Archivo por meses: agosto 2017

Las lágrimas del Niño de la Capea

Hoy, aún sin asimilar la marcha de Dámaso y con todos los medios mostrando imágenes de su multitudinaria despedida, en Albacete -¡los verdaderos ídolos son los que echan a la gente a la calle en sus entierros!- vayan estás líneas escritas con la tinta de la admiración para la figura de Pedro Gutiérrez Moya ‘El Niño de la Capea’, su íntimo amigo y hermano del alma. Vaya este tributo de respeto para el maestro de Salamanca en estos días de dolor tras perder a un coetáneo que acabó siendo la persona más fiel y sincera que encontró en los caminos del toro. En quien no tuvo secretos dentro de un ejemplo de amistad.

Y ya no por las numerosas veces que torearon juntos, un total de 197 -por delante solamente está Manzanares, quien compartió hasta ¡287 tardes!- con El Niño de la Capea, sino por el vínculo surgido de entonces y más fortalecido cada jornada que pasaba, razón por la que ambos se reunían con tanta frecuencia rodeados de sus familias. Ya fuera Albacete, Salamanca o cualquier otro rincón, además de disfrutar juntos las ferias de Madrid, de Valencia, de Sevilla en la paz del retiro y dentro de una amistad tan sincera como bonita protagonizada por estos dos grandiosos toreros. Dos maestros –estos si lo son- que debieron vencer tantas barreras en sus primeros años –mediada la década de los setenta con todos los cambios sociales y políticos que trajo- y a quien nadie regaló nada hasta consolidarse en grandes figuras del toreo.

Ahora, El Niño de la Capea, un personaje que tanto merece la pena, vive con el corazón roto por la pérdida de su gran amigo, a quien dijo adiós con lágrimas negras, como el bolero de Miguel Matamoros -Siento el dolor profundo de tu partida/ Y lloro sin que sepas que el llanto mío/ Tiene lagrimas negras/ Tiene lágrimas negras como mi vida-. Porque ambos fueron un ejemplo en las plazas y lo han sido en la vida gracias a esa amistad tan de verdad y definida por Dámaso “somos una familia”.

 

¡Huérfanos de tu temple!

Esta mañana el viento serrano soplaba con tanta fuerza que cimbreaba los chopos de la vieja carretera, mientras las dos luces del amanecer anunciaban el último sábado de agosto. Día de toros en media España, del vaivén de la familia taurina con los coches de cuadrillas aparcados a las puertas del hotel tras el largo viaje desde otra ciudad y la unánime conversación sobre el temporadón del maestro Ponce, que una vez más volvió a rendir Bilbao.

Con todo lo que mueve en sí la Fiesta, desde hace unos días comenzó entre sus gentes el alarmante runrún sobre el estado de salud del maestro albaceteño Dámaso González. Nadie sabía concretamente qué ocurría, aunque sí era cierto que desde hace unas semana no cogía el teléfono, ni casi nadie había vuelto a saber de él. Era un rumor extendido, “¿sabes tú algo?”, de esos que suelen traer malos presagios, aunque nadie acabe de hacerse a la idea que pueda tener ante sus ojos la bandera ajedrezada para anunciar su final de la carrera en su vida.

Por eso esta mañana con la marcha de un colosal torero, los cielos se han poblado de nubes oscuras para despedir a quien fue un maestro. A ese Dámaso González que ha sido uno de los mejores toreros de la historia. A uno de los reyes del temple, de la colocación y de las distancias. A quien fue un auténtico ídolo y logró triunfar con clamor en todas las ferias. Hasta en Madrid, tan dura los primeros años cuando le contaban los pases hasta que ya se le entregó para siempre tras aquel triunfo frente a un toro de La Laguna. Desde entonces, el gran Dámaso –Damaso que dicen sus paisanos- ya siempre fue torero de Madrid, plaza en la que llegó a asustar al mismo miedo con su naturalidad frente a esas terroríficas corridas que tantas veces pasaportó.

 

 

La carrera de Dámaso no es para resumir en unas líneas; es la carrera de la entrega y del querer. De un tremendo valor, el mismo que tuvo desde sus inicios en las capeas hasta la época de figura, para defender su legítimo sitio y alcanzar un palmarés impresionante. Es una hoja de servicios escrita con temple y valor para glorificar la Fiesta dejando su nombre a la altura de los más grandes.

