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Paquito García Cervantes, ¡aquel peón de confianza de Julio Robles

Las inesperadas llamadas de esos amigos a quienes has perdido la pista son siempre un acontecimiento. Esta mañana de invierno ha llamado Paquito García Cervantes, el excelente banderillero alicantino que durante 17 temporadas brilló en la cuadrilla de Julio Robles como peón de confianza. Y la emoción se hizo presente porque volvió a surgir el más puro y apasionado roblismo, con el que uno creció. Porque a la hora de hablar de Julio Robles, el nombre de Paquito García Cervantes es santo y seña de una larga época con el torero charro. Desde aquí me descubro otra vez ante este personaje que escribió sus mejores páginas toreras como peón del maestro, alcanzado máximos honores entre los hombres de plata y cuya relación con Julio Robles, fue más allá de torero y banderillero, sellando un trato familiar entre ambos.

Paquito García Cervantes ayuda a poner el capote de paseo a Julio Robles, junto a su compañero Chicorro (a la derecha).

¡Cuántos recuerdos afloraron! Qué delicia de conversación con Paquito García Cervantes, a quien uno conoció de niño y, desde entonces, empezó a admirarlo gracias a la magnífica brega y las grandes condiciones en el tercio de banderillas que atesoraba este torero, tan completo y tan capaz. El mismo que durante casi dos décadas fue la fiel sombra de Robles, tras llegar a su cuadrilla en 1973, en el comienzo de la segunda temporada de  matador de toros y permaneciendo hasta 1987, cuando Robles ya estaba llevaba varios años sentado en la mesa de las figuras. Cuando ya tenía que esperar la llamada de los empresarios para exigir.

En 1988 con sorpresa general y causas que ahora no vienen al caso, Paquito García Cervantes, emprendió otro camino para enrolarse en las filas de Nimeño II. Marchó después de una etapa tan fructífera para vivir otros horizontes, pero jamás perdió el afecto, amistad y admiración que guardaba a su querido Julio Robles, un hermano para él. Porque cuando llegaba el triunfo, desde la distancia se alegraba y si coincidían en la plaza seguía jaleando sus faenas. Después, tras la tragedia de Beziers siempre estuvo pendiente y fueron numerosas las ocasiones que cogió su coche y atravesó España, desde su Alicante para venia a echar unas horas con Julio en su casa de la finca La Glorieta. Y  hablar de tantos años juntos mientras el diestro crecía hasta ser un torero de época.

Y es que, Paquito García Cervantes marcó historia en esa cuadrilla que, hasta un año, llegó a ser plenamente alicantina, en la época que estuvo integrada por Pablo Sáez Chicorro, Antonio García Rondeño y el propio Paquito García Cervantes. Tiempos donde a caballo marcaban escuela José Luis Cáneva El Rubio de Salamanca (quien cuando colgó el castoreño por jubilación, su lugar fue ocupado por Aurelio García, otro grandioso torero a cabello) y Victoriano García El Legionario.

Fue una gran alegría volver a hablar con Paquito García Cervantes, porque afloró todo el sentimiento hacía el gran Julio Robles en el mismo momento que se cumplían 20 años de su muerte. Y además volvió a florecer ese roblismo con el que uno creció y vivió apasionadamente la carrera del gran Julio Robles.

¡Larga vida a Paquito García Cervantes, quien fue la fiel sombra de Julio Robles!

20 años no son nada (en recuerdo a Julio Robles)

Veinte años no es nada decía el genio de Carlos Gardel en el tango Volver, el icónico tango que es a la música casi lo que Julio Robles fue al toreo. Veinte años quedan atrás desde aquella tarde, cuando justo a la torera hora de las cinco, nos dejó Julio y desde entonces quedamos huérfanos de tan grandioso personaje. Dos décadas de quien fue un símbolo de la Tauromaquia, aunque bien es cierto que Robles tuvo dos muertes. La primera, la artística, cuando Timador, el cayetanomuñoz que lo volteó sobre las arenas de Beziers aquel 13 de agosto de 1990 y su cogida sucumbió en los pilares de la Fiesta como un terremoto. Porque era el adiós de aquel torero tan artista, tan capaz, tan variado, tan completo, el que supo dominar todas las embestidas y alzó su nombre a la categoría de maestro (Robles lo fue de verdad, no esta nefasta moda actual de llamar maestro a todo el que viste de luces). Después la siguiente muerte, la definitiva, llegó el catorce de enero de 2001, recién estrenado el nuevo siglo y ya desde entonces, el grandioso torero salmantino ocupa un lugar en el Olimpo de admiración. Y de añoranza.

