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Dioni se fue por la banda

Por Antonio Risueño
Tras dos años en que un fatal ELA lo ha tenido relegado en el banquillo de la vida, Dioni se nos ha perdido por la banda para siempre, a la edad de 54 años. Dionisio Fonseca Gutiérrez nació en El Bodón, era el pequeño de cuatro hermanos, que  creció en el emblemático mesón El Refugio. Lugar de referencia en la comarca de Ciudad Rodrigo, y del mundo del toro durante décadas.

 

La vida de Dioni fue siempre energía y clase, a la vez que un notable temple a la hora de encarar la vida. Sus facultades físicas le pusieron en la órbita de configurarse como una importante promesa de futbol. Las cosas le fueron saliendo bien y tras brillar con luz propia en los patios del desaparecido -como tantas cosas, en esta despojada tierra-   Colegio Los Sitios,  y de los polvorientos campos de futbol de la socampana de Ciudad Rodrigo; fue escalando categorías en el equipo de futbol de  Ciudad Rodrigo, para dar el salto a la capital charra,  integrando las filas del Salmantino – filial de la tristemente desaparecida Unión Deportiva Salamanca-  sin llegar a jugar con el primer equipo. La impresión de jugador alegre, rompedor e intrépido le acompañó el resto de su vida, por donde ha ido entre todos los aficionados al futbol que le vimos jugar;  por más que las lesiones y el no acertar a ver el futbol más allá de un juego divertido, le apartaran muy pronto de los terrenos de juego.

Con poco más  de  veinte años y dejando a un lado  el futbol,  se enfrentó a la vida con entrega y elegancia, haciendo de la difícil profesión de comercial de una casa de piensos, el magnífico taller donde él moldeo su persona, e hizo vida en una comarca y un sector, que  siempre está lejos de cualquier boyantía. Su repetida máxima de ‘problema- solución’, que tantos dolores de cabeza le ocasionó hizo que en más de tres décadas no dejara de crecer profesional y humanamente. Nunca dijo que lo supiera todo de un sector, en el que llevaba toda su vida profesional y siempre se le vieron intenciones de seguir aprendiendo y creciendo. Su capacidad camaleónica para hacerse al terreno y a los tiempos le ayudó a no perder el pie del estribo, en treinta años de cambios.

Su carácter abierto y siempre dispuesto para el dialogo y la chanza, especialmente en su pueblo, le convirtiéron en un genial anfitrión con quien nadie se sintió jamás extraño ni forastero. Andando  Dioni por los bares, no había forastero desatendido ni pariente pobre: abierto, dicharachero, distendido, capaz de pasarse las horas muertas filosofando con quien le asistiera al palo;  Dioni- siempre impecablemente vestido-  llenaba vacíos e iluminaba sombras con su sola presencia.

Su condición de hombre fiestero, escapaba radicalmente de una personalidad superficial: poco a poco fue caminado por las roderas profundas de la vida en la relación con sus amigos, sus jefes y compañeros de trabajo, sus hermanos y resto de familia; y de forma especial con su mujer y su hija: Chus y Lorena,  de quienes ha recibido el ciento por uno en este difícil y duro tramo final de su existencia.

Ahora que se ha ido por la banda, para no volver a ser visto en alegre incorporación al campo de la vida, sólo aspiro a que sus dichos ocurrentes, su memoria y sus imprescindibles cualidades, se siembren y broten en todos los que aun buscamos lo físico de su presencia. Descansa Dioni… Y muchas gracias por todo.

 

Artículo escrito por Antonio Risueño

 

Cuando Chicuelo se hizo torero en campos de Salamanca

Comenzaba la segunda década del siglo XX, ya con José y Juan coronados como reyes del toreo y escribiendo una gloriosa época que ha pasado a la historia como la Edad de Oro, cuando en los campos de Salamanca se curtían cuatro chavales que conmocionaron, taurinamente,  a la provincia y tierras limítrofes, hasta lograr que su fama se extendiese en todo el ámbito nacional. Por entonces, nadie quedaba indiferente ante la torería de Eladio Amorós, nacido en Madrid, pero de residencia salmantina, ciudad donde se crió y sus padres regentaban una zapatería llamada La Revoltosa en la Plaza Mayor, de ahí que en sus inicios fuese acartelado como El Chico de La Revoltosa; del artista sevillano, nacido en el mismo barrio de Triana, Manuel Jiménez Chicuelo; del genial jerezano Juan Luis de la Rosa y de un chavalín valenciano que, además, era una eminencia tocando el violín y se llamaba Manolo Granero.

Durante muchos años se habló de sus gestas y para el recuerdo han quedado multitud de festejos que protagonizaron. Como aquella novillada celebrada en Guijuelo, con Eladio Amorós, Manolo Granero y Juan Luis de la Rosa, quienes lidiaron reses de Coquilla y su actuación causó una auténtica conmoción en toda la comarca, transmitiéndose el testimonio de esa tarde de padres e hijos con verdadera pasión. ¡Y no se cortó una sola oreja!

Chicuelo, junto a Granero y Juan Luis de la Rosa

Pasado el tiempo, excepto Eladio Amorós, que se quedó en el camino y acabó de banderillero en la cuadrilla de su hermano José, los demás fueron grandiosos toreros con carreras muy diferentes y suerte controvertida. Porque a Manolo Granero, cuando ya era figura y soñaba con comprarse una finca en Salamanca, siendo el más digno sucesor de Joselito, lo mató un toro en la plaza de Madrid; a Juan de la Rosa, que protagonizó una carrera de idas y venidas, sin alcanzar el techo que sus condiciones pronosticaban, además de tener una pésima espada, sumado a la vida muy desordenada, más pendiente de la fiesta y de las mujeres que de la profesión, acabó asesinado en Barcelona en plena Guerra Civil, por un lío de faldas, como fue el sino de su vida. De los tres fue Chicuelo quien fue dueño de una carrera más larga, protagonizando páginas memorables e históricas y siendo uno de los toreros que dio un paso adelante en la evolución de la propia Tauromaquia.

 

El pasado sábado se celebró el centenario de la alternativa de Chicuelo y también de De la Rosa, ambas en Sevilla, que entonces tenía dos plazas, acontecimiento del que se han referido los medios al ser una efeméride tan señalada. Chicuelo lo hizo en La Maestranza y Juan Luis de la Rosa en la Monumental que inspirase Joselito, con una diferencia de media hora y donde hubo un testigo que estuvo presente en los dos acontecimientos, el famoso periodista Gregorio Corrochano, quien dio fe en las páginas de del diario ABC.

Sin embargo hay otro hecho destacadísimo que ha pasado de largo en la biografía de ambos casos y nadie lo ha recordado, especialmente de Chicuelo. Se trata de la larga época que pasaron en Salamanca,un lugar  tan importante para ellos y que les dejó infinidad de vivencias y numerosos amigos en esta tierra. Chicuelo llegó por primera vez en el invierno de 1915 de la mano de su tío Zocato, un viejo banderillero y que lo quería como a un padre, porque el suyo había muerto siendo aún un niño. Aquí pronto encontró afecto en la finca de Buenabarba, al lado de San Muñoz y más tarde en la cercana de Tejadillo, al igual que en Terrones, Coquilla, Matilla…, donde los ganaderos don Andrés Sánchez –quien quiso a Chicuelo como a un hijo-, don José Manuel García, don Santiago Sánchez, don Paco Coquilla, don Graciliano Pérez-Tabernero le abrieron de par en par las puerta de sus casas para facilitar que se instalasen en la provincia y vivir una etapa pletórica. Porque Chicuelo era un chaval que, además de un torero genial, se hacía querer.

