Archivo por meses: septiembre 2020

‘Fado entre encinas’, en las librerías

Fado entre encinas es la última obra de Paco Cañamero, la número 31 de su particular bibliografía. Se trata de una novela basada en hechos reales. A lo largo de sus 215 páginas narra la tragedia ferroviaria sucedida en la estación del Villar de los Álamos (término municipal de Aldehuela de la Bóveda, en pleno Campo Charro).

Es también una crónica social de aquel diciembre de 1965 a través de los diferentes parajes donde discurre la obra: París, Irún, Estoril, Salamanca, Aldehuela de la Bóveda, Ciudad Rodrigo, La Fuente de San Esteban, Fuentes de Oñoro, Vilar Formoso, Pinhel, Freixo da Espada Á Cinta, Guarda, Viseo, La Fregeneda, Vitigudino… localidades todas ellas vinculadas a través del accidente ferroviario que dejó una profunda huella en la provincia de Salamanca.

En la obra aparecen infinidad de personajes de la época, además de muchos de los que colaboraron y protagonizaron una brillante labor, ejemplo de la Guardia Civil, personal de Renfe, Cruz Roja… y por encima de todos la encomiable labor del personal médico y laboral del Hospital Provincial y Residencia Sanitaria de la Seguridad Social Virgen de la Vega.

El libro, que tiene un precio de 19.50 euros ya se puede adquirir en las principales librerías y si alguien está interesado en el él y desea recibirlo en su domicilio no tiene más que mandar un correo a la siguiente dirección:

fadoentreencinas@hotmail.com

Paquirri, más allá de la leyenda

En el recién estrenado otoño de 1984 éramos unos adolescentes. Treinta y seis años atrás cada nuevo amanecer te descubría cosas que daban paso a un mundo lleno de ilusiones. Bebías la vida a sorbos e, ingenuamente, no querías más que pasasen un tiempo más para ser grande. Sin embargo ya había ideas amarradas al sentimiento y desde mucho tiempo atrás la Fiesta era la pasión que guiaba tantas inquietudes. Las tardes de toros en la feria de Salamanca –ví por torear a Paquirri días antes de su tragedia cortando la oreja a un atanasio– eran un acontecimiento y como tal se le daba máxima categoría.

También la feria de Plasencia, San Pedro de Zamora, Santa Teresa en Ávila, San Mateo en Valladolid o alguna tarde de San Isidro quedaban apuntadas en el calendario viajero de esa época, ya lejana, cuando un torero sobre el resto gozaba de todas las preferencias: Julio Robles. Sí, por Robles en aquella época discutía con cualquiera. También por Antoñete y mira que los dos andaban tan picados después de aquel quite en Madrid tan glorioso para la Fiesta y que dejó infinidad de emociones. Y desde luego que también por Juan José, el gran torero de La Fuente de San Esteban, recientemente desaparecido.

En medio de aquel tiempo, también controvertido y con muy buenos toreros, no pasaba inadvertido Paquirri, quien más allá de ser un extraordinario profesional era un personaje altamente mediático. Sí, aquel Francisco Rivera, hijo de un modesto torerillo de la Andalucía pobre y que en el toro encontró la salida natural para abrazarse al éxito y a las comodidades. Quedaba su vida en papel couché tras matrimoniar con la guapa Carmina Ordóñez, la hija del maestro Antonio Ordóñez y padre de sus dos hijos toreros, Francisco y Cayetano. También la tormentosa separación y  posterior boda con Isabel Pantoja. Y mientras tanto dando la cara para defender su sitio de figura pendiente de que a los suyos no faltase nada y siendo un caballero respetado por quien lo trató, legado que permanece vivo treinta y cinco años más tarde.

Parecía que Paquirri era inmortal y no había vaca en los campos bravos que pariera toro para acabar con su vida. De aquel Paquirri, torero con una casta y un amor propio como  pocos. Además era un hombre que rompía las pantallas y prototipo del triunfador nacido en cuna humilde, reflejo tantas veces de los mitos de la Fiesta. Por eso, cuando aquella noche el telediario de las 21 horas de TVE anunciaba la gravedad del percance, toda España se estremeció, aunque nadie podría imaginar que minutos después fallecía al entrar al hospital militar de Córdoba, concretamente a las 21.40 tras una infernal viaje desde Pozoblanco. Sin embargo, la verdadera consternación llegó al comunicarse la noticia de su muerte; entonces un velo negro cubrió a la afición taurina y también a la sociedad española que no daba crédito a la noticia.

