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Palomo Linares y Juan José, la historia de una amistad

Vaya este recuerdo para Juan José y Palomo Linares, dos grandes toreros que en la calle fueron muy amigos, ambos ya desaparecidos. Hace algo más de tres años que Palomo Linares fallece y entonces Juan José vivió con enorme tristeza la muerte de su amigo. Ahora, el destino, ha querido que vuelvan a encontrarse y, allá en la eternidad, ya se habrán dado un gran abrazo de bienvenida.

Aquel día que Palomo se fue a la eternidad, sobre el recuerdo de Juan José rebotaban infinidad de vivencias compartidas durante los muchos años que estuvieron unidos. Desde 1967, a raíz de ser apoderado el diestro charro por Manolo Lozano -verso suelto del clan de Alameda de la Sagra-, y le presenta a Palomo Linares, apoderado por sus hermanos. Aunque Manolo y sus hermanos llevasen las cosas por separado, sí existía confianza entre ellos para facilitar y allanar los caminos.

Por esa razón, Manolo Lozano une el destino de Juan José con el de Palomo con la finalidad que entrenase a su lado y viviera en torero durante el invierno. Jóvenes y ambiciosos, aunque con distinta interpretación, pronto surge la íntima amistad entre ambos fruto de tantos momentos como pasan juntos. Tentaderos por la sierra de Madrid; en la finca Navalcaide, del maestro Domingo Ortega; por tierras de Toledo o la serranía de Jaén. Tardes de montería en Los Yébenes o Los Montes de Toledo; infinidad de viajes cuando uno estaba anunciado y el otro tenía la fecha vacante. Partidas a las cartas en la sobremesa junto a paisanos de Alameda de la Sagra después de almorzar en el santuario gastronómico de la ribera del Tajo llamado ‘Casa Pablo’, de Aranjuez. También días de fútbol en el desaparecido Vicente Calderón gracias a la amistad con los jugadores rojiblancos, aunque después a Juan José acabaría pudiéndole su sentimiento al conjunto blanco de Chamartín. O tantas vivencias que ahora salen a revolotear de los almacenes del recuerdo para hacer aflorar la emoción.

Las largas estancias de Juan José en El Palomar fomentan también lazos de amistad con la familia de Palomo Linares, quienes a lo largo de estos días informaban al instante de la gravedad existente a su alrededor. Porque  con su familia nunca dejó de manar el manantial del afecto, a diferencia de Palomo Linares, quien al matrimoniar con Marina Danko vive un alejamiento, una vez que la colombiana aparta al diestro de sus antiguas amistades, pero lo que jamás pudo borrar son los sentimientos. Por eso, a partir de entonces, en las ocasiones que se volvieron a encontrar por los caminos de la vida surgía el sincero abrazo de la amistad entre quienes fueron hermanos del alma.

Vivencias en la vida y en el ruedo. Como la reaparición de Juan José tras el terrible accidente de circulación que lo privó de la visión de un ojo toreando ambos un exitoso mano a mano en la plaza riojana de Haro. O incluso también en la alternativa del maestro de La Fuente de San Esteban estuvo presente Palomo Linares. El motivo es que Juan José, que era el sol de la novillería de 1968 y dejaba entrever que estábamos ante un torero de postín, se iba a doctorar en la tradicional corrida del Motín que celebra Aranjuez el ocho de mayo de manos de Julio Aparicio y con Palomo Linares. Sin embargo ocurre un imprevisto que cambia el proyecto al sufrir Palomo Linares  un grave percance el ocho de agosto en Málaga. Esa circunstancia provoca que Manolo Lozano hable con sus hermanos para adelantar la alternativa y hacerse con las sustituciones del diestro de Linares, quien tenía completadas todas las fechas del mes de agosto.

Tiempo después, Juan José fue testigo de la confirmación de Palomo, con Curro Romero de padrino. E incluso en 1972, en la histórica tarde que cortó el rabo a ‘Cigarrón’, el toro de Atanasio, el salmantino estuvo a su lado acudiendo en su mismo vehículo a la plaza, presenciando la corrida en el callejón. Y a su lado disfrutó del éxito en ‘Gitanillos’ (la sala de fiestas propiedad del torero Gitanillo de Triana’).

Luego, el destino los separó, pero nunca la afinidad. Y una prueba de ello es que Palomo se preocupó por la nueva andadura de Juan José en el camino del apoderamiento y allí estaba en la presentación de Alejandro Marcos en Madrid para mostrar la fidelidad a su gran amigo. Ese día, Alejandro Marcos le brindó el novillo del debut “por lo gran maestro que es y por el cariño y afecto que siempre escuché a mi apoderado hablar de usted”.

Ahora que se ha ido Juan José, seguro que Palomo Linares habrá salido a recibirle en las puertas de la eternidad para darle la enhorabuena e irse ambos a las praderas celestiales para torear ambos el toro de San Marcos.

PD: La foto de la portada, ‘herrada’ por Antonio Quevedo Muñoz, está tomada de la red. 

El Chofre: Grandeza, llanto y luto

Al finalizar la Semana Grande de San Sebastián de 1969, el público donostiarra había quedado con tantas ganas de ver toros que la empresa Jardón programó dos nuevas corridas acartelando a los triunfadores del ciclo, una de las cuales, la primera de ellas, pasaría a engrosar la página negra de la Fiesta. La del luto, el llanto y la grandeza que trajo la muerte del peón madrileño Paco Pita, quien no sobrevivió a las gravísimas heridas que le infirió un toro de Palha sobre las arenas del viejo y entrañable Chofre. La accidentada corrida se celebró ahora hace medio siglo, el 24 de agosto de 1969 con Andrés Hernando, Gabriel de la Casa y el salmantino Juan José (en cuya cuadrilla estaba enrolado Paco Pita) como protagonistas, quienes se enfrentaron a toros de Palha, la ganadería portuguesa que hizo nacer la leyenda de horror, terror y pavor.

Esa tarde, Juan José, el joven torero charro que contaba únicamente con 18 años, se convierte en el triunfador al cortar tres orejas, aunque el éxito final se tiñó de amargura tras la grave cogida sufrida por Paco Pita, brillante peón natural del barrio madrileño de Carabanchel, quien fue arrollado cuando bregaba a ‘Cardino’, el tercer toro de lidia ordinaria. ‘Cardino’, negro zaino, con un peso de 562 kilos le propició, según el parte médico, una ‘herida en la cara posterior del muslo derecho, con desgarro de los músculos bicep crural, penetrando dentro de fémur hasta el triángulo de escarpa, aunque se conserva integridad de ciática y vasos femorales. Pronóstico grave’.

