuda muy joven y entregó su vida al trabajo para darle carrera a sus hijos. El que le hizo ser un cirujano referencia. El que siempre regresaba a su pueblo rodeado de tantas emociones y sentía el cariño de la gente como un rey que regresa del exilio.

Ahora, en estos días de caos e incertidumbre, en medio de este domingo plomizo, se nos ha ido por sorpresa. Se ha ido un señor que era todo bondad y tiemblan las manos. Mientras la emoción se hace presente con un nudo en la garganta y apenas puedo teclear para escribir esta crónica sentimental a José Manuel Sánchez Ortega, a José, el de Paca ‘La Vicentilla’, un charro lígrimo.

 

 

Pinto, ¡la que nos has liado!

HACE UN AÑO QUE FALLECIÓ EL GRAN JOSE PINTO. HOY LO RECUERDO Y VUELVO A PUBLICAR EL ARTÍCULO QUE LE ESCRIBÍ ENTONCES

Hay días que nunca deberían de haber amanecido, querido José. Porque cuando recibes un hachazo así, de frente y en frío, quedas bloqueado de impotencia, hundido en un montón de preguntas que no tienen explicación. ¡Un tío como tu jamás podía morir! Te bebías la grandeza de la vida a sorbos y la disfrutabas a cada momento, sin dejar nada atrás y si era para hacer el bien llegabas el primero. ¡La que nos has liado! Diciendo a todo que adelante, más para los actos benéficos o de ayudar a la gente y es que realmente tu vida fue eso, solidaridad. Y siempre con esa sonrisa campechana, que fue otra de tus identidades.

Te habías ganado a todo un país y, especialmente, en tu tierra lograste poner tu nombre en lo alto del podio de admiración y de respeto desde que te convertiste en un gran embajador y a la par en ese escaparate que tanto necesitaba La Raya, la Socampana, el Campo Charro y ese rincón de la comarca de Ciudad Rodrigo que pusiste en el mapa al convertirte en un icono televisivo y ser admirado cada tarde por tantos millones de personas gracias a tu inmensa cultura y esa bonhomía que enamoró a España. Y fuiste un batallador si llegó el caso y ahí está tu implicación contra la especulación en tu ejemplar labor frente a esas minas de uranio que pretenden destrozar los campos de Retortillo para envenenar uno de los más hermosos rincones de la charrería. Ahí llegaste tu, avalado por tu fama de la tele y con la identidad de tu grandeza humana, sin perder tu verdad y señorío para dar otra lección de dignidad. Porque siempre estabas donde eras necesario y más en actos benéficos –Cruz Roja, lucha contra el cáncer…-, atendiendo a todo, regalando sonrisas antes de regresar a tu querido Castillas de Flores para seguir al frente de tu explotación ganadera.

Ayer nunca debió estar en los calendarios, amigo. Porque la noticia de tu muerte fue un mazazo cuando a primeras de la tarde, de viaje a Segovia para comer en ese templo gastronómico de Los Mellizos, en Carbonero el Mayor y disfrutar de una velada taurina al lado de los amigos del Espontáneo, en un alto del camino, al mirar el teléfono enseguida supe que algo ocurría al observar una treintena de llamadas perdidas, señal inequívoca que los números no cuadran y estás casi seguro que abre la puerta de las peores noticias.

– Ha muerto Jose Pinto de un infarto.