Hoy el toreo llora a Dámaso por esta muerte que ha sorprendido a todos. Llora a un coloso que fue un símbolo de La Mancha y el toreo más grande que dio Albacete, tras beber de las fuentes de Chicuelo II, de Montero o de Pedro Martínez ‘Pedrés’, que fue uno de sus descubridores y desde el primero día apostó por este chavalillo, que desertaba de repartir leche por las calles de Albacete para irse a las capeas, para que fuera figura del toreo.

Vacíos de él se ha marchado en vísperas de la feria de Albacete, cuando la preciosa Chata de esa capital se prepara para su centenario en una historia donde el gran Damaso –sin tilde- escribió muchas de las páginas más bonitas de carrera. La que rinde perpetuo homenaje a su grandeza gracias a ese bronce que brilla con orgullo al lado de la puerta grande. Dentro de unos días cuando suene timbales y clarines para dar paso al primer paseíllo de Albacete y su barrera esté vacía caerán lágrimas de emoción por las mejillas de todos, porque el gran Damaso se ha ido con su temple a los cielos donde esta mañana tras recibir el abrazo de San Pedro han sonado las notas del Gato Montes tras ser alzado en hombros para recibir la bienvenida en la eternidad.

Los tentáculos envenenados de Matilla

El caso de Matilla no tiene nombre. Nadie ha desgajado el toreo con la facilidad y rapidez de esta familia salmantina que extiende sus tentáculos hasta desangrar la Fiesta. Aporrean una y otra vez contra la grandeza de un arte que se tambalea por tan malas gestiones, por incompetencia de quien solo busca el dinero y jamás sembrar para el mañana. Ahí está su historial con las plazas que han dejado en jaque; desde grandes ferias, caso de Linares, hoy reducida a la mínima existencia; la de Jerez, muy menguada; sin olvidar que ellos fueron empresarios de Barcelona o de Palma, a la que llevaron a la ruina con las impresentables corridas lidiadas allí en los últimos años para ponerle en bandeja a los políticos mallorquines ese ridículo reglamento. Porque si Palma hubiera sido lo que era, sin perder su esplendor, desde luego que nadie hubiera osado darle ese zarpazo mortal al toreo.

Lo hacen porque no creen en el futuro, en otro caso no se entenderían sus formas de obrar, su falta de fomento en festejos menores, sin programar novilladas en la mayoría de sus ciclos. O tampoco facilitar oportunidades a los nuevos toreros y cerrando carteles siempre con los mismos nombres de espadas y ganaderías. Sin variedad, ni tampoco para abrir las ferias dejando sentados a diestros con posibilidades de volar más alto. Ahora la última, una auténtica tomadura de pelo, ha sido regalar el puesto que ha dejado el retirado Morante de la Puebla en San Sebastián de los Reyes a Ortega Cano. Si a Ortega Cano en lo que es otra golpe mortal a la grandeza del toreo. A un hombre que sufrió un calvario durante la última etapa profesional, a quien daba pena ver por los ruedos en sus idas y venidas atentado contra su inmaculada página artística. A un glorioso torero que iluminó tantas tardes de los ochenta y noventa (¡aquellos quites con Julio Robles en Madrid!), pero a quien faltó medir su definitivo adiós a los ruedos. Ahora, a sus sesenta y tres, la casa Matilla decide que sea él quien sustituya a Morante de la Puebla, ¡estamos locos! Lo sustituye en una enorme falta de respeto a un montón de toreros jóvenes que están con la hierba en la boca y eran merecedores de ese puesto, además de no respetar a los aficionados -bueno, a estos nunca los han respetado-.

¿Se imaginan que el Real Madrid convoca a Santillana para jugar si se lesiona Cristiano Ronaldo? Con Santillana, una vez retirado, se puede disfrutar en los partidos de viejas glorias para hurgar en la nostalgia con sus impresionantes remates de cabeza. En el toreo lo mismo, para quien acabó su etapa de luces quedan los festivales, que siempre fueron una escuela para los nuevos aficionados, pero jamás volver al circuito, aunque sea por un día, cuando ya no se está preparado. Cuando ya no se hace más que darle otro puñetazo al prestigio de la Fiesta y más si viene de quien ha sido tan gran torero.

