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El desmoche de Renfe en Salamanca

 

A Salamanca la siguen desmochando de sus comunicaciones por ferrocarril. Rama a rama ha sido desarbolada para convertirla en un estandarte de eso que los políticos  llaman la España Vaciada, en su afán por seguir cosechando votos aún a cuenta de un pueblo hastiado de tantas promesas. Esa España rural que ellos vaciaron al dejarla fuera de cualquier proyecto de futuro, a la que cerraron servicios y lentamente comenzaron a desertizarla, debe despertar harta  de seguir pariendo jóvenes a quienes no les queda otro camino que la emigración.

Ahora, en el particular desmoche, Renfe anuncia la eliminación del Tren-Hotel Madrid- Lisboa que atravesaba cada noche la provincia con paradas en Salamanca, Ciudad Rodrigo y Fuentes de Oñoro. Era el único tren de viajeros que circulaba en el trazado férreo entre la capital y la frontera, formado por material Talgo, servicio ferroviario que fusionó los históricos Lusitania y Sudexpreso, y ya tiene escrita su esquela. Dentro de poco, el recuerdo de ese convoy quedará en una lapida sentimental que con tanto ahínco ha cultivado la empresa estatal en esta tierra. Ahí está la incompresible supresión del Tren Duero y su espectacular trazado con tantas voces reivindicando su recuperación. O la también incomprensible de la Ruta de la Plata, que vertebraba España de norte a sur.

Lo triste es que la nueva decisión llega en el momento que se lleva a cabo una inversión multimillonaria para electrificar la línea de Portugal, cuyas obras están muy avanzadas. Y en medio de esa inversión se va a suprimir su último tren de viajeros en este nuevo desmoche a la economía charra. En esta semilla que acaban de sembrar los políticos de Madrid en la España Vaciada.

 

Un respeto a ser matador de toros

La distinción de ser matador de toros más allá de un máximo reconocimiento profesional, ha sido también sinónimo de una categoría social. ‘Matador de toros’, que rezaba en las tarjetas de visitas de quienes alcanzaban tan alto estatus. El que conseguían después de permanecer varios años en el escalafón novilleril, de superar una serie de festejos en plazas de primera categoría y después buscar un momento óptimo para dar el paso adelante, con el puchero de la pasión hirviendo. Por eso quien lograba ser matador alcanzaba máximo prestigio, aunque después no funcionase, como ha ocurrido con tantos. Porque llegaba a la alternativa un selecto grupo que se lo había ganado en el ruedo, no cualquiera –cosa que no ocurre ahora- y quien lo alcanzaba lo hacía con todas las bendiciones. De hecho hubo muchos novilleros con nombre –caso de Rafael Corbelle- que no fueron matadores de toros tras las enormes expectativas despertadas, e incluso alguno de ellos ganó dinero.

Alternativa de Flores Blázquez, de manos de su paisano El Viti y testificado por El Cordobés

Hubo también el caso de otro montón de novilleros que llegaron con honores a la alternativa y luego no funcionaron. Un claro ejemplo fue el salmantino Flores Blázquez, que acabó de banderillero. Otro muy llamativo, el de Luis Alfonso Garcés –quien varias veces puso Las Ventas boca a abajo- y se retiró enseguida para dedicarse a los negocios. O Paco Herrera. Más recientemente gente como Niño de la Taurina o Pedrito de Portugal. Pero fueron matadores de toros con todo respeto y merecimiento. Porque entonces se alcanzaba la alternativa con la categoría acorde para tal acontecimiento.

Sin embargo en los últimos veinticinco años se han concedido las alternativas con tanta alegría que, en muchos casos, han tirado por el desagüe la grandeza que encierra ese acto. Porque muchas se han tomado como quien compra una póliza, sin que sirvan para nada, ni tampoco le den prestigio al nuevo torero, pero si se lo quiten a la propia Fiesta, que siempre atesoró la grandeza en sus blasones. Esa grandeza que han mellado quienes están dentro.

Hasta ahí todo claro. Porque quien tome la alternativa debe hacerlo con todo lo que significa ser matador de toro y si no alcanza ese estatus tampoco se acaba el mundo. Y ahora no se debería perder tiempo y se debería poner en marcha una inspección para comprobar cuántos ‘matadores de toros’ accedieron sin estar capacitados para ello. Es un asunto espinoso que merece una investigación, porque ser matador de toros es algo muy importante y en el último cuarto de siglo se había prostituido con decenas de alternativas sin ton ni son.

Pedrés: maestro y señor

Siempre brindo con el sombrero de la admiración por el Pedro Martínez ‘Pedrés’. Por la figura manchega a quien guardo máximo respeto por la caballerosidad de la que hace gala y con quien disfruté de tertulias para enmarcar en su casa ganadera de Los Labraos, por tierras charras rayanas con Portugal. Vaya este particular brindis a su persona.

