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‘Fado entre encinas’ camino de convertirse en best seller

Fado entre encinas sigue cosechando éxitos y va camino de convertirse en un best seller. Desde el lanzamiento de la obra, el pasado mes de octubre ha recibido unas excelentes críticas literarias de todos y cada uno de los lectores. Recién cumplidos los 55 años del suceso -eje central de esta obra- que hermanó para siempre al Campo Charro con Portugal, Fado entre encinas agota otra edición y prepara una nueva. Hay veces que el destino, al igual que el corazón, tiene razones que la razón no entiende.
 
 
Desde Glorieta Digital queremos celebrar el éxito de Fado entre encinas. Dada la situación sanitaria del país, continuamos su promoción al ser una obra ideal para leer estos días en la soledad del hogar. Animaos, que a nadie deja indiferente.
 
Podréis recibir en vuestro domicilio, dedicada por el autor, al precio de 19.50€ -gastos de envío incluidos- (en territorio nacional) enviando un email al correo: fadoentreencinas@hotmail.com
O un WhatsApp al: 676 659152
 
 
MUCHAS GRACIAS, AMIGOS LECTORES.

El Campo Charro, más allá de un sentimiento

Sentir el Campo Charro es impregnarse de un paraíso de la naturaleza. Con sus llanuras y encinares que abren paso a las aguas del Yeltes y el Huebra, ríos que lo personalizan y son otro sello de su identidad. Es pasear en la soledad entre de sus caminos, que ahílan pueblos y valles hasta asentarse a la caída de la tarde para disfrutar del crepúsculo que trae el espectáculo de las dos luces, justo en el momento que el sol se esconde en la Lusitania, para seguir iluminando las américas.

El Campo Charro con sus pequeños pueblos, salteados y cercanos, vecinos y solitarios, clava las raíces de su historia en el fondo de los siglos. Con su identidad propia, sin que hubiera valeroso osado en arrebatarla a unas gentes de espíritu noble y carácter apaciguado, pero que arrebujan la frente si alguien los avasalla para defender la grandeza de su historia. Y de ello tienen el ejemplo de Julián Sánchez, aquel vaquero de Peramato, pedanía de Muñoz, a quien apodaron El Charro y fue el terror de las tropas napoleónicas durante la francesada.

Desde cualquiera de sus rincones nadie se cansa de ver sus horizontes y por medio llanuras diseccionadas con la autovía, un camino de modernidad o el ferrocarril, que corren paralelos tantas veces. Aunque más nostálgico y entrañable es el viejo camino de hierro del Tren del Duero, la vía de Barca, suspirando por volver a escuchar el sonido del tren rompiendo el silencio entre los encinares, lejanas ya las estampas de los pastores alzando la cayá para saludar a los viajeros; o los carboneros, con la cara ennegrecida, mirando de reojo el paso del tren.

Precioso puente metálica que salva el río Yeltes, cerca de Villares, en el Tren del Duero.

Es el Campo Charro del Yeltes que llega de regar Puebla, Aldehuela, Alba, dándole a todos apellido, para seguir por Castraz, Sepúlveda –con su joya de ermita templaria-, Pedraza y continuar por El Collado, en fincas donde tantos toros bravos beben de las aguas del río; de aquí, a Retortillo y soñar en su preciosa plaza del torreón y el juego del pelota, con una charrada del tío Frejón, leyenda de los folcloristas, mago de la gaita y el tamboril. Yeltes adelante se alcanza el balneario de Retortillo, un paraíso de la salud que muestra toda la belleza del Campo Charro, con los viejos encinares llenos de vida, sus sendas para perderse, con los molinos milenarios en un río encajonado que de ahí sigue a Villares. Y después, ¡Villavieja!, bajo el mando de su Virgen de Caballeros, guardiana en su cofre del mejor legado de las tradicionales de la tierra con ese baile del cordón que refleja el sentimiento y espiritualidad de la charrería.

El baile del Cordón, en Villavieja de Yeltes, un tesoro de la charrería.

O la ribera del Huebra, nacido en las faldas del pico Cervero y da nombre a una noble y generosa comarca, La Huebra, que baña amplios parajes con pueblos como La Sagrada, cuna natal del gran atleta Álvaro de Arriba, ilusión de esta tierra que siempre alienta sus zancadas en busca del triunfo y en cuya iglesia se guarda un monumento tan desconocido como es el sepulcro plateresco de doña María Ordóñez de Villaquirán, esposa del contador mayor de Castilla; muy cerca, una parte del palacio del conde de Las Amayuelas, lugar de veraneo de Antonio Maura, quien fuera hasta en cinco ocasiones presidente del Consejo de Ministros. Más abajo, dejando atrás Buenabarba se alcanza San Muñoz. Para pastos y labor, San Muñoz, con una monumental iglesia alzada en lo alto del pueblo y un torreón precioso, que parece sacado de un lienzo de un Sorolla.

Ermita templaria situada muy cerca de la finca Pedraza de Yeltes, un tesoro abandonado.