Y  esta decisión además de no aprobarla nadie deja en la evidencia que a Matilla no le interesa el futuro. Solamente hacer caja en el día a día, mientras lastra al toreo, al que desangran sus tentáculos envenenados.

Adiós a los olés por Morante

Al filo de la medianoche, ya en las puertas del domingo para el lunes, sonaron las alarmas y los teléfonos echaban humo. De manera repentina Morante se iba –primicia ofrecida por Cuadernos de Tauromaquia-, cortaba la temporada y “aburrido” decía adiós a los ruedos “por un tiempo indefinido”. Temblaban los empresarios y entre la gente de la Fiesta se atizaban las comidillas porque el inesperado retiro va a pesar mucho, mientras en la modernidad de las redes sociales se hacían apostillas sobre la realidad de unos motivos que solamente conocía el protagonista. Porque nadie en su sano juicio tragó con la justificación que se marchaba aburrido, harto de presidentes y veterinarios. ¿Harto? Él que tuvo el privilegio de elegir los toros a su gusto, tan a su gusto que incluso en ocasiones fue abroncado por los públicos cansados de las ‘gatadas’ que lidió. ¿Aburrido? Esto tal vez pueda ser y por otras causas.

Morante se ha ido y queda el embrujo de sus verónicas. Ha dicho adiós y hoy las campanas del toreo suenan a latón. Porque Morante es la fuente más pura que recoge las aguas de los mejores toreros de siempre, con su genialidad, creación, arte, inspiración, empaque y torería que lo convirtieron en un genio. Y solamente los genios pueden emocionarnos con su grandeza, como ha sido su caso, fuente de la pureza, crisol de la torería. Sin embargo con su marcha quedan un montón de interrogantes por descubrir. Cierto es que hace tiempo se le observaba abúlico, quejándose de todo y buscando culpables a su alrededor cuando a lo mejor era necesario haber estudiado profundamente esos ‘porqués’.

A Morante ya le costaba un mundo disfrutar y por eso era incapaz de transmitir a quien desde el tendido estaba deseoso de jalear la magia de sus verónicas. En estos tiempos ya todos tenían la culpa de la que apenas abriera el cofre de su magia y recurriera a extremos inauditos o llamativos. Como exigir la eliminación del peralte de Las Ventas para torear en esa plaza, cuando a ninguna de las grandes figuras jamás molestó algo ideado décadas atrás con la finalidad que ese inmenso ruedo venteño no se ‘comiera’ a los toros. Ahí, igual que con casi todas sus exigencias, la empresa tragó y la esperada comparecencia de Morante en esas arenas se tradujo en tarde gris zaina. Al igual que en otras plazas, porque hubo algo que siempre pesó al genio de La Puebla del Río y ahí estuvo el quid para demostrar que sus apoderados nunca supieron explotar su torrente.

En estos años –excepto en muy pocos cosos- era incapaz de llenar los tendidos, a la par que la alargada sombra de José Tomás tantas veces quitaba el sueño. Se acartelaba José Tomas en sus escasas comparecencias y llegaba una revolución total; lo hacía Morante y en la taquilla quedaban talonarios enteros sin vender. Y esta es una realidad que ha debido ser determinante para alguien nacido con las bolitas del arte y que nunca tuvo más tirón, por ejemplo, que El Juli, siendo infinitamente peor torero que él. Ni tampoco llevó más gente a las plazas que Manzanares o Talavante y eso que la torería artística de Morante, cuando llegaba la inspiración, superaba todas las barreras. Por ejemplo no debería ser fácil de digerir para quien era un genio observar tantas localidades libres en sus corridas y ahí está el caso de San Sebastián en su penúltima tarde con escasos tres cuartos en el cartel estrella del ciclo. Y si no se llena tampoco se pueden cobrar los altos honorarios pretendidos. Lo mismo ocurrió en la definitiva tarde dominguera del Puerto de Santa María, también con escasos tres cuartos cubiertos de la Plaza Real, junto a un Julián López ‘El Juli’ insaciable y hambriento en un mano a mano que fue literalmente a comérselo. Y lo logró, siendo la última gota que colmó el vaso del fatal planteamiento de sus apoderados, quienes dejaron a Morante frente a las afiladas garras de león del Juli.