Pedro Martínez ‘Pedrés’, maestro de verdad -ganado por su torería y valor- y fuente de sabiduría de los toros y de la vida, era un placer escucharlo mientras desenvolvía los pasos de su camino para recordar su vida artística. De la que protagonizó durante las pasadas décadas de los cincuenta y sesenta cuando, con dos idas y venidas incluidas, se alzó al pedestal de la Fiesta en esa época de excelentes toreros, logrando que su nombre brillase con luz propia.

Pedrés, dependiente de comercio en sus años jóvenes, siguió la estela de otros mozos de la época para cambiar el sino de su vida a través del camino del toro al descubrir el éxito social y económico de los toreros. Esa razón impulsó a aquel chaval albaceteño a sumergirse en la magia de ese mundo, entonces influido por el eco de la reciente muerte de Manolete, del poder de Domingo Ortega,  de la torería de Pepe Luis, del poderío de Luis Miguel, del capote de Manolo Escudero, del valor espartano de Chicuelo II. 

Con su listeza natura pronto asimila la lecciones y no pasa desapercibido en los ambientes taurinos, pasando a formar muy pronto una impactante pareja con Montero (en ocasiones con añadido del también manchego Chicuelo II) propiciando tal eclosión que hasta se fletan trenes especiales para ir a verlos torear. El extraordinario ambiente novilleril que protagoniza pronto da otro paso tras el debut en Madrid en 1952, saldado con un triunfo grande. A partir de ese instante se le empareja con otro novillero que tiene enamorada a Las Ventas. Con el salmantino Emilio Ortuño ‘Jumillano’, para formar una pareja sensacional que hace vibrar a Madrid jueves y domingos.

A final de esa temporada, Pedrés, toma la alternativa y durante tres años se mantiene arriba sumando infinidad de triunfos en todas las plazas de España, Francia y América. Es esa época viaja con frecuencia al campo de Salamanca y allí hace amistad con dos grandes ganaderos de esa tierra, Atanasio Fernández José Matías Bernardos, el célebre Raboso. Por entonces compra la finca Los Labraos, cercana a la frontera de Portugal y de Martihernando -propiedad de Atanasio Fernández-.

En tal breve espacio de tiempo, el maestro consolida su nombre en los ruedos y a final de 1955 decide retirarse. Durante esos cinco años frecuenta el campo casi a diario, tienta en todas las casas ganaderas del Campo Charro hasta que, incluso, logra cambiar su interpretación por una más pura y templada, animándolo todos sus amigos para que vuelve a descolgar el chispeante de luces. Lo hace en 1960 por dos temporadas y tras otra de descanso, en 1963 decide regresar a los ruedos. Es su reaparición soñada al torear 69 corridas –muchas de ellas con El Cordobés, del que es padrino de comfirmacion de alternativa- y consigue el hito de triunfar en Sevilla con una corrida de Urquijo y salir por la Puerta del Príncipe. Sin olvidar un legítimo éxito en el San Fermín de 1964 al desorejar un cornalón toro el Conde de la Corte. Aquella última vuelta fue el el broche de oro a una gran carrera que puso fin en Hellín rodeado de los aficionados de su tierra, siempre orgullosos de Pedrés.

881909_1          Junto al Cordobés, tan vinculado a él en su última etapa en activo.

Desde entonces se adentró en el siempre difícil mundo de los negocios para lograr  triunfar a lo grande. Hoy, al cargo de florecientes negocios de gasolineras en distintos puntos del país, también cría toros en su finca salmantina de Los Labraos, sin olvidar que en alguna época hizo sus pinitos como empresario taurino y también ayudó siempre a quien se acercó a él. Desde su paisano Dámaso González, tan unido a él; a Julio Robles, que un día le pidió que lo apoderase y Pedrés se lo recomendó a sus amigos, los Camará, quienes se hicieron cargo de él y de su mano llagaron los grandes éxitos de Julio en Valencia; a gente como El Soro o más jóvenes, entre ellos Javier Castaño y su hermano Damián, quienes han sido una debilidad del maestro; junto a otros muchos que en Los Labraos encontraron confianza y consejo sabio del viejo maestro de Albacete.

Allí, con la simiente adquirida a Pepe Raboso, disfruta de una afición ganadera que le ha dado tantas alegrías. Y junto a la ganadería están a su lado los recuerdos de una vida ganados con el arte, el valor y también su sangre. La de un gran torero albaceteño que destacó en una importantísima época y ahora, siempre abrazado a su señorío y rodeado de su querida familia, es una leyenda vida de la Fiesta.

La leyenda de un hombre que invirtió parte de los dineros logrados con su arte en los ruedos en tierras de Salamanca -fincas, gasolineras, supermercados, locales…- y, desde entonces, sus decenas de empleados lo admiran y quieren -eso es por si solo una definición del afecto que se supo ganar-. Porque además de ser el jefe ideal es amigo y protector de ellos. Y todo gracias a ese manchego que durante años vivió en Ciudad Rodrigo ganándose el respeto y confianza de sus vecinos, al igual que también el resto de los ganaderos y profesionales de Salamanca. Hoy, cuando el maestro Pedrés atraviesa unos momentos tan difíciles de salud, vaya este brindis a su persona con el sombrero de mi admiración.