España perdía a uno de los reyes del toreo, que venía a caer en otra plaza de pueblo. Al igual que Joselito en Talavera; Sánchez Mejías en Manzanares; Manolete en Linares. Moría Paquirri y llegaba su leyenda, hoy viva más allá de lo que fue en los ruedos. Y eso que en la arenas fue un rival duro de batir sin arredrarse jamás ante los grandes toreros de los sesenta; ni con los vinieron después para que nadie le arrebatase su mando en la plaza. Porque ahí estuvo la verdadera razón de Paquirri gracias a la raza y amor propio de quien rompió moldes sociales y en aquel estrenado otoño de 1984, cuando aún éramos unos adolescentes, con su tragedia comprendimos la gran realidad de la vida.

‘Jesús Marcos e Hijos’, 90 años de un símbolo del Campo Charro

El nombre de ‘Embutidos Jesús Marcos’ está arraigado a la calidad cárnica de una firma representativa de la provincia charra. De un icono industrial del Campo Charro que, en este 2020, celebra su noventa aniversario y deja atrás una larga senda de nueve décadas marcadas por el trabajo bien hecho. Tres generaciones de la familia Marcos lo han hecho posible y ellos son un ejemplo de creación de empleo y riqueza en la Salamanca rural.

Todo comenzó en 1930 cuando José Marcos Corredera, un avispado joven natural de Espeja, traza los primeros pilares de la que acabará siendo una empresa modélica. Entonces, José Marcos, llega a La Fuente de San Esteban para trabajar de escribiente en la fábrica de harinas ‘Bernardo Olivera’,  situada en la estación del ferrocarril de esa localidad y puntera en el sector.

Allí, los horizontes comerciales de José Marcos -quien el año anterior ha regresado de Argentina, tierra a la que emigra siendo aún menor de edad- se amplían. Su inquietud natural pronto lo lleva a compartir su trabajo en la oficina de la harinera con los inicios en el mundo de las cárnicas de porcino. Entonces, en el escenario de aquel 1930 inicia en un local de su propiedad las primeras matanzas. Y a la par empieza las ventas de tocino, de carne y también comienza a fabricar los primeros embutidos con las recetas caseras. Es la primera piedra de lo que acabará siendo una destacada industria.

Poco a poco la apuesta personal de un hombre emprendedor comienza a crecer gracias a la calidad de sus productos y la enorme visión comercial le amplía horizontes; primero en La Fuente de San Esteban y a la par en los pueblos de comarca, a pesar de los convulsos años que llegan para España y desembocan en la Guerra Civil, época que se mantiene con plena actividad. Finalizada la contienda llega la expansión y en 1943 abre las puertas la primera fábrica, ya con licencia de matadero y en vigor su primer registro sanitario. Son los años cuarenta y el nombre de ‘Marcos’ es sinónimo de calidad, con su fundador, a quien se conoce por el señor Pepe, al frente del timón y trabajando de sol de sol. Pronto acceden a nuevos mercados y en 1950 inaugura una nueva fábrica, a la par que también una tienda al lado de la Plaza Mayor de La Fuente de San Esteban. Por esa época, el señor Pepe encuentra la fundamental ayuda de su hijo Jesús, quien se incorpora a la empresa y, desde ese instante, ambos conforman un tándem que dará alas nacionales a esta firma enraizada y asentada, entonces, en La Fuente de San Esteban.

A la derecha, José Marcos Corredera, fundador de la empresa; a la derecha su hijo, Jesús Marcos Entisne.

Transcurre el tiempo  con la calidad siendo la mejor garantía de una firma que crece y cada año requiere mayor número de mano de obra, a la par que se hace necesaria la ampliación de las instalaciones. Entonces, en 1979 se construye la nueva fábrica, de cuatro plantas dotadas con la mejor tecnología de la época, modernos secaderos y una flota propia de camiones para repartir el género que es distribuido en toda España, desde la totalidad de Levante, Andalucía, Madrid, la cornisa cantábrica, Cataluña… Son tiempos de esplendor, de referencia sectorial y solamente tres años después llega otra importante ampliación de las instalaciones.

Instantáneas tomadas en los primeros años e la pasada década de los 70, en tiempos de plena expansión.

Fallecido el señor Pepe en 1985, la responsabilidad de la firma queda en manos de su hijo Jesús en el escenario de una época brillante, con el nombre herrado por el sello de la distinción y presente prácticamente en todo el país. Pocos años más tarde  se abre el telón a la nueva generación familiar con la llegada, en 1989, de Jesús Mari, quien actualmente ostenta la dirección general; más tarde, en 1993, accede Luis Alberto y en 2004 lo hace Carlos, mientras que José Pedro llega en 2008.

Vista de una zona de secaderos de la nueva fábrica, ubicada en el polígono industrial de Martín de Yeltes.