Ahora nos deja huérfanos de su grandeza artística y las empresas, inquietas y nerviosas, tratando de resolver el particular crucigrama de sus carteles para tapar de la mejor forma posible el agujero de su ausencia. ¡Qué bien quedaría Juan Mora en sus corridas! Se le echará de menos y en algunas plazas pesará más que en otras, como Bilbao, donde era la estrella de las ‘corridas generales’. Sin embargo lo mejor ha sido irse si ya no se disfruta vestido de luces. Y ahora a esperar, aunque lo lógico es que en unos meses espante sus fantasmas y esté de nuevo activo. Apuesto que en ese momento lo hará con alguien que aporte frescura y vele por unas temporadas cortas, ‘estudiando’ cada corrida para darle categoría de acontecimiento y sentar finalmente a Morante en un trono que tantas veces acarició y siempre acabó siendo de otros. Ojalá vuelva,  la Fiesta lo agradecerá y supere esta amarga marcha que trata de buscar buscando culpables y no mirándose en sus espejo para reconocer lo que hizo mal.

COLETILLA FINAL: Algo que también debe haber mellado a Morante de la Puebla es Sevilla, su Sevilla, que nunca acabó de entregarse. Y eso que él con nació para ser el nuevo rey del toreo y, sin embargo, ni de cerca goza entre sus paisanos la admiración que le tributaron a Curro Romero. Y por último, él que es tan estudioso de la historia del torero y en los últimos años se ha empapado de Joselito ‘El Gallo’ lo ideal sería ampliar conocimientos y adentrarse en la mítica  figura de Manuel Jiménez ‘Chicuelo’, el genio de La Alameda de Hércules y muy olvidado cuando ha sido uno de los artistas más excelsos de la historia. Ojalá Morante descubra la leyenda de ese tesoro que tanto le va a aportar. Y

Por último insisto, ahora mismo hay un maestro llamado Juan Mora para llenar el vacío de esos carteles con arte y torería. 

Julián Maestro: De príncipe a maestro

Hoy me descubro ante Julián Maestro. Ante aquel chaval que hace casi cuarenta años se convirtió en un manantial de frescura torera formando parte de una ilusionante terna bautizada como ‘Los Príncipes del Toreo’. Entonces Julián, junto al Yiyo y Lucio Sandín, dio la vuelta a España formando auténticos alborotos y, c su mirada inocente, vislumbrándose en ellos el inmediato futuro de la Fiesta desde el momento que fueran coronados reyes. Sin embargo, el toreo, un mundo tan hermoso que nunca tiene escritas las páginas del mañana hizo pagar a estos muchachos un alto precio en los rumbos que tomaron sus carreras, tan lejos de las apuestas iniciales. Al Yiyo, el que más alto llegó, lo mató un toro en Colmenar Viejo saboreando ya las mieles de ser figura. A Sandín las graves cogidas y la definitiva puntilla de un accidente de tráfico lo retiraron y, actualmente, es un prestigioso óptico en Barcelona. Maestro, por su parte, acabo de banderillero y ahí sigue, ya vislumbrándose en su horizonte cercano la jubilación.

Hoy, Julián Maestro sigue entrenando con la misma ilusión que en sus días azules de la infancia cuando todo eran sueños de ser figura; mantiene el mismo porte torero de entonces, junto al poso de la veteranía y el añadido de esa amargura íntima de ver cómo la Fiesta, su mundo, ya no es el mismo que él conoció. Ya no se respeta ni la sagrada liturgia, ni los valores que engrandecieron la Tauromaquia, como mostraba ayer en las redes sociales a través de un video mientras entrenaba bajo los soles de agosto con el mérito que supone para alguien que no tiene apuntada ni una fecha para enfundar el traje de luces.

No entiendo cómo los nuevos toreros apartan a quien es una fuente de sabiduría. A alguien que tanto les puede enseñar en los difíciles caminos del toro. A un maestro que además se llama así: Maestro. A quien bebió de las fuentes de leyendas de los hombres de plata como El Boni viejo, Joselito de la Cal, a Luis Parra… a quien tantas veces escucho a Marcial, a Domingo Ortega, al Estudiante… hablar de toros. A quien se crió a los pechos de Andrés Vázquez, Gregorio Sánchez, Antoñete… A quien vive con la liturgia del respeto que debe tener quien se viste de torero.