Ese Huebra, edén de pescadores. Es el Huebra cangrejero y tenquero o de esas exquisitas sardas que nunca han desaparecido de sus caozos y, en esos pueblos, tiene auténticos maestros para su pesca, más que en ninguno en Pelarrodríguez, en Pelayo, al que bordea y desde allí enseguida alcanza los baños de Buenamadre con la fuente calda de la poza que invita a sumergirse en sus templadas aguas cualquier día del año. Gracias a esas aguas tan finas, Buenamadre fue lugar de retiro y descanso del obispo de Salamanca, que allí tenía su palacio y muy cerca pasa el regato Tumbafrailes, tan bravo en las tormentas que en una crecida arrastró a los miembros de una congregación religiosa que acudían a visitar el prelado. Río adelante se alcanza, a través de Rollanejo, El Cubo de don Sancho, con una señorial fortaleza y pronto entre ondulaciones del terreno, junto a algún roquedal Ituero, donde ahora ha vuelto a resurgir un viñedo que produce exquisitos caldos y Pozos de Hinojo, en plena Mesopotamia del Yeltes y el Huebra antes de la junta de ambos, muy cerca del puente del Yecla. En ese Pozos, lugar histórico donde pastaba la ganadería de Manuel Francisco Garzón, con sus toros de sangre Contreras, la leyenda de Santiago Martín El Viti, el mas grande de nuestros toreros y símbolo de la charrería, comenzó su andadura torera. Y cerca ha quedado Cipérez, pueblo de emprendedores que tiene a Fabián Martín, antiguo emigrante, ejemplo de quienes luchan contra la llamada España vaciada.

Y al otro lado, La Fuente de San Esteban, tierra cerealista, de infinitos cielos roturados por la estela blanca de aviones que van o vienen por esos mundos, cruce de caminos para soñar con toreros grandes, añorando a Paco Pallares, Juan José, Julio Robles… e ilusionados con Alejandro Marcos, esperanza de futuro con su toreo clásico. La Fuente, con su espiritu acogedor, invita los domingos a pasear por sus plazas para disfrutar de un mercadillo semanal, ya con más de cinco siglos de historia tras la dispensa aprobada por Isabel la Católica para las villas de Medina del Campo y La Fuente de San Esteban.

El mercado dominical de La Fuente de San Esteban, un atractivo para toda la comarca.

Cerca Boada, señera en un privilegiado teso que es un mirador de toda la llanada charra. Desde la villa de Tamames, capital de La  Huebra apegada a la fama que tuvieron sus pucheros y la generosidad de sus gentes, frontera entre las llanuras y las primeras estimaciones serranas; muy cerca, las tierras rojas de Cabrillas y Sepulcro Hilario, con el viejo prestigio de sus tejares; de Sancti Spíritus, con su polígono que mira a un mañana esperanzador; de Martín de Yeltes, con su solera ganadera, al que aún muchos aún denominan Martín del Río, con su arraigada solera ganadera y el símbolo de la finca Campo Cerrado, en tiempos la que más toros bravos criaba de España; al otro lado Aldehuela de la Boveda, Robliza de Cojos, cercano a un rincón tan fértil que llaman la Armuña chica y a tiro de piedra, Matilla de los Caños, con la fama de su leñadores, quienes antes de abrir un nuevo día empiezan su trabajo. Es el Campo Charro puro, el que venera al Cristo de Cabrera, que reina entre las encinas; tan cerca del precioso santuario la Virgen del Cueto, la virgen más charra -junto a la Nuestra Señora de los Remedios, en Buenamadre-, con los fondos rotos por la silueta de La Peña de Francia.

El precioso santuario del Cueto, donde se venera a la virgen del mismo nombre

Y si el hambre pide al caminante que haga un alto en el camino no hay mejor lugar para disfrutar una gastronomía tan variada. Porque el hambre se mata con unas  tencas, en Aldehuela de Yeltes; un gallo cocinado en Castraz, o en Muñoz; un tostón cuchirito, en Cabrillas o Diosleguarde; un cocido, en Tamames; bacalao y carnes rojas, en La Fuente de San Esteban; un solomillo, en Boadilla; ternera, en Aldehuela de la Bóveda; un plato de jamón, en Vecinos; exquisitos embutidos, en Martín de Yeltes; hornazo, en Sancti Spíritus o en Sando de Santa María, regado con tinto de Ituero de Huebra, acompañado del exquisito pan que se cuece en las tahonas que aún se conservan y de postre unas obleas, de Cipérez.

Es el Campo Charro, con sus llanuras y encinares, un paraíso de la naturaleza, entre la soledad de sus caminos que ahílan los pueblos.

                                                                                                                                                              (Continuará)

El toro bravo, un símbolo y estampa del Campo Charro.

En el adiós de Florines, el de ‘Mi Vaca y Yo’

Cuando Florencio Cuesta, el popular Florines marchó a Tenerife para ganarse la vida siempre lo hizo con el sentimental billete de vuelta. Porque su vida estaba en Salamanca, que siempre llevó en el corazón. Esa Salamanca de la que tanto presumía durante los años que permaneció en la isla del Teide y de la que regresó cuando ya tenía lista la cartera para llevar a cabo su vieja aspiración de montar un bar.