Desgraciadamente esa noticia se confirmó rápido, Y si, era tu, Pinto. El gran Jose -sin tilde-, el del inmenso corazón, con quien ya teníamos prevista la excursión de mañana a Ciudad Rodrigo para ir a escuchar tu pregón de Carnaval, junto a nuestro Antonio Risueño, seguros que sería una maravilla recuperando tus recuerdos y vivencias en esa joya de Miróbriga. Y antes darte un abrazo cuando fueras arropado por la Corporación Municipal desde la Plaza Mayor al Teatro Nuevo, escoltado por dos maceros, como si fueras un jefe de Estado, porque a fin de cuenta tu te has ganado a las gentes de tu tierra y has hecho más que cualquier político; todo por beneficiar al prójimo con el orgullo de haber nacido en ella, sin buscar nada a cambio. ¡Cuánto deben aprender de ti! Y ahora nos dejas huérfanos, al igual que queda esa preciosa capa de paño, con las vueltas de seda encarnadas, que ibas a estrenar mañana en el pregón y la habías encargado con tanta ilusión en una sastrería de Salamanca cuando la otra tarde fuiste con el gran Félix Rodríguez –el amigo que tantas copas nos sirvió en la discoteca Amayuelas hace ya tantos años- a tomarte las medidas.

 Casi no tengo palabras para decirte, porque contigo se va un gran amigo y un maestro de quien tanto apr endí. Solo sé una cosa y es que hay días que nunca deberían de haber amanecido, querido José.

La aventura charra en Tenerife, una verdadera novela

Salamanca atesora una pintoresca historia escrita por la tinta aventurera. Se trata del intento de reconquistar, taurinamente, las Islas Canarias, episodio protagonizado por un tropel torero de la tierra, que arribó a los territorios chicharreros con Eliseo Moro Giraldés y Marcial Villasante, como comandantes de aquel peculiar ‘ejército’. Giraldés y Marcial eran las cabezas visibles de una iniciativa tan pintoresca e ilusionante en los inicios como decepcionante en su final cuando, tras no cumplirse los objetivos, regresaron cabizbajos y con su corazón impregnado por el amargo sabor del fracaso.

Todo comenzó en el año 1971. Entonces Giraldés convenció a Marcial Villasante para organizar corridas de toros en Tenerife, aprovechando que Canarias era un territorio en el que apenas existían programaciones más allá de las dos capitales, razón por la cual, a su tenor,  la empresa tenían grandes posibilidades de triunfar. Por esos días, únicamente permanecía abierta la plaza de Santa Cruz de Tenerife, la misma en la que Victoriano Valencia cerraba su puerta de matador para abrir la de empresario y apoderado.

Victoriano, junto a Octavio Martínez Nacional -un pintoresco personaje que había sido matador de toros-, empresario de la plaza de Las Palmas, tuvieron sus manos el despertar la Fiesta en las islas, pero faltó promoción y acabaron cediendo para para poner a tiro a los políticos antitaurinos isleños la definitiva supresión de la Fiesta en el archipiélago.

Por entonces, alguien les sugirió la posibilidad de ofrecer corridas en aquel lugar y ambos se lanzaron a la aventura, reclutando para ello un particular ejército de hombres entusiastas que se aventuraban a la conquista de su particular Eldorado. En aquellos días, el empresario charro Paco Gil tenía una plaza portátil que había bautizado como La Salmantina y a la que ya apenas le daba uso. Se trataba de la plaza que había adquirido para el lanzamiento de Julio Robles y en la que toreó frecuentemente novilladas sin picadores en festejos que organizaba su apoderado y desde el debut con picadores de Julio Robles en Lérida, la plaza permanecía en esa capital catalana esperando la posibilidad de que alguien la adquiriese.

Sabedores de ello, Giraldés y Marcial deciden adquirirla a Paco Gil, quien le ofrece magníficas facilidades. Dado el primer paso, a una parte del ‘ejército’ se le encomienda viajar a Lérida a desmontar la plaza y posteriormente cargarla en camiones del transportista Campo, para trasladarla a Cádiz y desde allí, embarcarla a su destino insular. Los encargados de esas misiones ‘logísticas’ son El Gravao y Jerte, a quienes acompaña un peculiar y orondo personaje conocido como El Sera, que había sido mozo de espadas de Víctor Manuel Martín.

 

La misión se logra en tiempo y forma, porque entonces la ilusión abanderaba a este grupo que, cual conquistadores, tenían por delante las metas de un éxito empresarial y artístico que estaban seguros de conseguir en El Puerto de la Cruz. En ese lugar paradisiaco que durante todo el año alberga una numerosa población que acude a disfrutar de su temperatura, de su lago Martiánez, de sus playas y también de su soberbia infraestructura hotelera.