Mientras el peón era operado en la enfermería del Chofre, ya cercano el crepúsculo de aquel domingo 24 de agosto, nada más arrastrar al último toro, Juan José, su jefe de filas, junto al resto de la cuadrilla, esperaba acontecimientos en la puerta de la enfermería. Pronto le dijeron que las heridas eran gravísimas y habría que esperar el desarrollo de la evolución. Con la tensión propia del momento y bajo el paraguas del drama, el espada salmantino, en esos momentos de dolor, recordaba numerosas vivencias junto al herido, aflorando en su pensamiento la compartida en la madrugada del anterior 20 de julio, hacía poco más de un mes, cuando procedente de la vecina ciudad francesa de Dax llegó al hotel María Cristina, de San Sebastián.

Como sucedía casi siempre en esa temporada, al matador lo acompañaba Manolo Lozano, su apoderado y Paco Pita, el peón de confianza, todos embargados la felicidad después del memorable éxito de cuatro orejas logrado horas antes en el coso francés. Aquella noche, además era aguardada por un cosquilleo especial que inquietaba a la humanidad, porque pocas horas después estaba prevista la llegada del hombre a la luna, con Armstromg, Aldrin y Collins, tres astronautas americanos, quienes a bordo del Apolo XI tenían previsto alunizar sobre las 3 de la madrugada –hora española-. Para ello, TVE (la única tele de entonces) había preparado un especial con su joven estrella, Jesús Hermida, en el papel de presentador para narrar en directo la histórica llegada del hombre de la luna, lo que de producirse –que todavía tanto se dudaba- haría posible un viejo sueño de la humanidad y realidad la novela ficticia de Julio Verne ‘Viaje a la luna’.

Juan José, quien al momento de llegar al hotel María Cristina subió a la habitación -donde mandó que le llevaran la cena- había decidido permanecer un rato en la intimidad para rememorar, paso a paso, la triunfal actuación que protagonizó esa tarde en Dax. Así lo hizo hasta que poco después de medianoche bajó a la planta baja para dirigirse a un amplio salón, ambientado en ese momento por la canción ‘Violetas imperiales’, del irundarra Luis Mariano, que aprovechó para tararear en su pensamientos. Cerca de la entrada, sentado en una mesa y hojeando las páginas del un periódico local, lo esperaba el banderillero Paco Pita, con quien había quedado para presenciar la histórica llegada del hombre a la luna a través de alguna pantalla que, para la ocasión, había previsto el hotel, dada la expectación con la que se esperaba el acontecimiento.

Matador y banderillero hablaban de las cosas de toros habituales en los profesionales (del éxito de Dax, de las próximas corridas, de cómo embestían las ganaderías, del gran momento de Paquirri y Teruel, del inacabable valor de Puerta, del majestuoso temple del Viti, de la clase de Camino…) y, en medio de la espera, decidieron salir un momento al exterior del hotel para respirar los aires marinos de San Sebastián y de paso observar, brevemente, la maravilla de ciudad, iluminada a esas horas, que se contempla junto a la ría, donde el Urumea vierte sus aguas al Cantábrico. Todo en el escenario de esos días de finales de julio, preparado para que el país se transforme en un gigantesco ruedo y los coches de cuadrillas, con el inconfundible botijo en la baca, se conviertan en la estampa de las carreteras españolas durante esas semanas veraniegas camino, siempre, de de otra feria. De otra corrida y de otro mundo tan particular como el que aguarda una tarde de toros.

Todo eso pensaba Juan José cuando, recién intervenido, sacaban a Paco Pita de la enfermería camino del hospital con la cara marcada por el rostro del sufrimiento en los duros momentos que el peón se aferraba a la vida y únicamente le quedaba un hilito de voz para decir: “Que me lleven al Sanatorio de Toreros de Madrid, quiero estar cerca de mi familia”.

Después tras pasar la primera noche en un hospital donostiarra, los médicos decidieron que se cumpliera su ilusión de ser evacuado hasta la capital. Entonces esperaba un viaje tan angustioso que la cornada de Paco Pita ya no aguantó tanto sufrimiento y se le presentó la temida gangrena gaseosa para morir al poco de llegar al querido Madrid de su alma y corazón. En as siguiente horas el toreo lo lloró y San Sebastián escribió con lágrimas de dolor una nueva página en el Chofre. La que se escribió con el luto de la muerte de un torero, que también es gloria y grandeza para la Fiesta. Por eso Paco Pita estará para siempre unido al nombre de la Fiesta. Y al de San Sebastián donde entregó su vida por su pasión al toro hace ahora 50 años.

¡Hasta siempre, Juan José! (por Antonio Risueño

ARTÍCULO ESCRITO POR ANTONIO RISUEÑO

Como el torero arrastra la muleta, tras de sí, en tardes de desgana, así arrastro la pluma para hacer justa memoria tuya, amigo Juanjo. En el momento de acción de gracias de la celebración de tus exequias, hice mención a nuestra amistad, que se inició coincidiendo con el inicio de mi tarea de cura de pueblos pequeños. Por eso dije y lo mantengo, que tu amistad fue para mí un regalo de ordenación.

Atrás quedaba más de una década de verte en los callejones y burladeros de plazas de toros, soltando sabiduría a borbotones para tus alumnos de la escuela. Más lejano me quedabas en los festivales del Sábado de Carnaval, sentando cátedra aunque se cayeran los tablaos de la plaza; y más lejos aún, trasponía en mi recuerdo la primera corrida de toros que vi en mi vida, en la que el fulgurante triunfo de Espartaco, no eclipsó tu presencia como torero hecho y derecho, frente a aquellos pavorosos e impresionantes toros del Conde de la Corte.

Fue a finales del siglo XX, cuando me acerqué a tu persona sin alamares, en multitud de encuentros, viajes, tentaderos, festejos en los pueblos, mil circunstancias que han cuajado más de veinte años de una fecunda y saludable amistad. Amistad de la que me siento gozoso, – orgulloso no es la palabra para hablar de cosas buenas-, porque siempre se metió por las roderas de la discreción y el respeto. Eras como los toros bravos con clase: tenías tus teclas, pero siempre vi cómo te rendías ante la muleta plana de la humilde verdad.

