Archivo por meses: diciembre 2017

Frascuelo inunda de torería el Mesón Las Tablas

Carlos Escolar ‘Frascuelo’ llegó a Salamanca con su porte de torero clásico, con su elegancia innata y esos andares que, de largo, delataban su torería. Con su deje castizo, tan característico en él y que forma parte del ADN de su vida, porque junto a Antoñete y Ángel Teruel han sido los tres toreros más castizos de la segunda mitad del siglo XX. Y Frascuelo lo lleva en sus andares, en su mirada y hasta ese chulería innata, con un fondo de tanta pureza y de verdad. Porque Frascuelo  en su vida es como habla. Y como torea. Todo verdad y si no es capaz de explicar se sentimiento jamás engaña a nadie. Así en el toro como en el vida.

Vino invitado por la peña Albero Charro a las tertulias que, periódicamente, organiza en el Mesón Las Tablas, rincón taurino situado al lado de Van Dyck, la zona que rinde culto a la tradición de ir de vinos con los amigos, para explicar el sentimiento del toreo, el arte y la grandeza que envuelve este arte único que tiene en él a un maestro de culto. A un símbolo capaz de despertar pasiones y hacer vibrar a los mejores aficionados cuando ven su nombre anunciado en los carteles. Pero antes paseó por las viejas calles de la capital charra, con su histórica solera y monumentalidad, para adentrarse también en su magia torera y admirar el Museo Taurino, un lugar que lo cautivó y, mientras Pablo del Castillo le explicaba, observaba detenidamente cada detalle de un lugar que es una referencia taurina para disfrutar con el legado de S. M. ‘El Viti’, del Niño de la Capea, de Julio Robles y de tantos otros, como Jumillano , Posada, Juan José, José Luis Ramos, Juan Mari García, José Luis Barrero…

Venir a Salamanca y no impregnarse de la belleza de la Plaza Mayor deja huérfano el viajero y Frascuelo volvió a andar por ese mágico recinto que tantas veces ha pateado. Poco después el paseo pedía un descanso y ningún sitio mejor que el Restaurante Valencia. Allí se maravilló con cada fotografía y agradecido se dirigió a José Luis, el mesonero pintor de alma torera, cuando sacó un plato grabado a pincel con la fecha de su alternativa y un detalle del gran Frascuelo.

Ya en la charla, con Patricia Melero de moderadora y sabiendo sacar lo mejor del protagonista, el maestro habló despacio y con temple. Deleitando a los presentes con cada una de sus palabras y de sus frases, muchas de ellas sentencias. Artista de esencias, de sentimiento añejo, bebedor de las aguas del ‘antoñetismo’ más verdadero, sin embargo a Frascuelo siempre le tocó bregar con los toros más duros que pastan en los campos bravos para llevar a cabo su interpretación, teniendo su hoja de servicios llena de corridas de Prieto de la Cal, del Cura de Valverde –una de ellas con salida en hombros de Madrid-, de Los Eulogios, de Cuadri, de Hernández Plá, de Barcial… Sin dejarle probar este ‘sistema’ la golosina de las ganaderías que se rifan las llamadas figuras, “no soy un torero rico, pero sí un rico torero”.

Fue una maravilla escuchar en la abarrotada sala –entre el público numerosos profesionales entre ellos Mezquita, Adolfo Lafuente, Rubén de Dios, El Lobo, Antonio Martín, Marcial Villasante y varios novilleros…- a este maestro que comenzó a impregnarse del toreo gracias a su padre y, desde niño, admirando la presencia del viejo torero Antonio Sánchez en su taberna de la madrileña calle Mesón de Paredes, en el corazón de Lavapiés e inmortalizada por la pluma de Díaz Cañabate en la preciosa novela ‘Historia de una Taberna’. Antonio Sánchez, con su leyenda, su cuerpo cosido a cornadas, sus triunfos de principios del siglo XX en los cosos capitalinos de Tetuán de las Victorias y en Carabanchel seguía siendo un ídolo para sus vecinos en aquel Madrid de los cincuenta ya con el pelo encanecido y luciendo las medallas de la vejez.