Niño de la guerra nacido en Vitigudino, hijo de la España del hambre y las cartillas de racionamiento, un día tras ver las película Currito de la Cruz también quiso ser torero y más aún cundo escuchaba a la gente, que conmocionada, decía que un toro había matado a Manolete. A ese Manolete que para él, en esos años de la infancia, debía ser como un Dios. Pronto se disiparon los sueños de gloria vestido de luces y en aquel Vitigudino de su infancia vería los comienzos artísticos de su vecino Santiago Martín, a quien llamaron El Viti y después tanto aplaudiría por todas las plazas, porque desde que El Viti mató su primer novillo, Florines, ya quedó herrado con el sello de vitista.

También aplaudió y siguió a todos los toreros de la tierra -sin dejar uno atrás- o que se afincaban en ella durante el invierno, a Antonio de Jesús, a André Vázquez, a José Luis Barrero, a Paco Pallarés, a Amadeo dos Anjos, a Flores Blázquez, a Víctor Manuel Martín, a Juan José, a Pascual Mezquita, al Inclusero, al Niño de la Capea (otra de su reconocidas debilidades), a Julio Robles, a Sánchez Marcos, a Luis Reina, Rui Bento, Manrique, Pepe Luis Gallego… Junto a todos los banderilleros y profesionales que siempre tuvieron en él a un amigo y confidente, gente desde El Aldeano, El Latas, Adolfo y Victoriano Lafuente, El Güevero,Arturo Martín, Tito Guerra, Vicente de la Calle, Marcial Villasante, Mateo Carreño, Rubén de Dios, El Miura, Tomás Pallín, Carlos Zúñiga, José Miguel Flores, El Mingo, Aguilar Granada, Nacho Moro… picadores, desde los Cáneba, los Rivas, Juan Mari, Paco Tapia a los actuales.

Florines, de baja estatura, ancho corazón y que siempre derrochaba generosidad y simpatía fue dueño del bar Mi Vaca y Yo un lugar hecho a medida para él, que marcó el pulso taurino de Salamanca durante tres largas décadas, siempre abarrotado de toreros, aficionados y también guiris que querían ver las fotos taurinas colgadas en las paredes. Porque Mi Vaca y Yo era una especie de museo taurino y también una casa de la amistada la que de haberla encontrado en los caminos de su vida un Cela lo hubiera inmortalizado. Porque tenía todos los ingredientes para ser el argumento de un bell sellers. Y junto a ellos nunca faltaba un grupo fijo encabezado por el inolvidable Barbero (de Publicidad Barbi) y por encima de todos el eminente doctor y cirujano taurino Luis Carrasco, quien fue un fiel amigo de Florines.

Aquel bar lo frecuentó un cantaor de la talla del Calderas, también en alguna ocasión su hermano Rafael Farina y muchas veces Manolo de Vega, gran amigo de Florines, al igual que el cantaor de flamenco Manuel Gerena. En el mismo bar donde en cuanto asomaba el otoño y llegaban las canales, se acababa la temporada y las carteras de muchos taurinos se llenaban de telarañas, Florines para poder ayudar a quien lo necesitaba empezó a montar un cambalache de compra y venta de artículos de torear, lo que con el tiempo fue el nacimiento de La Boutique del Torero, hoy regentada por su esposa Nati y cuya fama se extiende más allá de los fronteras.

Además siempre se preocupó de dignificar a los toreros y fue impulsor de numerosos homenajes que llegaron con motivos de la jubilación o retirada, desde matadores de toros, banderilleros, picadores…. Cuando llegaba ese momento, Florines enseguida movilizaba a la gente, hablaba con el restaurante y al protagonista le hacía ser feliz envuelto en la grandeza que supo ganarse. Lo mismo hizo con los cocidos taurinos de fin de temporada, que también fueron idea de él y durante muchos años fue una fecha emblemática en el calendario taurino charro.

Suyo fue también el monumento al torero portugués José Falcón situado en los alrededores de La Glorieta. De aquel Falcón, que tan valiente y buen torero, afincado en Salamanca donde enraizó con su talante y nobleza. O después también promocionó la escultura dedicada al malogrado Nicasio Pérez Cesterito, que se conserva en el Museo Taurino de Salamanca.

Ahora, en estas vísperas de San Andrés, cuando ya han llegado las primeras heladas y las nieblas son protagonistas de muchas mañanas en Salamanca se ha ido a la eternidad. Aunque hacía ya años que vivió en un mundo de nieblas, lejos de tanto rumbo como el que tuvo en la vida. Ahora se ha ido casi en silencio, entre el cariño eterno de Nati, su mujer; de Gema y de Juan Carlos, sus hijos y del pequeño Andrés, su nieto, que fue su debilidad. Se ha ido quien fue un taurino ejemplar y un día en Tenerife supo que su sitio estaba en su querida Salamanca, donde Mi Vaca y Yo su bar fue un referencia durante más de tres décadas. Y sobre todo un rincón que tuvo todos los ingredientes para ser argumento de un bell seller.

 

Dioni se fue por la banda

Por Antonio Risueño
Tras dos años en que un fatal ELA lo ha tenido relegado en el banquillo de la vida, Dioni se nos ha perdido por la banda para siempre, a la edad de 54 años. Dionisio Fonseca Gutiérrez nació en El Bodón, era el pequeño de cuatro hermanos, que  creció en el emblemático mesón El Refugio. Lugar de referencia en la comarca de Ciudad Rodrigo, y del mundo del toro durante décadas.