Plaza de Tejares, promovida por el marqués de Llen y derribada en los 50

Por entonces, Chicuelo, llegó a ser tan popular en Salamanca que hasta se fundó el Club Chicuelo (lo que hoy son peñas taurinas), situado en la viejo Café Suizo de la calle Zamora, con tan apasionados seguidores que fletaban trenes especiales cuando toreaba en Guijuelo, Béjar, Peñaranda, Zamora, Valladolid, Medina, Toro, Plasencia… Porque Chicuelo en Salamanca gozó de máximo cartel en sus tiempos de novillero, en medio de unos acontecimientos que han quedado recogidos en la solemne pluma del crítico charro José Gómez El Timbalero, uno de los inventores de la crítica moderna que dejó su magisterio impreso en El Adelanto, hasta que recién comenzada la Guerra ‘in’ Civil fue fusilado en la soledad del monte de La Orbada. El Timbalero siempre fue muy chicuelista y también muy seguidor de De La Rosa, desesperándose al ver cómo se quedaba en el camino ese muchacho jerezano que atesoraba tan buenas condiciones. Después acabaría siendo compadre de Juan Luis de la Rosa de una curiosa forma. Y es que en una ocasión que toreaba en Zaragoza y él se había desplazado a la capital del Ebro para cubrir su Feria del Pilar le comunicaron que acababa de ser padre; esa misma noche, envuelto en la felicidad y al encontrarse en la calle con Juan Luis de la Rosa se lo comunicó y éste se ofreció ser el padrino. Después, la gran pena fue que ambos compadres, el genial crítico y el torero, muriesen de manera trágica y tan jóvenes aún por aquella locura de la Guerra ‘in’ Civil.

De Chicuelo basta decir que la primera vez que vistió de luces fue en la vieja plaza de Tejares (era igual a la de Ledesma y permaneció hasta la década de los 50, cuando fue derribado al construirse la variante de la línea férrea a Portugal) el día de San Juan de 1917 con llenazo y reventa para disfrutar de ese chaval sevillano que tenía el don del arte afiligranado. Después, ya de matador de toros, en varias ocasiones Chicuelo toreó en la feria de septiembre y aprovechaba la estancia en la ciudad para disfrutar de tantas amistades como contaba, además de brindar toros a esos ganaderos que tanto le ayudaron o a algunos apasionados aficionados, ejemplo del señor Paulino, fundador de la joyería de la Plaza Mayor que llevó su nombre y de quien fue gran amigo, al igual que el afamado joyero antes también lo fue de Manolo Granero, a quien colmó con el regalo de un violín cuando lo escuchó por primera vez, para sustituirlo por el antiguo que traía de su época de estudiante en el conservatorio valenciano.

Además, en la historia del toreo, en un lugar privilegiado quedó la faena al toro Corchaito, de Graciliano Pérez-Tabernero, acontecida en la vieja plaza de Madrid y que para muchos ha sido la primera faena del toreo moderno, de la que dijeron que cada muletazo era un a alarido. Tras su retirada y hasta el final de su vida, falleció el último día de octubre de 1967, entristecido y abatido de un dolor que ya nos superó tras la muerte de su esposa, la cupletista Dora La Cordobesita siempre le encantó hablar y recordar su pasado en tierras charras. Y allí, cuando llegaba la Feria de Abril era feliz acudiendo al encuentro de los ganaderos charros que viajaban a Sevilla, a quienes preguntaba por sus amistades, porque era un hombre bondadoso, de sencillez en las formas, con gracia en sus palabras. Y sobre un torero grandioso y colosal que fue un peldaño fundamental en la Tauromaquia moderna.

 

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Julio Robles, 30 años de nostalgia

Cuando, a partir de 1990, se avecina un nuevo 13 de agosto desde las vísperas hurga el recuerdo al apasionado torero que más me marcó. A quien fue la gran ilusión infantil y juvenil. Ahora que llega la fecha redonda de los 30 años revolotea en mis adentros el recuerdo a Julio Robles, de quien disfruté apasionadamente durante sus años gloriosos y al que aplaudí en un montón de sus grandes faenas.  El recuerdo a uno de los toreros más completos que conocí y un referente para dedicarme al oficio de escribir de toros.

 

Gracias a Julio Robles pude disfrutar de una época en la que coinciden grandiosos toreros de distintas épocas, Manolo Vázquez Antoñete, Paquirri, Teruel, Curro Vázquez, Manzanares, El Niño de la Capea –tantas veces su pareja de baile en los ruedos-, Damáso González, Ortega Cano, Roberto Domínguez, José Antonio Campuzano o Manolo Cortés, un lujazo condenado al ostracismo de las corridas duras… sin olvidar a otros nombres que engrandecieron a esa época. Época donde  Julio Robles fue un pilar que crecía cada temporada y nadie adivinaba su techo artístico en virtud de sus extraordinarias condiciones.

Por eso estos días próximos al ferragosto prefiero escribir de Julio Robles que no de otras miserias que clavan sus garras sobre la Fiesta. De recrearme en mi época más feliz como aficionado y cuando marcaba las fechas de la agenda de acuerdo con las actuaciones del maestro. De ese Julio que siendo un chaval ya me tributó con su amistad, que siguió cada vez más intensa hasta su último suspiro. Era roblista y ejercí como tal, algo que entonces era y es un signo de distinción. Pero por medio aprendí en tertulias con viejos banderilleros y aficionados con los que compartí tantas horas unas lecciones que no vienen en el Cossío y tanto me han servido.

Por esa razón me emociono retroceder treinta años para recordar que tan día como hoy, la vida nos cambio.  Cuando aún paladeamos su último éxito en la vieja plaza de Gijón. Parece que fue ayer cuando hizo el paseíllo sobre las arenas del Bibio, siempre con su torería. Pero sobre todo parece mentira que esa fue la última que disfrutamos con su arte. ¡Quién iba a decir que aquel torerazo moría artísticamente al día siguiente!

Ahora que han transcurrido 30 años desde su última verónica, recuerdo con nostalgia y añoranza al gran Robles. Porque aquel 13 de agosto jamás debió haber amanecido. Aunque lo que nadie ha nublado son las sensaciones de la juventud, cuando vivía con tanta pasión la carrera del maestro charro.

¡Aquella faena de Andrés Vázquez a Baratero!

Mucho antes de la cruel pandemia, desde que Las Ventas está en las manos de Simón Casas y su Plaza1, cerró la mayoría de los domingos del verano para matar la gloriosa historia de aquellas ‘domingueras’. Esa triste y polémica decisión que  rompió infinidad de ilusiones surge este inolvidable recuerdo de la lidia de Baratero, el bravísimo toro de Victorino que dio el pistoletazo de salida a la fama de esa divisa y que, hoy hace cincuenta y un años, levantó la carrera de Andrés Vázquez al cuajar la mejor faena de su vida.

Si hay un toro, sobre los demás, que va unido para siempre a los nombres de Andrés Vázquez y de Victorino Martín -entonces en alianza con sus hermanos Adolfo y Venancio-  es el de Baratero, lidiado la tarde del diez de agosto de 1969 –hoy hace 51 años- y que pasó a la historia de Las Ventas como uno de los más bravos y en la biografía de Andrés Vázquez como un icono después de realizarle una faena perfecta. Una faena rubricada en diecinueve muletazos tras una espectacular suerte de varas, perpetuada en la retina de quienes tuvieron la dicha de presenciarla y donde, al final, tras una estocada en el hoyo de las agujas corta las dos orejas -le llegaron a pedir el rabo-, además de ser premiado Baratero con la vuelta al ruedo vivida en el reguero de la emoción que trajo su bravura. Pero su historia va mucho más allá.