Dejándose impregnar por ese ambiente, el pequeño Carlos, no tarda en irse a las capeas de Toledo y Guadalajara para dar sus primeros muletazos mientras escuchaba a los viejos aficionados hablar de Domingo Ortega y de Marcial Lalanda, de dos colosos a quien, años después, tendría oportunidad de tratar. En esas capeas, junto a otro montón de chavales ávidos de gloria, nace Carlos Escolar para el toreo, el mismo que poco más tarde ya sería Frascuelo después de que intentase bajar a torear un toro en Olías del Rey y un aficionado, al verlo tan menudo, le dijera: “¿Dónde vas, muchacho? ¡Ni que fueras Fracuelo!”. A aquel toro lo cuajó y el alcalde hasta lo invitó a matarlo, para finiquitarlo de un espadazo y recibiendo por tal gesta dos mil pesetas, además del orgullo interior de poder decirle al aficionado: “¡Ve como sí soy Frascuelo!”. Y así surge este apodo que él contribuyó a continuar con el prestigio del antiguo y decimonónico Salvador Sánchez Poveda. El que ya luciría ya para siempre en los carteles.

Desde entonces ya una vida en torero. Llegan los inviernos en Salamanca, las capeas de Ciudad Rodrigo y primeras novilladas de este maestro contrario a las actuales escuelas que hacen los toreros en serie, “aunque con alguna excepción que han podido sacar lo bueno que tenían dentro y sin que eso sirva para no mostrar mi admiración total a los maestros Gregorio, Bernadó y Andrés Sánchez”. Tardes de campo en las fincas charras y mañanas de espera para orientarse en la puerta del Gran Hotel, del Novelty o de Las Torres. En este último un día observa a Dámaso Gómez limpiándose los botos y a él se dirige para mostrarle sus respetos e indicarle si lo podía llevar al campo y, de ese momento, le queda clavado la reacción del aquel que llamaron ‘El León de Chamberí’ al vocearle de malos modos. Después, al momento, lo llama y le pregunta si quiere ser torero, al contestarle que sí lo invita a él con él y lo lleva a Educación y Descanso para tenerlo durante dos horas embistiéndole. Años después compartieron cartel en varias corridas, en Barcelona, Madrid o Frejús (Francia) y hoy, Fracuelo, no oculta lo gran torero que ha sido y el poco reconocimiento que goza. Más tarde llega el apoderamiento de Balaña y la enorme vinculación con el viejo Teodoro Matilla tan grata para él en los tiempos que torea tanto en Barcelona y resto de las plazas regentadas por esa familia catalana. La misma Barcelona que lo ve hacerse manos de toros de manos de Curro Romero y donde es tan habitual su presencia que muchos pensaban que era barcelonés.

Desde entonces llegan buenos años y una tarde que torea en Bayona con Paquirri y Teruel logra un triunfo grande le sirve para que Manolo Chopera lo apodere y con él permanece hasta que una tarde en Bilbao un toro de Villagodio le atraviesa el pecho en una terrorífica cogida y lo tiene dos años parado. Y a partir de ahí llega una intensa época en América con numerosas corridas, muchas de ellas en Venezuela donde se reencuentra con Antoñete, quien reside en la ganadería de Tarapío, retirado del mundanal ruido y pocos años antes de su sonada reaparición en España que lo convierte en una leyenda.

No faltaron recuerdos de sus grandes tardes en Madrid, plaza que le ha dado tanto y goza del unánime reconocimiento. Porque los días que torea Frascuelo en Las Ventas se viven con una inaudita pasión cada momento del festejo. De la Fiesta actual y el ‘sistema’ que la maneja con la única política de buscar el dinero rápido y en la mano, dejando arrinconado a ese romanticismo que siempre ha sido una esencia de la Fiesta.

En fin, la del miércoles fue una noche para enmarcar escuchando a un torero de culto en las tertulias taurinas del Mesón Las Tablas que organiza Albero Charro. A quien ha hecho gala de una esencia y personalidad única. A quien rinde culto al toreo en todos los momentos de su vida. A una persona admirable.