Con El Viti y El Niño de la Capea, edad del oro del toreo charro 

Escribo esta crónica dejándome llevar por la emoción y sin rememorar ningún hecho concreto, solamente el sentimental, porque Julio fue un toreo de letras, nunca de números y odiaba las estadísticas. Me dejo llevar hasta asentarme en la rama de veinte años atrás y los recuerdos con Julio Robles permanecen inalterables, como si el tiempo no se hubiera dado tanta prisa en deshojar calendarios. Desde entonces, todos los días rememoro alguna faena, vivencia, anécdota de él, se improvisa alguna tertulia con profesionales o aficionados alrededor de la figura de Julio. ¡De Julio Robles! De su enorme página artística, de su capote que dibujaba verónicas de oro y su muleta donde surgió la profundidad del más puro natural. De aquella rivalidad que tuvo con El Niño de la Capea y hasta los seguidores de uno u otro se pegaban por defender los intereses de su admirado. Porque en aquellos años en Salamanca había que medir muy bien con quien se hablaba de toros y donde para que la sangre dialéctica no llegase al Tormes. De los quites con Ortega Cano, cuando Las Ventas se caía por la emoción y los olés se escuchaban hasta más allá de Carabanchel, en la de la otra orilla del Manzanares.

Perfección de una natural en Sevilla. Así solamente torean los elegidos

En Beziers se nos fue el torero y uno quedó como barco desarbolado, o como un naufrago a merced de las corrientes. Con Julio siempre presente la vida siguió, aunque estaba en la memoria de tantos viajes y corridas en Salamanca, Valladolid, Madrid, Gijón, Plasencia, Palencia, Zamora, Ávila, Badajoz… en los mejores años de nuestra vida, cuando se derrochaba juventud. Era la época de aquel Julio que llegaba al patio y, antes de que los hombres de cuadrilla le vistieran con el capote de paseo no dejaba de hacer asparabanes con un personal juego de hombros y cuello. Era el símbolo de la motivación y responsabilidad ante un nuevo reto, porque si además, en esos momentos tenía hinchadas las yugulares, era la señal inequívoca que se iba a comer el mundo. Y se lo comió con una interpretación cada vez más aplomada, más sosegada y templada, lejos de las prisas imperantes en los años que luchaba para ser figura.

Después de su muerte artística dejó un hombre con más poso y temple que regaló cariño y amistad a quien se acercó a él. Aquel Julio que era feliz rodeado de su gente, con sus aficiones de siempre y en la paz de ese Campo Charro del que acabó siendo otro símbolo. Y donde su nombre, el igual que en todo el mundo taurino, está en ese pedestal reservado únicamente a los más grandes. Porque en Volver cantaba el genio de Carlos Gardel que veinte años no es nada y ahora, esta noche de lunes, escucho emocionado esa hermosa canción que es a la música lo mismo que Robles a los ruedos.

Rodeado de amigos, la mayoría de ellos ganaderos en su finca La Glorieta

¡Lo llamaban el salvaferias!

Hoy hurga en mi recuerdo aquel cartel de los banderilleros que hace tres décadas era imprescindible en todas las ferias. El integrado por Esplá, Mendes, El Soro y, en muchas ocasiones, el simpático Morenito de Maracay –que fue mucho más que su par al quiebro-. Aquellas tardes de ferias con el ‘no hay billetes’ y la enorme expectación que despertaban, aunque los puristas, en una mayoría, desertaban y cedían sus entradas bajo la excusa de ‘bajan mucho con la muleta’, algo que el tiempo acabó de borrar para darle el verdadero sitio de figura que gozaron estos grandes toreros.