Sin embargo, nada más arribar, las autoridades del Puerto de la Cruz deciden que la plaza se enclave en La Orotava, cerca del lugar previsto inicialmente, idea que fue aceptada de buen gusto, al tratarse de una magnífica ubicación. Y allí, en un campo de fútbol, con un nombre de reminiscencias guanches –Quiquira–, se montó, solemne y gallarda, ‘La Salmantina’ dispuesta a ser la protagonista de una página taurina en Canarias.

Durante esos días el inquieto Marcial Villasante no dejaba de ir para acá y para allá, siempre pendiente de cualquier trámite. Y de que estuviera todo en orden. Marcial había llegado a Tenerife con anterioridad de que el barco Marqués de Pinilla arribase en los diques de San Cruz con el cargamento de la plaza en sus bodegas. Después, siempre a bordo de su 2 CV, que se llevó a Tenerife, aprovechaba para pegar carteles publicitarios de los espectáculos y junto a los miembros de su ‘ejército’ acudía a los hoteles a llevar propaganda. O a animar a los ‘guiris’ para que acudieran a las corridas. O si no instalaba en su Citroën un equipo de megafonía para ir por las playas anunciando el acontecimiento.

Mientras, por mar y aire, fue llegando la expedición torera que se unió a los pioneros El Gravao, Jerte y El Sera, junto al empresario Marcial. Se trataba de los matadores Víctor Manuel Martín y Flores Blázquez, los banderilleros Manolo Romero, Victoriano Lafuente, José Luis Barrero, Parrita de Triana, Curro de la Riva (los dos últimos radicados en Madrid), el picador José El Rubio. También el socio de Marcial, Eliseo Rubio Giraldés, quien entonces no tenía otro sueño que el de ser rico a cualquier precio.

Con todo listo y en orden para dar el pistoletazo de salida cerraron el primer cartel. Se trataba de un mano a mano entre Víctor Manuel Martín y Flores Blázquez, con quienes actuaría en las labores de sobresaliente un novillero que se llamaba Manuel Benítez. Precisamente dado que se denominaba igual que El Cordobés, ese apodo se puso en letras grandes como un anzuelo para que picara la gente.

En la primera función la plaza se llenó y todos se flotaban las manos ante el éxito. También se llenó quince días después cuando se anunciaron Marcelino Lebrero y su hermano El Bormujano, a quienes apoderaba el cura Lezama (años más tarde famoso por sus negocios de restauración). Después volvieron a actuar los matadores charros. Mientras, la iniciativa llegó a su final y todo salió perfecto. Además, el pintoresco personal del ‘ejército’ taurino charro se lo pasó en grande durante los días libres. Cuando no había toros, ni acudían a pegar carteles, o a acicalar la plaza.

Como anécdota de su paso por Canarias, la expedición recuerda, por ejemplo, que el tabaco rubio americano valía lo que un paquete de Celtas en la Península, es decir tres pesetas, mientras que el que se vendía en Salamanca y que llegaba de contrabando, por Andorra o Portugal, subía hasta las cincuenta pesetas. Lo mismo sucedía con el güisqui, cuyo precio de la copa, en Tenerife era de cuatro pesetas, es decir inferior a lo que entonces valía un chato en los bares de la Calleja, que era el lugar de moda para ir de vinos en la capital charra y solía ser de cinco pesetas. También hubo algún ligue y hasta un torero local guardó para siempre un trozo de su corazón para una chicharrera que lo hizo tan feliz durante su estancia en la isla. Y por contra, lo peor fue una terrible pelea entre dos peones provocada por quien no jugaba la partida de la vida con las cartas de la nobleza.