Cuando Andrés Vázquez llega a Las Ventas para torear la corrida, su carrera había perdido brillo. Era la consecuencia de haber sufrido varias cornadas de gravedad. Sabedor que necesita un impulso decide aprovechar una sustitución que le ofrece la empresa de Madrid para ocupar el sitio de Antoñete. Esa tarde se anuncia la corrida propiedad de unos carniceros de Galapagar, casi desconocidos en el mundo del toro bravo, que han comprado en lotes la ganadería de Escudero Calvo -puro Albaserrada- y acababan de asentarse en Extremadura tras permanecer los años precedentes de renteros en La Nava de Yeltes, por tierras charras de Retortillo. Andrés, que había matado varias corridas de Escudero Calvo, sabe que puede embestir y cuando lo hace, trae la emoción a la plaza, algo que él siempre ha defendido como parte fundamental de la grandeza de la Fiesta.

– Lo de Victorino es como si te encuentras algo que te gusta en una chamarilería y al quitarle el polvo compruebas su valor. Con esta ganadería ocurría lo mismo al contar con una base muy buena y auténtica. Yo sabía lo que podría dar de sí.

Esa razón hace que la corrida sea muy especial para él, además de jugarse mucho en ella, por lo que se prepara a conciencia como si fuera el día más importante de su trayectoria, que de hecho acabó siéndolo. Va a torear con un buen amigo, del que siempre elogia su capacidad artística, el catalán Joaquín Bernardó, en cartel que cierra el  espada de Martín de Yeltes Aurelio García Higares y encabeza el rejoneador extremeño Moreno Pidal.

La corrida es un delirio y Andrés Vázquez, que ha cortado una oreja a su primero, recibe a Baratero con bellos lances a la verónica rematados con dos medias con el sello de su inspiración belmontina. Rápido ve que es un toro con mucha plaza, que va largo, que repite y tiene transmisión. Y así le indica a su picador, el dinástico José Cáneba El Rubio de Salamanca, quien realiza una magnífica suerte de varas en las cinco veces que se le arranca el toro, cada vez desde mayor distancia. La bravura, como también su codicia del toro, al igual que la brillantísima profesionalidad del legendario picador levantan a la gente de los tendidos, impactada ante ese monumento a la bravura y la casta. Nunca olvida El Rubio de Salamanca aquella tarde.

– Baratero llegaba como un torrente y romaneaba en el caballo, desde el primer puyazo se vio que era muy bravo. Era también el toro ideal para medir a un picador, porque Andrés cuando lo colocaba cada vez lo hacía de más lejos y al final ya lo dejaba en la misma boca de riego; mientras, la gente vivía el espectáculo de un acontecimiento grandioso. Me sentí muy afortunado de haber picado a ‘Baratero’, uno de los toros más importantes que he visto en las plazas durante más de cuarenta años dedicado a la profesión.

Andrés Vázquez, que dirigió toda la lidia quedaba admirado del arranque tan alegre del toro al caballo, lo que fue todo un espectáculo que hizo emocionar a todos cuantos protagonizaban la corrida. Después, al comenzar la faena de muleta, el matador sabe que tiene delante al toro de sus sueños. El que devuelva el esplendor de su nombre a los grandes carteles. El que quedará para siempre unido a su carrera y a la misma historia de la plaza de Las Ventas. Así lo apreció en cuando humilló tras citarlo con la muleta sobre la mano izquierda y surgieron naturales con la esencia de lo grandioso, impregnados por el aroma castellano del maestro. Fueron diecinueve muletazos, hondos y puros, antes de perfilarse para la suerte suprema y matarlo en el hoyo de las agujas. Al final de esa tarde, bajo la calima madrileña de agosto, la Fiesta había ganado a un torero que regresaba a los carteles de postín. Y Victorino Martín escribe la primera página de su impactante trayectoria en Las Ventas con la lidia de ese Baratero, el mismo que ya sella para la perpetuidad las carreras de Andrés Vázquez y de Victorino Martín.

– Aún sueño con ‘Baratero’ y me figuro que también lo hará su dueño, porque ese fue su auténtico despegue. Luego, en el inmediato San Isidro, me encerré en solitario con seis ejemplares del mismo hierro y corté otras dos orejas a ‘Violeto’, otro toro extraordinario. Desde ese instante con Victorino formé un dúo perfecto. Maté sus toros durante muchas temporadas y me dieron satisfacciones, fama, dinero; también una cornada, que fue en Salamanca en una corrida concurso que toreé con Paco Camino y con Juan José.

Vaya este recuerdo, en la fecha del cincuenta y un aniversario de la efemérides como homenaje a la grandeza veraniega que atesoró Las Ventas.

El picador José Cáneba ‘El Rubio’, Victorino Martín y Andrés Vázquez, protagonistas de la hitórica tarde, en una foto tomada en Villalpando.

 

Emilio de Justo, FIGURA DEL TOREO

El Martes Mayor, la ciudad de Plasencia, capital de la alta Extremadura,  había perdido el color de esta fecha tan esperada en su calendario. Del día que su comercio echa la casa por la ventana y sus calles se abarrotan. Ahora, con el Covid, todo era distinto y la soledad se adueñaba de sus calles. Únicamente las terrazas de la Plaza Mayor mantenían su habitual buen ambiente con aficionados que esperaban la hora del festejo. Porque la tarde, con cerca de cuarenta grados no invitaba a paseos.

Volvimos a Plasencia con la emoción de siempre. Porque aquella tierra se abraza a inolvidable recuerdos de la juventud y primeros años dedicados a la crítica taurina. En su coqueto coso de Las Golondrinas, que atesora tanta torería, disfrutamos actuaciones pletóricas de Julio Robles, cuando los caminos de nuestra afición tenían el destino los festejos que acartelaban al inolvidable torero. Y sobre esas arenas, Robles ofreció algunas de sus mejores faenas. Allí también empezamos a disfrutar con el arte y exquisitez de Juan Mora, quien acabaría en el pedestal de la admiración y en torero de culto a quien guardamos reverencia y devoción. Entonces, Plasencia tenía una feria de postín, con cuatro o cinco cartelazos de figuras que eran un imán económico para la hostelería y el comercio local. Después se fue dejando de lado y aquellas ferias y fiestas, taurinamente, casi desaparecieron durante una larga travesía por el desierto de la nada con carteles escasos de contenido.

A las 21 horas estaba anunciada la corrida y, de momento, fue una emoción volver a encontrar, tanto tiempo después, un magnífico ambiente en los alrededores con numerosos aficionados llegados desde Madrid, Salamanca, Sevilla, Toledo, Ávila… que no quisieron perderse la corrida en directo. Porque esa noche del Martes Mayor, Plasencia volvía a recuperar la grandeza de su mejor época, aunque también es cierto que, en ese cartel, echamos de menos al maestro Juan Mora, que hubiera sido un perfecto engranaje para esta noche tan taurina.

Con todo en marcha dio inicio un festejo donde enseguida comenzó a marcar diferencias el extremeño Emilio de Justo. El torero de Torrejoncillo, uno de los damnificados por este cruel virus que ha frenado la temporada (y a la par los traidores de Podemos han metido la tijera para lastrar más) hizo la noche suya desde el principio al final, Mientras, Enrique Ponce, que por las circunstancias que lo rodean, inicialmente, era el protagonista, volvió a ofrecer otra pobre imagen. Ponce fue la viva imagen de la decadencia al no ‘meterse’ ya con los toros, ni arriesgar, aunque lo tapa con sus elegantes formas y estética, pero ayuno de cualquier profundidad. Ahora mismo, Enrique Ponce está para retirarse, más aún con las vergüenzas al aire tras el repaso que le dio Emilio de Justo con su entrega, con su hondura y pureza, bajo la bandera del clasicismo del que hace gala.