Aquel cartel que nació, ocasionalmente, unos años antes con Paquirri, Paco Alcalde y Ángel Teruel, cuando de verdad tuvo pujanza fue en la década de los 80, al engrandecerlo los Esplá, Mendes, El Soro y Morenito de Maracay, que entraba en muchas ocasiones por alguno de los citados, viendo los empresarios un filón del que carecían las corridas del postín. Los protagonistas llenaron las plazas durante una década, ganaron mucho dinero y mantuvieron máxima expectación –a pesar de los puristas-. Incluso, de vez en cuando, en las ocasiones que salían del clásico cartel para torear con las llamadas figuras, daban el do de pecho y también triunfaban en los carteles de lujo. Ahí están los grandes éxitos de Mendes en la época. Los de Esplá en tantas plazas o incluso El Soro, a quien en su Valencia natal nadie le hacía sombra. Recuerdo que una de esas tardes brindó un toro al maestro Antonio Ordóñez, que presenciaba la corrida desde un burladero del callejón. Ese día al finalizar el festejo y, mientras El Soro era llevado en volandas, alguien quiso ‘comerle la oreja’ al maestro tratando de ningunear al protagonista del brindis, a lo que el rondeño respondió, “a ver quién es capaz de dar esa docena de naturales que ha dado el de la huerta”. Desde entonces El Soro y Ordóñez fueron muy amigos.

Hoy, recién iniciado el 2021, cuando la Fiesta vive embarrada por su nefasta gestión del sistema empresarial y en el dique de la espera por culpa de este cruel Covid, que bueno sería aportar ideas. Una de ellos es volver a buscar una terna de banderilleros para regresar a la ferias y regalar pasión y emoción bajo el tercio e banderillas.  Son ideas y podían funcionar perfectamente como aquel inolvidable ‘salvaferias’ de Esplá, Mendes, El Soro o Morenito de Maracay. Porque aquello si que tuvo glamour y grandeza.

Adiós al año escrito con renglones torcidos

 Agoniza 2020, el año traidor que nos robó tanta vida e ilusiones. El que mató sueños y nubló proyectos. El que nos tiñó de luto por tantos amigos como dijeron adiós. Se va el año maldito, el innombrable, el que dejó herrado de dolor y llanto nuestro corazón. El que provocó tanto desgarro.

 

Se va el 2020, el año que el inmenso busque de la Fiesta debió atracar ante la zozobra hasta paralizar prácticamente toda su actividad dejando en quiebra a un montón de profesionales y, lo peor, el futuro lleno de interrogantes. Se va y quedará escrita su historia con renglones torcidos, cogiendo a todo con sorpresa y el paso cambiado.

Se va y nadie lo llorará. Se tratará de olvidar, aunque el daño y el dolor quedarán presentes, como cicatrices que siempre brillan a los soles y los fríos, abriéndose las puertas a un 2021 que ya está escrito como la esperanza, aunque inevitablemente tampoco se sepa qué ocurrirá para frenar esta lacra que ha cambiado el mundo.

La lacra que ha hecho pensar en nuevas perspectivas, cambiar modelos de trabajo y de gestión, buscar nuevos horizontes para que la rueda de la vida no deje de correr. Mientras, todos los sectores han debido reinventarse, casi siempre desde la marcha. Todos han echado el paso adelante. Todos menos el mundo de la Tauromaquia, dormido en sus laureles, encerrado entre las cuatro paredes de esa grandeza en la que habitan parte de sus protagonistas y sin ser capaz de reaccionar para buscar soluciones en el año que no se colgaron carteles de ferias. Las plazas permanecieron cerradas y con ellos el mundo ganadero inmerso en una gravísima situación económica al carecer de ingresos, lo mismo que toreros, banderilleros, picadores, mozos de espadas y todo el sector que se mueve alrededor de la Fiesta (sastrerías, transportistas, veterinarios, veedores, imprenta…).