El charlatán de Berkeley

El tal Francisco Bellón, uno de los gerifaltes de la minera Berkeley que está empeñada en destrozar el Campo Charro, recuerda por su modus operandi a los antiguos charlatanes de feria. A aquellos que embelesaban a la gente a base de promesas y resultaba que al final todo era humo, porque lo que te vendían llegaba roto a casa. A este susodicho le ocurre igual en la práctica de su rebatiña para comprar voluntades que oculten sus malas artes y disfracen la triste realidad. Ahora le ha dado por prometer, cual si fuera un político en campaña electoral que esconde el mensaje ‘divide y vencerás’. Porque Berkeley ha logrado separar familias, enfrentar a los pueblos y traer una guerra a esa siempre pacífica y tranquila comarca entre quienes estar a favor de ellos –cada día menos- y quienes se han alzado en la defensa del Campo Charro con todos sus valores.

Y de ahí que el tal Bellón, con su aspecto de seminarista de vocaciones tardías, ha decidido actuar de charlatán y de trilero para camelar a los ingenuos que aún creen en los Reyes Magos y en la reencarnación de la Virgen María. Y ahora la ha tomado con Villavieja de Yeltes, tratando de puentear a su alcalde y a las competencias municipales con su rosario de promesas; pero ahí se ha encontrado con Jorge Rodríguez, un alcalde de verdad, auténtico, con raza y amor propio para frenar la tropelía de quien pretende enfrentar al vecindario. Aquí, Jorge Rodríguez, se ha convertido en un modelo para la defensa de su pueblo y un auténtico espejo para mirarnos. En el verdadero látigo -junto a los  simpatizantes de Stop Uranio con Jesús Cruz, su adalid, que merece todos los honores- para frenar el hostigamiento de quienes han llegado atropellando nuestra historia al tratar a estas gentes como si tuvieran mentalidad primitiva y pensando que con su calderilla callarán las bocas. ¡Apañaos van!

Ahora, el directivo con aspecto de seminarista tardío, se ve impotente, arrinconado ante la sociedad civil y ante el alcalde Jorge Rodríguez, que le ha plantado cara en la misma trinchera, no ocurriéndosele otra salida al charlatán de Berkeley que, en vísperas navideñas, prometer una ¡escuela en Villavieja de Yeltes! Sí, báilalo, ni Ministerio de Educación ni nada, él solito se salta las leyes en una política populista que no tiene otro fin que la guerra interna. Porque igual que prometió una escuela pudo haber sido un aeropuerto o decir que reabre el Tren del Duero; o lo mismo, vete tú a saber, un puticlub –como leí anoche-.

Por eso me descubro ante la gente que abre los ojos después de calar al trilero de Bellón. De quienes ya no se dejan engatusar por su rebatiña y son conscientes que su juego de palabrería y promesas es para esconder la realidad de destrozar nuestra comarca y cambiar la vida por la muerte. Y por ello mi reconocimiento a Jorge Rodríguez, alcalde de Villavieja de Yeltes y a Stop Uranio con Jesús Cruz al frente, quienes representan el valor, honor y orgullo de los charros.

130 años del Tren del Duero

Me emociona vivir la jornada de hoy, 8 de diciembre, celebración de la fiesta de la Inmaculada y coincidente con el 130 aniversario de nuestro entrañable y querido Tren del Duero. 130 años desde la faraónica inauguración cuando dos locomotoras (una portuguesa y otra española) se ‘besaron’ en el Puente Internacional. A la vez que me llena de melancolía celebrar la efeméride con la línea aún clausurada por culpa de unos políticos que no tuvieron sensibilidad para defender su grandeza.

En este aniversario volveremos a reivindicar la recuperación de un tren que nunca se debió perder. Son 130 años los que quedan detrás y también la leyenda de quienes laboraron en la que fue la joya y orgullo de nuestros ferrocarriles, aunque hoy vive la fecha redonda con su raíles oxidados. Oxidados desde la plomiza mañana de San Silvestre de 1984, cuando la estación de La Fuente de San Esteban dominada por la expectación de los acontecimientos históricos que se vivían cuando estaba a punto de partir el último tren con destino a la villa lusitana de Barca D’Alba. Fue un día de emociones reflejado momentos más tarde, cuando el señor Mata, el jefe de estación daba con su pitido la salida al último servicio comercial del tren del Duero y atrás quedaban 97 años de actividad de la línea. Como también la leyenda de centenares de personajes que escribieron el voluminosa libro de su existencia reflejadas en un montón de episodios que se iban al pozo del abandono. Esos recuerdos quedaban patentes en el rostro de los presentes, quienes formaban grupos integrados por viejos ferroviarios, curiosos y añorantes del trayecto que esperaban para presenciar la partida del tren con una lanza clavada en el alma de sus sentimientos.