 

La vida de Dioni fue siempre energía y clase, a la vez que un notable temple a la hora de encarar la vida. Sus facultades físicas le pusieron en la órbita de configurarse como una importante promesa de futbol. Las cosas le fueron saliendo bien y tras brillar con luz propia en los patios del desaparecido -como tantas cosas, en esta despojada tierra-   Colegio Los Sitios,  y de los polvorientos campos de futbol de la socampana de Ciudad Rodrigo; fue escalando categorías en el equipo de futbol de  Ciudad Rodrigo, para dar el salto a la capital charra,  integrando las filas del Salmantino – filial de la tristemente desaparecida Unión Deportiva Salamanca-  sin llegar a jugar con el primer equipo. La impresión de jugador alegre, rompedor e intrépido le acompañó el resto de su vida, por donde ha ido entre todos los aficionados al futbol que le vimos jugar;  por más que las lesiones y el no acertar a ver el futbol más allá de un juego divertido, le apartaran muy pronto de los terrenos de juego.

Con poco más  de  veinte años y dejando a un lado  el futbol,  se enfrentó a la vida con entrega y elegancia, haciendo de la difícil profesión de comercial de una casa de piensos, el magnífico taller donde él moldeo su persona, e hizo vida en una comarca y un sector, que  siempre está lejos de cualquier boyantía. Su repetida máxima de ‘problema- solución’, que tantos dolores de cabeza le ocasionó hizo que en más de tres décadas no dejara de crecer profesional y humanamente. Nunca dijo que lo supiera todo de un sector, en el que llevaba toda su vida profesional y siempre se le vieron intenciones de seguir aprendiendo y creciendo. Su capacidad camaleónica para hacerse al terreno y a los tiempos le ayudó a no perder el pie del estribo, en treinta años de cambios.

Su carácter abierto y siempre dispuesto para el dialogo y la chanza, especialmente en su pueblo, le convirtiéron en un genial anfitrión con quien nadie se sintió jamás extraño ni forastero. Andando  Dioni por los bares, no había forastero desatendido ni pariente pobre: abierto, dicharachero, distendido, capaz de pasarse las horas muertas filosofando con quien le asistiera al palo;  Dioni- siempre impecablemente vestido-  llenaba vacíos e iluminaba sombras con su sola presencia.

Su condición de hombre fiestero, escapaba radicalmente de una personalidad superficial: poco a poco fue caminado por las roderas profundas de la vida en la relación con sus amigos, sus jefes y compañeros de trabajo, sus hermanos y resto de familia; y de forma especial con su mujer y su hija: Chus y Lorena,  de quienes ha recibido el ciento por uno en este difícil y duro tramo final de su existencia.

Ahora que se ha ido por la banda, para no volver a ser visto en alegre incorporación al campo de la vida, sólo aspiro a que sus dichos ocurrentes, su memoria y sus imprescindibles cualidades, se siembren y broten en todos los que aun buscamos lo físico de su presencia. Descansa Dioni… Y muchas gracias por todo.

 

Artículo escrito por Antonio Risueño

 

‘Fado entre encinas’, en las librerías

Fado entre encinas es la última obra de Paco Cañamero, la número 31 de su particular bibliografía. Se trata de una novela basada en hechos reales. A lo largo de sus 215 páginas narra la tragedia ferroviaria sucedida en la estación del Villar de los Álamos (término municipal de Aldehuela de la Bóveda, en pleno Campo Charro).

Es también una crónica social de aquel diciembre de 1965 a través de los diferentes parajes donde discurre la obra: París, Irún, Estoril, Salamanca, Aldehuela de la Bóveda, Ciudad Rodrigo, La Fuente de San Esteban, Fuentes de Oñoro, Vilar Formoso, Pinhel, Freixo da Espada Á Cinta, Guarda, Viseo, La Fregeneda, Vitigudino… localidades todas ellas vinculadas a través del accidente ferroviario que dejó una profunda huella en la provincia de Salamanca.

En la obra aparecen infinidad de personajes de la época, además de muchos de los que colaboraron y protagonizaron una brillante labor, ejemplo de la Guardia Civil, personal de Renfe, Cruz Roja… y por encima de todos la encomiable labor del personal médico y laboral del Hospital Provincial y Residencia Sanitaria de la Seguridad Social Virgen de la Vega.

El libro, que tiene un precio de 19.50 euros ya se puede adquirir en las principales librerías y si alguien está interesado en el él y desea recibirlo en su domicilio no tiene más que mandar un correo a la siguiente dirección:

fadoentreencinas@hotmail.com

El último servicio de don Ramón

Se deshoja agosto y recordando al Dúo Dinámico con su final del verano, un nuevo otoño abre las puertas a la vida. La estación de la melancolía y los poetas. Tiempos de vendimia, cuando maduran los membrillos y de empezar a escribir un nuevo cuaderno en los avatares de la vida. Un nuevo cuaderno en blanco y con muchas página de la vida por rellenar el que desde hoy le espera a Ramón Sánchez Miguel, inspector jefe de Cuerpo Nacional de Policía y presidente de la plaza de toros de Salamanca que este viernes cuelga el uniforme.