Desde que la pandemia llegó la Fiesta se ha estancado, sin buscar soluciones cuando ha tenido una verdadera oportunidad de regenerarse y de buscar su nueva perspectiva, además de forma de negocio del futuro, pues no olvidemos que vive enquilosada en otras épocas. La ruina ha llegado al campo y como gremio no ha sido capaz de exigir con la importancia que tiene ese sector; al igual que los toreros, quienes tardaron meses en hacerse oír y al final fueron callados como una propina más parecida al aguinaldo. Todo ocurría mientras debieron escuchar un montón de improperios desde el Gobierno de Madrid, desde los ministros Ábalos o Uribes, junto a la totalidad de Podemos en su afán –y lo dicen a las claras- de acabar con la Tauromaquia. Se aguantó el chaparrón y todos callados, desde la prensa tan servil y más dedicada a labores propagandísticas que de denunciar tantos atropellos. Encima se intentó hacer algo y se hizo esa chapuza de la ‘Gira de reconstrucción’ y no hizo más resquebrajar la estructura de la Fiesta. Porque se hizo sin pensar en un futuro y siempre para los mismos, aunque de ella lo más agradable fue la explosión del sevillano Juan Ortega, que debe ser unas de las referencias de los próximos años y a raíz de una magnífica faena en la Feria de Linares se convirtió en la sensación del año (quienes lo conocíamos eran conscientes que en cualquier momento iba a dar el golpe en la mesa).

El resto fue todo simple, en algunas ocasiones incluso con corridas vergonzosamente mochas y anunciados los de siempre ¡cómo será para que un torero con más de 30 años de alternativa siga liderando el escalafón!

José María Garzón, a quien quisieron ‘zancadillear’ su compañeros

Lo peor es que el mundo del toro sigue encorsetado, encerrado en sí, con inmenso misterio en su organización, sin recibir frescura y con un empresariado nefasto. Nefasto y falto de lucidez, de creatividad, de saber abrir mercados y de generar ilusión. Un empresariado donde los grandes casas han permanecido en silencio, escondidas y ofreciendo la lección más triste que recuerda la Tauromaquia, donde solamente se hicieron fuertes para denunciar a José María Garzón, que en el 2020 ha sido el empresario con ganas de hacer cosas y además bien. Pues eso, tener ganas y hacerlo bien, como ha hecho Garzón, sirvió para que ANOET (que lidera el vendehúmos de Simón Casas), en una actitud mafiosa le intentase segar la hierba de debajo de sus pies.

Y otra cosa, de esta ya hemos escrito mucho y lo seguiremos haciendo. Pero si no hay emoción en el toro bravo que apaguen la luz. Torear no es dar pases bonitos, es parar, templar y mandar con el sello personal a un toro bravo y que con sus embestidas emocione al tendido, pidiendo un valiente que sepa crear arte, porque ahí surge la grandeza del toreo y en los aficionados hierve la sangre.

Mientras no se siga ese camino la Fiesta seguirá desintegrándose y llegará, más pronto que tarde su desaparición. Porque es vergonzoso que hayan tenido una gran oportunidad de regenerar y no haya propiciado más que nuevas grietas después de que los taurinos lo hayan escrito con renglones torcidos.

 

 

Cuando Iñaquito coreó ¡Viti-Viti-Viti!

Pocas aficiones regalan tanta pasión como la de Quito. A su feria en honor del Jesús del Gran Poder acudían encantados los toreros para disfrutar del ciclo que acogía el gigantesco coso de Iñaquito -que casi lamen los aviones con su panza en las maniobras de aterrizaje y despegue del cercano aeropuerto-. La magnífica ciudad de Quito, inmensa, cosmopolita, acogedora… hasta el año 2011 abría de par en par con un abrazo de hospitalidad a la gran familia taurina que, cada año, en los últimos días de noviembre se instalaba en esa ciudad única, la que en un mismo día ve discurrir las cuatro estaciones. Quito era grandeza alrededor de una feria de tronío, a la que las nuevas políticas de orden social-comunista derivadas del odio a España, guillotinaron en ese mencionado 2011. Y desde entonces, la añoranza se adueña de quienes disfrutaron de esos días en las corridas que debían celebrarse al mediodía bajo un intenso sol previo a las intensas tormentas de la tarde.