De Justo fue el gran protagonista, pero más aún después del largo parón, toda la afición pudo ver su verdadera dimensión, el enorme techo artístico que está alcanzando este muchacho de la villa cacereña de Torrejoncillo que ayer dio un tremendo puñetazo en la mesa de la reivindicación. Ya lleva varios años apuntando alto y en cada corrida ascendía un nuevo peldaño en la escalera del toreo, ganándose mejores carteles y contratos. Sin dejar a nadie indiferente, porque él venía con las armas de la pureza y ese clasicismo que siempre otorga el sello de torero de aficionados a quien Dios concedió tan inmenso don. Emilio de Justo desde hace ya dos años goza de tal distinción.

Pero llegó ese triste pandemia que frenó la temporada y ha sido tan cruel para todos, más para Emilio de Justo que veía cómo se cerraban las puertas de la temporada definitiva para ser figura. Para recoger la cosecha, que se preveía abundante, después de haber cultivado tan bien la besana. Y de momento se cierran las plazas y los interrogantes llegan a todos. Sin embargo, Emilio, no desfallece, ni vivir de lastimas, dedicándose a entrenar, a estar preparado para cuando llegase la ocasión volver a ser ese torero tan esperando. Ese torero con tanta personalidad y sello propio, gracias a su estilo; a su elegancia con la capa (sus verónicas son un acontecimiento y sus chicuelinas a compás abierto un monumento). Y no digamos con la muleta, donde marca diferencia en su manera de citar, de dar el pecho al toro, de correr la mano con ese temple único y siempre con su entrega, para llegar al embroque corriendo la mano con tanta enjundia y despaciosidad. No digamos de ese naturales ralentizados, con los flecos de la muleta barriendo las arenas. O los remates de pecho, auténticas obras al arte del toreo. Y por último su entrega en la suerte suprema, ¡a triunfar o a morir!

Ahora, gracias a Emilio de Justo las campanas del toreo vuelven a dar tañidos de alegría, porque esa nueva normalidad ha ascendido definitivamente al olimpo de las figuras a este muchacho de Torrejoncillo que nació con el don del toreo. Y la noche del Martes Mayor, en Plasencia, gracias s su entrega, s su hondura y pureza, bajo la bandera del clasicismo del que hace gala, se ha ganado definitivamente el sello de FIGURA DEL TOREO

 

 

Tus luces nunca se apagarán, maestro Juan José

Te has ido, amigo y maestro, dejándonos el brillo de tu existencia. En esta madrugada cuando los clarines y timbales se oxidan y la soledad se hace dueña de las plazas de toros, has dicho adiós para irte a torear al inmenso ruedo de la eternidad, donde tantos amigos habrán salido a recibirte con un abrazo de bienvenida desde que San Pedro te haya abierto la puerta de los cielos, bajo los sones de tu pasodoble. Porque ahí te ganaste un sitio de honor.

Hoy, en este día que nos ha dejado, parece cómo si los horizontes han desaparecido y, nada más recibir la noticia y colgar el teléfono, ante la avalancha de llamadas me asomé al balcón para ver los campos y ya no cantaba el cuco, todo era silencio en esta noche veraniega. Esta noche, con las plazas de toros preñadas de soledad y las puertas de toriles oxidadas. Esa noche que ya forma parte de la historia de la Tauromaquia,  porque fuiste un grande que contribuiste a escribir páginas destacadísimas del toreo, siempre con la pureza y sobriedad de la escuela castellana de la que fuiste un prototipo, tras beber de las fuentes del maestro Santiago Martín ‘El Viti’.

Todo ha sido tan rápido y tan inesperado que vamos a tardar mucho tiempo en dar credibilidad a este triste noticia, que aunque esperada aún no acabamos de creernos. Va a resultar muy difícil no volver a verte más , ni a tener esas largas conversaciones hablando de toros por los bares de La Fuente, por Salamanca o a cualquier pueblo que íbamos a ver un festejo.

Son muchas vivencias a tu lado, también no pocas discusiones, pero queda el poso de la honradez y señorío de ser siempre un fiel amigo. De un montón de festejos e ir a ver corridas a Madrid, a Valladolid, a San Sebastián, a Bilbao, a Badajoz… o aquella noche en Sevilla donde nos dieron las tantas paseando con tu primo Agustín entre la magia de esa joya de ciudad y al final acabamos en ‘Casa Anselma’, donde nada más entrar salió a tu encuentro el gran Lucio (el del madrileño mesón ‘Casa Lucio’), que andaba en aquel sarao para darte un abrazo. Porque se te respetaba y cada vez que estaba en algún lugar lejano me emocionaba cuando los viejos toreros me mandaban recuerdos para ti, todos la admiración que te supiste ganar.

Hoy hablarán de tus grandes faenas y se rememorará aquellos naturales a un Jandilla en la Feria de Salamanca, o en las terroríficas corridas de San Mateo. O tantas tardes en Madrid, como aquella vez que siendo todavía un niño, en pleno San Isidro, viviste la gloria de salir en hombros y muchas desperdigadas en plazas de España y de América. Como aquel año que en Lima te gritaron ¡torero, torero! al cuajar un toro y cuando ya tenías en tus manos el Señor de los Milagros, la espada se atravesó en el camino y te privó de un premio grande, aunque no del sentimiento limeño, donde los viejos aficionados aún recuerdan aquella faena que tuvo tintes históricos. O tu presentación en la francesa Dax, con cuatro orejas, horas antes de que Neil Arstromg fuera el primer humano en pisar la luna y su frase  de ‘un pequeño paso para un hombre, un gran paso para la humanidad’ quedase inmortalizada en los libros de historia y aquel muchachito que eras, aún en la nube del reciente triunfo presenciaras emocionado el momento. Muchos años después, cuando hemos ido a ver toros a Illumbe y antes aprovechamos para pasear por esa maravilla de ciudad y respirar sus aires cántabros bajo los tamarindos de La Concha, te gustaba referírmelo. Al igual que tus éxitos en aquel Chofre que fue uno de los grandes templos del toreo y en el que, además, viviste uno de tus momentos más difíciles cuando un toro de Palha hirió de muerte a Paco Pita, tu peón de confianza que falleció dos días más tarde.

Después a Dax nunca más volviste, ni a otras plazas que te vieron triunfar y tenías que luchar contra tantas cuestas arriba que llegaban a tu carrera. Porque estaba claro que nunca te lo iban a poner fácil y debiste superar numerosos obstáculos; pero con tu afición y esa entrega propia de un sacerdocio sabías salir adelante y emocionar a la afición con la pureza y verdad de tu toreo.

¡Cuánta grandeza, Juanjo! ¡Que bien supiste arar en el surco del toreo! Por eso, aunque te hayas ido tu huella seguirá viva y tus luces nunca se apagarán.

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PERFÍL ARTÍSTICO DE JUAN JOSÉ

El nombre de Juan José va ligado al más puro clasicismo de la sobria escuela castellana. Nació en La Fuente de San Esteban, el veintidós de junio de 1952, corazón neurálgico del Campo Charro y villa de larga tradición agrícola, cuyo término está rodeado de ganaderías. En su infancia se siente atraído por el enorme ambiente taurino que se respira en las calles de su pueblo y desde que era un colegial siente la llamada del toreo con la vocación propia de un sacerdocio. En el colegio su compañero de pupitre es Julio Robles y con él hace novillos en alguna tarde invernal para acudir a los tentaderos de la prestigiosa ganadería de Atanasio Fernández, cercana a La Fuente, hecho que provoca las iras de don Julio, el maestro, quien a la mañana siguiente los llama al orden para echarle la regañina: “Venid acá los dos ‘toreros’, que ahora vamos a tener aquí la corrida”.

Su llamativa pasión por los toros no pasa inadvertida para Antonio Díez, un ATS paisano, excepcional aficionado y torero práctico, que se fija en él y le enseña las primeras lecciones impregnadas con la base de la pureza y la inspiración de los clásicos –Ordóñez, El Viti , Camino, Antoñete…-. Por entonces se convierte en familiar la escena del aspirante a torero montado en el trasportín de la moto Guzzi, de Antonio el practicante, para recorrer fincas de la zona –Castillejo de Huebra, Campo Cerrado, Sepúlveda, Vilvis…- en busca de tentaderos para perfeccionar su técnica y hacer valer su inspiración. Los avances son tan notables y demuestra tal facilidad que muy pronto corre el runrún del nuevo torero que se cuece en La Fuente.