Se jubila y detrás queda una brillantísima página profesional que ha perdurado a lo largo de cuatro décadas. Cuarenta años desde que aquel muchacho del pueblo de Sancti Spíritus, cerca de Ciudad Rodrigo, que siempre destacó en los estudios y era hijo del señor Prisci el pintor, aprobó para la secreta, como se conocían a los inspectores del Cuerpo Nacional de la Policía antes de la unificación policial de 1986.

Mucho tiempo y una larga vida en diferentes destinos, entre ellos Bilbao en los años de plomo, cuando vio caer por las balas asesinas de ETA a varios compañeros y cada amanecer estaba lleno de interrogantes ante las amenazas de los extorsionadores del tiro en la nueva y la Goma-2. Allí se curtió en un excelente policía y le tocó ser protagonista, incluso, de momentos muy difíciles, como la riada de 1983 cuando en la recuperación de cadáveres él debía fracturarle los engarrotados dedos de las víctimas para tomar la huella digital y proceder a la identificación.

Aquel Ramón que en su niñez creció embelesado por la belleza del toro bravo criado en las fincas cercanas a su pueblo, en las que presenció tantos tentaderos y cada mañana veía salir de su casa a la leyenda del histórico ganadero llamado José Matías Bernardo ‘El Raboso’ pronto se hizo un gran aficionado a los toros. Y fue vitista, llegando a disfrutar plenamente con los últimos años del maestro de Vitigudino; también apasionado roblista, el torero paisano a quien tantas veces saludó y aplaudió tras triunfar sobre las arenas negras de Vista Alegre o las plazas del norte en las que Robles fue torero de culto. Y también se hizo capeísta, un ídolo en Bilba, a quien tanto admiró.

Entonces, tiempos aún de mozo galán, aferrado a las costumbres de su tierra, a los amigos y fiestas de los pueblos, cuando acumulaba días libres cogía su Seat Ronda para venirse a disfrutar a su arraigado Santis –modo del que denominan las gentes de la comarca a Sancti Spíritus, su pueblo-. Y entre sus paisanos era uno más, siempre dando ejemplo con esa serenidad y saber estar del que hizo gala. Aunque para la chavalería no pasaba inadvertido y nada más verlo, se hablaba con misterio de “ese ‘secreta’ que detiene a los terroristas de ETA”.

Años de Bilbao donde esperaba la llegada de septiembre para estar presente en la feria de Salamanca, donde tanto disfrutó sin pensar en su imaginación que un día iba a ser presidente de esa plaza. Pasa el tiempo, ya padre de familia, con media vida laboral cumplida tiene la oportunidad de venir a su tierra y no pierde la ocasión,  siendo destinado en la comisaría de la capital charra. En ella pronto deja impronta de su personalidad, de ser un magnífico policía y una gran persona, hasta que entra a formar parte del equipo policial de la plaza de toros. Y ahí, Ramón Sánchez Miguel, es amigo de todo el mundo, facilita cualquier información a quien le pregunta y ventila las ventanas, haciendo trasparente la labor de los equipos, antes herméticamente cerrada.

Transcurren varios años y en 2010 sube el palco tras la feliz decisión del Delegado Territorial de la Junta de que solamente haya un presidente tras las sombras provocadas en tiempos que en el palco se alternaban dos inquilinos, ambos con procederes tan distintos. Entonces, con Ramón llega la paz y se gana a todos por su talente y humanidad, sabiendo acatar con enorme decoro las criticas y buscando siempre la positividad y el bien de la afición. Y por tanto de la Tauromaquia.

Hoy, en este taurino día de San Agustín, ya cerca del melancólico otoño, cuando rememoramos al Dúo Dinámico con su final del verano, colgará definitivamente el uniforme y nacerá la leyenda de quien ha sido un magnífico policía. Porque don Ramón se va con el deber cumplido y la inmensa cosecha de un montón de amigos en este etapa donde abre de par en par el libro que le queda por escribir, aún con todas las páginas en blanco.

Larga vida y un placer habernos cruzado en los mismos caminos, donde siempre fue un SEÑOR.

¡Hasta siempre, Juan José! (por Antonio Risueño

ARTÍCULO ESCRITO POR ANTONIO RISUEÑO

Como el torero arrastra la muleta, tras de sí, en tardes de desgana, así arrastro la pluma para hacer justa memoria tuya, amigo Juanjo. En el momento de acción de gracias de la celebración de tus exequias, hice mención a nuestra amistad, que se inició coincidiendo con el inicio de mi tarea de cura de pueblos pequeños. Por eso dije y lo mantengo, que tu amistad fue para mí un regalo de ordenación.

Atrás quedaba más de una década de verte en los callejones y burladeros de plazas de toros, soltando sabiduría a borbotones para tus alumnos de la escuela. Más lejano me quedabas en los festivales del Sábado de Carnaval, sentando cátedra aunque se cayeran los tablaos de la plaza; y más lejos aún, trasponía en mi recuerdo la primera corrida de toros que vi en mi vida, en la que el fulgurante triunfo de Espartaco, no eclipsó tu presencia como torero hecho y derecho, frente a aquellos pavorosos e impresionantes toros del Conde de la Corte.