Hoy, en la celebración, surgen un montón de ‘voces’ activas para reivindicar su reapertura con un grupo de gentes voluntarias de espíritu carrilano que  luchan y trabajan para recuperar la vía. Todos con la ilusión de volver a escuchar el traqueteo del tren por las riberas del Yeltes, del Camaces y los campos del Abadengo hasta superar la estación de La Fregeneda, para adentrarse en la magia de los túneles y los puentes metálicos que la convirtieron en la obra ferroviaria más impactante de Europa.

Ha transcurrido mucho tiempo cargado de llamadas que nunca encontraron respuesta para que esos raíles recuperen el brillo perdido y el oeste charro, el particular ‘far west’ de Castilla, vuelva a ser dueño del tesoro más hermoso de Castilla. Del orgullo de los ferrocarriles, si es que llega ese ansiado día en el que la línea se abra para que por ella circule el tren turístico al lado de una zona paradisiaca que acude al encuentro del Duero.

Ahora, con el número redondo que trae el 130 aniversario de mañana, después de que la línea entrase en el túnel del olvido, la esperanza no se pierde, mientras se barrunta la llegada de las primeras claras que traigan su reapertura para que el pitido del tren vuelva a marcar el rumbo de esas tierras. Entonces, cuando llegue ese esperado día, el sol volverá a brillar como en las grandes solemnidades en una jornada de connotaciones semejantes a las vividas aquella mañana cuando la locomotora portuguesa y la española se ‘besaron’ en el Internacional como símbolo de inaugurar la línea. Todo con el sueño puesto en que llegue el final de una larga pesadilla que comenzó cuando los raíles brillaron por última vez al paso de un tren y la espectacular línea entró en el largo túnel del olvido.

 

 

La México pisotea la grandeza de la Fiesta

Anoche, bajo la cencellada que teñía de blanco las encinas, me quedé viendo la corrida de La México a través de los canales de internet, de la maravilla de la modernidad que ha eliminado las fronteras del mundo. Me quedé a verla porque prefiero tener la propia opinión de lo que ven mis ojos –estos que algún día se comerá la tierra- y también por no fiarme jamás de las crónicas, disfrazadas con excesivos tintes triunfalistas, que llegan desde el otro lado del charco. En esta ocasión se contaba con el añadido de ser un cartel de interés, con Ponce en otro año mágico –y van…-; con Joselito Adame, aupado en su tierra al altar de las figuras y con El Payo, un torero de sumo gusto e innata elegancia. Sobre el papel el interés era máximo, además contaba con el añadido de lidiarse toros de Barralva –junto a otros de Teófilo Gómez-, con sangre ‘atanasia’ y fue lo último que vendieron los descendientes de Atanasio Fernández, el ‘mago de Campo Cerrado’ -¡si levanta la cabeza y ve qué ha sido de su legendaria ganadería los mata a todos-, unos años antes de oficializar el crimen de llevarla al matadero.

Volviendo a La México el primer gran fracaso de la tarde fue la entrada, al no cubrirse ni de cerca el medio aforo de la plaza. Con un cartelón así La México siempre se llenaba, al menos si no se cubría totalmente, sí el numerado y había mucha gente en el graderío alto. Lo del aforo entre 20.000 y 25.000 espectadores en una plaza que puede acoger a 50.000 es para pensarlo y saber que algo se hace mal y no se ha encontrado el remedio. O no interesa. Porque si el público azteca no acude a un gran acontecimiento es algo. No sirve buscar vueltas, señores taurinos.

Y claro, la justificación estaba cantada –otro domingo más-. Se vio nada más en empezar a salir por chiqueros toritos indecorosos y de pitones mutilados, impropios de ser lidiados en algo anunciado como una corrida de toros, que son palabras mayores. Sin diferencia alguna entre las caras de los lidiados a pie –junto a su escasa presencia- con el de rejones.