Con la tercera generación al frente, este ejemplo de empresa familiar vive otro momento histórico al construir en 2009 -pocos años más tarde fallece Jesús Marcos- una nueva fábrica en el polígono de la localidad de Martín de Yeltes, a tres kilómetros de las antiguas instalaciones. La nueva factoría de 5.000 metros cuadrados repartidos en una planta es otro modelo de las industrias cárnicas. También, fieles a su filosofía, está dotada con la mejor tecnología de la actualidad y cuenta con un censo que supera la veintena de trabajadores, todos ellos procedentes de municipios de la zona.

Mientras tanto, sus exquisitos productos ibéricos (chorizo, salchichón, jamón, lomo…) con la especialidad que demandan los tiempos, siguen siendo un símbolo de calidad. Porque esta firma es un orgullo gracias a estas tres generaciones de la familia Marcos que lo han hecho posible y son un ejemplo de creación de empleo y riqueza del Campo Charro.

Cuando Chicuelo se hizo torero en campos de Salamanca

Comenzaba la segunda década del siglo XX, ya con José y Juan coronados como reyes del toreo y escribiendo una gloriosa época que ha pasado a la historia como la Edad de Oro, cuando en los campos de Salamanca se curtían cuatro chavales que conmocionaron, taurinamente,  a la provincia y tierras limítrofes, hasta lograr que su fama se extendiese en todo el ámbito nacional. Por entonces, nadie quedaba indiferente ante la torería de Eladio Amorós, nacido en Madrid, pero de residencia salmantina, ciudad donde se crió y sus padres regentaban una zapatería llamada La Revoltosa en la Plaza Mayor, de ahí que en sus inicios fuese acartelado como El Chico de La Revoltosa; del artista sevillano, nacido en el mismo barrio de Triana, Manuel Jiménez Chicuelo; del genial jerezano Juan Luis de la Rosa y de un chavalín valenciano que, además, era una eminencia tocando el violín y se llamaba Manolo Granero.

Durante muchos años se habló de sus gestas y para el recuerdo han quedado multitud de festejos que protagonizaron. Como aquella novillada celebrada en Guijuelo, con Eladio Amorós, Manolo Granero y Juan Luis de la Rosa, quienes lidiaron reses de Coquilla y su actuación causó una auténtica conmoción en toda la comarca, transmitiéndose el testimonio de esa tarde de padres e hijos con verdadera pasión. ¡Y no se cortó una sola oreja!

Chicuelo, junto a Granero y Juan Luis de la Rosa

Pasado el tiempo, excepto Eladio Amorós, que se quedó en el camino y acabó de banderillero en la cuadrilla de su hermano José, los demás fueron grandiosos toreros con carreras muy diferentes y suerte controvertida. Porque a Manolo Granero, cuando ya era figura y soñaba con comprarse una finca en Salamanca, siendo el más digno sucesor de Joselito, lo mató un toro en la plaza de Madrid; a Juan de la Rosa, que protagonizó una carrera de idas y venidas, sin alcanzar el techo que sus condiciones pronosticaban, además de tener una pésima espada, sumado a la vida muy desordenada, más pendiente de la fiesta y de las mujeres que de la profesión, acabó asesinado en Barcelona en plena Guerra Civil, por un lío de faldas, como fue el sino de su vida. De los tres fue Chicuelo quien fue dueño de una carrera más larga, protagonizando páginas memorables e históricas y siendo uno de los toreros que dio un paso adelante en la evolución de la propia Tauromaquia.

 

El pasado sábado se celebró el centenario de la alternativa de Chicuelo y también de De la Rosa, ambas en Sevilla, que entonces tenía dos plazas, acontecimiento del que se han referido los medios al ser una efeméride tan señalada. Chicuelo lo hizo en La Maestranza y Juan Luis de la Rosa en la Monumental que inspirase Joselito, con una diferencia de media hora y donde hubo un testigo que estuvo presente en los dos acontecimientos, el famoso periodista Gregorio Corrochano, quien dio fe en las páginas de del diario ABC.

Sin embargo hay otro hecho destacadísimo que ha pasado de largo en la biografía de ambos casos y nadie lo ha recordado, especialmente de Chicuelo. Se trata de la larga época que pasaron en Salamanca,un lugar  tan importante para ellos y que les dejó infinidad de vivencias y numerosos amigos en esta tierra. Chicuelo llegó por primera vez en el invierno de 1915 de la mano de su tío Zocato, un viejo banderillero y que lo quería como a un padre, porque el suyo había muerto siendo aún un niño. Aquí pronto encontró afecto en la finca de Buenabarba, al lado de San Muñoz y más tarde en la cercana de Tejadillo, al igual que en Terrones, Coquilla, Matilla…, donde los ganaderos don Andrés Sánchez –quien quiso a Chicuelo como a un hijo-, don José Manuel García, don Santiago Sánchez, don Paco Coquilla, don Graciliano Pérez-Tabernero le abrieron de par en par las puerta de sus casas para facilitar que se instalasen en la provincia y vivir una etapa pletórica. Porque Chicuelo era un chaval que, además de un torero genial, se hacía querer.