Fue a finales del siglo XX, cuando me acerqué a tu persona sin alamares, en multitud de encuentros, viajes, tentaderos, festejos en los pueblos, mil circunstancias que han cuajado más de veinte años de una fecunda y saludable amistad. Amistad de la que me siento gozoso, – orgulloso no es la palabra para hablar de cosas buenas-, porque siempre se metió por las roderas de la discreción y el respeto. Eras como los toros bravos con clase: tenías tus teclas, pero siempre vi cómo te rendías ante la muleta plana de la humilde verdad.

Tuve la suerte de disfrutar de tantos momentos cálidos en tu compañía, que daban profundidad y sentido – también verdad- a tu aparente timidez distante. Los difíciles trances de la vida crearon en ti callos y durezas, que vi ablandar en más de una ocasión, cuando otras personas, y no siempre de la profesión, eran atravesadas por la desgracia o el contratiempo.

Tuviste la suerte de ser regalado con la capacidad del apasionamiento, te ilusionaste muchísimas veces con tu trabajo, proyectado en la carrera de tus alumnos, de los que nunca fuiste profesor y siempre maestro; pues nunca les trasmitiste nada que no te creyeras.

Tu persona y recorrido vital no admitían calificaciones maniqueas de bueno/malo, Pués tu gran escala de grises tampoco se acomodaba a la cumplidora expresión: amigo de sus amigos. Tú, en persona con los inevitables defectos y las cualidades imprescindibles estabas ahí para tus amigos y los que no lo eran.

El último dia que te vi en vida, estabas a punto de subirte al tablado que mis tíos y primos de la finca de Palomar montan cada año en la parte alta izquierda de la Plaza Mayor de Ciudad Rodrigo, para ver el festival del martes de Carnaval. Tu discreción hacía que vieras los toros como uno más, previo pago de su importe y ellos me decían: “nos gusta que venga, pues nos asesora”. Confío que nos sigas asesorando desde la otra orilla.

Tus raíces, de las que nunca renunciaste, han sostenido la arboladura de vida hasta tu último aliento; fiel y cariñosamente sostenido y cuidado por tu hija Nadia como prolongación de tu vida. Ella, sobretodo, pero también tu familia y amigos haremos brotar en nuestras vidas  lo mejor de tu esencia desde el más grato de los recuerdos.

Ahora que te has ido, confío plenitud de vida para ti, de una vez y para siempre. Muchas gracias Juanjo,  por andar siempre por derecho.

 

 

El desmoche de Renfe en Salamanca

 

A Salamanca la siguen desmochando de sus comunicaciones por ferrocarril. Rama a rama ha sido desarbolada para convertirla en un estandarte de eso que los políticos  llaman la España Vaciada, en su afán por seguir cosechando votos aún a cuenta de un pueblo hastiado de tantas promesas. Esa España rural que ellos vaciaron al dejarla fuera de cualquier proyecto de futuro, a la que cerraron servicios y lentamente comenzaron a desertizarla, debe despertar harta  de seguir pariendo jóvenes a quienes no les queda otro camino que la emigración.

Ahora, en el particular desmoche, Renfe anuncia la eliminación del Tren-Hotel Madrid- Lisboa que atravesaba cada noche la provincia con paradas en Salamanca, Ciudad Rodrigo y Fuentes de Oñoro. Era el único tren de viajeros que circulaba en el trazado férreo entre la capital y la frontera, formado por material Talgo, servicio ferroviario que fusionó los históricos Lusitania y Sudexpreso, y ya tiene escrita su esquela. Dentro de poco, el recuerdo de ese convoy quedará en una lapida sentimental que con tanto ahínco ha cultivado la empresa estatal en esta tierra. Ahí está la incompresible supresión del Tren Duero y su espectacular trazado con tantas voces reivindicando su recuperación. O la también incomprensible de la Ruta de la Plata, que vertebraba España de norte a sur.

Lo triste es que la nueva decisión llega en el momento que se lleva a cabo una inversión multimillonaria para electrificar la línea de Portugal, cuyas obras están muy avanzadas. Y en medio de esa inversión se va a suprimir su último tren de viajeros en este nuevo desmoche a la economía charra. En esta semilla que acaban de sembrar los políticos de Madrid en la España Vaciada.

 

El día que Dámaso Gómez cerró su libro

Dámaso Gómez se instaló en Salamanca desde  sus años de novillero y ya apenas se movió de esta tierra. Cayó de pie y encontró las bendiciones de los ganaderos charros, quienes confiaban en él sus faenas camperas y enseguida alcanzó reconocimiento de maestro. Además, pronto encontró en el señor Juan Luis Fraile, mucho antes de que sus hijos fueran figuras entre los ganaderos, a un íntimo amigo y protector. Desde el inicio, el señor Juan Luis le dio trato distinguido, fue fijo en sus tentaderos y hasta pasaba temporadas invernales en su finca del Puerto de la Calderilla. Allí salía a correr a la sierra, porque Dámaso era un atleta y un deportista que apenas fumó, ni probó el alcohol, en largas sesiones donde daba la vuelta en el poblado de Ventas de Garriel y después bajaba a buena zancada y al llegar al pilón de Los Caños siempre se bañaba e incluso en invierno, en muchas ocasiones, rompía el hielo y, ante la sorpresa de todos, se metía en el agua.