Dos toreros de Salamanca allá fueron aupados al pedestal de la máxima admiración; uno Santiago Martín ‘El Viti’, que toreó 21 tardes en Iñaquito con el triunfo de aliado; 19 veces. 19 veces lo hizo El Niño de la Capea, quien también gozó del culto entre esa afición. Muchas menos ocasiones toreó Julio Robles y la mayoría en sus primeros años de matador, dejando escrito su nombre en el olímpo de los triunfadores en 1979, al cortar cuatro orejas y ganar el trofeo el triunfador y el de la mejor faena.

Quito y El Viti siempre fue un binomio durante la trayectoria profesional del maestro de Vitigudino. Allí alcanzó su último gran éxito en la Feria de 1978 (además en año antes incluso en una misma corrida fue torero y ganadero, al lidiarse sus reses). En su postrera edición ferial fue anunciado con una corrida de Torrestrella (cartel compartido con Gabriel de la Casa –que indultó un toro- y Palomo Linares) y la segunda, con tres orejas en su esportón, de Salvador Gavira, de nuevo con Palomo Linares en un cartel que cerró el ecuatoriano Fabián Mena. Pues bien, ese 1979 Quito tuvo un nombre, el de SANTIAGO MARTÍN ‘EL VITI’, que enraizó para siempre en el corazón de Quito, mientras que la gente literalmente se pegaba para poder estar en la plaza y admirar a aquel coloso que al año siguiente iba a decir adiós y ya se vislumbraba su retiro profesional.

Aquel año, era tal la pasión que en la primera corrida, el público pidió con mucha fuerza las orejas, negándose el presidente a conceder el premio. El Viti dio la vuelta al ruedo entre clamores y tras finalizar regresó al callejón, mientras al público entusiasmado no dejaba de gritar ¡Viti-Viti-Viti…! Ya en el ruedo el segundo toro, cuya lidia y muerte correspondía a Palomo Linares, durante todo el primer tercio, la entusiasta afición quiteña seguía emocionada recordando la gran faena del maestro de Vitigudino, sin cesar los gritos de ¡Viti-Viti-Viti! a su persona, alargados durante parte del trasteo de muleta del torero de Linares -quien también gozó del culto en esa afición-.

En Quito se guardan los mejores recuerdos de Santiago Martín ‘El Viti’, de su señorío, de su saber estar en la plaza, de su personalidad o de su temple colosal que tuvo en su muleta. Porque El Viti dejó escrito su nombre en Quito con letras de oro.

 

 

El ‘fichaje’ de don Joaquín Moeckel,

Al letrado sevillano don Joaquín Moeckel le pueden las ansias de notoriedad. Ahora acaba de anunciar a bombo y platillo que ha fichado por Roca Rey. Al leer la noticia pensé estar en el día de Los Santos Inocentes; pero no, aún faltaban casi tres semanas para la llegada de esa fecha. También al leer fichaje deduje que dada su afición taurina e ir a los callejones (paralela a desmedida afición a salir en los medios) podría dedicarse a menesteres más propios en el toreo. Porque ese término de fichaje (heredado de la jerga futbolística), en la jerga taurina se utiliza cuando un apoderado anuncia que se hará cargo de un torero; si un matador contrata a un subalterno o picador. Jamás que un torero, por más figura que sea, tenga que extender su cuadrilla con un abogado. Porque cada torero ha tenido siempre su abogado para solucionar los pleitos o problemas que se le presenten y nunca antes se había anunciado algo así, porque eso forma parte de la discreción de cada cual.

Duele que con la que está cayendo y los duros momentos que atraviesa la Tauromaquia haya personajes que aprovechan cualquier coyuntura para servirse de ella y estar a cualquier precio en la pomada. No es nada nuevo en el letrado sevillano, porque la discreción debía estar de vacaciones el día de su nacimiento. No olvidemos su inmenso ridículo cuando quiso limpiar la escultura dedicada a Curro Romero ubicada en los alrededores de La Real Maestranza, pretendiendo hacerse el héroe (y claro con las fotos a la prensa, que para él tan amigo del autobombo es el principal fin) y no fue más que un ridículo espantoso el tratar de limpiar con productos contraproducentes para la patina de bronce (https://www.glorietadigital.es/2015/12/06/el-senor-moeckel-juega-a-restaurador/).

