Archivo por meses: septiembre 2012

En la marcha de Juanero

De Juanero (sin ánimo de acritud y escrito con todo el respeto) siempre quedará el recuerdo entrañable hacia uno de los hombres más queridos que hubo en La Fuente de San Esteban durante la segunda mitad del siglo XX. Un personaje con mayúsculas, el mismo que hoy está en el recuerdo de todos por su marcha a pasear delante de los ángeles de la eternidad esperando que alguno le silbe para entonces comenzar su particular espectáculo.

Era Juan, –Juanero para todos–, un hombre que nació para ser siempre libre e identificado con varias generaciones a los que corría siempre tratando de apuntar con las piedras que guardaba en el bolsillo. Porque en cuanto alguien silbaba, lo llamaba Juanero o Juambimbas, o incluso con el nombre de los famosos de la respectiva época (Gento, Tarzán, Carrasco, Cordobés…) ya iniciaba su repertorio y carreras en busca de quien, a su entender, melló su honor. Contrarios y rivales a los que pocas veces cazaba y eso que en sus buenos tiempo corría más que Mariano Haro, que entonces era el atleta más significativo.

Juanero tenía como enemigos a las pandillas de muchachos. Contra quienes no había bandera blanca en una guerra declarada de la que se defendía a base de pedradas; mientras que la chavalería lo hacía corriendo y escapando de aquel hombre que era otro objeto de diversión. Después cuando los muchachos se hicieron hombres siempre mantenían un recuerdo hermoso y nostálgico de Juanero, a quien saludaban con afecto e invitaban en los bares. O le compraban cupones cuando ingresó en la Once.

La mayor pena de Juan fue cuando pavimentaron las calles y desaparecieron las piedras. Entonces, nada más salir de casa, lo primero que hacía era marchar a las afueras del pueblo para cargar su chaqueta (a la que debieron reforzar los bolsos) de piedras, que era su método de defensa. Porque siempre llevaba la defensa para lo que pudiera ocurrir, de tal manera que si veía una pandilla y observaba que no le decían nada, él mismo se acercaba y empezaba a caminar provocadoramente cerca de ellos con sus andares jorobados y las manos enlazadas hacía atrás, mientras miraba de lado con cara de malhumor.

Así fue su vida, formando una estampa más de La Fuente, la más llamativa y que sorprendía a los forasteros. Como ocurrió recién entrada la Democracia y llegó Salvador Sánchez Terán, entonces ministro, para inaugurar algunas obras. A Juan, al amigo Juanero (e insisto que lo escribo desde el cariño), como estaba cerca del lugar fue provocado y empezó con sus alocadas carreras en medio de insultos y blasfemias, por lo que el ministro se asustó tanto que se metió corriendo para el coche oficial pensando que le boicoteaban el acto, hasta que le explicaron de qué se trataba y se sintió tan tranquilo que al poco rato ya eran amigos. Y menudo de feliz iba Juan, con sus andares jorobados y las manos entrelazadas para atrás, nada menos que al lado de Sánchez Terán.

Así fue su vida hasta que hace cerca de 15 años fue ingresado en un centro asistido de Ciudad Rodrigo. Desde entonces se le recuerda en los veranos cuando lo llevaban los sobrinos a pasar unos días a La Fuente y él siempre acudía al bar de Jorreto. Allí todo el mundo iba a saludarlo y a invitarlo a un vino, a una faria. Porque era un hombre muy querido que marcó una larga época siendo un monumento más del pueblo. Un hombre que acaba de emprender camino de la eternidad para esperar que algún ángel le silbe inocentemente o lo llame Juanero.

 

La vinculación charra de Antoñete

El mundo del llora la muerte del maestro Antoñete reflejado en esa espontánea manifestación de duelo que lo despide hoy en su plaza en Las Ventas y, posteriormente, al filo de la hora más torera, las cinco de la tarde, recibirá tierra en el cementerio de La Almudena de su Madrid natal. La capital lo honró para  siempre y donde dormirá el sueño eterno cerca de los grandes toreros madrileños. Cerca de Vicente Pastor, de Marcial Lalanda, de Luis Miguel Dominguin, del Yiyo.

Hoy quedan un montón de recuerdos y de leyendas del torero muerto. De un hombre bohemio y vividor enamorado de la Fiesta. Del hijo de un monosabio rojo que vivió la postguerra con las privaciones de los vencidos. De un hombre que marcó su vida por el toro, impregnado de nicotina y con tanta facilidad para acariciar el cielo como coquetear con el infierno. Siempre sin patrones escritos, ni ninguna continuidad. Era él, Antoñete, fiel a sus ideas rojas, a sus aires libertinos, a la bohemia que lo alzó en un símbolo de la movida madrileña, coincidiendo con su mágica reaparición en la década de los 80. Entonces, cuando ya su cara estaba poblada de arrugas, las ojeras destacaban y siempre su inconfudible mechón de la torería, a las nuevas generaciones nos acercó a las plazas para descubrir cómo fue la eterna grandeza de la Tauromaquia. Y enamorarnos ya para siempre de este personaje, distinto y siempre torero.

De un personaje que le encantaba Salamanca y en esa tierra pasó épocas fantásticas en los años que toda la torería andante se venía al Campo Charro. De él quedan muchos recuerdos protagonizados en las casas ganaderías de esta tierra hace medio siglo, como las de Manuel Cobaleda, Antonio Pérez, Sánchez Rico o más tarde la de Alfonso Navalón, a cuya finca acudió en distintas ocasiones, ya en su dorada reaparición. Sin embargo fue en Campo Cerrado, en casa de Atanasio Fernández donde escribió importantes páginas de su vida tras acudir en numerosas ocasiones y pudo disfrutar semanas enteras durante el invierno. Allí nació una íntima amistad con el viejo Atanasio y extendida a su hijos Natividad, Pilar y Bernabé, junto a su yerno Gabriel Aguirre, abriéndole las puertas de esa casa para compartir infinidad de momentos con Paco Camino, otro ilustre torero, también muy vinculado a esa ganadería de Atanasio. Por entonces casi siempre lo acompañaba Checa, un antiguo banderillero y, en ocasiones, Luis Para ‘Parrita’, en esas fechas matador y después excepcional peón de brega. Entonces, Antoñete tentaba por la mañana y al acabar, junto a Checa y Parrita, frecuentaba el cercano  restaurante El Cruce -de La Fuente de San Esteban-, para paladear un plato de longaniza frita, un manjar que le encantaba junto a una botella de tinto ‘Diamante’.

Sin embargo, a pesar de tanta vinculación con el Campo Charro y de contar con tantos amigos en esta tierra, la plaza de La Glorieta no fue la suya. Fue una cruz para su carrera, todo dentro de una vida donde Salamanca fue muy importante (hasta en el amor con el apasionado romance que mantuvo con Charo López). Y en la que hace treinta años, a raíz de su reaparición, conoció a un hombre que acabó siendo íntimo amigo y quien le ayudó a fundar su ganadería. Se trata del Niño de la Capea, quien le regaló aquel semental de nombre ‘Romeriito’, a quien el viejo maestro del mechón le contaba todas sus confidencias.