Apenas tiene quince años y por mediación de un banderillero paisano –Pepe El Güevero– empieza a torear becerradas por Ávila y Segovia tras debutar en Coca, el catorce de agosto de 1967, alternando en muchos ellos con Enrique Martín Arranz, más tarde fundador de la Escuela Taurina de Madrid y después afamado apoderado de José Miguel Arroyo, José Tomás, Hermoso de Mendoza…. Entonces empieza a sonar con fuerza su nombre y los hermanos Eduardo, Pablo y José Luis se lo recomiendan al mayor de la saga, Manolo Lozano, por mediación de los ganaderos Paco y Salustiano Galache, quienes cautivados por el buen hacer del chaval hablan con el trío taurino de Alameda de la Sagra para que dirijan su carrera. Sin embargo, al tener exclusividad con Palomo Linares, deciden ofrecérselo a Manolo, que iba por libre y es quien definitivamente se hace cargo de su carrera.

1968 llega a su vida bajo un paraguas de ilusiones e hitos para este elegantísimo torero. Madrugador es el debut con picadores que se produce en la villa de Orihuela, el catorce de enero y pronto se aúpa entre las novedades más distinguidas del escalafón inferior. Torea un alto número de festejos y pone a todos tan de acuerdo que, con mucha antelación, deciden que se debe dar un paso más y tomar la alternativa el inmediato ocho de septiembre en la Corrida del Motín, de Aranjuez, de manos de Julio Aparicio y con Palomo Linares. Aquí ocurre un imprevisto que cambia todo el proyecto al sufrir Palomo Linares un grave percance el ocho de agosto en Málaga, al descabellar un toro. Esa circunstancia provoca que su mentor se decida a darle la alternativa con la finalidad de acaparar las sustituciones del diestro de Linares, que tenía completado ese mes, llevándolo adelante y convirtiéndose en noticia dada la edad del toricantano. Hasta entonces en una misma temporada nadie había sido becerrista, novillero con picadores y matador de toros.

Solamente tiene diecisiete años recién cumplidos cuando accede al escalafón de los matadores en la histórica plaza manchega de Manzanares. Andrés Hernando es el padrino y Gabriel de la Casa, el testigo de una alternativa, celebrada el once de agosto de 1968, que lanza a Juan José a las ferias convirtiéndolo en la novedad de ese momento y en el sucesor natural de Santiago Martín El Viti en el trono de los grandes toreros de Salamanca. Juan José, que la tarde antes se despide de novillero en esa misma plaza, corta las dos orejas y rabo a Hullero, el toro de la ceremonia y desoreja al que cierra el festejo para lograr una aclamada salida en hombros y entrar con todas las bendiciones en su nuevo grado. Torea un alto número de corridas y ese invierno viaja a América contratado para las más postineras ferias. En Lima sufre una grave cornada que lo mantiene en el dique seco varios meses y, tan lejos de su casa, nace una relación fraternal con Paquirri, compañero la tarde del percance y quien se preocupa de atenderlo en los largos días que permanece internado en un sanatorio.

Con el buen porvenir de su primer año de matador confirma al siguiente San Isidro, que acartela al jovencísimo matador de Salamanca con ecos de inmediata figura. La ceremonia es el diecisiete de mayo de 1969, recibida de manos de S. M. El Viti  y con Paquirri, de testigo. La ganadería es de Paco Galache, entonces con máximo cartel en Madrid, siendo Castañeta el nombre del astado de la confirmación, en corrida que Juan José corta una oreja y deja sobre el tapete de la exigente afición madrileña su esperanza. La misma que se reafirma en la siguiente corrida contratada, la del Marqués de Domecq, junto a Carnicerito de Úbeda y Manolo Cortés –muy vinculado a él esos primeros años- para ofrecer una lucida actuación, coronada con dos orejas que certifican lo bueno que se escucha sobre él y lo convierten en uno de los triunfadores de ese ciclo. El buen nivel lo mantiene a lo largo de la campaña, logrando éxitos memorables, como el de las cuatro orejas en su presentación en la plaza francesa de Dax, horas antes de que la humanidad contemplase admirada la llegada del hombre a la luna. 1970 es buen año, aunque no saborea varios triunfos por un bache pasajero con la espada. La siguiente temporada ya cuaja numerosos toros y su nombre está en la pomada, hasta que en la madrugada del siete de junio, al regresar de Pamplona, sufre un aparatoso accidente de tráfico, en la villa burgalesa de Aranda de Duero, que le produce graves lesiones oculares. El percance del joven espada supone un impacto emocional entre los profesionales y aficionados, quienes hacen colas para visitarlo en el madrileño Sanatorio de Toreros, centro donde es tratado por el oftalmólogo Martín Enciso, quien no puede atajar la pérdida de visión en uno de sus ojos. Ese hecho marca ya el resto de su carrera y lo priva de ser la figura del toreo que estaba llamado a ser.

Pese a la adversidad, el diestro salmantino se reafirma en reaparecer a los cuarenta días en la riojana villa de Haro, en un mano a mano con su inseparable Palomo Linares, que centra toda la atención taurina y lo hace a lo grande, tras cortar dos orejas a su primero y el rabo al que cerró la función. Por otro lado, su ilusión y torería no son gemelas a la de los empresarios, a quienes les cuesta un mundo contratar a este espada y llegan tiempos de escasas actuaciones, aunque cimentadas por su enorme afición y la incesante búsqueda de la pureza de su toreo. A lo largo de esa década de los setenta La Monumental de Madrid lo ve torear en numerosas ocasiones durante el estío y en varias de ellas tiene cerca el triunfo, llegando a acariciar la puerta grande tras dejar un ramillete de grandes faenas a reses de Victorino Martín, Murteira Grave, Gamero Cívico, Villagodio…

En esos años recibe ayuda de Eduardo Mediavilla, un impresor muy aficionado que lucha para que, Juan José, recupere su sitio en las ferias, sin que los empresarios tengan la sensibilidad que merece este gran torero acaparador de tantos titulares por su calidad artística. Coincide entonces que en la plaza de Salamanca sus actuaciones las refrenda con éxitos en las terroríficas corridas del día de San Mateo, en la mayoría de las ocasiones con los hierros del Conde de la Corte, Guardiola… Entonces, ante la aclamación popular, la empresa decide crear un cartel charro, con Juan José encabezando la terna compuesta por El Niño de la Capea y Julio Robles repetida durante los ciclos de 1984, 1985 y 1986. En el primero de ellos la plaza vibra con su exquisito toreo al natural y los críticos madrileños destacados en La Glorieta quedan impresionados ante el torrente de arte que ofrece el de La Fuente de San Esteban, sin explicarse nadie cómo su nombre no está en las ferias. Al año siguiente forma un nuevo alboroto y en 1986 al no cortar orejas, la empresa lo devuelve, injustamente, a la tradicional corrida San Mateo que cierra el ciclo. En esa jornada matea en la que la capital recibe a la provincia torea tres años más y vuelve a sentar cátedra con su extraordinaria interpretación.

En esos años han llegado muchos toreros nuevos y cada día cuesta un poco más hacer nuevos festejos para este espada, tan injustamente tratado. Por esa razón, Juan José decide colgar el traje de luces y torea la última corrida en La Fuente de San Esteban el catorce de mayo de 1989, con motivo de la inauguración del Torero de Cuatro Caminos, la plaza promovida e inspirada por Paco Pallarés. En esta ocasión, con un llenazo, comparte cartel con Julio Robles –ya entonces disfrutado de su estatus de figura- y Sánchez Marcos, ante reses de Paco Galache.