Se vislumbraba un gran futuro, por lo que los empresarios decidieron dejar la plaza para regresar en 1972 con nuevos proyectos. El primer paso estaba dado. Ahora llegaba lo más difícil, la consolidación. Además, Marcial había hecho grandes amistades en la isla, como la de un industrial llamado Pelayo, a quien siempre le guarda gratitud. Por eso razón decide ampliar el negocio y los meses antes de la partida compra gran cantidad de ganado para sacrificarlo en Sevilla y enviar las canales a Canarias, donde pensaba que gozarían de gran éxito debido a que, en las islas, la carne que se consumía llegaba congelada desde Argentina.

Comienza 1972 y se programa una nueva temporada canaria en la que repiten la mayoría de los expedicionarios, sabedores que ese año sería el suyo. El del triunfo. Entonces, hasta Víctor Manuel Martín se lleva su precioso coche, un ‘Austin Victoria’, a las islas. Y a los anteriores se les une un novillero llamado Amador Sánchez, hijo del mayoral de los Fraile, y Fidel San Justo. Allí pronto empiezan a torcerse las ilusiones, sobre todo cuando acuden a recepcionar los contenedores de carne y comprueban que llega podrida, por lo que no queda más remedio que tirarla al mar, con la amenaza de la ruina sobre sus cabezas.

Después, los problemas se agravan y la empresa se ve sometida a un férreo control gubernamental. Se le exigen nuevos corrales, enfermería, dependencias… También deben negociar con el empresario de Santa Cruz para alternar las fechas de los festejos. De tal forma que siguen la forma acordada, pero se sorprenden cuando se deja sin toros a Santa Cruz.

De nuevo, el Gobierno Civil cerca a los modestos empresarios, a quienes finalmente se le retira la posibilidad de ofrecer más toros, tras una decisión de la máxima autoridad en la isla. Se trata de un político que desde la sombra medró para acabar con la empresa Villasante- Giraldés y de paso con los sueños de la ‘troupe’ torera salmantina, que ve caer sus ilusiones por la sombra de la conspiración.

Victoriano Lafuente y José Luis Barrero, que poco antes se hizo banderillero, en su periplo taurino por tierras chicharreras

Después, con el año 1972 tocando a su final, Marcial fue despidiendo a toda la ‘troupe’ aventurera y, poco a poco, regresaron a sus puestos en las Península los aventureros. Unos en avión, otros en barco, pero todos poseídos por la enfermedad que más temen los toreros: La ‘caninez’.

De la vuelta quedan en el recuerdo de los protagonistas infinidad de anécdotas, como la de Víctor Manuel, que regresa en barco para traerse su coche. De entonces cuenta que compartió camarote como Jerte y El Gravao, sorprendiéndole que ambos no salieran para nada del reducido espacio, porque tenían –a decir de ellos– los bolsillos vacíos y él se encargó de que no le faltara de nada. Entonces, ya en la Península y de camino a Salamanca, el bolsillo de Víctor Manuel también se secó. Fue poco antes de llegar a Sevilla en el momento que su coche se queda sin gasolina y entonces, el matador, les dijo: “Señores, hasta aquí hemos llegado. Cada cual que se busque la vida”. En esos momentos, Víctor Manuel, creyó ver visiones al ver cómo los dos compañeros de travesía sacan un fajo de billetes y le dan dinero suficiente para llegar a casa.

Aún, en la bella localidad chicharrera de El Puerto de la Cruz y embargado por la tristeza de la derrota, Marcial liquida la sociedad. Mientras que los toros que quedan se lidiaron en la localidad lanzaroteña de Tías, en la que se programaron tres corridas con mucho éxito; otros se los vendió a Victoriano Valencia, en contra de Giraldés, su socio, pero entonces había que hacer ‘caja’ y los torean en la capital tinerfeña Jaime Ostos, el portugués Ricardo Chibanga y el rejoneador Curro Bedoya. De otros seis se hizo cargo Octavio Martínezel empresario de Las Palmas, mientras que los restantes los mató Chavalo a puerta cerrada.