Me descubro ante él por su honradez, por descolgar el vestido de torear solamente para dignificar el arte del toreo. Por no tragar jamás por indecorosas proposiciones, pero sobre todo por ser un gran torero y siempre muy tío. No tiene que ser fácil ver pasar agosto y estar en casa; no debe ser fácil para quien atesora tan grandeza y ve, con su mirada inquieta, cómo han destrozado su profesión.

Hoy queda muy lejos la leyenda de aquel Maestro que fue uno de los ‘Príncipe del toreo’, terna de oro y luto. Terna de grandeza y llanto. Pero nos queda un maestro llamado Maestro, que es un toreo de verdad nacido para dignificar la Fiesta.

¡Larguen a Simón Casas de Madrid!

La vorágine taurina de agosto convierte a España en un inmenso ruedo. Festejos por las tardes y durante la madrugada los coches de cuadrilla atraviesan el país para alcanzar el ¡destino de otra ciudad en fiesta. Son fechas con el toreo en su esplendor y con mucha gente que a lo largo de estas semanas reserva su localidad en los cosos. Sin embargo, en el escenario de tantas ferias y próxima ya la llegada del ferrogosto sigue latente el gravísimo problema surgido por Simón Casas –que realmente se llama Bernard Domb Cazes- y su fracasada gestión en Las Ventas. Ahí está otro golpe bajo al toreo al dejar de programar festejos las tardes domingueras del verano y apuntillar la grandeza del más importante bastión de plazas de temporadas. La que tiene escritas muchas de sus páginas bajo los sofocantes calores de julio y agosto con la programación de  corridas que fueron una verdadera oportunidad para los espadas modestos. ¡Si Manolo Chopera que tanto defendió los veranos venteños viera esto!

Sangra Las Ventas por las heridas de su prestigio. Sangra la afición de Madrid privada de disfrutar de su Fiesta por culpa de Simón Casas, sin que nadie se explique cómo los colectivos de aficionados de la capital no se hayan manifestado contra este francés que destruye ese tesoro. Contra un vendehúmos, disfrazado de viejo profesor cuando realmente no es más que un trilero. Y sus hechos lo demuestran con su fama de mal pagado y la de toreros que tanto ha perjudicado –el reciente caso de Finito o el actual de David Mora no tienen nombre-. O la gestión de Granada, plaza que abandonó con un contrato por cumplir.

Hoy en las cunetas de su vida vuelven a nacer los hierbajos de las mentiras. De la chatarra de su verborrea. Aunque no es nada nuevo y aquí ya llueve sobre mojado. Ahora ocurre con Madrid y a su afición privada este verano de la torería y el empaque de Frascuelo; de disfrutar con los veteranos Eugenio de Mora o Joselillo; de la ambición de Rubén Pinar, al igual que toreros de la clase de Eduardo Gallo –que el pasado año volvió a brillar sobre esas arenas-, David Galván, Antonio Nazaré o José Carlos Venegas. Y no podemos olvidar a Damián Castaño, a quien tantas veces han prometido lo la confirmación esa plaza. ¡Qué golfo Simón Casas jugando con la ilusión de los chavales! Golfo por jugar con la sangre y el talento de tantos toreros, al igual que otros muchos que se han sacrificado al tener la firme promesa de torear en Las Ventas. Y esta es una pequeña lista de damnificados, porque hay más nombres a quienes prometió torear este verano en Madrid y de nuevo han sido engañados por el pícaro de Simón Casas.

Por este francés, de quien no olvidemos accedió a Las Ventas tras engañar a los empresarios interesados para que no se presentasen dada la exigencia del pliego y  se alimenta de la astucia de saber que la dueña de la plaza, la Comunidad de Madrid tiene las poderosas manos que la guían manchadas por la corrupción. Porque sus políticos están más pendientes para escapar del cerco de la justicia que de conocer la realidad de Las Ventas. Por eso razón, desde los altos despachos de la Real Casa de Correos -sede de la presidencia de la Comunidad de Madrid- hacen una política de huida, como ocurre ahora donde tal vez buscando la tranquilidad han firmado en barbecho para dar luz verde a unas obras que lo único que traerán es transformar La Monumental en un multiusos, obviando que es el templo del toreo. Y Las Ventas lo primero que debe ser es una plaza de toros.