Dámaso fue un torerazo y también un personaje díscolo con un carácter que le acabaría haciendo daño en su carrera, porque no tenía nada para callado. Además era distinto, fíjaos si era distinto que salía con una joven miembro de una conocida familia ganadera salmantina y de la noche a la mañana se casó con ¡la abuela de la novia! Aquello fue un escándalo… menos para Dámaso. A los pocos días de contraer matrimonio torea en Barcelona una corrida en la que también se acartelaba otro inmenso torero, también muy lenguaraz, el venezolano César Gírón, ya consolidado como gran figura. Esa tarde, al llegar al patio de cuadrillas, al gran César no se le ocurrió otra cosa que llaman “¡abuela!” a Dámaso Gómez. Qué sería lo que le dijo el madrileño que, siendo lo que era César que nadie lo calló, nada más salir de la plaza no quiso más que desaparecer y perderlo de vista después de haberlo citado para saldar cuentas, al quitarse el terno de luces.

Y es que así era este desaparecido maestro, con una personalidad distinta y también arrolladora que a nadie dejaba indiferente. Hermano de un piloto al que contrató El Cordobés cuando viajaba en avioneta para cumplir sus compromisos y aquel año se negó a torear con El Pelos y aprovecharse de la coyuntura. Admirador de Rafael Ortega, Pedrés, Luis Miguel Domínguín y El Viti, a quienes públicamente refirió lo mucho que se fijaba en su forma de torear. Dueño de una entrega y valor seco, junto a una capacidad que le hicieron matar durante años las corridas más duras sin apenas despeinar su melena aleonada. Sin embargo, con tantos méritos y después de cuajar tardes grandes en Madrid, a esa plaza dijo adiós en una encerrona donde parte de la prensa madrileña se venga de su persona zaheriendo con durísimas crónicas a tan inmenso torero. Al mismo que hoy lloran, quien escribió una página para la historia y además fue un hombre siempre fue amigos de quien le fue de frente y por derecho.

Bien trazado natural en el último toro que mató, en el 40 aniversario de su alternativa

En Salamanca fue muy querido y además, otra cosa que las nuevas generaciones desconocen es que fue el primer maestro y descubridor de Paco Pallarés. De su mano, el de La Fuente de San Esteban, dio los primeros pasos y debutó de manera triunfal en Logroño con el nombre de Paquito Fuentes; después surgieron desavenencias, Dámaso lo dejó y Paco cayó en manos del Pipo, quien le cambió de nombre y desde entonces empezó a llamarse Paco Pallarés. Pero sus grandes amigos del Campo Charro fueron los Fraile, otro hermano para ellos. Tanto que en los últimos años su vinculación al toro era a través de las continuas charlas que mantenía con Lorenzo, dueño del Puerto de San Lorenzo y a quien más ha estado unido. Como testimonio de tanta afinidad, desde hace más de dos décadas, en la casa solariega de esa ganadería, en una vitrina colocada en lugar destacado está expuesto aquel verde botella y oro de las últimas corridas del gran torero.

Fruto del afecto y cariño de esta familia a Dámaso Gómez, en mayo de 1992, le regalaron el último toro que estoqueo para celebrar los cuarenta años de su alternativa. La fecha fue justo una semana después de la trágica muerte de Manolo Montoliu y para agasajar al maestro, le hicieron una gran fiesta en El Puerto de la Calderilla, donde no faltó el feliz cumpleaños, además de estar el ruedo de la plaza pintado con el motivo del acontecimiento. Bajo un escenario nublado, allí llegó el gran Dámaso temprano, junto a varios amigos de Madrid y otros de Salamanca. Fue una mañana de marcada torería donde el viejo maestro del madrileño barrio de Chamberí, auxiliado por José Mari Martín El Salamanca, desempolvó lo mejor de su torería en una actuación memorable donde cerró su libro torero. También tentó una vacas junto a Juan Luis Fraile, el hijo de Nicolás y que era discípulo de Dámaso, que entonces era novillero y pocas semanas más tarde encontró una trágica muerte al ser arrollado su vehículo por el tren.

Foto de grupo el día de la celebración, junto al crítico Pedro Mari Azofra, los hermanos Juan Luis, Lorenzo y Nicolás Fraile; el novillero Juan Luis Fraile, hijo de Nicolás y El Salamanca

Hoy, rebobinando la personalidad del gran Dámaso se agolpan las vivencias, además de hablar durante la jornada del afecto de Dámaso con su entrañable amigo Lorenzo Fraile, con el maestro Santiago Martín El Viti, con el maestro Andrés Vázquez, con la leyenda deportiva de Vicente del Bosque, con amigos periodistas y grandes aficionados que lloran la perdida de un torerazo. Aquel León de Chamberi, que rugió de valor y torería durante tantos años.

Te sueño y te siento, ¡mi Salamanca!

Quiero volver a verte, a acariciarte con mi mirada mientras paseo tus calles. Impregnarme de ti, de tu alto soto de torres que también enamoró a Miguel de Unamuno, aquel sabio bilbaíno que ya para siempre quiso vivir a tu lado, entre tu belleza y la sabiduría que regalas desde hace más de ocho siglos gracias a tu Viejo Estudio, faro cultural de España y América.