Con el sabor de la derrota en la piel, únicamente quedan en la isla los caballos de picar, propiedad de Manuel Chopera y se los trajo Fidel San Justo a la Península. Fidel estaba tan ‘tieso’ que se clavó una punta y no tenía ni para pagarse la inyección del tétanos. Por último, como un viejo capitán derrotado, el último en abandonar el barco que se hundía fue Marcial, quien al día siguiente tomó un vuelo a Sevilla, con escala en El Aaiún, para ir a esperar los caballos a Cádiz y definitivamente dejar cerrada la página de una aventura que nació con toda la ilusión y acabó dominada por el fracaso de la decepción en tintes novelescos.

El ‘día del toro’ de Buenamadre volverá a tener carteles

Qué hermoso es respirar una bocanada de aire fresco en el mundo del toro y ver proyectos que huelen a pan nuevo recién salido del horno. Surge este artículo  como gracias a la feliz idea de la Federación de Peñas Taurinas de Salamanca y Provincia Helmántica de recuperar una serie de placitas históricas levantadas al pie de las ermitas. Y es que hoy me descubro ante estos aficionados charros que en su amor a la Tauromaquia han demostrado, en estos tiempos que soplan vientos tan poco halagüeños, que la crisis se combate con ideas y a los enemigos se les rebate con las cosas bien hechas. Como este ejemplo de rescatar del pozo del olvido estos cosos tan pintorescos, los mismos que atesoran una un riquísima historia y han sido una de las raíces de nuestra Fiestas, con esas romerías que rendían culto a la Tauromaquia. Desde la misa matinal hasta el festejo taurino y por medio baile y siempre buenas viandas.

Tarde grande en La Ermita de los Remedios. Nada menos que El Viti y Camino torearon ese año (completaron el cartel Andrés Vázquez, Paco Pallarés y José Luis Barrero). A la izquierda de la foto aparece el señor Primi, personaje aragonés instalado en Salamanca que llenó toda una época. Entre los dos maestros, el señor Prudencio García Encinas, afamado veedor de toros; a la izquierda de Camino, el banderillero Valentín Cano ‘Jerte’ y delante el gran peón Antonio Labrador ‘Pinturas’

Me emociona volver a sentir los olés en la vieja y berroqueña placita de la Ermita de los Remedios, por tierras de Buenamadre, en lo que debe ser un acontecimiento se mire por donde se mire. Porque ese lugar que, durante tantos años, acogió un festival de postín ha sido un icono taurino del Campo Charro y la fecha más esperada para la gente. De hecho en la zona se le conoce como el día del toro. Aquel día del toro que siempre tuvo el festival taurino de la tarde –con reses propiedad de algunos de muchos ganaderos cofrades- y donde era frecuente ver a toreros de campanillas, junto a ilusiones locales, invitados por alguno de los muchos ganaderos miembros de la cofradía y organizadores del festejo.

A uno esa noticia le eriza el vello de emoción. Porque aquel fue el banderín de enganche de la afición para mucha gente, entres ellos quien les escribe después de ver allí sus primeros festejos siendo un chavalín y a diestros que compartieron cartel con otros grandiosos que dieron tanta categoría al ‘día del toro’ en la Ermita de Buenamadre. Porque ese ha sido un día grandioso para el toreo charro y no hay más que ver carteles, ya de color sepia, por el paso del tiempo, que tiene inscritos los nombres de Jumillano (muchos años parte activa del festejo por vinculación y vencindad), Victoriano Posada, Julio Aparicio, Antonio Bienvenida, Antoñete, El Viti, Paco Camino, Paquito Pallarés, Juan José, El Niño de la Capea, Julio Robles, Roberto Domínguez, El Yiyo… Y otros muchos que allí escribieron páginas de oro en su biografía, ejemplo de los venezolanos hermanos Girón, que precisamente, cuando actuaron por primera vez en España, lo hicieron en el escenario de ese coso, donde se hicieron aplaudir con su toreo valiente y espectacular. César, poco después rompió a figuras tras una sucesión de triunfos en Barcelona para acabar siendo uno de los ídolos de la Tauromaquia. Y su hermano Curro le fue a la zaga.