Plaza de Tejares, promovida por el marqués de Llen y derribada en los 50

Por entonces, Chicuelo, llegó a ser tan popular en Salamanca que hasta se fundó el Club Chicuelo (lo que hoy son peñas taurinas), situado en la viejo Café Suizo de la calle Zamora, con tan apasionados seguidores que fletaban trenes especiales cuando toreaba en Guijuelo, Béjar, Peñaranda, Zamora, Valladolid, Medina, Toro, Plasencia… Porque Chicuelo en Salamanca gozó de máximo cartel en sus tiempos de novillero, en medio de unos acontecimientos que han quedado recogidos en la solemne pluma del crítico charro José Gómez El Timbalero, uno de los inventores de la crítica moderna que dejó su magisterio impreso en El Adelanto, hasta que recién comenzada la Guerra ‘in’ Civil fue fusilado en la soledad del monte de La Orbada. El Timbalero siempre fue muy chicuelista y también muy seguidor de De La Rosa, desesperándose al ver cómo se quedaba en el camino ese muchacho jerezano que atesoraba tan buenas condiciones. Después acabaría siendo compadre de Juan Luis de la Rosa de una curiosa forma. Y es que en una ocasión que toreaba en Zaragoza y él se había desplazado a la capital del Ebro para cubrir su Feria del Pilar le comunicaron que acababa de ser padre; esa misma noche, envuelto en la felicidad y al encontrarse en la calle con Juan Luis de la Rosa se lo comunicó y éste se ofreció ser el padrino. Después, la gran pena fue que ambos compadres, el genial crítico y el torero, muriesen de manera trágica y tan jóvenes aún por aquella locura de la Guerra ‘in’ Civil.

De Chicuelo basta decir que la primera vez que vistió de luces fue en la vieja plaza de Tejares (era igual a la de Ledesma y permaneció hasta la década de los 50, cuando fue derribado al construirse la variante de la línea férrea a Portugal) el día de San Juan de 1917 con llenazo y reventa para disfrutar de ese chaval sevillano que tenía el don del arte afiligranado. Después, ya de matador de toros, en varias ocasiones Chicuelo toreó en la feria de septiembre y aprovechaba la estancia en la ciudad para disfrutar de tantas amistades como contaba, además de brindar toros a esos ganaderos que tanto le ayudaron o a algunos apasionados aficionados, ejemplo del señor Paulino, fundador de la joyería de la Plaza Mayor que llevó su nombre y de quien fue gran amigo, al igual que el afamado joyero antes también lo fue de Manolo Granero, a quien colmó con el regalo de un violín cuando lo escuchó por primera vez, para sustituirlo por el antiguo que traía de su época de estudiante en el conservatorio valenciano.

Además, en la historia del toreo, en un lugar privilegiado quedó la faena al toro Corchaito, de Graciliano Pérez-Tabernero, acontecida en la vieja plaza de Madrid y que para muchos ha sido la primera faena del toreo moderno, de la que dijeron que cada muletazo era un a alarido. Tras su retirada y hasta el final de su vida, falleció el último día de octubre de 1967, entristecido y abatido de un dolor que ya nos superó tras la muerte de su esposa, la cupletista Dora La Cordobesita siempre le encantó hablar y recordar su pasado en tierras charras. Y allí, cuando llegaba la Feria de Abril era feliz acudiendo al encuentro de los ganaderos charros que viajaban a Sevilla, a quienes preguntaba por sus amistades, porque era un hombre bondadoso, de sencillez en las formas, con gracia en sus palabras. Y sobre un torero grandioso y colosal que fue un peldaño fundamental en la Tauromaquia moderna.

 

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La muerte y gloria de Antonio del Castillo en Masueco de la Ribera

La trágica vida del novillero Antonio del Castillo traspasó fronteras. Nacido en la localidad sevillana de Alcalá de Guadaira encontró la muerte en la plaza salmantina de Masueco de la Ribera, en agosto de 1952. Poco tiempo después, la artista Concha Piquer inmortalizó su vida y sueños en su Romance de Valentía. Aquí os cuento su historia.