PD: A pesar de que el maestro Pedro Martínez ‘Pedrés’ dio tanto a la provincia charra, donde ha vivido desde hace casi sesenta años, ayudó y dio trabajo a quien se lo pidió, sin olvidar los importantes negocios que promovió, en esa provincia jamás tuvo el reconocimiento que se merecía -solamente el Bolsín Taurino le tributó un homenaje hace años-. Cierto es que se trata de un hombre sobrio y ajeno a las algarabías, pero independientemente de eso es digno merecedor de una consideración por sembrar tanto por Salamanca, siempre alzando con orgullo a los vientos la bandera taurina.

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El maestro Pedrés es admirado allá donde está.

Aquel infierno de Navalón contra Dámaso

Durante una etapa de su carrera, el gran Dámaso González fue diana de numerosos ataques a cargo de un sector de la prensa capitaneada por Alfonso Navalón, quien entonces estaba en lo más alto del periodismo taurino. No es fácil escribir este artículo y reflejar de la forma más fiable la realidad, principalmente porque los protagonistas –al igual que sus entornos de entonces- ya no están, pero uno tuvo la suerte de poder comentar esta cuestión con los dos personajes. Con Dámaso en los últimos años a raíz de hablar tantas veces sobre su trayectoria -siempre bajo el paraguas de la admiración-, mientras que con Alfonso durante las casi dos décadas que trabajé a su lado. Por esa razón tengo una opinión propia y objetiva sobre esta cuestión de la que hace unos días escuche hablar en un programa radiofónico.

Para intentar comprender este episodio hay que remontarse a la circunstancia que Dámaso desde su irrupción novilleril en Barcelona era apoderado, junto a Paquirri, por la cordobesa Casa Camará –fundada por José Flores y continuada por su hijos Pepe y Manolo-. Previamente a esos acontecimientos, Alfonso Navalón vivía en guerra contra esa familia taurina a raíz de enterarse que el patriarca movió los hilos para que fuese expulsado del diario Informaciones tras publicar unos reportajes sobre Manolete saliendo malparada la imagen del viejo Cámara. Aquello fue el inicio de una batalla con las garras extendidas a los intereses de los taurinos cordobeses y con dos claros perjudicados: Paquirri y, más aún, Dámaso.

Con la pólvora encendida, sin nadie que frenase a tiempo aquella guerra, la bola de nieve no dejó de crecer siendo Madrid el puerto más duro para al albaceteño. Las Ventas se convirtió en la plaza que más cuesta arriba se le hizo después de que afición le contase, uno a uno, los pases en las faenas de muleta, logrando caldo de cultivo para crónicas durísimas contra el diestro, entre en periodo correspondiente desde 1970 a 1978. Seguramente de las más avinagradas que ha recibido torero alguno. Después, en San Isidro de 1979, ya llegó el triunfo con el toro de La Laguna y Madrid se dio cuenta del grave atropello que había cometido contra el albaceteño. Contra un maestro que templó como nadie y, más allá de su corbatín desaliñado, fue rey de los terrenos y distancias.

El combate no paró durante una década alargándose, incluso, después de dejar de ser apoderado por los Camará y estar bajo la jurisdicción de Luis Alegre y a continuación de José Antonio y Javier Martínez Uranga, los Choperitas, sucediéndose varias anécdotas. Una de ellas se produce en el invierno de 1975 a la llegada de América. Entonces, antes de comenzar las ferias de Castellón y Valencia que abren el telón de un nuevo año taurino, el albaceteño, venía a pasar unas semanas a Salamanca instalándose en la finca Los Labraos que poseé Pedro Martínez Pedrés, su paisano, maestro y primer valedor, en los campos del Azaba, más allá de Ciudad Rodrigo y cerca de Portugal. En esa ocasión lo acompañaba Francisco Membrilla Pacorro, su peón de confianza y leyenda de los hombres de plata fallecido meses antes que Dámaso, quien era el compañero ideal para torear de salón, hacer piernas y luego, las jornadas que no tenían tentadero, al filo del mediodía emprender el camino hasta el complejo La Pedresina de Fuentes de Oñoro, que así se llama el importante negocio de gasolineras, restaurante y supermercado que puso en marcha el maestro Pedrés tras su retiro.

Junto a su inseparable Pacorro recorría esos polvorientos caminos hasta alcanzar la frontera; entre encinares que vieron pasar a contrabandistas en los años de penurias y dos siglos atrás a las tropas napoleónicas para combatir en la histórica batalla redimida contra el ejército de Wellington en tierras de Fuentes de Oñoro. Entonces era el momento que la discordia alcanzaba su momento más beligerante y enterado Navalón que Dámaso rondaba por la zona decidió salir a su encuentro a bordo de un viejo vehículo Renault 4L, quien al descubrir la presencia del matador –que llevaba una barra de hierro para fortalecer el brazo- y su banderillero detuvo el vehículo con un frenazo en seco precedido de un derrape para bajarse y, nervioso, decir desde una distancia prudencial: “¡Pégame, manchego! Aquí me tienes, ¡Pégame!”. Dámaso, callaba y Pacorro empezó a reprochar la actitud del crítico con formas desafiantes, hasta que el torero hizo gala de su temple y con la fuerza de sus palabras hizo desistir la actitud del polémico crítico, quien por esa época había alcanzado notable notoriedad tras ser agredido por varios toreros. Uno de ellos Antonio Ordóñez, en el hotel España de Guadalajara.