Tuve la suerte de disfrutar de tantos momentos cálidos en tu compañía, que daban profundidad y sentido – también verdad- a tu aparente timidez distante. Los difíciles trances de la vida crearon en ti callos y durezas, que vi ablandar en más de una ocasión, cuando otras personas, y no siempre de la profesión, eran atravesadas por la desgracia o el contratiempo.

Tuviste la suerte de ser regalado con la capacidad del apasionamiento, te ilusionaste muchísimas veces con tu trabajo, proyectado en la carrera de tus alumnos, de los que nunca fuiste profesor y siempre maestro; pues nunca les trasmitiste nada que no te creyeras.

Tu persona y recorrido vital no admitían calificaciones maniqueas de bueno/malo, Pués tu gran escala de grises tampoco se acomodaba a la cumplidora expresión: amigo de sus amigos. Tú, en persona con los inevitables defectos y las cualidades imprescindibles estabas ahí para tus amigos y los que no lo eran.

El último dia que te vi en vida, estabas a punto de subirte al tablado que mis tíos y primos de la finca de Palomar montan cada año en la parte alta izquierda de la Plaza Mayor de Ciudad Rodrigo, para ver el festival del martes de Carnaval. Tu discreción hacía que vieras los toros como uno más, previo pago de su importe y ellos me decían: “nos gusta que venga, pues nos asesora”. Confío que nos sigas asesorando desde la otra orilla.

Tus raíces, de las que nunca renunciaste, han sostenido la arboladura de vida hasta tu último aliento; fiel y cariñosamente sostenido y cuidado por tu hija Nadia como prolongación de tu vida. Ella, sobretodo, pero también tu familia y amigos haremos brotar en nuestras vidas  lo mejor de tu esencia desde el más grato de los recuerdos.

Ahora que te has ido, confío plenitud de vida para ti, de una vez y para siempre. Muchas gracias Juanjo,  por andar siempre por derecho.

 

 

¡Qué bonito sería homenajear al certamen ‘Destino La Glorieta’ con el nombre del maestro Juan José!

A falta de flecos pendientes derivados de un cambio de normativa de última hora que permita aumentar el aforo en La Glorieta, la feria de septiembre sigue en el aire por culpa de la pandemia. Sin embargo, el coso charro, no mostrará su soledad durante el verano. Si lo hará en feria en sí, con las figuras, en esta ocasión no se celebra –insisto a no ser que haya un cambio de última hora-, sí al menos queda la consolación con el certamen ‘Destino La Glorieta’. Ese certamen puesto en marcha hace dos años y celebrado en noches veraniegas, que constituyo todo un éxito y en la plataforma de lanzadera a jóvenes valores.

Este verano vuelve, algo que es una noticia importantísima para el toreo charro, para alimentar ilusiones, para seguir haciendo nuevos aficionados y para abrir las puertas de la plaza, porque sería nefasto para el futuro tener sus puertas cerradas durante todo un año.

Ya en marcha y con las partes implicadas atando todos los cabos hay un detalle que sería de justicia a partir de esta edición. No es otro que certamen lleve el nombre de Juan José. ¡Qué bonito sería que el certamen llevase el nombre del maestro Juan José! Haría justicia a quien tanto apoyó la primera edición, de la que además formó parte del jurado y, más que nada, a quien fue un pilar fundamental en la cantera del toreo charro.

Juan José, relevante torero y quien dirigió magistralmente la batuta para lanzar nuevos valores del toreo durante las casi tres décadas que estuvo al frente de la Escuela de Tauromaquia, sería digno merecedor de este reconocimiento. Porque gente como él contribuyó a mantener encendida la llama de la Tauromaquia charra, siempre bajo la bandera de la honradez y una incansable afición. Nadie mejor que él para que se llamen ‘Juan José’ en un perpetuo homenaje a tan grandioso personaje.

Tus luces nunca se apagarán, maestro Juan José

Te has ido, amigo y maestro, dejándonos el brillo de tu existencia. En esta madrugada cuando los clarines y timbales se oxidan y la soledad se hace dueña de las plazas de toros, has dicho adiós para irte a torear al inmenso ruedo de la eternidad, donde tantos amigos habrán salido a recibirte con un abrazo de bienvenida desde que San Pedro te haya abierto la puerta de los cielos, bajo los sones de tu pasodoble. Porque ahí te ganaste un sitio de honor.

Hoy, en este día que nos ha dejado, parece cómo si los horizontes han desaparecido y, nada más recibir la noticia y colgar el teléfono, ante la avalancha de llamadas me asomé al balcón para ver los campos y ya no cantaba el cuco, todo era silencio en esta noche veraniega. Esta noche, con las plazas de toros preñadas de soledad y las puertas de toriles oxidadas. Esa noche que ya forma parte de la historia de la Tauromaquia,  porque fuiste un grande que contribuiste a escribir páginas destacadísimas del toreo, siempre con la pureza y sobriedad de la escuela castellana de la que fuiste un prototipo, tras beber de las fuentes del maestro Santiago Martín ‘El Viti’.

Todo ha sido tan rápido y tan inesperado que vamos a tardar mucho tiempo en dar credibilidad a este triste noticia, que aunque esperada aún no acabamos de creernos. Va a resultar muy difícil no volver a verte más , ni a tener esas largas conversaciones hablando de toros por los bares de La Fuente, por Salamanca o a cualquier pueblo que íbamos a ver un festejo.

Son muchas vivencias a tu lado, también no pocas discusiones, pero queda el poso de la honradez y señorío de ser siempre un fiel amigo. De un montón de festejos e ir a ver corridas a Madrid, a Valladolid, a San Sebastián, a Bilbao, a Badajoz… o aquella noche en Sevilla donde nos dieron las tantas paseando con tu primo Agustín entre la magia de esa joya de ciudad y al final acabamos en ‘Casa Anselma’, donde nada más entrar salió a tu encuentro el gran Lucio (el del madrileño mesón ‘Casa Lucio’), que andaba en aquel sarao para darte un abrazo. Porque se te respetaba y cada vez que estaba en algún lugar lejano me emocionaba cuando los viejos toreros me mandaban recuerdos para ti, todos la admiración que te supiste ganar.