Atrás quedaba una larga trayectoria marcada por el clasicismo castellano y el unánime respeto. A lo largo de su carrera dejó el colofón de numerosas tardes para el recuerdo y la dignidad con la que siempre defendió la Tauromaquia, tanto en la plaza como en su faceta de director de la Escuela de Tauromaquia de Salamanca, labor ejercida durante veintinueve años con el sello de su maestría.

Aquel infierno de Navalón contra Dámaso

Durante una etapa de su carrera, el gran Dámaso González fue diana de numerosos ataques a cargo de un sector de la prensa capitaneada por Alfonso Navalón, quien entonces estaba en lo más alto del periodismo taurino. No es fácil escribir este artículo y reflejar de la forma más fiable la realidad, principalmente porque los protagonistas –al igual que sus entornos de entonces- ya no están, pero uno tuvo la suerte de poder comentar esta cuestión con los dos personajes. Con Dámaso en los últimos años a raíz de hablar tantas veces sobre su trayectoria -siempre bajo el paraguas de la admiración-, mientras que con Alfonso durante las casi dos décadas que trabajé a su lado. Por esa razón tengo una opinión propia y objetiva sobre esta cuestión de la que hace unos días escuche hablar en un programa radiofónico.

Para intentar comprender este episodio hay que remontarse a la circunstancia que Dámaso desde su irrupción novilleril en Barcelona era apoderado, junto a Paquirri, por la cordobesa Casa Camará –fundada por José Flores y continuada por su hijos Pepe y Manolo-. Previamente a esos acontecimientos, Alfonso Navalón vivía en guerra contra esa familia taurina a raíz de enterarse que el patriarca movió los hilos para que fuese expulsado del diario Informaciones tras publicar unos reportajes sobre Manolete saliendo malparada la imagen del viejo Cámara. Aquello fue el inicio de una batalla con las garras extendidas a los intereses de los taurinos cordobeses y con dos claros perjudicados: Paquirri y, más aún, Dámaso.

Con la pólvora encendida, sin nadie que frenase a tiempo aquella guerra, la bola de nieve no dejó de crecer siendo Madrid el puerto más duro para al albaceteño. Las Ventas se convirtió en la plaza que más cuesta arriba se le hizo después de que afición le contase, uno a uno, los pases en las faenas de muleta, logrando caldo de cultivo para crónicas durísimas contra el diestro, entre en periodo correspondiente desde 1970 a 1978. Seguramente de las más avinagradas que ha recibido torero alguno. Después, en San Isidro de 1979, ya llegó el triunfo con el toro de La Laguna y Madrid se dio cuenta del grave atropello que había cometido contra el albaceteño. Contra un maestro que templó como nadie y, más allá de su corbatín desaliñado, fue rey de los terrenos y distancias.

El combate no paró durante una década alargándose, incluso, después de dejar de ser apoderado por los Camará y estar bajo la jurisdicción de Luis Alegre y a continuación de José Antonio y Javier Martínez Uranga, los Choperitas, sucediéndose varias anécdotas. Una de ellas se produce en el invierno de 1975 a la llegada de América. Entonces, antes de comenzar las ferias de Castellón y Valencia que abren el telón de un nuevo año taurino, el albaceteño, venía a pasar unas semanas a Salamanca instalándose en la finca Los Labraos que poseé Pedro Martínez Pedrés, su paisano, maestro y primer valedor, en los campos del Azaba, más allá de Ciudad Rodrigo y cerca de Portugal. En esa ocasión lo acompañaba Francisco Membrilla Pacorro, su peón de confianza y leyenda de los hombres de plata fallecido meses antes que Dámaso, quien era el compañero ideal para torear de salón, hacer piernas y luego, las jornadas que no tenían tentadero, al filo del mediodía emprender el camino hasta el complejo La Pedresina de Fuentes de Oñoro, que así se llama el importante negocio de gasolineras, restaurante y supermercado que puso en marcha el maestro Pedrés tras su retiro.

Junto a su inseparable Pacorro recorría esos polvorientos caminos hasta alcanzar la frontera; entre encinares que vieron pasar a contrabandistas en los años de penurias y dos siglos atrás a las tropas napoleónicas para combatir en la histórica batalla redimida contra el ejército de Wellington en tierras de Fuentes de Oñoro. Entonces era el momento que la discordia alcanzaba su momento más beligerante y enterado Navalón que Dámaso rondaba por la zona decidió salir a su encuentro a bordo de un viejo vehículo Renault 4L, quien al descubrir la presencia del matador –que llevaba una barra de hierro para fortalecer el brazo- y su banderillero detuvo el vehículo con un frenazo en seco precedido de un derrape para bajarse y, nervioso, decir desde una distancia prudencial: “¡Pégame, manchego! Aquí me tienes, ¡Pégame!”. Dámaso, callaba y Pacorro empezó a reprochar la actitud del crítico con formas desafiantes, hasta que el torero hizo gala de su temple y con la fuerza de sus palabras hizo desistir la actitud del polémico crítico, quien por esa época había alcanzado notable notoriedad tras ser agredido por varios toreros. Uno de ellos Antonio Ordóñez, en el hotel España de Guadalajara.

Tras ese rifirrafe la crudeza volvió a las crónicas, sin embargo Dámaso cada día era más grande y acabó siendo reconocido de manera unánime por todos, hasta por el mismo Alfonso Navalón. Ocurrió en el instante que Ramón Sánchez, el salmantino asentado en la serranía de Córdoba que tiempo atrás había comprado la ganadería de Manuel Arranz y estaba tan vinculado al crítico, le pidió que fuera justo y clemente con Dámaso, al que estaba haciendo tanto daño y quitándole mucho dinero de ganar. Desde ese momento Navalón levantó el pie del acelerador de la dureza y poco a poco las aguas se calmaron. Sin embargo hubo un hecho que hizo tocar definitivamente las campanas de la paz. Fue a raíz de un coincidir en el mismo avión a la Feria de Quito y, tras saludarse en la terminal de Barajas, durante el largo vuelo se levantaron en varias ocasiones para hablar y echar un cigarro –entonces se podía fumar en los aviones- y hacer más plácido el viaje transoceánico. Y también la misma vida.

De ahí para adelante, Alfonso Navalón normalizó la relación con Dámaso González saludándolo en las ocasiones que lo encontraba y hasta a sus más cercanos nos reconoció que tanta dureza contra tal colosal torero y persona fue un error. Un ejemplo del cambio fue la última corrida que toreó Dámaso en Salamanca, en la feria de 1993, en cartel compartido con su querido amigo El Niño de la Capea y la alternativa de Andrés Sánchez –antes, en 1985, también hizo matador en La Glorieta al vitigudinense Ricardo Sánchez Marcos-. Aquel día, Navalón enterado de que Dámaso almorzaba en El Mesón, céntrico restaurante situado al lado del Gran Hotel, se acercó a saludarlo poniéndose antes de lado el nudo de la corbata para hacer la gracia, “así voy más a modo”, dijo. Dámaso, que era un señor, le levantó y le dio la mano con atención. Aquella noche en su coloquio el crítico habló muy bien del torero quien desde la cima comenzaba a plagar velas de una brillantísima carrera.

Años después, el doce de junio de 2000, Dámaso volvió a La Glorieta, ahora para torear el festival de Las Hermanitas convocado por su amigo Julio Robles, aprovechando que lidiaba los novillos de La Glorieta, su hierro. El de Albacete compartió cartel con Manzanares, Curro Vázquez, Miguel Espinosa Armillita y novillero José Manuel Sánchez, junto al rejoneador Perita, que abrió la función. En esa jornada también recibió el saludo de Alfonso Navalón, que lo invitó a disfrutar un día de tentadero en El Berrocal, aunque al final nunca se pudo llevar a cabo.