Juan José, en tarde de triunfo en el tradicional festival de Las Emita de los Remedios

Junto a las figuras, que mataban un novillo y les servía de entrenamiento en esos inicios de temporada, fueron los toreros de la zona quien mayor protagonismo alcanzaron. De hecho quienes mayor número de paseíllos sumaron han sido, por este orden, Juan José, Julio Robles y Paquito Pallarés (nunca faltó hasta su fatídico accidente, siempre arropado por sus numerosos seguidores). De los diestros de la zona recuerdo una actuación pletórica de Luis Miguel Moro, de Vitigudino, el mismo año que tomó la alternativa donde paseó hasta las criadillas de un bravo torete de Antonio Casasola, frente al que bordó el toreo.

Ahora vuelve un festival que nunca debió perderse, porque es como otra encina del Campo Charro y esa es máxima alegría. Si los chavales de mi época ahí tuvimos un magnífico punto de arranque para ser aficionados, los nuevos volverán a tenerlo gracias a este proyecto tan magnífico que todos debemos aplaudir y apoyar. El nuevo capítulo comienza en una clase práctica de la Escuela de Taurina de Salamanca, un tipo de festejos ideal y que economiza un montón de gastos que harían insalvable su recuperación. Por esa razón es el mejor espectáculo para poder comenzar otra nueva etapa, la que será banderín de enganche a la Fiesta de muchos jóvenes. Y enhorabuena a la Federación de Peñas Taurinas Helmántica, porque a la crisis se combate con ideas y a los enemigos se les rebate con las cosas bien hechas.

Penúltimo festejo celebrado en la plaza de Los Remedios.

Un paseo nostálgico por Mozarvitos

Al pisar la finca Mozarvitos, después de tantos años, uno recuerda infinidad de vivencias discurridas en esa casa ganadera, símbolo del esplendor perdido del Campo Charro. De aquellos albaydas que tantas alegrías llevaron a los aficionados y un montón de triunfos a las carreras de los toreros. Ahora, el paso del tiempo ha ajado su recuerdo y, en Mozarvitos, la nostalgia se vive en cada rincón, al contemplar los restos de un ayer glorioso. Por eso,  cada zancada, se hace con el respeto y la reverencia que se le guarda a una ganadería que atesoró una grandeza que ha quedado escrita en las páginas sepias de su historia.

Añejos tiempos de rumbo y esplendor en la Salamanca ganadera. La edad de oro del toro charro, cuando embestían hasta los moruchos –dixit Antoñete- y era todo un acontecimiento circular por la carretera de Ciudad Rodrigo para poder contemplar los toros de algunas de las más postinera vacadas, sucediéndose una tras otra.

Una de ellas, la del Marqués de Albayda, que pastaba en Mozarvitos, finca situada al lado de Aldehuela de la Bóveda y donde aún llama la atención la imponente casa palacio levantada sobre un teso, más a la izquierda la plaza de tientas y sobre el fondo un teso dominado por un inmenso encinar con magníficos pastos. Allí, actualmente, pastan varios cientos de cabezas de ganado de carne y mezclada entre ellas la única vaca de casta que quedó en la finca tras la desaparición de la ganadería y que es un símbolo de la casa, el último resquicio de una época gloriosa. Se trata de Naranjita, herrada con el número 500, del guarismo de 1997 y tentada por Julián Guerra en la Navidad de 1998, dando un juego superior. Después, al año siguiente, el nombre del Marqués de Albayda se colgó por última vez de un cartel en la novillada celebrada en Tordesillas, el once de septiembre del 2000, con César de Madrid, Iván Romero y Julio Pedro Saavedra de protagonistas a pié.