O su polémica de hace unos años en Salamanca tras los hechos sucedidos ocurridos al arrojarse a un toro de Morante un conocido antitaurino. Entonces, tras un montón de desórdenes, el letrado realizó unas declaraciones atacando a la Policía salmantina, que había protagonizado una brillantísima labor en medio del desorden, hechos que recogimos en su día y se pueden leer a través de este enlace https://www.glorietadigital.es/2015/12/06/el-senor-moeckel-juega-a-restaurador/

Ahora el último ejemplo de su afán por figurar y hacerse notar es anunciar su fichaje por Roca Rey, al igual que semanas atrás pregonó que se hacía cargo de la reivindicación de los hermanos Rivera Ordóñez en el escabroso asunto de la herencia de su padre, el malogrado Paquirri. Ahí también se paseó por los platós televisivos, en vez de tener la discreción necesaria en un asunto tan espinoso. Pero ya se sabe que a Joaquín Moeckel salir en los medios en su prioridad, aunque sea a costa de una Tauromaquia herida y donde ahora hay que apoyar.

En fín no sé qué pensará un hombre tan sensato, tan profesional y de una forma de actuar tan cabal como el actual apoderado de Roca Rey, el maestro vallisoletano Roberto Domínguez de este narcisismo del abogado al anunciar su fichaje. Y qué sitió ocupará en la furgoneta, porque de la manera de anunciar el fichaje será la sombra de la estrella peruana. Porque de Joaquín Moeckel con tal de figurar es capaz de cualquier cosa,; vamos que cualquier día nos sorprende saliendo  al ruedo para pasear las orejas del torero en tarde triunfo. Cualquier cosa.

 

El poderoso capote de Manolo Romero

Manolo Romero es otro torero que acaba de hacer el paseíllo celestial. Allí, desde el momento de abrirle San Pedro las puertas de la gloria, habrá sacado su capote para bregar con su largura, poderío y temple al toro de San Marcos. Porque con él se va otro torero hecho en esa tierra charra, en la que dejó sus raíces y donde se ganó un nombre prestigio entre la torería.

Nacido en la localidad sevillana de Utrera, el 20 de noviembre de 1932, llega a Salamanca a finales de los años 40 perseguido por sueños de grandeza torera, en los tiempos que tantos muchachos ávidos de gloria taurina se asientan a la vera del Tormes. En la misma época que él también llega otra paisano suyo, aunque este nacido en Alcalá de Guadaira, llamado Antonio del Castillo, con quien hace tanta amistad que ambos llegan a residir juntos en la misma pensión. Poco después, Antonio del Castillo  fallece tras ser herido de gravedad en la plaza de Masueco de la Ribera.

Son tiempos difíciles, de hambruna y de dureza, de cartillas de racionamiento en una España que aún vive enlutada por el dolor de la Guerra Civil. Entonces el torero es el camino  más corto para redimirse de la necesidad y, como las oportunidades escaseaban, Manolo Romero se tira de espontáneo a un toro de los Hermanos Pacheco en Madrid. Nada detiene su vocación y, ya en 1951, se anuncia en numerosos festejos celebrados por la provincia de Salamanca y otras limítrofes, encontrando las primeras facilidades gracias al señor -Primitivo Lafuente, un antiguo banderillero aragonés a quien coge la Guerra en Salamanca, curándose de una cornada y en esa capital ya se instala para siempre-. Manolo Romero muestra afición y ganas, además de buen gusto, viendo frenados sus avances por varias cornadas seguidas que frenan su irrupción, viéndose obligado a volver a las capeas, compartiendo muchas de ellas con Andrés Vázquez, en los tiempos que es llamado El Nono.

No tardando mucho hace buenas migas con los hermanos César y Curro Girón, recién llegados a España, donde residen en la finca El Rual, que tienen los hermanos Pacheco cerca de Ciudad Rodrigo y entrena a su lado, sirviéndole de gran ayuda. Pero no acaba de triunfar con espada y muleta, casi siempre frenado por las cornadas.