Tras ese rifirrafe la crudeza volvió a las crónicas, sin embargo Dámaso cada día era más grande y acabó siendo reconocido de manera unánime por todos, hasta por el mismo Alfonso Navalón. Ocurrió en el instante que Ramón Sánchez, el salmantino asentado en la serranía de Córdoba que tiempo atrás había comprado la ganadería de Manuel Arranz y estaba tan vinculado al crítico, le pidió que fuera justo y clemente con Dámaso, al que estaba haciendo tanto daño y quitándole mucho dinero de ganar. Desde ese momento Navalón levantó el pie del acelerador de la dureza y poco a poco las aguas se calmaron. Sin embargo hubo un hecho que hizo tocar definitivamente las campanas de la paz. Fue a raíz de un coincidir en el mismo avión a la Feria de Quito y, tras saludarse en la terminal de Barajas, durante el largo vuelo se levantaron en varias ocasiones para hablar y echar un cigarro –entonces se podía fumar en los aviones- y hacer más plácido el viaje transoceánico. Y también la misma vida.

De ahí para adelante, Alfonso Navalón normalizó la relación con Dámaso González saludándolo en las ocasiones que lo encontraba y hasta a sus más cercanos nos reconoció que tanta dureza contra tal colosal torero y persona fue un error. Un ejemplo del cambio fue la última corrida que toreó Dámaso en Salamanca, en la feria de 1993, en cartel compartido con su querido amigo El Niño de la Capea y la alternativa de Andrés Sánchez –antes, en 1985, también hizo matador en La Glorieta al vitigudinense Ricardo Sánchez Marcos-. Aquel día, Navalón enterado de que Dámaso almorzaba en El Mesón, céntrico restaurante situado al lado del Gran Hotel, se acercó a saludarlo poniéndose antes de lado el nudo de la corbata para hacer la gracia, “así voy más a modo», dijo. Dámaso, que era un señor, le levantó y le dio la mano con atención. Aquella noche en su coloquio el crítico habló muy bien del torero quien desde la cima comenzaba a plagar velas de una brillantísima carrera.

Años después, el doce de junio de 2000, Dámaso volvió a La Glorieta, ahora para torear el festival de Las Hermanitas convocado por su amigo Julio Robles, aprovechando que lidiaba los novillos de La Glorieta, su hierro. El de Albacete compartió cartel con Manzanares, Curro Vázquez, Miguel Espinosa Armillita y novillero José Manuel Sánchez, junto al rejoneador Perita, que abrió la función. En esa jornada también recibió el saludo de Alfonso Navalón, que lo invitó a disfrutar un día de tentadero en El Berrocal, aunque al final nunca se pudo llevar a cabo.

La izquierda se olvida de su historia

Llegan tiempos turbios para la Fiesta. Por delante vendrá una época que no va a ser nada fácil desde que el Gobierno está en manos de gente que, públicamente, se ha manifestado contraria a la Tauromaquia. Ahí está el ejemplo de Pablo Iglesias y sus recientes manifestación donde dijo que le incomoda la Tauromaquia. O hace varios años el mismo Pedro Sánchez, quien un día no tuvo mejor ocurrencia que entrar en directo en el espacio televisivo Sálvame para decir que era anti. Y entre unos y otros gobiernan un país con un ideario de acabar con el arte del toreo. Ellos van a gobernar el país durante los próximos años y a nada escapa, al que van a tratar de tumbar para que le ocurra lo mismo que al boxeo. Que pasó de ser un espectáculo multitudinario a quedar casi desaparecido.

Hasta ahora nada sabe qué pasará realmente, pero si es triste ver a la actual izquierda alardear de antitaurina y olvidar la historia que, históricamente, tuvo con el toreo; desde aquel PSOE nacido en el congreso de Suresnes, ya en el final del franquismo y modelo en la defensa de la Cultura y las tradiciones, en las antípodas del actual. Lo mismo ocurre a los comunistas, ignorantes de su historia e incluso al legalizarle el partido, aquel Sábado Santo de 1977, se celebraron varias corridas a su beneficio para que dispusiera de fondos, además de la gran vinculación de muchos de sus líderes al toreo. Un ejemplo  es el cineasta Bardem; también el de Rafael Alberti, que hasta una tarde fue banderillero de Sánchez Mejías en Barcelona, junto a la gran dedicación de su legado poético a la Tauromaquia vuelvo a los toros por ti, yo, Rafael/ Por ti, al ruedo/ -¡Ay con más años que miedo!-, /Luis Miguel. Y estos ingratos comunistas/podemitas de ahora, con tanta afán por prohibir, han olvidado que el PCE durante los años del franquismo se mantuvo en varias etapas por el dinero que le inyectaba la familia Dominguin.

