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Garzón merece un respeto

Noviembre acude al abrazo de su ecuador y el mundo vive angustiado por esta pandemia de luto y dolor, también esperanzado en que la nueva vacuna acabe con este plaga y se trate de recuperar una cierta normalidad, aunque nada volverá a ser igual. Entre las gentes del toro se hacen apostillas para ver cuándo puede llegar el momento de no volver a volar con las alas de la libertad. De momento todo son hipótesis y aunque para mayo está prevista la salida de la crisis sanitaria,   lo cierto es que hay otro problema de mayor calado. Y es que, desde ese momento, los ‘podemitas’ que gobiernan en Madrid, buscarán sus ases de la manga para seguir arrinconando a la Tauromaquia. Porque quedan tres años de legislatura y van a ser tres años de esquivar las balas que quieren matar la Tauromaquia.

Aunque a los taurinos eso no parece importarle y sí viven, muchos de ellos con sus argucias de siempre y tratando de eliminar a quien osa buscar un trozo de la tarta. Es el caso ocurrido con un empresario nuevo y de grandes ideas, con José María Garzón, un hombre con un concepto de Fiesta del siglo XXI en las antípodas del encorsetamiento del actual ‘sistema’. Por eso, algunas de las casposas mentes que rigen la Fiesta, encuadradas en ANOET, le quieren cortar las alas para volar. Pretenden hundirlo, solamente porque él sabe atraer a la gente con el imán de su buen hacer o la modernidad en una Fiesta que, en muchas cosas siguen embarrancadas con manera organizativas de las medianías del siglo XX.

Sobre Garzón se han lanzado los buitres de ANOET cuando llovía sobre mojado en la estructura de la Tauromaquia y no han sido capaces de defenderse. Sobre él, que es un empresario modelo, afilaron sus garras tras la corrida que organizó en la Plaza Real del Puerto de Santa María y constituyó un éxito. Sin duda la mejor de las celebradas esta temporada.

Pero como el arcaico mundo del toro no da margen a nadie han ido a por él. Porque además, Garzón, era una presa que intentaban derribar después de gestionar con tanta acierto diferentes plazas, de confeccionar carteles atractivos –con toreros jóvenes e interesantes- y de ser capaz de entusiasmar al público, algo que la mayoría de los socios de ANOET son incapaces. Porque la empresarial taurina no mira que el hoy, sin saber nunca que llegaría un futuro.

Pos esa razón y siempre buscando lo mejor de la Fiesta lanzamos nuestra admiración a este empresario. Porque la Fiesta necesita modernidad y sobra demasiada caspa, como la que desde ANOET intentó derribarlo.

Recordando a don Pablo Lozano y a Tinín

Seguimos despidiendo gente afín, con la que has compartido momentos en los pasos de la vida. Estos días se nos han ido don Pablo Lozano y el torero José Manuel Inchausti Tinín, dos personajes del toro que a nadie dejaron indiferentes.

Recuerdo en mis tiempos de chaval ver a don Pablo Lozano (a los taurinos triunfadores siempre se les llamó de don) en sus viajes por el Campo Charro, Siempre paraba en el desaparecido restaurante El Cruce, de La Fuente de San Esteban, un lugar donde también le dejaban encargos y quedaba con ganaderos y gentes del toro. Eran muy frecuentes sus viajes para reseñar las corridas, para embarcar o cualquier otra función de la cometido.

Don Pablo, quien en sus tiempos de matador fue bautizado La Muleta de Castilla, con su enorme estampa, calvicie oculta por una gorra de visera y seriedad en el rostro bajaba de su vehículo, casi siempre un Mercedes –que era sello de distinción entre los taurinos- nada más entrar por la puerta del Cruce iba como una exhalación al teléfono (cuando a las llamadas se las denominaba conferencias) para llamar a sus hermanos y estar al tanto de todo lo que ocurría en sus competencias. Siempre al teléfono donde estaba un buen rato; porque antes de llegar lo móviles, los taurinos en cuanto llegaban a algún establecimiento salían corriendo en busca del teléfono. Después al acabar pinchaba algo, casi siempre en la barra, donde era saludado por colegas que coincidían y rápidamente regresaba para Madrid.

Eran tiempos del esplendor de Atanasio Fernández, de los Galache, de los Cobaleda, de Raboso, de Sepúlveda, del Sierro, de Sánchez-Arjona, de Antonio Pérez, de Juan Mari, de Garzón, de Alipio…, años de oro del toro charro con ganaderías que estaban siempre en la agenda de don Pablo y de las que conocía todas las reatas, los mejores sementales y hasta, si se terciaba, las encinas de cada finca. De ahí que pronto se hubiese alcanzado fama como uno de los mejores hombres de campo. Siempre dentro del trío formado por estos taurinos de la toledana villa de Alameda de La Sagra, donde José Luis –que afeitaba un huevo en el aire- era el relaciones públicas y Eduardo el de los números.