Poco después, en 1955 decide hacerse banderillero y se enrola en la cuadrilla de Santiago Martín ‘El Viti’, entonces prometedor novillero de Salamanca, con quien permanece hasta la tarde de Ceret que sufre tan gravísima lesión en un brazo. Mientras El Viti se recupera, Manolo Romero torea a las órdenes Manolo Carra y enseguida, gracias a su bien oficio y capacidad capotera, es fichado por Curro Romero, con quien cumple dos campañas. Posteriormente torea con Efraín Girón, con el medinense Manolo Blázquez y a continuación varias temporadas con el portugués Amadeo dos Anjos, también en alguna ocasión con Dámaso Gómez. Y seguidamente está varios años con Miguel Maŕquez, al que siguen Frascuelo y Andrés Vázquez, su antiguo compañero de las capeas que ha alcanzado la meta de ser figura.

Años más tarde, ya entrada la década de los 70 deja atrás Salamanca, la tierra donde se casó y tuvo a sus hijos, para instalarse en Madrid. Allí, su nombre se hace habitual en los carteles domingueros de Las Ventas, donde toreó un buen número de tardes, además de hacerlo con otros muchos toreros que siempre lo llamaban gracias al poder de su capote, entre ellos Ortega Cano, antes de romper a torero de postín; en la segunda etapa de Paco Alcalde, y otros más, entre ellos los salmantinos Sánchez Bejarano y Juan José, con quien toreó varias veces en Madrid y otras plazas.

Desde que se retiró siempre mantuvo su afición a los toros siendo frecuente verlo en la plaza de Madrid y otras cercanas a la capital, siempre hecho un pincel, donde gozaba del respeto y consideración de todos los profesionales. Hace cerca de década y media, un nieto suyo acartelado como Díaz Romero intentó seguir sus pasos en la Escuela de Tauromaquia de Salamanca. Entonces,  cuando toreaba, Manolo Romero, siempre con su porte de torero, regresaba a esta tierra charra que lo adoptó con la felicidad de ver cómo su nombre continuaba en los carteles. Y allá donde estaba recibía el saludo y abrazo de los profesionales y antiguos compañeros suyos. Porque todos admiraron a este Manolo Romero que tuvo un capote largo, poderoso y templado, con el que seguro que va brega al toro de San Marcos.

 

GLORIETA DIGITAL apoya el premio ‘Tauromaquia-2020’ para Andrés Vázquez

La candidatura de Andrés Vázquez se alza  como justa candidata para lograr al premio Tauromaquia de Castilla y León-2020. Galardón muy merecido para este castellano que paseó el nombre de su tierra por todo el orbe taurino con la pureza de bandera. De quien se supo ganar con tanto arte y sangre por los ruedos del mundo y, una vez sea oficializado, este premio honrará toda su carrera.

Me alegra enormemente este nombramiento al que se han adherido diferentes colectivos taurinos de toda España, porque ellos tuvieron sensibilidad con quien fue tan destacado torero en las pasadas décadas de los sesenta y setenta. El mismo que, además, formó parte de una magnífica generación en una de las mejores épocas del torero, cuajada de nombres de postín, hasta rendir en tantas ocasiones la cátedra madrileña. O el resto de las plazas, donde se ganó los honores de maestro. El que siempre llevó a su querido pueblo tan en el corazón que, incluso, más allá del ámbito taurino cuando surgía el nombre de Villalpando enseguida surgía “el pueblo del torero Andrés Vázquez”. Andrés, a quien nadie ha regalado nada, lo merece  y será un orgullo que el premio  Tauromaquia Castilla y León-2020 vaya a sus manos. Porque va a ser el honor más grande que lucirá el protagonista y una medalla en su corazón de castellano viejo.

Mis respetos a un hombre que dignificó la Tauromaquia y a un maestro del toreo que siempre sintió orgullo de su origen.