Antonio del Castillo quería triunfar en los ruedos para indultarse de la cruel dureza de la Andalucía pobre que lo vio nacer. Hijos de braceros que trabajaban de sol a sol por un mísero jornal en aquella Alcalá de Guadaira enlutada y triste por los horrores de la Guerra Civil. Esa Alcalá de Guadaira, desde la que asomaba La Giralda que coronaba los cielos de Sevilla. La misma Sevilla que se vestía de luces cuando toreaba Pepe Luis Vázquez y los aficionados soñaban con la genialidad de Pepín Martín Vázquez, quien tras la gravísima cornada sufrida en Valdepeñas -en vísperas de la mortal de Manolete, en Linares- ya no encontró su sitio y aún se vertían lágrimas por aquel ilusionante Pascual Márquez, a quien llamaban El Tesoro de la Isla y falleció en mayo de 1941, días después de la brutal cornada recibida el pecho por un Concha y Sierra, en la plaza de Madrid.

Antonio del Castillo, pobre de solemnidad y sin otro futuro que ser jornalero, descubrió siendo un chaval que solamente en el toreo podían cambiar el reverso de su existencia. Y podría ser aclamado por las gentes, obsequiar con una vivienda digna a sus padres, ir a entrenar al complejo Piscina Sevilla con los Vázquez, con Pepín; con el joven Antonio Ordóñez, que ha roto en torero de postín; con los excelentes banderilleros sevillanos donde sobresalía la estampa agitanada de Joaquín Delgado Joaquinillo. Y ser un hombre querido  y respetado con esa distinción única de los toreros.

Decidido en su empeño y sin más compañía que su ilusión, ayuno de técnica o conocimientos, emprendió el camino de las capeas de La Mancha y Guadalajara, haciendo hasta alguna noche la luna, donde evitaba ser descubierto por los vaqueros ante el peligro de recibir una paliza e incluso de la Guardia Civil con el reflejo de la luna en el charol del tricornio-, hasta que un buen día conoce a Pavesio, un banderillero radicado en Salamanca. Pavesio lo anima a irse a esa tierra, de tanta tradición ganadera, con festejos en todos sus pueblos y así aprovecha para echar un buen verano y tener un sustento, o ser visto por algún influyente taurino que le de la oportunidad. No se lo piensa y, animado por la ilusión de torear para cambiar el sino de su vida, colándose en el tren llega un buen día a Salamanca, desconocida para él, siendo el dueño de la noche y el día.

Salamanca era todo un mundo para él y en ella conoce el esplendor ganadero de los Pérez-Tabernero, de Galache, de Cobaleda, de los Sánchez Rico, los Muriel… y todos los de segunda, porque en esa época en el Campo Charro embisten hasta los moruchos. Hay además un buen plantel de toreros y pronto empieza a acudir a los festejos con el propio Pavesio, con Fernando El Latas, con Valentín Cano Jerte, un banderillero curtido con técnica y valor; también con Dionisio Toreri, madrileño instalado en Salamanca que torea magistralmente de capa y tras la falta de oportunidades empieza a dar sus primeros pasos de banderillero. También en Salamanca lo orienta muchas veces el señor Primitivo Lafuente El Primi, banderillero de Zaragoza a quien sorprende la Guerra Civil en Salamanca –curándose de una cornada sufrida semanas antes en el pueblo de Parada de Rubiales- y aquí se queda para siempre, siendo padre de dos hijos que quieren ser toreros llamados Victoriano y Adolfo. El Primi además organiza la mayoría de los festejos de la provincia y está muy vinculado a Florentino Díaz Flores, otro antiguo torero llamado que se busca la vida en diferentes negocios y en todo lo que tiene que ver con el toro.

En esa Salamanca que abre el telón de la década de los 50, plena de dificultades y sueña con salir adelante, el aspirante a torero sevillano Antonio del Castillo, que además es un muchacho con muy buen porte, sueña con la gloria y toma parte en distintos festejos, además de las capeas celebradas en la provincia, ganándose pronto fama de torerillo valiente entre los aficionados y el respeto de los profesionales, porque el muchacho de Alcalá de Guadaíra quiere triunfar en los ruedos y sale a darlo todo.

Una de esas ocasiones donde es acartelado su nombre es en las Fiestas del Toro, en honor a San Bernardo de Masueco de la Ribera, localidad situada muy cerca de Aldeadávila de la Ribera, que siempre rinden culto al toro, al igual que en la mayoría de los pueblos de esa Ribera salmantina en esas jornadas de tintorro y diversión. Inicialmente va a torear Adolfo Lafuente, el hijo del Primi, que está comenzando en el toreo, pero el progenitor al ver los tres pavos que se van a lidiar, muy corraleados y corridos por varios pueblos -adquiridos a Saturio Ramiro, un tratante de Villavieja de Yeltes muy relacionado con los ganaderos de su pueblo y previamente se los habían comprado a sus paisanos Hermanos Ramos, Dionisio Rodríguez y el procurador de los Tribunales Rogelio Miguel del Corral-, decide que no vaya su hijo Adolfo y ofrecen el sitio a Antonio del Castillo, más hecho y curtido para esta ocasión, aceptando este con gran agrado, porque sabía que en esa comarca los alcaldes eran muy generosos con los toreros y en esta ocasión sabía que le iban a pagar 1.500 pesetas, con lo cual podría mandarle algo a su padre y tener asegurada la pensión de varias semanas.