Tiempo más tarde, en otoño de 1989, siendo uno primerizo en las labores periodísticas, los Lozano llegan al trono de Las Ventas como empresarios de esa plaza para suceder a Manolo Chopera en un nuevo giro para la Fiesta. Y exactamente el día después de la concesión, en épocas que aún faltaban años para la llegada de la telefonía móvil e Internet, encontré a don Pablo Lozano, como casi siempre, en el restaurante El Cruce, donde comía con Íñigo Sepúlveda. Esta vez se encontraba en el comedor, lejos de la habitual barra y esperé hasta que acabasen para abordarlo y solicitar una entrevista. Entonces uno tenía mucha hambre de periodismo y todas las horas del día estaban al servicio de la profesión. Tras saludar a don Pablo, a quien dí la enhorabuena por lograr el sueño de alcanzar el trono venteño y a Íñigo, en esos días máxima figura de los ganaderos, don Pablo aceptó encantado y me invitó a sentarme con ellos en la mesa donde contó pretendían que fuera su gestión y la enorme ilusión con la que habían desembarcado en Las Ventas, como guinda de una larga y trabajada trayectoria al frente de todos los palos del toreo.

La entrevista se publicó dos días más tarde a doble página en el desaparecido diario El Adelanto y fue uno de los mis primeros éxitos en esta profesión. Y en ese mundo taurino al que entregué los mejores años de mi vida.

A partir de entonces siempre hubo magnífico trato con don Pablo Lozano, quien fue una referencia en conocer el toro bravo y en saber dónde se debía tocar la tecla de un torero para dar lo mejor de sí.

Apenas dos días después fallecía José Manuel Inchausti, el célebre Tinín, personaje novelesco y que pasó por la vida sin dejar a nadie indiferente. Tinín fue otro fijo en el Campo Charro, incluso en los últimos años residía en Salamanca dada su vinculación a la familia Matilla. A Tinín lo conocí en los primeros meses de 1985 al anunciar su reaparición e instalarse en la Fonda Ortega, de La Fuente de San Esteban. Allí pasó varios meses y Tinín, como ocurrió en todas las facetas de su vida, a nadie dejó indiferente. Aunque cierto que poco quedaba de aquel torero que triunfó con tanta fuerza en sus irrupción taurina dos décadas antes. La reaparición fue en Madrid, donde Manolo Chopera lo acarteló en una corrida de Santiago Domecq, divisa de garantías, alternando con el joven Pepín Jiménez, que ya encandilaba a Madrid con su arte y el zaragozano Enrique González El Bayas, que había triunfado con fuerza la anterior Feria del Pilar en una televisada.

Como Tinín que siempre tuvo tanto desparpajo se había hecho amiguete, junto a varios amigos fuimos aquel domingo a Las Ventas, cuando los viajes a Madrid, por ñla carretera nacional, nada tenían que ver con los actuales. Ni tampoco aquellas corridas de la temporada madrileña que eran cita de los mejores aficionados y que fueron el puente de salvación para tantos toreros, que en ellas encontraron el camino de las ferias –Paco Ojeda, Ortega Cano, José Luis Palomar…-. Tinín, que estaba tieso –como decía- pretendía recuperar glorias y dinero en el toreo, aquella tarde fracasó y su sombra pasó por Las Ventas lejos del torero que había abrazado la gloria. Chopera, no obstante, le volvió a dar otra oportunidad en julio y otra vez ofreció la peor de las caras. Desde entonces, Tinín desapareció largo tiempo y casi nadie tenía noticias suyas. Decían que acaba por México y otros que había vuelto a su época de manager de artistas –antes había sido de Serrat y de Camilo Sesto-.

Más tarde y siempre por sorpresa –porque toda su vida fue una sorpresa- volvió a verse por el Campo Charro, ahora en la faceta de veedor. Y Tinín era como siempre, con su risa contagiosa (cuando se juntaba con Habacuc Cobaleda y ambos reían era un espectáculo), con sus abrazos si se encontraba con algún torero amigo –El Viti, Robles, Pallarés, Flores Blázquez, Juan José…- o su forma de ser tan espontánea. Siempre con su fama de mujeriego y de vividor que había recorrido medio mundo. Por eso Tinín también tenía mucho de trovador.

Vaya el recuerdo a estos dos personajes, ahora que en el ecuador del otoño nos han dejado.

 

El triunfalismo no es el camino

El 2020 avanza a la velocidad del tren burra, como llamaban aquel tren de vagones de madera que desde Valladolid unía la Tierra de Campos y llegaba hasta Castroverde haciendo honor a su nombre. Porque nunca hubo más deseo de dar carpetazo a un año y más aún con la esperanza de tener esa deseada vacuna que descabelle la horrorosa pandemia de la muerte y de la ruina.

Mientras, no hemos dejado de lado la actualidad, solidarizándonos con el mundo ganadero, ahogado y con muchas interrogantes en su inmediato futuro; al igual que el resto de profesionales que forman parte de la Tauromaquia, con el horror de ver cmo se vacía la despensa de sus sueños y no hay nada claro para la próxima temporada. Para ese 2021 al que se aferran para que sea el de la esperanza y ni en sueños nadie quiere que sume al actual para convertirse en un bienio trágico.