Hoy hablarán de tus grandes faenas y se rememorará aquellos naturales a un Jandilla en la Feria de Salamanca, o en las terroríficas corridas de San Mateo. O tantas tardes en Madrid, como aquella vez que siendo todavía un niño, en pleno San Isidro, viviste la gloria de salir en hombros y muchas desperdigadas en plazas de España y de América. Como aquel año que en Lima te gritaron ¡torero, torero! al cuajar un toro y cuando ya tenías en tus manos el Señor de los Milagros, la espada se atravesó en el camino y te privó de un premio grande, aunque no del sentimiento limeño, donde los viejos aficionados aún recuerdan aquella faena que tuvo tintes históricos. O tu presentación en la francesa Dax, con cuatro orejas, horas antes de que Neil Arstromg fuera el primer humano en pisar la luna y su frase  de ‘un pequeño paso para un hombre, un gran paso para la humanidad’ quedase inmortalizada en los libros de historia y aquel muchachito que eras, aún en la nube del reciente triunfo presenciaras emocionado el momento. Muchos años después, cuando hemos ido a ver toros a Illumbe y antes aprovechamos para pasear por esa maravilla de ciudad y respirar sus aires cántabros bajo los tamarindos de La Concha, te gustaba referírmelo. Al igual que tus éxitos en aquel Chofre que fue uno de los grandes templos del toreo y en el que, además, viviste uno de tus momentos más difíciles cuando un toro de Palha hirió de muerte a Paco Pita, tu peón de confianza que falleció dos días más tarde.

Después a Dax nunca más volviste, ni a otras plazas que te vieron triunfar y tenías que luchar contra tantas cuestas arriba que llegaban a tu carrera. Porque estaba claro que nunca te lo iban a poner fácil y debiste superar numerosos obstáculos; pero con tu afición y esa entrega propia de un sacerdocio sabías salir adelante y emocionar a la afición con la pureza y verdad de tu toreo.

¡Cuánta grandeza, Juanjo! ¡Que bien supiste arar en el surco del toreo! Por eso, aunque te hayas ido tu huella seguirá viva y tus luces nunca se apagarán.

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PERFÍL ARTÍSTICO DE JUAN JOSÉ

El nombre de Juan José va ligado al más puro clasicismo de la sobria escuela castellana. Nació en La Fuente de San Esteban, el veintidós de junio de 1952, corazón neurálgico del Campo Charro y villa de larga tradición agrícola, cuyo término está rodeado de ganaderías. En su infancia se siente atraído por el enorme ambiente taurino que se respira en las calles de su pueblo y desde que era un colegial siente la llamada del toreo con la vocación propia de un sacerdocio. En el colegio su compañero de pupitre es Julio Robles y con él hace novillos en alguna tarde invernal para acudir a los tentaderos de la prestigiosa ganadería de Atanasio Fernández, cercana a La Fuente, hecho que provoca las iras de don Julio, el maestro, quien a la mañana siguiente los llama al orden para echarle la regañina: “Venid acá los dos ‘toreros’, que ahora vamos a tener aquí la corrida”.

Su llamativa pasión por los toros no pasa inadvertida para Antonio Díez, un ATS paisano, excepcional aficionado y torero práctico, que se fija en él y le enseña las primeras lecciones impregnadas con la base de la pureza y la inspiración de los clásicos –Ordóñez, El Viti , Camino, Antoñete…-. Por entonces se convierte en familiar la escena del aspirante a torero montado en el trasportín de la moto Guzzi, de Antonio el practicante, para recorrer fincas de la zona –Castillejo de Huebra, Campo Cerrado, Sepúlveda, Vilvis…- en busca de tentaderos para perfeccionar su técnica y hacer valer su inspiración. Los avances son tan notables y demuestra tal facilidad que muy pronto corre el runrún del nuevo torero que se cuece en La Fuente.

Apenas tiene quince años y por mediación de un banderillero paisano –Pepe El Güevero– empieza a torear becerradas por Ávila y Segovia tras debutar en Coca, el catorce de agosto de 1967, alternando en muchos ellos con Enrique Martín Arranz, más tarde fundador de la Escuela Taurina de Madrid y después afamado apoderado de José Miguel Arroyo, José Tomás, Hermoso de Mendoza…. Entonces empieza a sonar con fuerza su nombre y los hermanos Eduardo, Pablo y José Luis se lo recomiendan al mayor de la saga, Manolo Lozano, por mediación de los ganaderos Paco y Salustiano Galache, quienes cautivados por el buen hacer del chaval hablan con el trío taurino de Alameda de la Sagra para que dirijan su carrera. Sin embargo, al tener exclusividad con Palomo Linares, deciden ofrecérselo a Manolo, que iba por libre y es quien definitivamente se hace cargo de su carrera.

1968 llega a su vida bajo un paraguas de ilusiones e hitos para este elegantísimo torero. Madrugador es el debut con picadores que se produce en la villa de Orihuela, el catorce de enero y pronto se aúpa entre las novedades más distinguidas del escalafón inferior. Torea un alto número de festejos y pone a todos tan de acuerdo que, con mucha antelación, deciden que se debe dar un paso más y tomar la alternativa el inmediato ocho de septiembre en la Corrida del Motín, de Aranjuez, de manos de Julio Aparicio y con Palomo Linares. Aquí ocurre un imprevisto que cambia todo el proyecto al sufrir Palomo Linares un grave percance el ocho de agosto en Málaga, al descabellar un toro. Esa circunstancia provoca que su mentor se decida a darle la alternativa con la finalidad de acaparar las sustituciones del diestro de Linares, que tenía completado ese mes, llevándolo adelante y convirtiéndose en noticia dada la edad del toricantano. Hasta entonces en una misma temporada nadie había sido becerrista, novillero con picadores y matador de toros.

Solamente tiene diecisiete años recién cumplidos cuando accede al escalafón de los matadores en la histórica plaza manchega de Manzanares. Andrés Hernando es el padrino y Gabriel de la Casa, el testigo de una alternativa, celebrada el once de agosto de 1968, que lanza a Juan José a las ferias convirtiéndolo en la novedad de ese momento y en el sucesor natural de Santiago Martín El Viti en el trono de los grandes toreros de Salamanca. Juan José, que la tarde antes se despide de novillero en esa misma plaza, corta las dos orejas y rabo a Hullero, el toro de la ceremonia y desoreja al que cierra el festejo para lograr una aclamada salida en hombros y entrar con todas las bendiciones en su nuevo grado. Torea un alto número de corridas y ese invierno viaja a América contratado para las más postineras ferias. En Lima sufre una grave cornada que lo mantiene en el dique seco varios meses y, tan lejos de su casa, nace una relación fraternal con Paquirri, compañero la tarde del percance y quien se preocupa de atenderlo en los largos días que permanece internado en un sanatorio.