 

Me gustaría saber la opinión de grandes socialistas ligados a la Tauromaquia. De antes y de ahora. ¿Qué pensaría hoy Indalecio Prieto? Aquel bilbaíno que en el exilio mexicano siguió apasionado con los toros y no perdía corrida en la que alternasen diestros españoles, sobre todo Manolete, del que llegó a ser amigo. ¿Y Ramón Rubial? El entrañable presidente del PSOE que tenía en el Cossío en la cabeza y pocos años de su muerte disfrutó de un tentadero en El Berrocal invitado por Alfonso Navalón que protagonizó Antoñete, otro torero afín al PSOE. ¿O Felipe, Guerra, Bono, Arévalo, Cid Cebrián…? ¿O Corcuera, que soñaba ser crítico taurino? Y no digamos de toreros, como Domingo Ortega, Antoñete, Gregorio Sánchez, Manolo González… junto a otros muchos de los más modernos, ejemplos de José Tomás o de Talavante y que han acabado hartos de un partido que los ha traicionado. Porque le quiere quitar su pan.

Pero si el panorama político es de color zaino hay algo que no debemos olvidar. Y es lo mal que ha estado gestionada la Tauromaquia por quienes deben cuidarla y mimarla más que nadie y sin embargo tanto daño le han hecho. Aquí las cosas se han hecho las cosas muy mal,  peor y todos desunidos, cada cual remando en diferentes dirección.

 

Con el futuro de color oscuro, ahora no queda otra que capear el temporal, pero antes que nada el toreo debe organizar su casa. Ahí realmente está el problema más grave.

El glorioso San Isidro de 1970 de S. M. ‘El Viti’

Hace medio siglo, la Feria de San Isidro de 1970, volvió a tener el nombre de Santiago Martín El Viti en el pedestal de los triunfadores. No era fácil mantener el sitio de honor conseguido y donde ya, además de los magníficos compañeros de la anterior década, habían llegado los Paquirri, Ángel Teruel, Dámaso González, Ruiz Miguel… todos con mucha hambre de ser figura y deseos de sentarse en la mesa del grande del toreo. Donde están sentados las grandes figuras y los toreros de mayor interés en ese momento.

 

En el recuerdo de la afición estaba reciente la feria de 1969 con el doble triunfo del maestro de Vitigudino al desorejar, el dieciséis de mayo, un toro de José Luis Osborne -esa misma tarde corta otra oreja más a uno de Baltasar Ibán- y al día siguiente, a uno de Paco Galache tras memorable faena, al que también desoreja, en la corrida que confirma Juan José. Sin embargo en el toreo nadie vive de las rentas y, en 1970, había que salir de nuevo a darlo todo ante ese público agradecido cuando un torero se entregaba y duro con quien no está a la altura esperada. Y El Viti, en su noveno año de alternativa y consagrado, sabe mejor que nadie lo que es Madrid, plaza que tantas horas de sueño ha quitado a quienes se ven anunciados en sus carteles.

Madrid es Madrid, el puerto más duro de la temporada y que significa lo máximo en la carrera de un torero. Más aún de una figura para mantener su sitio. Aquel 1970 arranca con triunfo de El Viti en Castellón, en Fallas (tres orejas), en Zaragoza y Arlés (cuatro orejas), quedando excluido de la Feria de Sevilla, de una plaza que ya sabe quién es el maestro de Vitigudino y donde los aficionados aún tocan las palmas al recordar la inmensa faena al toro de Samuel cuatro años atrás. Y Madrid no volvió a fallar, dejando para el recuerdo una extraordinaria faena un toro de Juan Mari Pérez Tabernero, al que cortó dos orejas –también logró otra en su segundo) en la tarde del veinte de mayo. El mismo premio logrado dos días más tarde, ahora frente a uno de Baltasar Ibán. Esos dos corrida las acabó en volandas por la puerta de Madrid. Por la puerta de la gloria que él traspasó 14 veces y, precisamente, aquel veintidós de mayo, sería la última vez que lo haría; porque al año siguiente, en 1971, también cortaría dos orejas a un toro, ahora de Atanasio Fernández y se negaría salir en hombros al finalizar la corrida.

Aquel San Isidro de 1970 deja escrito en grandes titulares el nombre de Manuel Benítez El Cordobés, quien en dos tardes corta ocho orejas a los cuatro toros que lidia, para acallar las voces críticas contra él. Y esa misma feria, a José Fuentes, el gran torero de Linares después de gritarle insistentemente ¡pico, pico…! se dirigió a la barrera y le dijo a Joaquinillo, su mozo de espadas que antes fue peón de lujo, entre otros, con Pepe Luis Vázquez y Pepín Martín, que le dejase unas tijeras para recortar la muleta. La recortó y anómala situación tampoco silenció a quienes lo censuraban. Pocos días más tarde, en ese postre isidril que es la tradicional corrida de le Beneficencia, otra leyenda de los sesenta escribe la página más gloriosa de su biografía. Se trata de Paco Camino, quien firma una tarde pletórica en su encierro solitario que supune el cénit del camero.