Al hilo de la actual y siniestra campaña hemos vuelto a disfrutar con la grandeza del extremeño llamado Emilio de Justo, quien debería haber recogido el fruto de su cosecha torera y deberá esperar. Porque Emilio de Justo -¡ojalá vuelva pronto la normalidad!-, gracias a su grandeza, es uno de los nombres señalados para dar grandeza a la Fiesta. A Diego Urdiales, otro máximo exponente de la pureza que apenas se le ha podido ver, pero se le espera como a las aguas de mayo, al igual que a Pablo Aguado, que también era este su año y de momento también está sentado en el banquillo de la espera. Y aquí, en medio del naufragio que vivimos ha sacado cabeza para navegar en su arca un sevillano de Triana llamado Juan Ortega. Torerazo soñado y manantial cristalino pulido por el gran Pepe Luis Vargas. Juan Ortega, que para muchas es una sorpresa, no es nuevo y ya había dado varios toques de atención en plazas importantes, incluso Las Ventas. Pero en 2021 le han valido dos tardes para reivindicar que va a ser un nombre importantísimo en la Fiesta. Y junto a ellos otra serie importante de nombres quienes han debido ver la temporada en su casa, esperando que este tsunami de ruina y muerte llamado Covid acabe pronto.

Por lo demás hemos seguido puntualmente la llamada gira de reconstrucción y el resto de festejos televisados. De nuevo, muchas veces, con el lógico malestar al ver a los taurinos tropezar en las mismas piedras, las que desde hace años han dejado tan tocada a la Fiesta. Y lo que es peor, emperrados en pretender que los males se arreglan por la vía del triunfalismo, con muchas orejas tras faenas mediocres (muchas veces mendigadas por los propios toreros o sus banderilleros, en escenas lamentables), con salidas en hombros masivas (algún día se escribirá en los carteles al final del festejo todos los actuantes serán izados en volandas para salir por la puerta grande) y la indultitus que tan poco beneficio al espectáculo. Y es que, de unos años para acá, se indulta todo y se hecho en genérico lo que debería ser todo un acontecimiento que acaparase los titulares.

Un festejo taurino tiene un verdadero banderín de enganche y ese no es otro que la emoción. Ver algo diferente que observes con el corazón latiendo a gran ritmo cuando un toro bravo se hace el dueño de la plaza. Si eso toro no se hubiera perdido, en vez de uno ¡que no moleste! –como señalan algunos ganaderos- desde luego que las carreras de los matadores no serían tan largas. Antes, cuando las figuras se retiraban mataban festivales benéficos, algo que prácticamente ha desaparecido y era escuela de aficionados, porque le es más fácil seguir vistiendo de luces.

Eso ha provocado que haya un escalafón con diestros súper veteranos y, lo peor, muy vistos. Y ojo, aquí hago un inciso porque en casi todos los tiempos e hubo toreros veteranos que iban o venían alternando con las novedades de esa época, bebiendo de sus fuentes tanto los aficionados como la gente joven. Ocurrió en mi generación con la reaparición de Antoñete y Manolo Vázquez, admirando todos los chavales que éramos aficionados a los dos maestros. O más recientemente con Juan Mora, que ha sido el último lujo del toreo y los estamentos de esta Fiesta, tan falta de sensibilidad, no supieron aprovechar, porque en captar su arte, esencia, colocación, distancias… estaba la verdadera escuela para los más jóvenes.

Hoy, cuando uno se aproxima a los treinta y cinco años en la profesión periodística y suma cuatro largas décadas de aficionado taurino, habiendo disfrutado plenamente de la Fiesta desde el final de los 70 e íntegramente la grandiosa década de los 80, tengo licencia para decir muy alto y en cualquier foro que el triunfalismo (‘indultitis’ incluida) es un cáncer para la Fiesta. Porque aquí lo que se necesita es emoción, que son palabras mayores y el camino de reconstrucción de la Fiesta cuando llegue la normalidad que vendrá tras esta horrorosa pandemia de la muerte y de la ruina.

 

Alejandro Mora vuelve a soñar

Alejandro Mora, el fino y elegante novillero plasentino vuelve a soñar y ya mira los horizontes del 2021. De la nueva temporada, tras este paréntesis del ‘20’, donde el toreo ha permanecido amarrado en el andén de la espera por este maldito virus.

Sin embargo, a Alejandro Mora este año se le complicó aún más con una dolorosa lesión en la muñeca derecha que le fue detectada en abril tras ser sometido a una resonancia magnética. Se trata de una Tenosinovitis de Quervain. En un principio se intentó recuperar a través de una rehabilitación por fisioterapia. Pero ante la negativa de una mejoría el doctor don César Casado Pérez le recomendó ser intervenido y e la mañana del viernes pasó por el quirófano del hospital madrileño de La Paz y practicarle una apertura corredera extensora.

Ahora Alejandro Mora, nieto de aquel luchador en todos los caminos del toro llamado José ‘Mirabeleño’ y sobrino del maestro Juan Mora, convertido en uno de los revulsivos de la novillería actual y que ya ha dejado su calidad artística en numerosas plazas, empezará en breve a preparar la nueva campaña. Porque los horizontes del 2021 ya están ahí y su nombre va a ser otra referencia gracias al arte y esencia que atesora.