Después también es triste comprobar como La México ha perdido su seriedad y ya no existe rigor alguno. No hay más que ver cómo se conceden premios tras estocadas indecorosas y que si se respetase la Fiesta jamás tendrían premio limitándose a recoger el torero una ovación  de reconocimiento. Pero jamás un doble trofeo en un claro desprecio a la suerte suprema y en busca de ese triunfalismo que se impuso en América y hace un tiempo también llegó a España.

En fín. Que no busquen culpables en políticos y antis. El verdadero peligro de la Fiesta está dentro. En quienes la (mal) gobiernan. También en las figuras y no hay más que ver lo que hacen en las plazas de América y con qué toritos se dejan anunciar. La Fiesta es más seria y su grandeza no se puede patear así. Y me fastidia que Ponce entre y forme parte de este juego, porque tiene poder y arte para dignificar la Fiesta con el toro a modo e ideal. No más grande, ni más chico, el que siempre fue para La México. No el insulto de anoche.

Cynara, un canto a la calidad

Cynara ha vuelto estos días a la pomada de la popularidad gracias a la exquisitez de sus productos. De nuevo, esta industria familiar de Hinojosa de Duero que ha unido su nombre al más exigente paladar abre nuevas puertas gracias a una calidad que le ha hecho ser un nombre de distinción. Ahora ha sido Valladolid quien se he rendido a un producto que es sinónimo de distinción y que canaliza la antigua tradición del queso de Hinojosa de Duero. Sí, la villa de Hinojosa de Duero que desde tiempos remotos adquirió reconocida  fama con sus quesos artesanales que elaborada cada familia y hoy, ese legado, lo ha sabido sacar al mercado la familia Bartol con su sello de Cynara. Esa Cynara que ya es marca distinguida y no deja de crecer, de abrir mercados y de prestigiar el nombre de Hinojosa de Duero con su afamada tradición elaborando quesos.

Cynara es un ejemplo para dar luz ver a los mejor de los productos de la tierra. Un ejemplo de buena hacer y constancia que acaba de ver reconocida, una vez más, su calidad. Y ahora no es un premio, es un reconocimiento más de la larga cadena que se avecina.

A don Emilio Morales (DEP)

Parece que fue ayer, sin embargo el tiempo ha volado desde que hará treinta años un grupo de aficionados abulenses patrocinaran becerradas en la bonita plaza de Piedrahita. En esa época uno acababa de llegar al periodismo y Salamanca, desde hacía pocos años, contaba con una Escuela de Tauromaquia. Y me refiero a la Escuela porque en esos festejos solían acartelar a futuras glorias del centro charro gracias al buen hacer de este grupo de aficionados que tanto bien hizo por la Fiesta. El mismo que tenía a su frente a Emilio Morales, natural de esa bella localidad y al que daba gusto escuchar por la defensa de la verdad y pureza del toreo que hacía. Fue por entonces cuando conocí a este caballero que, con el tiempo, sería tan amigo.

Las tardes de toros en la plaza de Piedrahita –anunciada como la monumental de Castilla la Vieja- dieron paso a muchos encuentros en Madrid, a citas para tomar un café antes de los toros en el bar del viejo De Torres, al lado de Las Ventas o más tarde en las cercanas cafeterías para escuchar la sabiduría taurina de Emilio Morales, su conocimiento de la Fiesta y su lucha sin cuartel para que no perdiera la pureza y esencia, hecho que lo llevó a la presidencia de la Peña El 7, cargo que desempeñó hasta su fallecimiento.

Emilio Morales ha sido un ejemplo de entrega a la Fiesta, de afición, de luchar por la grandeza que siempre tuvo la Tauromaquia y quieren cercenar quienes únicamente buscan hacer caja. Esos que han hecho de la Fiesta la pobre víctima de su egoísmo quitándole la casta y la fuerza al toro para ponerlo al servicio de unas llamadas figuras que se hacen multimillonarias en muchos casos practicando la trampa y no la verdad del toreo.

Hoy se nos ha ido, pero jamás olvidaremos a quien fue impulsor de numerosas actividades para fomentar la Fiesta y siempre un gran embajador de la Tauromaquia allá donde se encontraba. Porque cuando cerraban las puertas de la plazas al final de la temporada, él abría las de la Peña El 7 para llevar a cabo infinidad de actividades y eventos culturales para tratar de fomentar la verdad y grandeza de este arte.

