No quiero imaginar la inesperada vuelta de don Amable a Guatemala, en al que debió tener ese sentimiento de impotencia parecido al de ver una encina tronchada. Esa vuelta cargada de sentimientos encontrados y que jamás pensó que volvería a hacer cuando días antes llegó a su querida tierra natal con la idea de pasar el resto de sus días. Él era feliz sintiendo los aires de su querida Morasverdes (el pueblo donde nación del partido de Ciudad Rodrigo), de pasear por el paraje de La Moraseca, o contemplar restos de los viejos molinos harineros del río que lleva el mismo nombre del pueblo o de ver la luz cenital del Campo Charro. De vivir el gozo de presenciar cada mañana esa Peña de Francia que alberga La Morenita que ha guiado los pasos de su vida; de los cielos azules, solamente rotos por la estela blanca de algún avión que va o viene de las Américas. En ese paraíso, en el mismo que abrió los ojos a la vida, quiso pasar el tiempo que le quedase, con el gozo y felicidad de una vida tan plena.
El regreso era su ilusión y la meta marcada desde hace tiempo. Anunciada la vuelta definitiva a nadie dejó indiferente; incluso, en los últimos días agosto, la Universidad Francisco Marroquín, de Ciudad de Guatemala en la que ha impartido tantos años su magisterio, le tributó un magno homenaje con la asistencia de las más relevantes personalidades culturales del país. Era para decirle adiós a quien tanto había contribuido -y engrandecido- el crisol cultural de Guatemala.
Amable, don Amable, es una eminencia y una personalidad de máximo nivel del mundo de las letras, siendo un autor destacadísimo y ampliamente reconocido. Aunque él, por su manera de ser tan discreta nunca pretendió que a España llegase esa aureola y prestigio alcanzado gracias a su grandeza para crear belleza con las palabras, lo cierto que en diciembre de 1999 fue condecorado por don Juan Carlos I con la Orden de la Encomienda del Mérito Civil, con categoría de Gran Cruz. Aún así, su magna obra apenas es conocida en su país, ni en su tierra salmantina, tampoco en el pueblo de Morasvedes, donde muchos de sus paisanos aún siguen pensando que es un fraile e ignoran que uno de sus hijos es una referencia mundial de las letras, además de una eminencia como profesor, filósofo, abogado. Hace años que su pueblo debió haberlo reconocido con una calle, hijo predilecto…
Conocí a don Amable gracias al guijuelense don Miguel Castro, otra intuición charra en Guatemala, de quien acabamos de escribir sus apasionantes memorias. Fue don Miguel (también doctor por la Universidad Pontificia de Salamanca) quien me habló mucho del paisano Amable, siempre con enorme admiración. Entonces, la curiosidad quiso que en el inmenso mundo de la Google me despejasen las dudas y desde que me adentré a conocerlo quedé maravillado de esta eminencia que, además, es coterráneo, dados mis orígenes de Aldehuela de Yeltes. Poco después ya contacté con él y mantener un trato a través del correo electrónico, quedando aún más maravillado en cada contacto, además de escribir el epílogo de El último Indiano Helmántico, el libro de memoria de don Miguel Castro. Fue entonces cuando me dijo que su ilusión era pasar los últimos días en Morasverdes o un lugar cercano, algo que la ignorancia y cosas propias de la España negra, aún vigentes en nuestra sociedad, se lo han impedido.
Ahora, tras unos días instalado en el Parador de Ciudad Rodrigo y encontrar una magnífica residencia a modo, con los ojos llenos de lágrimas y el corazón dolido por tanta sinrazón ha emprendido el camino de regreso a esa Guatemala donde saber que tendrá el calor que aquí le robaron. Se marcha con el mismo sentimiento de ver una encina tronchada. Vuelve a ese país al que llegó en condición de fraile dominico tras cursar sus estudios sacerdotales en el convento de San Esteban (que allá amplió con Derecho y Filosofía) y encontró la mejor besana para plantar su semilla. Allí pronto colgó los hábitos (que no su fé), se casó con una nativa y ha sido autor de una obra reconocida de manera unánime. Una obra poética colosal que lo ha convertido en el poeta más importante de Centroamérica.
Es triste que haya tenido que producirse este regreso y nadie lo haya evitado. Que don Amable haya visto rota su ilusión de pasar aquí sus últimos días, donde lo lógico sería que la cultura española lo reconociera como una personalidad tan grandiosa. Pero al final, a cuenta de la angustia vivida por una disputa familiar, ha hecho de nuevo la maleta para regresar a Guatemala donde goza de todo el cariño y admiración popular que se supo ganar. Es una pena que no lo hayan dejado vivir en paz y ser feliz este grandioso personaje y gran señor, quien ha regresado con el sentimiento de dolor de ver una encina tronchada.