La huella salmantina de Manolo Granero

El nombre de Manolo Granero ha vuelto  a la pomada de actualidad con motivo del centenario de la celebración de su alternativa, conmemorada hace unos días. Por esa razón, hoy recuperamos algunos parajes de los momentos que vivió en Salamanca, su tierra de adopción y donde se hizo torero. Llegó mediada la segunda década del pasado siglo, en los tiempos que José y Juan escribían una gloriosa época que ha pasado a la historia como la Edad de Oro
En esos años, Manolo Granero se curte en el Campo Charro con otros tres chavales que conmocionaron, taurinamente,  a la afición. Se trata del sevillano Manuel Jiménez ‘Chicuelo’, del jerezano Juan Luis de la Rosa, del madrileño (aunque criado en Salamanca) Eladio Amorós. Los cuatro dieron luz y llenaron toda una época que se vivió con enorme pasión. De hecho, cuando eran anunciados se fletaban trenes especiales  y sus novilladas eran todo un acontecimiento.

Granero, una tarde que actuó en una novillada celebrada en el viejo coso de Tejares. A su derecha el señor Paulino, conocido joyero y admirador del joven.

Manolo Granero, uno de aquellos protagonistas -hijo de una familia bien del valenciano barrio del Pilar-, por sus gestos tan refinados, la exquisita educación y su saber estar, su llegada a la capital del Tormes en el invierno de 1917 no pasó inadvertida. Porque aquel muchacho que cursaba estudios de violín en el Conservatorio de Valencia estaba lejos de quienes pretendían ser torero. Sin embargo pronto hizo cambiar de opinión a todos los ganaderos del Campo Charro y aficionado de la tierra, al ver en él una figura en ciernes.

Estudió violín en el Conservatorio de Valencia y estaba llamada también a ser una eminencia de la música.

Llega a Salamanca acompañado de su tío Paco, un entusiasta aficionado que desde la infancia trata de conducir a Manolito en los terrenos del toro. Lo hacen gracias a la amistad de su tío Paco con un comerciante textil y sastre de Salamanca, don Pedro Sánchez, a quien conocen por Pedro Paños y es conocida su enorme afición taurina. Enseguida, don Pedro Sánchez se convierte en su apoderado y es quien lo conduce a los ganaderías de la tierra, a la primera de todas a las pertenecientes a la familia Pérez-Tabernero, donde enseguida le abren las puertas don Antonio, don Argimiro, del Alipio y don Granciliano pasando semanas enteras en sus fincas. También comienza a acudir a Campo Cerrado, a casa de don Bernabé Cobaleda, donde también se prenda del arte del muchacho el joven ganadero Atanasio Fernández Iglesias, que acababa de contraer matrimonio con Nati,  hija de don Bernabé Cobaleda.

Antes de llegar a la ciudad charra ya había matado una becerrada en Valencia, gracias a la gestión de su tío Paco. Sin embargo, es en el Campo Charro donde se curte y hace torero. Su residencia la tiene en la salmantina calle Zamora donde, casi siempre está con sus inseparable compañeros de vocación, siendo muy querido y pronto empieza a contar con numerosos seguidores. Granero, además, pronto gana más adeptos por su exquisitez humana y la cultura que atesora, además de la avezada calidad artística para el violín, llamado a ser también una eminencia en la música. Ese hace que, incluso, en cierta ocasión fue hasta acompañe a orquestas que actúan en el café Suizo o en el mismo Casino, donde está en la mira de apuestas jovencitas de la sociedad charra, cuando aún es casi un niño, mientras se extiende como un reguero de pólvora su calidad torera y grandes personalidad charras se apasionen por él. Ocurre con el señor Paulino, afamado joyero que tiene su establecimiento comercial en la Plaza Mayor y en uno de su viajes por el extranjero adquiere un precioso violín que le regala a Granero, e torero en ciernes.

Aquel torero-violinista seguía creciendo para coronarse como un rey de la torería, mientras tenía idealizado a Joselito. Tanto que en esos años de novillero, junto a sus compañeros, abarrota las plazas donde son anunciados. Por ejemplo, en cierta ocasión fueron anunciados en Tejares y llegó tal avalancha para presenciar el espectáculo que estuvo a punto de producirse una alteración de orden público a cargo de las miles de personas que se quedaron sin poder acceder al coso. Lo mismo ocurría al anunciarse en Zamora, Toro, Valladolid, Ávila, Cáceres… fletándose hasta trenes especiales. Sirva el ejemplo de una novillada celebrada en Guijuelo, cuyos ecos han llegado a nuestros días, donde Eladio Amorós, Manolo Granero y Juan Luis de la Rosa, frente a reses de Coquilla, causan tal alboroto que durante años se habla de esa tarde en toda la comarca, transmitiéndose el testimonio de padres e hijos con verdadera pasión. ¡Y no se cortó más que una sola oreja!