A partir de ese momento comenzó la salida del ganado en Mozarvitos, completándose la operación en 2006, al darse carpetazo final y Naranjita ya fue el último recuerdo. Dieciocho años más tarde, Lorenzo Román, el mayoral y actual encargado de la explotación ganadera, tuvo la feliz idea de retentarla y para ello mando avisar a Alberto Escudero, entonces novillero que gozaba de buen ambiente, quien disfrutó tentándola al comprobar que embestía, al igual que la primera vez, de manera superior. Lo mismo ocurrió en el caballo, donde tomó cuatro varas, a cargo de Javier Román, jovencísimo picador hijo de Lorenzo, que se abre camino entre los del castoreño.

Durante muchos años los albaydas no faltaban en las ferias y, con la llegada del invierno, la actividad campera en Mozarvitos era incesante. Previa a los años veinte de la pasada centuria era fija la presencia de Manolo Granero –torero de la casa, del que se conservan numerosos recuerdos-, Manuel Jiménez ‘Chicuelo’, Juan Luis de la Rosa, los hermanos Amorós… Más tarde la frecuentan Marcial Lalanda, Domingo Ortega, Antonio Márquez… y, ya después de la Guerra Civil, la familia Bienvenida llena varias décadas de amistad con don Antonio Pérez de Herrasti, el viejo marqués que era tan aficionado, siendo habituales en esa finca durante los inviernos. De hecho, en la última reaparición de Antonio Bienvenida en el comienzo de los pasados setenta, junto Luis Miguel Dominguín, pasó una quincena preparándose en Mozarvitos, la misma finca donde los toreros de Salamanca siempre tuvieron su sitio, caso de Victoriano Posada, Jumillano, El Viti, El Niño de la Capea, Julio Robles –que en su preciosa plaza con callejón- mató muchos toros a puerta cerrada en los comienzos de una nueva temporada, Víctor Manuel Martín, Juan José…, junto a otros más.

Durante gran parte de la época de don Antonio, el viejo aristócrata ganadero, tuvo de persona de confianza a un mayoral de ley y miembro de una familia de conocidos hombres de campo natural de Martín del Río. Se trata de Amador Rivas, quien dejo impronta de su conocimientos y allí se desbravaron sus dos hijos –Ángel y Juan Luis- antes de ser excepcionales picadores y brillar en muchas de las mejores cuadrillas. Un día el señor Amador se jubiló y llegó Lorenzo Román –natural de Retortillo que ejercía ese mismo cargo en La Cardenilla-, quien lo ha sido todo en esa casa, donde hasta la tocó ser el enterrador de la vacada tras la parición familiar. Entonces estaba al timón don Alfonso Pérez de Herrasti, quien se hizo cargo de la gestión tras la muerte de don Antonio, quien al igual que el padre fue un excelente ganadero y aficionado, labores que completaba con otras importantes ocupaciones, entre ellas la de presidente de Caja Rural de Salamanca.

Monumento a Mancheguito y libro de la ganadería con las anotaciones referentes al toro.

Volver a pisar sobre la añoranza de Mozarvitos es abrazarse al recuerdo de Mancheguito, que se alzó triunfador en la corrida concurso celebrada en Salamanca el día de San Mateo de 1930 y, para rememorar su grandeza, don Antonio mandó que lo inmortalizaran en bronce  y desde entonces se guarda el legado de su grandeza entre las encinas con su esbeltez e inmensa belleza. Aquella lejana tarde Mancheguito disputó tal honor con toros de Terrones, Juan Encinas, Nemesio Villarroel, Victoriano Angoso y Coquilla, quedando por más de ¡seis mil votos! por encima del segundo, porque era el propio público quien elegía al triunfador. Mancheguito, herrado con el número 84 y parido en 1926 escribió una página gloriosa del Campo Charro, en tiempos de máximo esplendor y cuando los ganaderos hacían las cosas con tanto rumbo. Hoy, junto a Naranjita, son dos dos recuerdos de un ayer nostálgico, cuando estos albaydas nunca faltaban en las ferias de postín, llevando tantas alegrías a los aficionados y dejar un montón de triunfos en las carreras de los toreros.

  ‘Naranjita’, el último símbolo de la ganadería del Marqués de Albayda