El 14 de mayo de 1970 confirma la alternativa a Dámaso González en presencia de Miguel Márquez.

 

 

Julio Robles, a 50 años del debut con picadores

El tiempo avanza inexorable y en el transcurrir de los días alcanza fechas simbólicas. Números redondos que recuerdan un determinado momento y celebran los aficionados para hurgar en la añoranza. El domingo hará medio siglo ¡se dice pronto! del debut con caballos de un grandioso torero  vivo en el recuerdo de toda la afición. De Julio Robles, quien en una portátil llamada La Salmantina y propiedad de Paco Gil, su apoderado, instalada en el descampado donde se instalaban las ferias de la catalana Lérida (aquí cualquier tiempo pasado fue mejor) toreó el primer festejo con los del castoreño. Lo hizo junto a Avelino de la Fuente y Paco Núñez, enfrentándose a reses de María Lourdes Martín de Pérez-Tabernero. Era un peldaño adelante de quien llegaría a ser figura y fue tan querido por la afición.

La temporada anterior, Paco Gil, el apoderado, comienza el organizar el lanzamiento del novillero y para ello adquiere una plaza portátil,  La Salmantina –que poco después  acabaría en Tenerife, como centro de operaciones de una curiosa troupe taurina charra en tierras canarias- y en ella organiza un buen número de festejos que sirven como rodaje de su nuevo pupilo en numerosos festivales y novilladas sin caballos organizadas previamente para formarse un torero en ciernes que, en el transcurrir de los días, logra aumentar el interés.

Durante la temporada de 1.969 actúa con frecuencia, tanto en su provincia, como en otros puntos lejanos y comienza sus primeros viajes con la ilusión de quien quiere llegar lejos. Al final logra sumar 40 festejos, todos ellos novilladas sin picadores con el triunfo ya siendo el denominador común, al aprender con facilidad el toreo, junto a su personalidad. Ese mismo año marcha a vivir a Salamanca y abandona de forma definitiva La Fuente de San Esteban, su pueblo de residencia desde los cuatro años y en el que descubre la grandeza del toreo al ver por sus calles a las figuras que acudían en invierno a tentar a las fincas de la zona.  Atrás queda también su primer maestro y de quien bebió las aguas más puras del toreo, Paco Pallarés, aunque en adelante continuarán muy vinculados. En la capital del Tormes, su apoderado, le reserva una habitación en el hotel Monterrey, de su propiedad, para residir durante la temporada. A la vez son muy constantes los viajes a Ahigal de los Aceiteros, el pueblo donde clava las raíces familiares y es tan feliz, además de saciar su vicio por la caza, una pasión en su familia, de jugar al frontón y al fútbol, siendo habitual que invite a amigos toreros a disfrutar de semanas a ese lugar.

Esa temporada ya coincide varias veces en los ruedos con Pedro Gutiérrez Moya, del barrio salmantino de Chamberí y anunciado como El Niño de la Capea, debido a su aspecto de niño y formarse en esa escuela torera que tenía al otro lado del Tormes, en Chamberí y junto a la carretera, el señor Paco Prado, un carnicero apasionado del toreo. También, en aquel 1969 comparte varios carteles con Roberto Domínguez, un chaval de Valladolid, sobrino de Fernando Domínguez, el exquisito intérprete a la verónica, a cuyo lado se forma y quiere emular los pasos familiares. También, entonces comparte muchos carteles con Paco Núñez, otro paisano que pronto se queda en el camino para acabar de banderillero.

En 1970 comienza a torear a primeros de marzo, ya con las miras están puestas en el inminente debut con picadores, para el que ya está rodado y suficientemente preparado, tras el magnífico planteamiento realizado por Paco Gil, quien seleccionó muy bien las novilladas y midió cualquier situación antes de ar un paso adelante. El debut se produce el 10 de mayo de 1.970, con Avelino de la Fuente y Paco Núñez como compañeros de cartel, en Lérida, en la plaza La Salmantina, llevada para la ocasión y debido a ser la fiesta de esa capital catalana en honor a San Anastasi. Se lidiaron reses de María Lourdes Martín, una persona que un cercano futuro estaría tan cercana a Julio durante toda su carrera, al igual que su marido, Alipio Pérez-Tabernero y sus hijos, Alipio –con quien convivió tanto- y Juan. En la tarde leridana, el debutante sale a hombros de la plaza, tras dar un nuevo paso en su trayectoria.

A partir de entonces y gracia a su éxitos en el ruedo, junto a la innata torería, el nombre de Julio Robles comienza a crecer en prestigio e ilusión. Goza del afecto de los ganaderos charros, quien lo invitan a prepararse en su fincas y, en esos años, en numerosas ocasiones entrena con los jugadores de la Unión Deportiva Salamanca, entre quienes tiene íntimas amistades con las que suele quedar en las noches salmantinas.