Pasa el tiempo y el violinista valenciano, ya convertido en la máxima figura de los novilleros decide tomar la alternativa. Y dada su relevancia lo hace en Sevilla, en La Real Maestranza, de manos de Rafael Ortega y de testigo su amigo y compañero de correrías novilleriles Manuel Jiménez Chicuelo. Fue el 28 de septiembre de 1920 y desde ese momento todos comenzaron a augurar que estaba llamado a ser el sucesor de Joselito El Gallo, fallecido de manera trágica unos meses antes en Talavera de la Reina. El toro de la alternativa se llama Doradito, era sardo de capa y pertenecía a la ganadería de Concha y Sierra. Granero brilla y es muy aplaudido.

Es el inicio de una carrera que lo aúpa a la élite y todas las plazas se rifan su presencia, estando presente en los mejores carteles. Hasta que llega el 7 de mayo de 1922 y Granero esanunciado en Madrid, en la plaza de Goya, de la carretera de Aragón con todos de dos hierros: tres del duque de Veragua y otros tres del marqués de Albaserrada para un cartel joven que ha levantado mucha expectación: Juan Luis de la Rosa, Manolo Granero y Marcial Lalanda, que confirma su alternativa. El quinto toro, inscrito con el nombre de Pocapena, cárdeno y bragado, seguramente burriciego, muestra mansedumbre y en terrenos del 2, Granero, se dispuso a entrarle a matar, cerca de las tablas, donde le aprieta el animal, hasta alcanzarle en una tremenda voltereta de la que salió maltrecho y con la ropa rota. Granero había quedado prácticamente sentado, dando la espalda a la barrera. Pocapena vuelve a él para cornearle, metiendo el pitón por su ojo derecho y destrozándole el cráneo contra las tablas. Su rostro era una masa sanguinolenta que logró fotografiar Pepito Fernández Aguayo, aunque nunca desveló aquellas placas.

A la mañana siguiente la noticia se conoce en Salamanca y, los vendedores de periódicos vocean su muerte, en las ediciones vespertinas. Pronto la tristeza se adueña en todos los ambientes taurinos y sociales de la ciudad que tanto lo quería , al igual que en la provincia, tan frecuentada por él para ir a las ganaderías y por haber toreado novilladas en diferentes localidades. De hecho, había manifestado que su ilusión era retirarse a lo sumo en tres y cuatro años, comprar una finca en Salamanca y alternar la residencia en la tierra charra de su adopción y la valenciana de su alma.

Poco días después de la tragedia, la céntrica iglesia de San Esteban acoge una misa por su alma, a la que acude una multitud que ofrece sus condolencias a don Pedro Sánchez, el conocido por Pedro Paños, el comerciante que lo apoderó y ya para siempre vivió, al igual que su familia, con el recuerdo de aquel Manolo que de niño violinista acabó protagonizando una carrera taurina tan breve como gloriosa. Y al que Salamanca lloró como si fuera suyo.

 

 

Francisco Alegre, la personalidad de un torero nuevo

Los escasos rayos que surgen de estos tiempos tan confusos, también dejan atisbar ciertas esperanzas taurinas. Las principales son la hornada de novilleros sin picadores que estos últimos meses han dado tantas alegrías y donde un malagueño, El Moli de Ronda,  se aúpa como líder, hasta ahora, de esta generación.

Salamanca no queda al margen y de esta tierra también ha llegado una enorme sorpresa. Se trata de un mozo ya talludo –aunque tierno toreramente-, pero con personalidad y un arrebato delante la cara del toro que lo hace diferente. Se llama Francisco Alegre y aún está muy poco toreado, pero su personalidad, estoicismo y la verticalidad en su interpretación a nadie ha dejado diferente. De él cuentan maravillas gente de la reputación de Gonzalo Santonja o Domingo Delgado de la Cámara, a quienes cautivó en la novillada presenciada hace unos días en Herrera de Pisuerga.

De momento la noticia es una tremenda alegría. Y la que anima a seguir a este Francisco Alegre, un chaval diferente, afortunadamente con poco técnica (ya se sabe que la técnica mata la inspiración) y unas tremendas ganas de destacar. El chico es hijo de Paco Campos ‘El Lobo’, aquel personaje de novela que fue matador de toros y a nadie dejó inadvertido. Aquel Lobo de la leyenda y la luna ahora observa con felicidad a su hijo Francisco, que de momento ha causado impacto por su personalidad y ese estilo vertical. Porque el nuevo Francisco Alegre, a quien los toros jamás le van a pedir el DNI tiene la frescura y el sabor de los toreros que se hacen por su cuenta.

Y una sugerencia: Si lo ven anunciado, no se lo pierdan.

 

Pilares de la ‘nueva’ Fiesta

El 2020 comienza su deseada agonía, mientras toda la sociedad empuja para que ese año tan cruel sea historia soñando con horizontes marcados por la añorada normalidad. Porque este 2020 quedará escrito como la historia de una tristeza. Y en ese laberinto la Fiesta sigue lamiendo tantas heridas como ha provocado la pandemia en sus estructuras hasta dejarla con todas las alarmas rojas encendidas. Envuelta en un bucle de difícil solución, con un futuro lleno de interrogantes, abandonada por las instituciones –en una página lamentable, especialmente la protagonizada por el Gobierno de Madrid- y sin que los propios protagonistas sepan qué camino tomar, mientras muchos esportones se apolillan en el fondo de los armarios y las fotos se tornan sepias.