Ante ese panorama se antoja necesaria una movilización de aficionados para acabar con tantos interrogantes en la cátedra del toreo. Y echar de una vez a este Simón Casas que ha incumplido el pliego y en 2017 ha matado el encanto taurino de los domingos del verano.

COLETILLA FINAL: Entre las promesas, tantas y tantas, de Simón Casas está la de programar diez corridas de toros para la Feria de Otoño. A ver por dónde sale ahora este vendehúmos si no las lleva a la práctica. Porque tiene tanta cara que lo mismo es capaz de anunciar: “Debido al estado ruinoso de la plaza no nos aventuramos a que pueda existir una catástrofe y se ha decidido dejar solamente estas corridas”. Porque de este individuo se puede esperar cualquier cosa. No es más que un vendehúmos.

 

La última curva

Ángel Nieto, el pequeño gran león que rugió con más fuerza que nadie en las pequeñas cilindradas comentaba que había jirones de su piel en todas las carreteras de España. Lo manifestaba de manera suspicaz para dar a entender que a él nadie le regaló nada y su palmarés fue conseguido por su casta, afán de superación y amor propio para ser el mejor. Ahora, en esta tarde veraniega de las cabañuelas de agosto, cuando la noticia de su muerte corre tanto como su endiablada velocidad a bordo de la Derby, invade la tristeza con la marcha de un grande que después de sortear tantas veces las garras de la muerte, de acariciarla durante los años que se convirtió en un estandarte del motociclismo, en ídolo mundial, en icono de España, acabó muriendo en un absurdo accidente de quad en su querida Ibiza. Cuando ya no pudo sortear la última curva en la carrera de la vida.

Ángel Nieto, de cuna zamorana y alma vallecana, surgió cuando España daba celebridades mundiales sin tener ninguna infraestructura. Cuando los campeones aparecían de manera espontánea. Años antes ocurrió con Federico Martín Bahamontes, quien se cubrió de gloria al lograr el Tour de Francia; en su época con Mariano Haro, que de correr por rastrojeras de su pueblo palentino fue admirado en todo el mundo por sus zancadas; más tarde por Seve Ballesteros, que tras estar horas y horas en la playa de Pedreña metiendo la pelotita en un agujero hecho con un palo del ‘3’ robado a Emilio Botín –quien luego fue su suegro- lució hasta dos veces la chaqueta verde del Master de Augusta, que es el cielo del golf.

En medio de aquellas hornadas surgió Ángel Nieto como ídolo de un país que necesita gente del pueblo llano para convertir en su dioses. Y Ángel Nieto, con su diminuta estatura, su melena descuidada y su cara de pillo se aupó al pedestal del deporte sumando cada año un nuevo título hasta alcanzar los trece de su historial (doce más uno que decía él para matar la superstición). Tiempos en blanco y negro reflejados en el NODO a raíz de las primeras recepciones con Franco –que tanto se sirvió de sus triunfos-, hasta llegar a las 625 líneas del color con la amistad que le unía con el Rey Juan Carlos y todas las celebridades, a la par que era aclamado hasta en el más remoto rincón del mundo. Sin embargo su legado fue más allá, porque su leyenda de grandioso corredor se extendió después de su retirada cuando ya solamente se dedicaba a ser el maestro de sus hijos y sobrinos que decidieron continuar sus pasos –aunque la grandeza de Ángel pesaba demasiado-, además de comentar para TVE los grandes campeonatos. Y desde allí siempre a su casa de Ibiza, una mansión que guardaba el tesoro de sus recuerdos y con magníficas vistas de ese Mediterráneo que tanta luz le dio a su alma y paz a su espíritu de viejo luchador, gemelo al de los guerreros que buscan la paz.