En el Helmántinco, junto al jugador Néctor y el novillero Paco Núñez

El día que Dámaso Gómez cerró su libro

Dámaso Gómez se instaló en Salamanca desde  sus años de novillero y ya apenas se movió de esta tierra. Cayó de pie y encontró las bendiciones de los ganaderos charros, quienes confiaban en él sus faenas camperas y enseguida alcanzó reconocimiento de maestro. Además, pronto encontró en el señor Juan Luis Fraile, mucho antes de que sus hijos fueran figuras entre los ganaderos, a un íntimo amigo y protector. Desde el inicio, el señor Juan Luis le dio trato distinguido, fue fijo en sus tentaderos y hasta pasaba temporadas invernales en su finca del Puerto de la Calderilla. Allí salía a correr a la sierra, porque Dámaso era un atleta y un deportista que apenas fumó, ni probó el alcohol, en largas sesiones donde daba la vuelta en el poblado de Ventas de Garriel y después bajaba a buena zancada y al llegar al pilón de Los Caños siempre se bañaba e incluso en invierno, en muchas ocasiones, rompía el hielo y, ante la sorpresa de todos, se metía en el agua.

Dámaso fue un torerazo y también un personaje díscolo con un carácter que le acabaría haciendo daño en su carrera, porque no tenía nada para callado. Además era distinto, fíjaos si era distinto que salía con una joven miembro de una conocida familia ganadera salmantina y de la noche a la mañana se casó con ¡la abuela de la novia! Aquello fue un escándalo… menos para Dámaso. A los pocos días de contraer matrimonio torea en Barcelona una corrida en la que también se acartelaba otro inmenso torero, también muy lenguaraz, el venezolano César Gírón, ya consolidado como gran figura. Esa tarde, al llegar al patio de cuadrillas, al gran César no se le ocurrió otra cosa que llaman «¡abuela!» a Dámaso Gómez. Qué sería lo que le dijo el madrileño que, siendo lo que era César que nadie lo calló, nada más salir de la plaza no quiso más que desaparecer y perderlo de vista después de haberlo citado para saldar cuentas, al quitarse el terno de luces.

Y es que así era este desaparecido maestro, con una personalidad distinta y también arrolladora que a nadie dejaba indiferente. Hermano de un piloto al que contrató El Cordobés cuando viajaba en avioneta para cumplir sus compromisos y aquel año se negó a torear con El Pelos y aprovecharse de la coyuntura. Admirador de Rafael Ortega, Pedrés, Luis Miguel Domínguín y El Viti, a quienes públicamente refirió lo mucho que se fijaba en su forma de torear. Dueño de una entrega y valor seco, junto a una capacidad que le hicieron matar durante años las corridas más duras sin apenas despeinar su melena aleonada. Sin embargo, con tantos méritos y después de cuajar tardes grandes en Madrid, a esa plaza dijo adiós en una encerrona donde parte de la prensa madrileña se venga de su persona zaheriendo con durísimas crónicas a tan inmenso torero. Al mismo que hoy lloran, quien escribió una página para la historia y además fue un hombre siempre fue amigos de quien le fue de frente y por derecho.

Bien trazado natural en el último toro que mató, en el 40 aniversario de su alternativa

En Salamanca fue muy querido y además, otra cosa que las nuevas generaciones desconocen es que fue el primer maestro y descubridor de Paco Pallarés. De su mano, el de La Fuente de San Esteban, dio los primeros pasos y debutó de manera triunfal en Logroño con el nombre de Paquito Fuentes; después surgieron desavenencias, Dámaso lo dejó y Paco cayó en manos del Pipo, quien le cambió de nombre y desde entonces empezó a llamarse Paco Pallarés. Pero sus grandes amigos del Campo Charro fueron los Fraile, otro hermano para ellos. Tanto que en los últimos años su vinculación al toro era a través de las continuas charlas que mantenía con Lorenzo, dueño del Puerto de San Lorenzo y a quien más ha estado unido. Como testimonio de tanta afinidad, desde hace más de dos décadas, en la casa solariega de esa ganadería, en una vitrina colocada en lugar destacado está expuesto aquel verde botella y oro de las últimas corridas del gran torero.

Fruto del afecto y cariño de esta familia a Dámaso Gómez, en mayo de 1992, le regalaron el último toro que estoqueo para celebrar los cuarenta años de su alternativa. La fecha fue justo una semana después de la trágica muerte de Manolo Montoliu y para agasajar al maestro, le hicieron una gran fiesta en El Puerto de la Calderilla, donde no faltó el feliz cumpleaños, además de estar el ruedo de la plaza pintado con el motivo del acontecimiento. Bajo un escenario nublado, allí llegó el gran Dámaso temprano, junto a varios amigos de Madrid y otros de Salamanca. Fue una mañana de marcada torería donde el viejo maestro del madrileño barrio de Chamberí, auxiliado por José Mari Martín El Salamanca, desempolvó lo mejor de su torería en una actuación memorable donde cerró su libro torero. También tentó una vacas junto a Juan Luis Fraile, el hijo de Nicolás y que era discípulo de Dámaso, que entonces era novillero y pocas semanas más tarde encontró una trágica muerte al ser arrollado su vehículo por el tren.