Eran el día 19 de agosto, víspera del festejo y la cuadrilla integrada por el propio Antonio del Castillo, los banderilleros Pavesio, El Latas y Jerte llegan a Masueco en el autobús de Mariano Bautista, que hace la línea regular desde Salamanca. Enseguida la entusiasmada chavalería corre detrás de la tropa torera, ataviada con sus trebejos y los acompaña hasta la posada de José Gómez, a quien llaman el tío Botero, donde se instalan, compartiendo cuartos y alcobas con otras pintorescas cuadrillas, las de almendreros y músicos. Masueco, que hace esas fechas un alto en la labor de las tareas agrícolas, en las que trabaja casi todo el pueblo y ya espera la vendimia, vive con desbordada pasión las fiestas y esa noche del 19 en el baile animan al torero protagonista, a quien invitan a charras de vino y se ofrecen varios mozos a sacarlo en hombros tras el triunfo; mientras otros le dicen que se arrime, porque si no se arrima acabará en la fuente del Cachón, donde no sería el primer torero en ser arrojado.

En este lugar se ubicaba la plaza donde encontró la muerte del novillero sevillano.

A buena hora marcha para la pensión y el día siguiente, el del 20 discurre con normalidad, yendo a visitar la plaza donde por la tarde mataría los toros y tratando de familiarizarse con aquel improvisado coso levantado detrás de la iglesia, ya en el camino de Corporario. Los toros, de impresionante lámina permanecieron hasta la hora del festejo en el camión de Los Macines, transportistas de Vitigudino, donde la mujer de uno de ellos, Isa de la Cruz La Macina, marcó historia como adelantada a su tiempo al ser la primer mujer que se vio conducir camiones en esa zona de la provincia -coches conducía antes Inés Luna Terrero La Bebé-.

A la hora anunciada, las cinco de la tarde y con la plaza abarrotada bajo un calor infernal, mientras desde el Ayuntamiento se disparaban varios cohetes que indicaban el comienzo, los toreros hacen el paseíllo embutidos en desvencijados ternos, ya con las luces fundidas de tantos usos. Abierta la puerta de chiqueros sale el primer toro, cuya lámina impacta aunque en esos pueblos guste de llevar toros grandes y cornalones, donde tras dar un par de vueltas pronto sale Antonio del Castillo a saludarlo, quien es arrollado en el segundo lance y empitonado. Aún pudo levantarse con el gesto dolorido y echándose las manos a la herida que sufría en el triángulo de escarpa y de la que manaba abundante sangre, los peones y varios mozos lo recogen para llevarlo al Ayuntamiento, donde el médico del pueblo, ayudado por el practicante y el boticario intentarían salvar la vida. Uno de aquellos mozos era el seminarista Jesús Carretero, de Aldeadávila de la Ribera, personaje con una vida de novela que más tarde abandonaría la sotana para entrar en la Guardia Civil y no tardando mucho hizo lo mismo con el tricornio convirtiéndose en contrabandista; años más tarde alcanzó al alcaldía de Aldeadávila de la Ribera para hacer una grandiosa labor en esta localidad. Y siempre con su pasión taurina a gala, como ejemplo fueron aquellos festivales de figuras que programaba casa Sábado de Gloria y colocaban el no hay billetes en esa localidad.

Sobre la mesa del Ayuntamiento improvisada como camilla agonizaba Antonio del Castillo, quien recordaba a sus familiares y a su pobre madre fallecida años antes, mientras trataban de atajar la hemorragia. Una vez contenida y dada la extrema gravedad de la situación, se precisó que lo mejor era trasladarlo a Vitigudino, con más medios, por lo que gracias a la disposición del boticario que disponía de un vehículo, un Fiat Balilla, se realizó el traslado, acompañado por el médico del pueblo. El herido pronto comenzó a balbucear palabras que no podían entender, mientras un sudor frío recorría de su cara a la  vez empalidecía en el momento que atravesaban El Milano, donde Antonio del Castillo expiró a pesar de los intentos de reanimación que le realizaba el médico, mientras trataban de alcanzar el destino en aquella tortuosa carretera

Ya en Vitigudino no pudieron más que certificar su defunción, mientras la noticia se extendía por todo el pueblo causando una tremenda conmoción y arremolinándose la gente en el centro médico, también los chiquillos, donde uno de ellos, Santiago Martín Sánchez, hijo del señor Baltasar Machorro, el carretero, no perdía detalle de todo aquello, impresionándole la historia de ese muchacho que acababa de perder la vida y cuyo cuerpo yacía ahí mismo. Aquel Santiago Martín Sánchez, años más tarde, con el nombre artístico de El Viti sería una leyenda del toreo.