Con el buen porvenir de su primer año de matador confirma al siguiente San Isidro, que acartela al jovencísimo matador de Salamanca con ecos de inmediata figura. La ceremonia es el diecisiete de mayo de 1969, recibida de manos de S. M. El Viti  y con Paquirri, de testigo. La ganadería es de Paco Galache, entonces con máximo cartel en Madrid, siendo Castañeta el nombre del astado de la confirmación, en corrida que Juan José corta una oreja y deja sobre el tapete de la exigente afición madrileña su esperanza. La misma que se reafirma en la siguiente corrida contratada, la del Marqués de Domecq, junto a Carnicerito de Úbeda y Manolo Cortés –muy vinculado a él esos primeros años- para ofrecer una lucida actuación, coronada con dos orejas que certifican lo bueno que se escucha sobre él y lo convierten en uno de los triunfadores de ese ciclo. El buen nivel lo mantiene a lo largo de la campaña, logrando éxitos memorables, como el de las cuatro orejas en su presentación en la plaza francesa de Dax, horas antes de que la humanidad contemplase admirada la llegada del hombre a la luna. 1970 es buen año, aunque no saborea varios triunfos por un bache pasajero con la espada. La siguiente temporada ya cuaja numerosos toros y su nombre está en la pomada, hasta que en la madrugada del siete de junio, al regresar de Pamplona, sufre un aparatoso accidente de tráfico, en la villa burgalesa de Aranda de Duero, que le produce graves lesiones oculares. El percance del joven espada supone un impacto emocional entre los profesionales y aficionados, quienes hacen colas para visitarlo en el madrileño Sanatorio de Toreros, centro donde es tratado por el oftalmólogo Martín Enciso, quien no puede atajar la pérdida de visión en uno de sus ojos. Ese hecho marca ya el resto de su carrera y lo priva de ser la figura del toreo que estaba llamado a ser.

Pese a la adversidad, el diestro salmantino se reafirma en reaparecer a los cuarenta días en la riojana villa de Haro, en un mano a mano con su inseparable Palomo Linares, que centra toda la atención taurina y lo hace a lo grande, tras cortar dos orejas a su primero y el rabo al que cerró la función. Por otro lado, su ilusión y torería no son gemelas a la de los empresarios, a quienes les cuesta un mundo contratar a este espada y llegan tiempos de escasas actuaciones, aunque cimentadas por su enorme afición y la incesante búsqueda de la pureza de su toreo. A lo largo de esa década de los setenta La Monumental de Madrid lo ve torear en numerosas ocasiones durante el estío y en varias de ellas tiene cerca el triunfo, llegando a acariciar la puerta grande tras dejar un ramillete de grandes faenas a reses de Victorino Martín, Murteira Grave, Gamero Cívico, Villagodio…

En esos años recibe ayuda de Eduardo Mediavilla, un impresor muy aficionado que lucha para que, Juan José, recupere su sitio en las ferias, sin que los empresarios tengan la sensibilidad que merece este gran torero acaparador de tantos titulares por su calidad artística. Coincide entonces que en la plaza de Salamanca sus actuaciones las refrenda con éxitos en las terroríficas corridas del día de San Mateo, en la mayoría de las ocasiones con los hierros del Conde de la Corte, Guardiola… Entonces, ante la aclamación popular, la empresa decide crear un cartel charro, con Juan José encabezando la terna compuesta por El Niño de la Capea y Julio Robles repetida durante los ciclos de 1984, 1985 y 1986. En el primero de ellos la plaza vibra con su exquisito toreo al natural y los críticos madrileños destacados en La Glorieta quedan impresionados ante el torrente de arte que ofrece el de La Fuente de San Esteban, sin explicarse nadie cómo su nombre no está en las ferias. Al año siguiente forma un nuevo alboroto y en 1986 al no cortar orejas, la empresa lo devuelve, injustamente, a la tradicional corrida San Mateo que cierra el ciclo. En esa jornada matea en la que la capital recibe a la provincia torea tres años más y vuelve a sentar cátedra con su extraordinaria interpretación.

En esos años han llegado muchos toreros nuevos y cada día cuesta un poco más hacer nuevos festejos para este espada, tan injustamente tratado. Por esa razón, Juan José decide colgar el traje de luces y torea la última corrida en La Fuente de San Esteban el catorce de mayo de 1989, con motivo de la inauguración del Torero de Cuatro Caminos, la plaza promovida e inspirada por Paco Pallarés. En esta ocasión, con un llenazo, comparte cartel con Julio Robles –ya entonces disfrutado de su estatus de figura- y Sánchez Marcos, ante reses de Paco Galache.

Atrás quedaba una larga trayectoria marcada por el clasicismo castellano y el unánime respeto. A lo largo de su carrera dejó el colofón de numerosas tardes para el recuerdo y la dignidad con la que siempre defendió la Tauromaquia, tanto en la plaza como en su faceta de director de la Escuela de Tauromaquia de Salamanca, labor ejercida durante veintinueve años con el sello de su maestría.

¡Cuando existían figuras de una plaza!

En la Tauromaquia siempre es buen momento de mirar las cosas sobre las que se debe cultivar el futuro y luchar para erradicar otras malas sobre las que se quiere levantar un futuro sin cimientos, caso del triunfalismo con el toro mocho y descastado. Hay mucha tela que cortar, debido a que hoy el toreo está más monopolizado que nunca y con unas cuantas figuras acaparando los carteles y los dineros, segando la hierba que alimenta a un segundo grupo que ya no existe y con un histórico gran peso en el toreo. Porque ahora las llamadas figuras lo dominan todo y allá donde hay una plaza con un ‘jornal’ para llevarse no dan paso a nadie. Ni a los toreros que siempre debían ser los protagonistas de esas plazas.