Foto de grupo el día de la celebración, junto al crítico Pedro Mari Azofra, los hermanos Juan Luis, Lorenzo y Nicolás Fraile; el novillero Juan Luis Fraile, hijo de Nicolás y El Salamanca

Hoy, rebobinando la personalidad del gran Dámaso se agolpan las vivencias, además de hablar durante la jornada del afecto de Dámaso con su entrañable amigo Lorenzo Fraile, con el maestro Santiago Martín El Viti, con el maestro Andrés Vázquez, con la leyenda deportiva de Vicente del Bosque, con amigos periodistas y grandes aficionados que lloran la perdida de un torerazo. Aquel León de Chamberi, que rugió de valor y torería durante tantos años.

Dámaso Gómez, en la muerte de un torerazo

Despertaba Madrid esta mañana, en el día festivo de Comunidad y decía adiós uno de sus grandes toreros, Dámaso Gómez, aquejado ya de los achaques propios de su edad, a los 90 años. Era su gran amigo, el ganadero Lorenzo Fraile, dueño del Puerto de San Lorenzo y referencia en el arte de criar toros, quien con voz entrecortada nos comunicaba la tristísima noticia. Porque Dámaso siempre fue un torero de referencia en esa casa , donde gozó de trato familiar.

Hacía años que ya no se escuchaban los rugidos de Dámaso Gómez, uno de los más valientes que vistieron de luces. Ni se observa su presencia en los tendidos de La Glorieta o de Las Ventas, ni por las calles de Salamanca. Tampoco en los tardes de campo del Puerto de San Lorenzo, donde hasta hace algo menos de una década era habitual y los invitados le hacían corro para escuchar sus sentencias y la particular filosofía que hacía gala. Peculiar, distinto, torerazo siempre, el Dámaso madrileño no pasaba inadvertido a nadie. Ni haciendo un recorrido por la Fiesta de esta época, ni analizando los últimas tendencias de la Bolsa, o hablando de su gran pasión futbolera -fue un magnífico delantero en sus años jóvenes- y siempre ponía de ejemplo a Vicente del Bosque, a quien conoció siendo un chaval.

Dámaso Gómez, aquel León de Chamberí, ha sido uno de los toreros más valientes que conocí. Y sobre una de las injusticias más grandes de la Fiesta que a ese hombre no se le haya dado la categoría ganada con sobrados méritos de torero valiente y capaz. Siempre me gustó hablar con él, claro y fiel a sus ideas con quien disfruté tardes de campo en El Puerto de la Calderilla y de toros en la Feria de Salamanca en los años que el viejo Chopera -Manolo- lo invitaba al palco de la prensa. Con el Dámaso lenguaraz que no callaba nada y le cantaba las verdades al lucero del alba. Con éste Dámaso, a quien vi retirarse de los toros un día de San Mateo en La Glorieta ante una terrorífica corrida del Conde de la Corte. Tarde para la historia donde dijo adiós el viejo maestro del barrio madrileño de Chamberí con su garra de siempre al salir a matar a su segundo con cuatro costillas rotas ante la negativa del equipo médico. Fue en la misma corrida que Espartaco, cuya carrera ya hacía aguas, se consagró con Albahaca para volver a tomar aire y donde el aroma de Juan José impregnó La Glorieta.

Esa despedida queda enmarcada en el cuadro de las emociones y desde entonces ya siempre guardé devoción por aquel hombre de melena aleonada y encanecida, coetáneo de Luis Miguel, Ordóñez, Rafael Ortega, César y Curro Girón, Aparicio, El Litri, Gregorio Sánchez… y compartiera tantas tardes con los venideros Puerta, Camino, El Viti, Andrés Vázquez, Paquirri… A ese Dámaso que siempre se enfrentaba a las corridas duras y nunca miró para atrás. A quien fue capaz de hacerse con un hueco en el corazón de los aficionados gracias a su honradez, aunque al final la historia no le ha hecho justicia para la gran masa, pero su nombre tiene peso propio entre los profesionales y los aficionados de verdad.
damaso gómez

Dámaso Gómez fue un torero que nunca pasó inadvertido por nadie, gracias a su raza y por el poder del que hizo gala. Tanto poder que muchos lo comparaban a Luis Miguel Dominguín y, en Madrid, plaza en la que tanto tardó en entrar -como le ocurrió más tarde a otro tocayo suyo, a Dámaso, el de Albacete- se referían a él, con el remoquete de Luis Miguel de los Pobres, algo que en su momento le hizo daño.

De Dámaso Gómez podría escribir largo y tendido, porque fue un manantial de anécdotas dentro y fuera de la plaza. Pero, de momento y modo de óbito, vayan desde aquí estas líneas como reconocimiento a quien ha sido un gran torero y dueño de un inmenso poderío. A un valiente de verdad y un personaje en todas las facetas de su vida. Para quien gozó el sello de maestro con todo merecimiento.

Hasta siempre, Dámaso. ¡La que tienes que estar liando allí arriba! DEP