Pasan los meses y bajo el paraguas de tanta incertidumbre hay una conclusión clara y es que de nuevo ha faltado unión entre los diferentes sectores que integran la Fiesta. Cada cual ha remado en las aguas de su interés y la solidaridad no ha estado presente; mientras tanto el gremio de los ganaderos vive inmerso en una caótica situación que lleva a numerosos componentes de ese colectivo a desertan. Son tiempos oscuros, difíciles e inciertos, cuando casi todo indica que al menos las plazas no podrán abrir en condiciones normales hasta el verano –en caso de llegar la deseada vacuna-. Para entonces, también, llegarán infinidad de dudas y una, la principal, es ver si la gente responderá, porque lo más normal es que las ferias se tengan que reducir el número de espectáculos. Y ahí, para tratar de recuperar aficionado no hay otro camino que buscar calidad y llevar emoción a las plazas. No olvidemos que el escalafón necesita una profunda renovación y por detrás hay una baraja de chavales con un concepto estupendo y que se han ganado un sitio en los mejores carteles. Son los Emilio de Justo, Pablo Aguado, Juan Ortega…

Por lo demás, hay otra cosa clara, no se han sabido sujetar las riendas y encima uno de los pocos empresarios que de verdad echó la pata adelante, como ha sido José María Garzón, se vio criticado por su propio sector en una página lamentable. Una página de envidias y zancadillas tan habituales en este mundillo, pero que ahora se debía haber enterrado y sin embargo, como los viejos fantasmas, volvieron a surgir.

Uno es escéptico ante un mañana que está ahí. Se han criticado muchas cosas cuando se han hecho al revés, como la perdida de tantos valores que han hecho grande al toreo. Y es una pena que un gravísimo error fue tapar los defectos por la vía del triunfalismo (salidas en hombros, indultos…), del que no se han apeado y, especialmente, las figuras siguen aferradas a él. Porque el toreo no son orejas, son sentimientos y emoción, que cuando llegan movilizan a la gente y se llenan las plazas.

Por último, en estos tiempos de confusión, me resulta llamativo (aunque no me sorprende al conocer muy bien la fauna como ‘críticos’ que estuvieron bebiendo de las fuentes del sistema y se mostraron contemplativos con tantas abusos que han mellado el toreo, además de propagandistas de esa lacra del triunfalismo, ahora vayan de duros. ¡Patético!

‘Fado entre encinas’, en las librerías

Fado entre encinas es la última obra de Paco Cañamero, la número 31 de su particular bibliografía. Se trata de una novela basada en hechos reales. A lo largo de sus 215 páginas narra la tragedia ferroviaria sucedida en la estación del Villar de los Álamos (término municipal de Aldehuela de la Bóveda, en pleno Campo Charro).

Es también una crónica social de aquel diciembre de 1965 a través de los diferentes parajes donde discurre la obra: París, Irún, Estoril, Salamanca, Aldehuela de la Bóveda, Ciudad Rodrigo, La Fuente de San Esteban, Fuentes de Oñoro, Vilar Formoso, Pinhel, Freixo da Espada Á Cinta, Guarda, Viseo, La Fregeneda, Vitigudino… localidades todas ellas vinculadas a través del accidente ferroviario que dejó una profunda huella en la provincia de Salamanca.

En la obra aparecen infinidad de personajes de la época, además de muchos de los que colaboraron y protagonizaron una brillante labor, ejemplo de la Guardia Civil, personal de Renfe, Cruz Roja… y por encima de todos la encomiable labor del personal médico y laboral del Hospital Provincial y Residencia Sanitaria de la Seguridad Social Virgen de la Vega.

El libro, que tiene un precio de 19.50 euros ya se puede adquirir en las principales librerías y si alguien está interesado en el él y desea recibirlo en su domicilio no tiene más que mandar un correo a la siguiente dirección:

fadoentreencinas@hotmail.com

Paquirri, más allá de la leyenda

En el recién estrenado otoño de 1984 éramos unos adolescentes. Treinta y seis años atrás cada nuevo amanecer te descubría cosas que daban paso a un mundo lleno de ilusiones. Bebías la vida a sorbos e, ingenuamente, no querías más que pasasen un tiempo más para ser grande. Sin embargo ya había ideas amarradas al sentimiento y desde mucho tiempo atrás la Fiesta era la pasión que guiaba tantas inquietudes. Las tardes de toros en la feria de Salamanca –ví por torear a Paquirri días antes de su tragedia cortando la oreja a un atanasio– eran un acontecimiento y como tal se le daba máxima categoría.

También la feria de Plasencia, San Pedro de Zamora, Santa Teresa en Ávila, San Mateo en Valladolid o alguna tarde de San Isidro quedaban apuntadas en el calendario viajero de esa época, ya lejana, cuando un torero sobre el resto gozaba de todas las preferencias: Julio Robles. Sí, por Robles en aquella época discutía con cualquiera. También por Antoñete y mira que los dos andaban tan picados después de aquel quite en Madrid tan glorioso para la Fiesta y que dejó infinidad de emociones. Y desde luego que también por Juan José, el gran torero de La Fuente de San Esteban, recientemente desaparecido.