El día que Dámaso Gómez cerró su libro

Dámaso Gómez se instaló en Salamanca desde  sus años de novillero y ya apenas se movió de esta tierra. Cayó de pie y encontró las bendiciones de los ganaderos charros, quienes confiaban en él sus faenas camperas y enseguida alcanzó reconocimiento de maestro. Además, pronto encontró en el señor Juan Luis Fraile, mucho antes de que sus hijos fueran figuras entre los ganaderos, a un íntimo amigo y protector. Desde el inicio, el señor Juan Luis le dio trato distinguido, fue fijo en sus tentaderos y hasta pasaba temporadas invernales en su finca del Puerto de la Calderilla. Allí salía a correr a la sierra, porque Dámaso era un atleta y un deportista que apenas fumó, ni probó el alcohol, en largas sesiones donde daba la vuelta en el poblado de Ventas de Garriel y después bajaba a buena zancada y al llegar al pilón de Los Caños siempre se bañaba e incluso en invierno, en muchas ocasiones, rompía el hielo y, ante la sorpresa de todos, se metía en el agua.

Dámaso fue un torerazo y también un personaje díscolo con un carácter que le acabaría haciendo daño en su carrera, porque no tenía nada para callado. Además era distinto, fíjaos si era distinto que salía con una joven miembro de una conocida familia ganadera salmantina y de la noche a la mañana se casó con ¡la abuela de la novia! Aquello fue un escándalo… menos para Dámaso. A los pocos días de contraer matrimonio torea en Barcelona una corrida en la que también se acartelaba otro inmenso torero, también muy lenguaraz, el venezolano César Gírón, ya consolidado como gran figura. Esa tarde, al llegar al patio de cuadrillas, al gran César no se le ocurrió otra cosa que llaman “¡abuela!” a Dámaso Gómez. Qué sería lo que le dijo el madrileño que, siendo lo que era César que nadie lo calló, nada más salir de la plaza no quiso más que desaparecer y perderlo de vista después de haberlo citado para saldar cuentas, al quitarse el terno de luces.

Y es que así era este desaparecido maestro, con una personalidad distinta y también arrolladora que a nadie dejaba indiferente. Hermano de un piloto al que contrató El Cordobés cuando viajaba en avioneta para cumplir sus compromisos y aquel año se negó a torear con El Pelos y aprovecharse de la coyuntura. Admirador de Rafael Ortega, Pedrés, Luis Miguel Domínguín y El Viti, a quienes públicamente refirió lo mucho que se fijaba en su forma de torear. Dueño de una entrega y valor seco, junto a una capacidad que le hicieron matar durante años las corridas más duras sin apenas despeinar su melena aleonada. Sin embargo, con tantos méritos y después de cuajar tardes grandes en Madrid, a esa plaza dijo adiós en una encerrona donde parte de la prensa madrileña se venga de su persona zaheriendo con durísimas crónicas a tan inmenso torero. Al mismo que hoy lloran, quien escribió una página para la historia y además fue un hombre siempre fue amigos de quien le fue de frente y por derecho.

Bien trazado natural en el último toro que mató, en el 40 aniversario de su alternativa

En Salamanca fue muy querido y además, otra cosa que las nuevas generaciones desconocen es que fue el primer maestro y descubridor de Paco Pallarés. De su mano, el de La Fuente de San Esteban, dio los primeros pasos y debutó de manera triunfal en Logroño con el nombre de Paquito Fuentes; después surgieron desavenencias, Dámaso lo dejó y Paco cayó en manos del Pipo, quien le cambió de nombre y desde entonces empezó a llamarse Paco Pallarés. Pero sus grandes amigos del Campo Charro fueron los Fraile, otro hermano para ellos. Tanto que en los últimos años su vinculación al toro era a través de las continuas charlas que mantenía con Lorenzo, dueño del Puerto de San Lorenzo y a quien más ha estado unido. Como testimonio de tanta afinidad, desde hace más de dos décadas, en la casa solariega de esa ganadería, en una vitrina colocada en lugar destacado está expuesto aquel verde botella y oro de las últimas corridas del gran torero.

Fruto del afecto y cariño de esta familia a Dámaso Gómez, en mayo de 1992, le regalaron el último toro que estoqueo para celebrar los cuarenta años de su alternativa. La fecha fue justo una semana después de la trágica muerte de Manolo Montoliu y para agasajar al maestro, le hicieron una gran fiesta en El Puerto de la Calderilla, donde no faltó el feliz cumpleaños, además de estar el ruedo de la plaza pintado con el motivo del acontecimiento. Bajo un escenario nublado, allí llegó el gran Dámaso temprano, junto a varios amigos de Madrid y otros de Salamanca. Fue una mañana de marcada torería donde el viejo maestro del madrileño barrio de Chamberí, auxiliado por José Mari Martín El Salamanca, desempolvó lo mejor de su torería en una actuación memorable donde cerró su libro torero. También tentó una vacas junto a Juan Luis Fraile, el hijo de Nicolás y que era discípulo de Dámaso, que entonces era novillero y pocas semanas más tarde encontró una trágica muerte al ser arrollado su vehículo por el tren.

Foto de grupo el día de la celebración, junto al crítico Pedro Mari Azofra, los hermanos Juan Luis, Lorenzo y Nicolás Fraile; el novillero Juan Luis Fraile, hijo de Nicolás y El Salamanca

Hoy, rebobinando la personalidad del gran Dámaso se agolpan las vivencias, además de hablar durante la jornada del afecto de Dámaso con su entrañable amigo Lorenzo Fraile, con el maestro Santiago Martín El Viti, con el maestro Andrés Vázquez, con la leyenda deportiva de Vicente del Bosque, con amigos periodistas y grandes aficionados que lloran la perdida de un torerazo. Aquel León de Chamberi, que rugió de valor y torería durante tantos años.

Dámaso Gómez, en la muerte de un torerazo

Despertaba Madrid esta mañana, en el día festivo de Comunidad y decía adiós uno de sus grandes toreros, Dámaso Gómez, aquejado ya de los achaques propios de su edad, a los 90 años. Era su gran amigo, el ganadero Lorenzo Fraile, dueño del Puerto de San Lorenzo y referencia en el arte de criar toros, quien con voz entrecortada nos comunicaba la tristísima noticia. Porque Dámaso siempre fue un torero de referencia en esa casa , donde gozó de trato familiar.

Hacía años que ya no se escuchaban los rugidos de Dámaso Gómez, uno de los más valientes que vistieron de luces. Ni se observa su presencia en los tendidos de La Glorieta o de Las Ventas, ni por las calles de Salamanca. Tampoco en los tardes de campo del Puerto de San Lorenzo, donde hasta hace algo menos de una década era habitual y los invitados le hacían corro para escuchar sus sentencias y la particular filosofía que hacía gala. Peculiar, distinto, torerazo siempre, el Dámaso madrileño no pasaba inadvertido a nadie. Ni haciendo un recorrido por la Fiesta de esta época, ni analizando los últimas tendencias de la Bolsa, o hablando de su gran pasión futbolera -fue un magnífico delantero en sus años jóvenes- y siempre ponía de ejemplo a Vicente del Bosque, a quien conoció siendo un chaval.