Ahora cuando volvamos a Piedrahita aflorará el recuerdo del gran Emilio Morales, al igual que ocurrirá en las tardes de toros en Las Ventas, a la que seguro que se asomará desde su barrera celestial cuando vea a un toro bravo arrancarse desde los medios al caballo o a un torero citando de frente y de verdad, con la misma pureza que él siempre defendió.

DEP, amigo Emilio.

El señorío de Rui Bento

Hoy me descubro con admiración y reconocimiento a Rui Bento, un señor. Un taurino cabal  que vive el drama de enterrar a su madre y, en señal de respeto a su duelo, recuerdo ‘el gaitero de Gijón’, en los estremecedores versos escritos por Ramón de Campoamor :

                      Ya se está el baile arreglando.


                      Y el gaitero, ¿dónde está?


                      «Está a su madre enterrando,


                       pero enseguida vendrá».


                      «Y ¿vendrá?» «Pues ¿qué ha de hacer?»


                      cumpliendo con su deber.


                      Vedle con la gaita…, pero


                      ¡cómo traerá el corazón


                      el gaitero,


                    el gaitero de Gijón!

Rui Bento, esa semana, con el dolor vivo en sus entrañas y el alma rota por la madre que se acaba de marchar a la eternidad, empezaba a trabajar para que Juan del Álamo, su torero, sumara nuevos compromisos de cara a la próxima temporada. Lo hacía después de estar una semana en Lima para comparecer en la Feria del Señor de los Milagros, ya con los planes del 2018 trazados y, desde el regreso, puesta a funcionar la maquinaria cuando, al igual que le ocurrió al gaitero de Gijón en los versos de Campoamor recibió la llamada telefónica de Juan del Álamo para decir que de dejaba, que rompía la relación de manera unilateral.

Y Rui, en la soledad, sintió la impotencia propia ante esa injusticia, inmerecida a quien tanto ha trabajado para administrar los triunfos de Juan del Álamo y que sea un torero de ferias en esta época tan complicada de la Fiesta. Cuando en las ferias se repiten siempre los mismos nombres y ya ni los triunfos contundentes de San Isidro son el salvoconducto para auparse al pedestal de las figuras. Y Del Álamo, tuvo quien le administrase su legítimo triunfo para no perder comba y seguir contando, mientras Rui defendía sus dineros y prestigio en los despachos con la categoría y señorío de un profesional tan digno y honrado como él. Con una hoja de servicios que supera los treinta años y en todos ha estado presente la dignidad. Y el señorío.

Ahora, Juan del Álamo ha decidido otro rumbo. Seguramente lo ha hecho dejándose llevar por los cantos de sirena de gente interesada que está ahí al calor del éxito. Gente que desaparece cuando se va el triunfo y el sol de la popularidad que deja de calentar. Ojalá me equivoque, pero a bote pronto no va a mejor sitio del que estuvo y no se tenga que arrepentir algún día de este paso que ha dado. Y hoy, otra vez más, nos acordamos de tantos toreros que les calentaron la cabeza y fueron equivocados en sus carreras por el interés del algún amigo recién llegado, casi siempre al imán de la popularidad que envuelve a un torero.

Mientras mi solidaridad con Rui, más aún en estos momentos de dolor con el alma rota por esa madre que le dio la vida y acaba de recibir tierra.

                            No vio una madre más bella


                            la nación del sol poniente…


                            pero ya una losa de ella


                            le separa eternamente.


                            ¡Gime y toca! ¡Horror sublime!


                            Mas, cuando entre dientes gime,


                           no bala como un cordero,


                            pues ruge como un león
el gaitero,


                          el gaitero de Gijón.

Coletilla final: Nada es eterno y todo se acaba, eso lo entendemos. También que la mayoría de los toreros un buen día deciden cambiar de aires, pero lo importante es saber hacerlo con categoría. Y ahí tras la ruptura queda la amistad. Sin embargo ahora se dice siempre “de forma amistosa” y la realidad es que casi siempre se está falseando la verdad. Porque las cosas con señorío engrandecen a la persona.