En medio de aquel tiempo, también controvertido y con muy buenos toreros, no pasaba inadvertido Paquirri, quien más allá de ser un extraordinario profesional era un personaje altamente mediático. Sí, aquel Francisco Rivera, hijo de un modesto torerillo de la Andalucía pobre y que en el toro encontró la salida natural para abrazarse al éxito y a las comodidades. Quedaba su vida en papel couché tras matrimoniar con la guapa Carmina Ordóñez, la hija del maestro Antonio Ordóñez y padre de sus dos hijos toreros, Francisco y Cayetano. También la tormentosa separación y  posterior boda con Isabel Pantoja. Y mientras tanto dando la cara para defender su sitio de figura pendiente de que a los suyos no faltase nada y siendo un caballero respetado por quien lo trató, legado que permanece vivo treinta y cinco años más tarde.

Parecía que Paquirri era inmortal y no había vaca en los campos bravos que pariera toro para acabar con su vida. De aquel Paquirri, torero con una casta y un amor propio como  pocos. Además era un hombre que rompía las pantallas y prototipo del triunfador nacido en cuna humilde, reflejo tantas veces de los mitos de la Fiesta. Por eso, cuando aquella noche el telediario de las 21 horas de TVE anunciaba la gravedad del percance, toda España se estremeció, aunque nadie podría imaginar que minutos después fallecía al entrar al hospital militar de Córdoba, concretamente a las 21.40 tras una infernal viaje desde Pozoblanco. Sin embargo, la verdadera consternación llegó al comunicarse la noticia de su muerte; entonces un velo negro cubrió a la afición taurina y también a la sociedad española que no daba crédito a la noticia.

España perdía a uno de los reyes del toreo, que venía a caer en otra plaza de pueblo. Al igual que Joselito en Talavera; Sánchez Mejías en Manzanares; Manolete en Linares. Moría Paquirri y llegaba su leyenda, hoy viva más allá de lo que fue en los ruedos. Y eso que en la arenas fue un rival duro de batir sin arredrarse jamás ante los grandes toreros de los sesenta; ni con los vinieron después para que nadie le arrebatase su mando en la plaza. Porque ahí estuvo la verdadera razón de Paquirri gracias a la raza y amor propio de quien rompió moldes sociales y en aquel estrenado otoño de 1984, cuando aún éramos unos adolescentes, con su tragedia comprendimos la gran realidad de la vida.

Cuando Chicuelo se hizo torero en campos de Salamanca

Comenzaba la segunda década del siglo XX, ya con José y Juan coronados como reyes del toreo y escribiendo una gloriosa época que ha pasado a la historia como la Edad de Oro, cuando en los campos de Salamanca se curtían cuatro chavales que conmocionaron, taurinamente,  a la provincia y tierras limítrofes, hasta lograr que su fama se extendiese en todo el ámbito nacional. Por entonces, nadie quedaba indiferente ante la torería de Eladio Amorós, nacido en Madrid, pero de residencia salmantina, ciudad donde se crió y sus padres regentaban una zapatería llamada La Revoltosa en la Plaza Mayor, de ahí que en sus inicios fuese acartelado como El Chico de La Revoltosa; del artista sevillano, nacido en el mismo barrio de Triana, Manuel Jiménez Chicuelo; del genial jerezano Juan Luis de la Rosa y de un chavalín valenciano que, además, era una eminencia tocando el violín y se llamaba Manolo Granero.

Durante muchos años se habló de sus gestas y para el recuerdo han quedado multitud de festejos que protagonizaron. Como aquella novillada celebrada en Guijuelo, con Eladio Amorós, Manolo Granero y Juan Luis de la Rosa, quienes lidiaron reses de Coquilla y su actuación causó una auténtica conmoción en toda la comarca, transmitiéndose el testimonio de esa tarde de padres e hijos con verdadera pasión. ¡Y no se cortó una sola oreja!

Chicuelo, junto a Granero y Juan Luis de la Rosa

Pasado el tiempo, excepto Eladio Amorós, que se quedó en el camino y acabó de banderillero en la cuadrilla de su hermano José, los demás fueron grandiosos toreros con carreras muy diferentes y suerte controvertida. Porque a Manolo Granero, cuando ya era figura y soñaba con comprarse una finca en Salamanca, siendo el más digno sucesor de Joselito, lo mató un toro en la plaza de Madrid; a Juan de la Rosa, que protagonizó una carrera de idas y venidas, sin alcanzar el techo que sus condiciones pronosticaban, además de tener una pésima espada, sumado a la vida muy desordenada, más pendiente de la fiesta y de las mujeres que de la profesión, acabó asesinado en Barcelona en plena Guerra Civil, por un lío de faldas, como fue el sino de su vida. De los tres fue Chicuelo quien fue dueño de una carrera más larga, protagonizando páginas memorables e históricas y siendo uno de los toreros que dio un paso adelante en la evolución de la propia Tauromaquia.