Además, las nuevas formas de negocio y gestión han acabado con algo propio como era la figura de un determinado lugar. Me refiero a toreros del segundo grupo que gozan de máximo cartel en una determinada plaza y en el resto no destacan. El caso más representativo fue el de Chamaco en Barcelona, donde formó una auténtica eclosión social. Tanto que cuando estaba a punto de acabar un festejo en el que había sumado un nuevo triunfo, ya anunciaban el siguiente acontecimiento que generalmente sería el jueves, a través de una pizarra que paseaban por el callejón en la que se leía:

– El jueves ‘Chamaco y dos más’.

Aquel ‘Chamaco y dos más’ pasó a la historia de Barcelona y fue el caso más señalado de un torero que fue figura en una determinada plaza, sin serlo en el resto, dentro de una época que la Ciudad Condal programaba más actividad taurina que en ningún otro lugar y en el que numerosos espadas escribieron las mejores páginas de su carrera. Y es que Barcelona en su gran época, sobre todo en la del viejo Pedro Balañá Espinós y primeros del hijo del mismo nombre, dio toreros que allí gozaron nombre y predicamento que no tuvieron en otro lugar. Como el salmantino Manolo Martín, el también salmantino Víctor Manuel Martín, que llegó años después y para diferenciarse del anterior añadió a su nombre el de Víctor, el vallisoletano Manolo Blázquez y muchos otros más que allí escribieron sus mejores días extendiendo sus tentáculos en e precioso coso balear de Palma. ¡Ay, lo que añoramos a la Barcelona taurina!

Lo mismo ocurrió en Sevilla con José Martínez ‘Limeño’ tras varios impactantes triunfos con las duras corridas de Miura. Entonces cuando llegaba el ciclo el empresario Canorea lo llamaba y ofrecía mejores condiciones que a la mayoría -excepto Ordóñez, Romero y poco más-. Sin embargo, Limeño no alcanzó relieve lejos de Sevilla, tardando incluso hasta en confirmar la alternativa, que lo hizo cuando ya había perdido la frescura y quizás un poco cansado de que los éxitos de Sevilla solo le sirvieran para volver a esa plaza. O en esa misma plaza con Rafaelito Torres, quien al final tras no aprovechar tantas oportunidades como le dieron se hizo banderillero de postín, inicialmente a las órdenes de Manolo Vázquez.

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Otro particular caso de figura en una determinada plaza fue Julio Robles en sus años más difíciles, antes de su definitiva eclosión, cuando su Salamanca lo mimó como nunca hizo con nadie, tanto que mandaba en esa feria y a la llamada de su nombre se llenaba la plaza logrando que, cada nueva edición, aumentase el número de festejos en el abono. Esa afición sabedora de su arte y de lo que tanto le costaba abrirse camino en otros lugares desde que debutó de novillero se lo dio todo y siempre le dispensó el mayor de los afectos. Aún toreaba El Viti, ya consumada su leyenda de figura histórica, sin embargo su gran rival en su tierra era El Niño de la Capea, que estaba arriba, toreaba en todas las ferias, tenía reconocimientos y era rico, mientras Robles, apuntando y sin disparar, se esponjaba a partir de septiembre cuando estaban repartidas las fechas y los dineros para triunfar en su Salamanca del alma, en Valladolid, en Logroño -donde fue torero de culto-, en Zaragoza e incluso en la Feria de Otoño de Madrid,  dejando la tarjeta de presentación de lo que podía ser.

Porque la verdadera medicina de Robles, sobre todo desde 1972 y hasta 1983, era La Glorieta de Salamanca en el mes de septiembre donde casi todos los años triunfaba y mojaba la oreja a las figuras; las mismas que disfrutaban de un estatus que él empezó a gozar a partir de 1983,  cuando llega su primera salida en hombros de la plaza de Las Ventas y empieza a sentir la felicidad de esperar a que los empresarios llamen para ofrecer.

Y es que aquella Fiesta que daba figuras para una determinada plaza tenía otro encanto, otro toro y otra personalidad que se echa de menos en esta ‘ligt’ que ha impuesto el llamado ‘sistema’.

Antonio Pérez, de San Fernando, leyenda del Campo Charro

A sugerencia, también, de varios lectores os paso una última entrevista que le hice a don Antonio Pérez, en 2009. Fue la última que realizó en vida, porque él era poco amigo de salir en los 'papeles'. Desde aquel día han sucedido muchas cosas, pero su forma de pensar y sus ideas sobre el toro bravo siempre son buenas para tenerlas como modelo.

Aquí os le dejo:

Llegamos a la cita y ya esperaba sentado en una mesa, con su porte erguido, elegantemente vestido. Le acompañan dos de sus hijas, quienes escuchan con admiración a su padre, mientras éste hurga en sus recuerdos y habla de la ganadería, arte del que es un sabio. Se trata, nada menos, que don Antonio Pérez, de San Fernando.

Tras el saludo cambiamos unas palabras y comenzamos la conversación.

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Don Antonio, ¿es usted el decano de los ganaderos charros?

Sí, creo que sí.

¿Cuántos años tiene?

Acabo de cumplir 91.

¡Y de España también!, ¿no?

Sí, soy el más veterano y el de más años.

¿Y sigue en la brecha?

Sí, procuro acudir al campo a montar a caballo y estoy pendiente de lo que sucede en los toros.

¿Desde cuándo es ganadero?

Desde siempre, desde que nací.

¿Y por su cuenta?

Desde el año 1942. Entonces empecé con el hierro de Pérez-Angoso.

¿En su larga etapa, cuál ha sido su mayor éxito como ganadero?

No recuerdo, nunca me ha gustado presumir de los triunfos. Ni hundirme ante el fracaso.

(Enseguida una hija le habla de un toro lidiado en Madrid en una Feria de San Isidro)

Ah sí, creo que lo toreó Palomo Linares y fue el toro de la Feria de Madrid. Ya sé cuál, pero no recuerdo con exactitud el año. Fue un toro muy bueno.

Su padre fue el mítico AP, un ganadero de leyenda, un hombre que además abrió muchas puertas del Campo Charro, ¿qué enseñanzas sacó de él?

Muchísimas. Fue un hombre que amaba el campo y al toreo y tuvo dos ganaderías distintas. También cultivó unas magníficas relaciones públicas. En Madrid estaba muy bien relacionado. Pero sobre todo era un magnífico ganadero.

Antonio Díaz-Cañabate se refiere mucho a su padre en el magistral libro ‘Historia de una tertulia’.