Ahora, con el eco vivo de aquellos rugidos que los convirtieron en el rey de las pequeñas cilindradas, a cada español que tanto lo aplaudió le empaña la tristeza y añoranza después de que no haya superado la última curva en la carrera de la vida. Porque con Ángel Nieto además de un campeón se cierra un capítulo de nuestra historia.

 

La venganza del Dos de Mayo

Madrid siempre dejó escrita en la página de su orgullo aquel Dos de Mayo de 1808 con el levantamiento popular frente a los franceses. Contra las tropas de Napoléon que vaciaron nuestros tesoros, destruyeron infinidad de monumentos, violaron a las mujeres y pretendieron hacerse con el control de España. Hasta el mismo Napoleón coronó rey a su hermano José Bonaparte, a quien el pueblo enseguida motejó con el apodo de Pepe Botella, sin embargo resultó que el monarca intruso no era bebedor y sí un parlanchín que conquistaba a las damas de alta cuna gracias juego de su palabrería -La señora condesa/tiene un tintero/donde moja la pluma/José primero-.

Poco más de cinco años duró aquel esperpento de reinado, hasta que España alzada en armas derrotó a las tropas francesas. Aunque dicho sea de paso la llegada de Fernando VII hasta hizo bueno al fogoso Pepe Botella. Hoy, algún fleco de aquella historia se repite aunque la guerra contra Francia que prendió la mecha en el madrileño Dos de Mayo sea el recuerdo de una gesta heroica. Pero siempre quedan rescoldo por apagar en el sentimiento y de ahí las ansias para vengar el honor perdido por Francia en Iberia.

Ahora, la Tauromaquia, el más hermoso arte engendrado en el viejo solar español, es la diana de esa venganza desde que Bernard Domb, un francés que se hace llamar Simón Casas, parlanchín y vendehúmos, aterrizase en la capital para hacerse con los mandos del toreo desde la gestión de Las Ventas y torpedear el futuro para que ese templo taurino siga protagonizando las páginas históricas más hermosas del arte de torear. Porque si Las Ventas estornuda, el resto de la Tauromaquia queda gravemente acatarrada. Bernard Domb o Simón Casas, lo mismo da, se hizo con la plaza de toros de Madrid de la misma manera que es su vida, de trapichero, engañando a las empresas para que estas no presentasen un pliego que superase la exigencia del canon y él, con nocturnidad, astucia y compinchado con una agencia de viaje ofertó a la Comunidad un pliego fantasioso al que nadie podía llegar. Y los políticos madrileños, más pendientes de llenar sus bolsos con el sucio dinero de la corrupción, no obraron para preocuparse que este francés tenía los caminos de su vida llenos de cadáveres, de incumplimientos, de impagos a ganaderos y matadores que apodera… en actitudes propias de su chatarrería verbal, tan gemela a la utilizada por aquel Pepe Botella, el intruso que dos siglos atrás se sentó en el trono de España.

En sus desastre contra la Fiesta al francés, que llegó con su habitual pomposidad y palabrería, le bastó apenas tiempo para organizar un nefasto San Isidro y sumar muchas pérdidas. Sin embargo, cuando estaba a punto de tirar la toalla del perdedor, a alguien se le ocurrió la triste idea de convencer a los políticos sobre el estado ruinoso de Las Ventas en una medida hecha para tapar sus goteras. Y fue lo peor, porque ahora Bernard Domb o Simón Casas, que es lo mismo, además de un San Isidro para el olvida ha cometido la inmensa tropelía de acabar con los domingos de toros en Madrid. Si con aquellas llamadas ‘domingueras’, las corridas de la canícula que fueron el trampolín para los toreros modestos deseosos de aprovechar su oportunidad para ser figuras –Paco Ojeda, Ortega Cano…-. O de viejos matadores que buscaban en esas tardes de julio y agosto recuperar el cartel perdido –Andrés Vázquez, José Luis Parada…-. Porque las tardes de verano siempre tuvieron mucho de especial y un encanto diferente hasta que este francés las ha matado en su particular venganza por el Dos de Mayo. Porque esta programación de agosto que acaba de presentar solo tiene un lectura para quien ama la verdad y grandeza del toreo: Un levantamiento popular de los aficionados que aún quedan para echarlo de Las Ventas y que se presente un nuevo concurso para que llegan manos limpias a guiar esa plaza que es el volante del toreo.