Caída la noche en un Vitigudino conmocionado no tardaron en llegar los compañeros que hicieron con él su último paseíllo en Masueco, mientras que la noticia de esta tragedia se extendía por toda la provincia y la propia capital, donde en el bar Federico, el más frecuentado por los torerillos, al enterarse quedaron impactados los camareros y clientes que esa noche agosteña llenaban el bar.

  • ¡A Antonio del Castillo lo ha matado un toro en Masueco de la Ribera!

Durante la madrugada fue velado por sus compañeros y algunos vecinos de Vitigudino en el depósito municipal, hasta que al día siguiente, 21 de agosto, recibió sepultura en el mismo cementerio de Vitigudino, tras un funeral llevado a cabo en su iglesia de San Nicolás de Bari al que asistió gran parte del vecindario y a la finalización se realizó una colecta para enviarle a sus familiares, quienes dadas las carencias de la época y su falta de recursos, imposibilitaron que pudieran venir al entierro. Si lo hicieron unos meses más tarde, para postrarse, llorosos, antes la tumba de aquel Antonio del Castillo que vivió y murió para ser torero.

Impactado de su trágica muerte del novillero de Alcala de Guadaira en tierras de Salamanca, el gran poeta sevillano Rafael de León, quien junto a sus socios de letras Antonio Quintero y Manuel Quiroga, le escribía las canciones a Concha Piquer, máxima figura de la copla, tuvo conocimiento de la desgracia escribía un bello poema que, poco más tarde, Concha Piquer lo popularizó en Romance de Valentía, uno de sus grandes éxitos que hizo emocionar a los públicos en todos los espectáculos del mundo.

Romance de Valentía (por Rafael de León).

«Todas las noches saltaba

sin miedo la talanquera

y a cara y cruz se jugaba

al toro la vía entera.

Quizá fuera colorao

el buré que lo embistió

y mordiendo su costao

malherido le dejó.

Romance de valentía

teñido con luna blanca

y sangre de Andalucía

en campo de Salamanca».


¡Únanse y actúen ya, taurinos!

El mundo del toro agoniza en la particular UCI a la que ha sido condenado por esta cruel pandemia que asola a la sociedad, invadida por tanto luto, dolor y ruina como ha traído. Hoy, la Tauromaquia, se debate entre muchas preguntas sin respuesta y la única realidad es ver la mayoría de las plazas cerrada y, cada día, cientos de toros bravos camino del matadero, al encuentro de una muerte fría y triste, lejos de la grandeza que le tenía guardada su raza.

La práctica totalidad de los profesionales taurinos viven en la incertidumbre ante el incierto futuro que les espera y contemplando la suspensión de las ferias, sin que ya a casi nadie se le escape que, a no ser que haya un milagro con la llegada de la deseada  vacuna, la temporada 2021 es una incógnita. Sumado a ello el agravante que los próximos años estarán marcados por esta pandemia y el miedo de la sociedad a acudir a estos masivos.

Ahora, los profesionales –toreros, banderilleros, picadores, mozos de espadas, transportistas, empresarios, veedores, personal administrativo, cuadras de caballos, taquilleros…- cargan con el tremendo peso de no saber qué ocurrirá con ellos. Con un sector totalmente desamparado, ninguneados por la Administración para cobrar el paro o el ERTE, al igual que otros colectivos. El taurino es un sector ignorado también por el actual Gobierno, que ha demostrado despreciar al sector.

Mientras tanto se agota el vaso de la paciencia y ya los taurinos, en su defensa, han iniciado algún intento de escrache para hacerse notar y dar un golpe en la mesa de la reivindicación. Ante el estado de necesidad, la espera no puede demorarse más, porque cientos de familias ya abrazan al terrible drama de no tener recursos económicos. O lo que es igual, de estar casi pasando hambre y cada día se le hace un poco más arriba su subsistencia.

Ante el abandono de la Administración ha llegado el momento de hacerse escuchar y es de justicia. Nadie debe olvidar la enorme aportación que llega cada año al Tesoro Público a través del arte taurino y jamás ha revertido en nada, únicamente en la migaja de los 60.000 euros destinados al Premio Nacional de Tauromaquia. Por otro lado, no se puede dejar a la buena de Dios y tirados a tantos profesionales, cuando el Gobierno Central ha atendido a todos los colectivos laborales  necesitados. Ahora, los de luces, son los más necesitados al vivir sin ingresos para llenar la despensa  de la vida. Y más que nadie modestos toreros, banderilleros, picadores, mozos de espadas y el resto de profesiones que conforman este mundo, además del terrible drama de los ganaderos, muchos de ellos planteándose dejar la deficitaria cría del bravo por el más rentable ganado de carne. 