Sí, mi padre era muy amigo de Díaz-Cañabate, de Domingo Ortega, de Sebastián Miranda, de Pemán, de Cossío… Fue un hombre muy relacionado que en aquella época residía varios meses al año en Madrid.

(En Salamanca hubo un periodista que sentía verdadera admiración hacia el mítico don Antonio Pérez. Se trataba de Enrique de Sena, que siempre se refirió a él como su maestro y de cuyas fuentes bebió durante la época que Sena ejerció la crítica taurina en El Adelanto).

 

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Su padre compró la ganadería de Gama, en Portugal y después, la de Martínez, dos vacadas que usted conserva, ¿no?

Sí, trajimos lo de Gama desde Portugal, porque tenía vacas de Parladé, que a mi padre le encantaban y fue las que dejamos. Desde entonces se mantiene como tal, al igual que lo procedente de Martínez.

En su casa se practicó siempre la trashumancia, ¿guarda muchos recuerdos de esas épocas?

Sí, había que llevar el ganado hasta El Campillo, que está en Extremadura por el cordel, porque aquí el invierno era muy duro para los ganados. Allí pasaban el invierno y cada viaje era una aventura. Se tardaba unos seis días, pero había que extremar las precauciones. Me llamaba mucho la atención la forma que tenían las vacas de proteger a los becerros al atravesar los ríos.

¿Cuál es el secreto para que la trashumancia se haga bien?

Gente que sepa, pero el secreto de la trashumancia está en los bueyes, sobre todo a la hora de atravesar los ríos, si no las vacas se ahogarían.

¿Cuánto hace que dejaron de llevarla a la práctica?

Hará unos 20 años, ya con los camiones se hace todo en el día. Aunque también tenemos una finca al lado de La Fuente de San Esteban, que se llama El Torrejón y para llevar el ganado desde San Fernando siempre lo hacemos a caballo, por las cañadas, aunque cada vez hay más problemas sanitarios.

¿Cómo contempla el actual panorama ganadero?

Se han incrementado las ganaderías. Ahora hay muchísimos toros, bastantes más que antes y la competencia ha aumentado. Han llegado  ganaderos que están para figurar, juntos a los de siempre, que, con épocas buenas o malas, se mantienen, pero hay demasiados toros y por eso sobran un montón, aunque ahora también se daban más corridas que nunca (aviso al lector que esta entrevista fue en 2009, época que aún el ladrillo hacía furor).

Hombre, los ganaderos que llegan tras enriquecerse en otros sectores, se aburren pronto, eso al menos es halagüeño, ¿no?

Sí, hay gente que busca un escaparate y luego se aburre y se va, lo malo es mientras están.

¿Añora mucho a la Salamanca ganadera de su juventud?

Era muy distinta a la actual. Ahora hay muchas más cosas, la vida ha cambiado, las comunicaciones. Pero entonces se vivía mucho más la ganadería, se estaba bastante más en la finca. Las faenas de campo eran de otra forma y los toreros permanecían varias semanas en las ganaderías, donde venían desde que pasaba Reyes hasta casi el principio de las primeras ferias. Entonces, casi no había coches y había que ir a coger el tren a Robliza de Cojos o al Villar de los Álamos, que funcionó como estación hasta el accidente tan grave que hubo en la estación. Además se andaba mucho a caballo y aquí en Salamanca también teníamos caballos.

¿En Salamanca?

Sí, teníamos las cuadras en lo que después se ha llamado El Callejón de la Bomba.

(El Callejón de la Bomba se llama a la calleja que parte de Concejo, donde está el restaurante Valencia. El lugar donde estaban las cuadras de Antonio Pérez es donde estuvo la popular churrería ‘Las JJJ’ y actualmente hay un bar de copas).

¿Recuerda cuando cayó la bomba?

Sí. Recuerdo que llegué de permiso, porque yo estaba en la Guerra y al ver tanto alboroto, al principio pensé que estarían de obras en casa.

¿Cómo vivió la Guerra Civil?

En el frente.

Después de la Guerra Civil, Salamanca tuvo mucho auge taurino al no sufrir apenas daños la cabaña ganadera de aquí, ¿no?

Aquí no se sufrieron los azotes propios de la guerra. No sucedió como en otros lugares donde desaparecieron ganaderías enteras. También la feria siguió su curso y se daban corridas; por ejemplo, en 1938, en Salamanca tomó la alternativa el hijo de Juan Belmonte.

En su época surgen los primeros toreros ganaderos, como su hermano Juan Mari, Luciano Cobaleda, el hijo de Juan Belmonte… ¿a usted no le tentó probar suerte como matador?

Sí, pero como rejoneador. Lo hice en unas corridas, hasta que un año en Valencia me tocó matar los sobreros de Fallas. Después lo dejé.

Entonces como rejoneador estaba únicamente Álvaro Domecq, ¿no?

No había empezado todavía; el que había rejoneado con más éxito era Antonio Cañero, de Córdoba.

¿Su hermano Juan Mari cuándo comenzó a torear?

Ya al final de la Guerra. Juan Mari era más joven que yo.

¿A lo largo de su dilatada vida profesional, qué toreros fueron los que más le interesaron?

Todos. Me fijo en todos los detalles, me gusta valorar lo bueno que existe y estar al tanto de lo que acontece desde el primer toro hasta el sexto.

Pero mójese, diga nombres.

Manolete, un torero importantísimo y puente natural entre dos épocas del toreo. Pero he sabido valorar y apreciar a todo aquel que toreó bien.

Ahora Manolete vuelve a estar de moda, ¿qué le parece todo eso?

Un torero tan grande como Manolete siempre estará de moda, pero que sean justos con lo que se dice.

¿Quiénes eran los toreros que más iban a su casa?

Domingo Ortega mucho, también Marcial Lalanda y Manolete; después los Bienvenida y los Dominguín, pero hubo muchos más. Recuerdo cuando reapareció Luis Miguel, en 1973, que estuvo varias semanas en casa, junto a Antonio Bienvenida, porque los dos volvieron juntos. Luis Miguel era un atleta y había tardes que nosotros no tentábamos y sin embargo sí lo hacía mi tío Alipio en Matilla y cogía y se iba corriendo, para hacer piernas. Salía de San Fernando y se iba por Cojos hasta Matilla.

(Al referirse a su tío Alipio, don Antonio recuerda la figura de don Alipio Pérez-Tabernero Sanchón, uno de los grandes hombres de la ganadería charra y padre de los actuales Alipio, Javier y Fernando.)