Siento ya el momento de volver a respirar tus aires para abrazarte con emoción y perderme entre la magia de tu Plaza Mayor, de cautivarme de nuevo en tu ágora, el más artístico del mundo. De sentarme a ver pasar la vida desde el Novelty y saludar a don Gonzalo Torrente Ballester, con sus gozos y sombras, quien desde este rincón disfrutó tantos momentos de la vida, siempre con su fiel cigarrillo y el vermú de Reus. Desde allí a Los Escudos, a la casa de Arcadio a degustar un plato de jamón, el exquisito manjar de nuestra tierra, regado por un buen tinto antes de perderse en el embrujo del Barrio Antiguo.

En el Corrillo, la plazuela que despide a la Plaza Mayor, invita al recuerdo de Adares, quien tantas veces observó cada detalle con su mirada bondadosa, los andares jorobados y una larga barba blanca que delataba la sabiduría de aquel humilde poeta cantor de la paz, para adentrarnos en la calle Menéndez y al final, ligeramente a la izquierda, sentir el impulso del corazón ante la aparición de La Casa de Las Conchas y enfrente, cual vigilante celosa de tanta guapura, las dos torres de La Clerecía. Es la Salamanca que regala lo maravillosa que puede ser y que hay que descubrirla, paso a paso, con la misma lentitud que se besa a la mujer soñada. 

Por esas calles, con el inmenso legado de su historia, en cualquier momento sientes la impresión de darte de bruces con don Miguel de Unamuno o a aquel Fray Luis con su decíamos ayer, para volver a detenerte ante el tesoro de la fachada plateresca de la Universidad y explicarle a algún despistado turista dónde está la rana. Pronto volveremos a ver el Patio de Escuelas abarrotado de turistas deseosos de sentir una ciudad única, que ha escrito tantas páginas en el libro de la historia, bajo la grandeza de su monumentalidad. Y a caminar por Libreros al encuentro de las Catedrales y emocionarnos ante rincones que inspiraron a tantos genios de las letras, antes de acariciar simbólicamente la Torre de la Catedral Nueva, con envidia a Ángel El Mariquelo por mimar esas piedras que desde ese privilegiado mirador, guardián del Tormes, antes de llegar a la ciudad y al despedirse de ella; de los encinares del Campo Charro con su autovía que une a la hermana Portugal, de las llanuras de La Armuña. Y al otro lado, los fondos salpicados por esas sierras que esconden tantos tesoros e invitan a disfrutarlas. Porque ese escenario también se puede disfrutar desde la joya de Ieronimus para tener la sensación que Salamanca es una ciudad que acaricia el cielo de la belleza.

Te sueño y te siento, mi querida Salamanca. Deseo volver a encontrarte con la misma pasión que lo haría el soldado que regresa, tanto tiempo después, al encuentro de su amada; e invitar a los peregrinos que, fascinador, te atraviesan su corazón por el viejo camino que lleva al encuentro del Jubileo en Compostela. Porque esta lacra del Covid nos ha distanciado, pero nunca separado de ese lugar para vivir y soñar, para maravillarse. Toda tú eres una postal para disfrutarla en un marco de cristal. Y esos tesoros gastronómicos con el aperitivo de una tapa de jeta a La Viga, unas sardinas en La Fresa junto a la amenidad de José Ángel; un pincho de barbada al Berysa, de champiñón en Las Cubas antes de ir a comer Casa Paca, santuario de la gastronomía que da la bienvenida con el abrazo amigo de Germán. 

Desde allí de nuevo a la Plaza Mayor, porque a cualquier hora y sin maquillar te regala lo mejor, para ennoblecerse en paz, con los soles primaverales iluminantes del rostro, en una distendida tertulia dentro de una ambiente cosmopolita. Y desde la Plaza cualquier rincón te vuelve a obsequiar con la grandeza de esa Salamanca, escrito gracias al legado de sus grandes hombres, al igual que el de sus piedras. Esa Salamanca que nunca muere y, con el paso de los años, muchas veces se mantiene con esos entre visillos, el título de la obra que lanzó a la fama a Carmen Martín Gaite tras esa infancia y juventud inspirada en su casa de Los Bandos. Y muy cerca, en la plaza del Liceo, el último charro universal, Vicente del Bosque, esculpido en bronce, para rememorar a quien hizo feliz a nuestra España en un momento tan necesitado de alegrías. Ese Vicente, ha sido un espejo y ahora, esta sociedad, ya pide otro Del Bosque ante la época tan dura que se avecina.

Es Salamanca, la ciudad más bonita de España, hermosa y sobria como los encinares de su Campo Charro y ya espera para volver a abrir, orgullosa, las puertas de su tesoro; la que se emociona al añorar los olés tributados a Santiago Martín El Viti, señor de los ruedos; a aquel Pedrito de Chamberí anunciado como El Niño de la Capea y fue un grandioso torero y al llorado Julio Robles, que tantas veces hizo vibrar a sus paisanos con su arte.  

Ahora quiero volverte a verte, a acariciarte lentamente con mi mirada mientras paseo tus calles, porque te sueño y te siento, ¡mi Salamanca!