Ha llegado el momento de salir de las casas y hacerse notar en las calles. Dar la vuelta a la situación a un sector que fue tanto de dar y nunca de pedir. Ellos, los taurinos han sido los primeros en estar ahí cuando se les necesitaba para ayudar en un bien social. Han sido miles los festivales y los capotes que han echado. Nunca se han escondido si alguien tenía dificultades o para mermar los daños de las tragedia. Siempre con señorío, con verdad y jugándose la vida por los demás. De hecho, a muchos de los toreros más veteranos les gusta decir que eran poseedores de la Gran Cruz de la Beneficencia, concedida por haber tomado parte en más de 25 festivales benéficos. Esa distinción desapareció en 1978. A través de esa forma de ayudar nacieron infinidad de festivales y algunos alcanzaron a reconocida fama, ejemplo el de Las Hermanitas de Salamanca, el de Chinchón; el de Navidad, en Barcelona… Y esos festivales, además, tenían la grandeza que en muchos de ellos actuaban viejos toreros, ya retirados, quienes destapaban su arte para añoranza de sus seguidores. 

Y ante la ignorancia del Gobiernocon este triste desamparo, el sector debe hacerse escuchar. Porque entre los profesionales del toro ahora hay verdadera necesidad, con la tristeza de ver a corto plazo un futuro tan oscuro y lleno de interrogantes. 

De ENRIQUE PONCE a Kike

Enrique Ponce sigue acaparando titulares de la prensa rosa tras la vuelta que ha dado a la rosca de su vida. Desde que anunció su separación, el gran torero valenciano, que siempre alzó la bandera de la discreción y fue un modelo en su vida familiar, se ha echado la manta a la cabeza en un intento de desenrollar tres décadas de su vida. E intentar volver a ser un veinteañero mientras navega contra la corriente de la vida al lado de Ana Soria, la jovencita almeriense de la que se ha enamorado.

Nadie pudo imaginar que un hombre como Ponce acabaría perdiendo los papeles de esta manera. Más aún cuando antes ha habido ejemplos de otros diestros que echaron a perder parte de su grandeza por entregarse a las oscuras nieblas del amarilisimo, con sus puñaladas por la espalda y las habituales traiciones. Ahí está el ejemplo de Ortega Cano, grandioso torero, a quien apenas respeta nadie ajeno al toreo por su parafernalia habitual en las televisiones y la comedia que ha transformado su vida privada. O el de Jesulín de Ubrique, quien en su cresta de la ola se salió del surco del toreo con sus alocados gestos. Después, Jesulín reapareció toreando mejor que nunca y siendo un prodigio del temple, pero ya apenas le hicieron caso, porque la gente estaba más pendiente del ‘otro’ Jesulín.

Ahora, Ponce sigue esos pasos, convertido en la diana del marujeo, porque todos los días entra en los hogares a través de la prensa cotilla, ya lejos de sus éxitos en el ruedo (el Ponce torero de hoy está muy lejos de la exigencia que  tuvo en el ruedo). Y hoy la noticia es la última salida del torero, de una foto acaramelado con su jovencita novia, navegando por las aguas mediterráneas, chiquilleando en un cocodrilo de feria o cantando ante una pandilla de yogurines (que luego lo traicionan para decir entre ellos que estar con Ponce es como sacar de fiesta a su padre).

Y mientras, el torero de Chiva echa por tierra tantos años de prestigio, al otro lado, su mujer Paloma Cuevas y su familia, con el gran Victoriano Valencia al frente, dan otra lección de señorío y saber estar, seguramente aún con la sorpresa en sus adentros al ver la transformación sufrida por quien fue un hombre ejemplar. Y ojo, que cualquier matrimonio se puede romper, pero siempre sabiendo sujetar las riendas con la clase y elegancia que se le presume. Porque lo que es normal es bajarse de la seriedad ante un amor joven que lo ha sacado de sus casillas. Y ahí Ponce, que presumió de listo debía haberse mirado en el ejemplo de otros compañeros que han sido un ejemplo en su vida privada y también tiene muchos más años que sus parejas, sin ir más lejos el maestro vallisoletano Roberto Domínguez, todo un señor.

El tiempo pasa y lo peor de esta patética página es que Ponce, a quien nadie le va a quitar sus méritos logrados en el ruedo, cada tiene más papeletas en la vida para acabar siendo otro juguete roto. Es muy triste que haya pasado de ser ENRIQUE PONCE (con mayúsculas) a un simple Kike.