Todos los ganaderos de Salamanca de su época hablan mucho del gitano Joaquín Rodríguez ‘Cagancho’, ¿usted lo conoció?

Mucho. Tenía más personalidad que nadie , era muy medroso, pero de mucho arte y no pasó inadvertido.

¿Y de los salmantinos?

El Viti, que ha sido una figura de leyenda, un torero con una calidad impresionante. Y además todo un caballero, al que tanto yo como mi familia queremos muchísimo. Lo tuvo todo como torero y lo tiene todo como persona. También El Niño de la Capea ha sido otro torero al que he seguido mucho y que ha sido muy grande, en mi casa ha estado desde que empezaba hasta el último día. Y Pedro es otro pedazo de persona.

Salamanca no es justa con él, ¿verdad?

No. Él además de una figura y una magnífica persona siempre ha sido un hombre que se ha sentido muy orgulloso de ser charro.

¿Y de los más nuevos?

Todos, hoy el que hace bien las cosas y torea con clase da gusto verlo.

Usted es muy amigo de Manuel Benítez ‘El Cordobés’, ¿es cierto?

Sí. Y es más, de toda la gente que he conocido desde abajo, el más agradecido conmigo ha sido Manolo. Estuvo bastante por aquí y un año se colocó en Robliza para sacar remolacha, pero con la condición que lo dejaran marchar si había tentadero en San Fernando. Al principio venía muy harapiento y en casa siempre le dábamos algo de comer o un poco de ropa y aquello lo valoró muchísimo.

¿Sigue viéndolo?

Poco, pero cuando está en Salamanca viene por casa y ha sido muy agradecido. Fíjate que una vez quedó con unos empresarios en San Fernando y les exigió toros míos; entonces, a la hora de cerrar el contrato pedí tanto, lo que creía que debía pedir. Entonces, Manolo me dijo, no eso no, pide eso que te lo van a dar. Era mucho más dinero. Así era El Cordobés, un hombre agradecido.

¿Qué le pareció como torero?

Muy bueno para la Fiesta y además toreando muy bien con la izquierda. El Cordobés fue muy positivo para los toreros, para los empresarios, para los ganaderos… Con su llegada se revolucionó todo, la gente llenaba las plazas y todo el mundo hablaba de toros.

¿Ve muchas corridas al año?

Todas las que puedo, en la provincia no me pierdo ninguna, las de la feria de aquí, también voy a Santander, antes a Sevilla y algunas más.

¿Ya no va a Sevilla?

Desde que murió mi mujer no. Además también murieron Pepe Murube, Luis Algarra, Eduardo Miura… todos grandes amigos y con los que siempre pasaba la feria, con lo que se me hace un vacío muy grande.

Me hablaba de Santander, ¡qué feria más atractiva!, ¿a que sí?

Muy buena. Llevo muchísimos años yendo a Santander, primero a Santoña donde hay una plaza al lado del mar que es preciosa. Allí daban dos corridas y en una lidiaba Pérez-Angoso y en la otra AP, los dos hierros de la casa, así que nos quedábamos por allí. Pero después, cuando San Sebastián, que era donde veraneábamos, se puso tan mal comenzamos a acudir a Santander, porque poseía el mismo clima y teníamos muchos amigos. Entonces daban una corrida y después, tras la llegada de Hormaechea, que fue un magnífico alcalde, la feria subió para arriba, porque se hizo todo muy bien. Ha sido un ejemplo y hoy por hoy, es una magnífica feria que lo tiene todo. Pero que no se duerman, que es fácil echar abajo todo lo conseguido en caso no de seguir en la misma dinámica y cuando las gentes nuevas no saben del esfuerzo que hay detrás.

Referente a la ganadería, ¿qué criadores tuvo idealizados más allá de su ámbito familiar?

Lo de Coquilla era muy bueno y los toros se lidiaban en todas las ferias.

¿Y su tío Graciliano?

También, eran toros con casta y emoción. Mira las faenas de Chicuelo, al que hicieron figura cuando su carrera necesitaba un empujón o después a Manolo González, que también se hizo figura un ‘graciliano’.

¡‘Corchaíto’ y ‘Capuchino’!

Si, así se llamaban esos toros.

Otra figura ganadera fue Atanasio Fernández, ¿qué opina?

Muy bueno y con visión para hacer una gran ganadería. Particularmente, Atanasio fue un hombre muy querido para mí.

¿Qué opina sobre Victorino?

Mira, yo soy el que mejor lo conoce de Salamanca.

¿Y eso?

Lo conozco desde 1942. Ese año mi padre compró Puerta Verde, una finca en El Escorial. Por aquellos años íbamos unas veces mi hermano Juan Mari y otras yo y estábamos allí una quincena. Recuerdo que era plena postguerra y en la sierra de Madrid no se podía comprar pienso para el ganado y se morían las vacas. Entonces, iba por allí Victorino, que era el carnicero de Galapagar para ver si había ganado para venderle.

¿Como ganadero qué le parece?

Ha sabido adaptarse a los tiempos y sabe vender fenomenal, porque le sirve todo. Tiene mucho mérito. Recuerdo cuando me dijo que se iba a Extremadura, donde andaba comprando la finca Monteviejo y me preguntó si la conocía.

¿Y la conocía?        

Claro, porque nosotros teníamos la finca al lado, El Campillo, que está en la carretera que va de Perales a Hoyos y le dije cómo era.

(La finca Puerta Verde, tras el reparto familiar correspondió a Amelia, hermana de nuestro protagonista; precisamente, en ese mismo lugar, en su plaza de tientas, la vaca ‘Conocida’ volteó a Antonio Bienvenida, produciéndole tan graves lesiones que falleció días más tarde. Corría el año 1975).

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Después de una hora de conversación nos despedimos de don Antonio, quien a continuación se une a un grupo de amigos con quien comparte tertulia cada mañana. La despedida es con un hasta pronto, porque el crítico cuando en el saludo final, aprieta la mano del veterano ganadero lo hace con el orgullo de haber estado con un hombre de bandera, quien junto a su estirpe ha contribuido a llevar tanta grandeza ganadera para el Campo Charro. Lo peor es que después de una charla tan larga y amena habría para llenar un montón de páginas, por eso otro día habrá que volver a rescatar sus recuerdos.