 

El pasado sábado se celebró el centenario de la alternativa de Chicuelo y también de De la Rosa, ambas en Sevilla, que entonces tenía dos plazas, acontecimiento del que se han referido los medios al ser una efeméride tan señalada. Chicuelo lo hizo en La Maestranza y Juan Luis de la Rosa en la Monumental que inspirase Joselito, con una diferencia de media hora y donde hubo un testigo que estuvo presente en los dos acontecimientos, el famoso periodista Gregorio Corrochano, quien dio fe en las páginas de del diario ABC.

Sin embargo hay otro hecho destacadísimo que ha pasado de largo en la biografía de ambos casos y nadie lo ha recordado, especialmente de Chicuelo. Se trata de la larga época que pasaron en Salamanca,un lugar  tan importante para ellos y que les dejó infinidad de vivencias y numerosos amigos en esta tierra. Chicuelo llegó por primera vez en el invierno de 1915 de la mano de su tío Zocato, un viejo banderillero y que lo quería como a un padre, porque el suyo había muerto siendo aún un niño. Aquí pronto encontró afecto en la finca de Buenabarba, al lado de San Muñoz y más tarde en la cercana de Tejadillo, al igual que en Terrones, Coquilla, Matilla…, donde los ganaderos don Andrés Sánchez –quien quiso a Chicuelo como a un hijo-, don José Manuel García, don Santiago Sánchez, don Paco Coquilla, don Graciliano Pérez-Tabernero le abrieron de par en par las puerta de sus casas para facilitar que se instalasen en la provincia y vivir una etapa pletórica. Porque Chicuelo era un chaval que, además de un torero genial, se hacía querer.

Plaza de Tejares, promovida por el marqués de Llen y derribada en los 50

Por entonces, Chicuelo, llegó a ser tan popular en Salamanca que hasta se fundó el Club Chicuelo (lo que hoy son peñas taurinas), situado en la viejo Café Suizo de la calle Zamora, con tan apasionados seguidores que fletaban trenes especiales cuando toreaba en Guijuelo, Béjar, Peñaranda, Zamora, Valladolid, Medina, Toro, Plasencia… Porque Chicuelo en Salamanca gozó de máximo cartel en sus tiempos de novillero, en medio de unos acontecimientos que han quedado recogidos en la solemne pluma del crítico charro José Gómez El Timbalero, uno de los inventores de la crítica moderna que dejó su magisterio impreso en El Adelanto, hasta que recién comenzada la Guerra ‘in’ Civil fue fusilado en la soledad del monte de La Orbada. El Timbalero siempre fue muy chicuelista y también muy seguidor de De La Rosa, desesperándose al ver cómo se quedaba en el camino ese muchacho jerezano que atesoraba tan buenas condiciones. Después acabaría siendo compadre de Juan Luis de la Rosa de una curiosa forma. Y es que en una ocasión que toreaba en Zaragoza y él se había desplazado a la capital del Ebro para cubrir su Feria del Pilar le comunicaron que acababa de ser padre; esa misma noche, envuelto en la felicidad y al encontrarse en la calle con Juan Luis de la Rosa se lo comunicó y éste se ofreció ser el padrino. Después, la gran pena fue que ambos compadres, el genial crítico y el torero, muriesen de manera trágica y tan jóvenes aún por aquella locura de la Guerra ‘in’ Civil.

De Chicuelo basta decir que la primera vez que vistió de luces fue en la vieja plaza de Tejares (era igual a la de Ledesma y permaneció hasta la década de los 50, cuando fue derribado al construirse la variante de la línea férrea a Portugal) el día de San Juan de 1917 con llenazo y reventa para disfrutar de ese chaval sevillano que tenía el don del arte afiligranado. Después, ya de matador de toros, en varias ocasiones Chicuelo toreó en la feria de septiembre y aprovechaba la estancia en la ciudad para disfrutar de tantas amistades como contaba, además de brindar toros a esos ganaderos que tanto le ayudaron o a algunos apasionados aficionados, ejemplo del señor Paulino, fundador de la joyería de la Plaza Mayor que llevó su nombre y de quien fue gran amigo, al igual que el afamado joyero antes también lo fue de Manolo Granero, a quien colmó con el regalo de un violín cuando lo escuchó por primera vez, para sustituirlo por el antiguo que traía de su época de estudiante en el conservatorio valenciano.

Además, en la historia del toreo, en un lugar privilegiado quedó la faena al toro Corchaito, de Graciliano Pérez-Tabernero, acontecida en la vieja plaza de Madrid y que para muchos ha sido la primera faena del toreo moderno, de la que dijeron que cada muletazo era un a alarido. Tras su retirada y hasta el final de su vida, falleció el último día de octubre de 1967, entristecido y abatido de un dolor que ya nos superó tras la muerte de su esposa, la cupletista Dora La Cordobesita siempre le encantó hablar y recordar su pasado en tierras charras. Y allí, cuando llegaba la Feria de Abril era feliz acudiendo al encuentro de los ganaderos charros que viajaban a Sevilla, a quienes preguntaba por sus amistades, porque era un hombre bondadoso, de sencillez en las formas, con gracia en sus palabras. Y sobre un torero grandioso y colosal que fue un peldaño fundamental en la Tauromaquia moderna.

 

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