Dámaso Gómez, aquel León de Chamberí, ha sido uno de los toreros más valientes que conocí. Y sobre una de las injusticias más grandes de la Fiesta que a ese hombre no se le haya dado la categoría ganada con sobrados méritos de torero valiente y capaz. Siempre me gustó hablar con él, claro y fiel a sus ideas con quien disfruté tardes de campo en El Puerto de la Calderilla y de toros en la Feria de Salamanca en los años que el viejo Chopera -Manolo- lo invitaba al palco de la prensa. Con el Dámaso lenguaraz que no callaba nada y le cantaba las verdades al lucero del alba. Con éste Dámaso, a quien vi retirarse de los toros un día de San Mateo en La Glorieta ante una terrorífica corrida del Conde de la Corte. Tarde para la historia donde dijo adiós el viejo maestro del barrio madrileño de Chamberí con su garra de siempre al salir a matar a su segundo con cuatro costillas rotas ante la negativa del equipo médico. Fue en la misma corrida que Espartaco, cuya carrera ya hacía aguas, se consagró con Albahaca para volver a tomar aire y donde el aroma de Juan José impregnó La Glorieta.

Esa despedida queda enmarcada en el cuadro de las emociones y desde entonces ya siempre guardé devoción por aquel hombre de melena aleonada y encanecida, coetáneo de Luis Miguel, Ordóñez, Rafael Ortega, César y Curro Girón, Aparicio, El Litri, Gregorio Sánchez… y compartiera tantas tardes con los venideros Puerta, Camino, El Viti, Andrés Vázquez, Paquirri… A ese Dámaso que siempre se enfrentaba a las corridas duras y nunca miró para atrás. A quien fue capaz de hacerse con un hueco en el corazón de los aficionados gracias a su honradez, aunque al final la historia no le ha hecho justicia para la gran masa, pero su nombre tiene peso propio entre los profesionales y los aficionados de verdad.
damaso gómez

Dámaso Gómez fue un torero que nunca pasó inadvertido por nadie, gracias a su raza y por el poder del que hizo gala. Tanto poder que muchos lo comparaban a Luis Miguel Dominguín y, en Madrid, plaza en la que tanto tardó en entrar -como le ocurrió más tarde a otro tocayo suyo, a Dámaso, el de Albacete- se referían a él, con el remoquete de Luis Miguel de los Pobres, algo que en su momento le hizo daño.

De Dámaso Gómez podría escribir largo y tendido, porque fue un manantial de anécdotas dentro y fuera de la plaza. Pero, de momento y modo de óbito, vayan desde aquí estas líneas como reconocimiento a quien ha sido un gran torero y dueño de un inmenso poderío. A un valiente de verdad y un personaje en todas las facetas de su vida. Para quien gozó el sello de maestro con todo merecimiento.

Hasta siempre, Dámaso. ¡La que tienes que estar liando allí arriba! DEP

 

 

Te sueño y te siento, ¡mi Salamanca!

Quiero volver a verte, a acariciarte con mi mirada mientras paseo tus calles. Impregnarme de ti, de tu alto soto de torres que también enamoró a Miguel de Unamuno, aquel sabio bilbaíno que ya para siempre quiso vivir a tu lado, entre tu belleza y la sabiduría que regalas desde hace más de ocho siglos gracias a tu Viejo Estudio, faro cultural de España y América.

Siento ya el momento de volver a respirar tus aires para abrazarte con emoción y perderme entre la magia de tu Plaza Mayor, de cautivarme de nuevo en tu ágora, el más artístico del mundo. De sentarme a ver pasar la vida desde el Novelty y saludar a don Gonzalo Torrente Ballester, con sus gozos y sombras, quien desde este rincón disfrutó tantos momentos de la vida, siempre con su fiel cigarrillo y el vermú de Reus. Desde allí a Los Escudos, a la casa de Arcadio a degustar un plato de jamón, el exquisito manjar de nuestra tierra, regado por un buen tinto antes de perderse en el embrujo del Barrio Antiguo.

En el Corrillo, la plazuela que despide a la Plaza Mayor, invita al recuerdo de Adares, quien tantas veces observó cada detalle con su mirada bondadosa, los andares jorobados y una larga barba blanca que delataba la sabiduría de aquel humilde poeta cantor de la paz, para adentrarnos en la calle Menéndez y al final, ligeramente a la izquierda, sentir el impulso del corazón ante la aparición de La Casa de Las Conchas y enfrente, cual vigilante celosa de tanta guapura, las dos torres de La Clerecía. Es la Salamanca que regala lo maravillosa que puede ser y que hay que descubrirla, paso a paso, con la misma lentitud que se besa a la mujer soñada. 

Por esas calles, con el inmenso legado de su historia, en cualquier momento sientes la impresión de darte de bruces con don Miguel de Unamuno o a aquel Fray Luis con su decíamos ayer, para volver a detenerte ante el tesoro de la fachada plateresca de la Universidad y explicarle a algún despistado turista dónde está la rana. Pronto volveremos a ver el Patio de Escuelas abarrotado de turistas deseosos de sentir una ciudad única, que ha escrito tantas páginas en el libro de la historia, bajo la grandeza de su monumentalidad. Y a caminar por Libreros al encuentro de las Catedrales y emocionarnos ante rincones que inspiraron a tantos genios de las letras, antes de acariciar simbólicamente la Torre de la Catedral Nueva, con envidia a Ángel El Mariquelo por mimar esas piedras que desde ese privilegiado mirador, guardián del Tormes, antes de llegar a la ciudad y al despedirse de ella; de los encinares del Campo Charro con su autovía que une a la hermana Portugal, de las llanuras de La Armuña. Y al otro lado, los fondos salpicados por esas sierras que esconden tantos tesoros e invitan a disfrutarlas. Porque ese escenario también se puede disfrutar desde la joya de Ieronimus para tener la sensación que Salamanca es una ciudad que acaricia el cielo de la belleza.

Te sueño y te siento, mi querida Salamanca. Deseo volver a encontrarte con la misma pasión que lo haría el soldado que regresa, tanto tiempo después, al encuentro de su amada; e invitar a los peregrinos que, fascinador, te atraviesan su corazón por el viejo camino que lleva al encuentro del Jubileo en Compostela. Porque esta lacra del Covid nos ha distanciado, pero nunca separado de ese lugar para vivir y soñar, para maravillarse. Toda tú eres una postal para disfrutarla en un marco de cristal. Y esos tesoros gastronómicos con el aperitivo de una tapa de jeta a La Viga, unas sardinas en La Fresa junto a la amenidad de José Ángel; un pincho de barbada al Berysa, de champiñón en Las Cubas antes de ir a comer Casa Paca, santuario de la gastronomía que da la bienvenida con el abrazo amigo de Germán. 

Desde allí de nuevo a la Plaza Mayor, porque a cualquier hora y sin maquillar te regala lo mejor, para ennoblecerse en paz, con los soles primaverales iluminantes del rostro, en una distendida tertulia dentro de una ambiente cosmopolita. Y desde la Plaza cualquier rincón te vuelve a obsequiar con la grandeza de esa Salamanca, escrito gracias al legado de sus grandes hombres, al igual que el de sus piedras. Esa Salamanca que nunca muere y, con el paso de los años, muchas veces se mantiene con esos entre visillos, el título de la obra que lanzó a la fama a Carmen Martín Gaite tras esa infancia y juventud inspirada en su casa de Los Bandos. Y muy cerca, en la plaza del Liceo, el último charro universal, Vicente del Bosque, esculpido en bronce, para rememorar a quien hizo feliz a nuestra España en un momento tan necesitado de alegrías. Ese Vicente, ha sido un espejo y ahora, esta sociedad, ya pide otro Del Bosque ante la época tan dura que se avecina.

Es Salamanca, la ciudad más bonita de España, hermosa y sobria como los encinares de su Campo Charro y ya espera para volver a abrir, orgullosa, las puertas de su tesoro; la que se emociona al añorar los olés tributados a Santiago Martín El Viti, señor de los ruedos; a aquel Pedrito de Chamberí anunciado como El Niño de la Capea y fue un grandioso torero y al llorado Julio Robles, que tantas veces hizo vibrar a sus paisanos con su arte.  

Ahora quiero volverte a verte, a acariciarte lentamente con mi mirada mientras paseo tus calles, porque te sueño y te siento, ¡mi Salamanca!