 

En el adiós de Florines, el de ‘Mi Vaca y Yo’

Cuando Florencio Cuesta, el popular Florines marchó a Tenerife para ganarse la vida siempre lo hizo con el sentimental billete de vuelta. Porque su vida estaba en Salamanca, que siempre llevó en el corazón. Esa Salamanca de la que tanto presumía durante los años que permaneció en la isla del Teide y de la que regresó cuando ya tenía lista la cartera para llevar a cabo su vieja aspiración de montar un bar.

Niño de la guerra nacido en Vitigudino, hijo de la España del hambre y las cartillas de racionamiento, un día tras ver las película Currito de la Cruz también quiso ser torero y más aún cundo escuchaba a la gente, que conmocionada, decía que un toro había matado a Manolete. A ese Manolete que para él, en esos años de la infancia, debía ser como un Dios. Pronto se disiparon los sueños de gloria vestido de luces y en aquel Vitigudino de su infancia vería los comienzos artísticos de su vecino Santiago Martín, a quien llamaron El Viti y después tanto aplaudiría por todas las plazas, porque desde que El Viti mató su primer novillo, Florines, ya quedó herrado con el sello de vitista.

También aplaudió y siguió a todos los toreros de la tierra -sin dejar uno atrás- o que se afincaban en ella durante el invierno, a Antonio de Jesús, a André Vázquez, a José Luis Barrero, a Paco Pallarés, a Amadeo dos Anjos, a Flores Blázquez, a Víctor Manuel Martín, a Juan José, a Pascual Mezquita, al Inclusero, al Niño de la Capea (otra de su reconocidas debilidades), a Julio Robles, a Sánchez Marcos, a Luis Reina, Rui Bento, Manrique, Pepe Luis Gallego… Junto a todos los banderilleros y profesionales que siempre tuvieron en él a un amigo y confidente, gente desde El Aldeano, El Latas, Adolfo y Victoriano Lafuente, El Güevero,Arturo Martín, Tito Guerra, Vicente de la Calle, Marcial Villasante, Mateo Carreño, Rubén de Dios, El Miura, Tomás Pallín, Carlos Zúñiga, José Miguel Flores, El Mingo, Aguilar Granada, Nacho Moro… picadores, desde los Cáneba, los Rivas, Juan Mari, Paco Tapia a los actuales.

Florines, de baja estatura, ancho corazón y que siempre derrochaba generosidad y simpatía fue dueño del bar Mi Vaca y Yo un lugar hecho a medida para él, que marcó el pulso taurino de Salamanca durante tres largas décadas, siempre abarrotado de toreros, aficionados y también guiris que querían ver las fotos taurinas colgadas en las paredes. Porque Mi Vaca y Yo era una especie de museo taurino y también una casa de la amistada la que de haberla encontrado en los caminos de su vida un Cela lo hubiera inmortalizado. Porque tenía todos los ingredientes para ser el argumento de un bell sellers. Y junto a ellos nunca faltaba un grupo fijo encabezado por el inolvidable Barbero (de Publicidad Barbi) y por encima de todos el eminente doctor y cirujano taurino Luis Carrasco, quien fue un fiel amigo de Florines.

Aquel bar lo frecuentó un cantaor de la talla del Calderas, también en alguna ocasión su hermano Rafael Farina y muchas veces Manolo de Vega, gran amigo de Florines, al igual que el cantaor de flamenco Manuel Gerena. En el mismo bar donde en cuanto asomaba el otoño y llegaban las canales, se acababa la temporada y las carteras de muchos taurinos se llenaban de telarañas, Florines para poder ayudar a quien lo necesitaba empezó a montar un cambalache de compra y venta de artículos de torear, lo que con el tiempo fue el nacimiento de La Boutique del Torero, hoy regentada por su esposa Nati y cuya fama se extiende más allá de los fronteras.

Además siempre se preocupó de dignificar a los toreros y fue impulsor de numerosos homenajes que llegaron con motivos de la jubilación o retirada, desde matadores de toros, banderilleros, picadores…. Cuando llegaba ese momento, Florines enseguida movilizaba a la gente, hablaba con el restaurante y al protagonista le hacía ser feliz envuelto en la grandeza que supo ganarse. Lo mismo hizo con los cocidos taurinos de fin de temporada, que también fueron idea de él y durante muchos años fue una fecha emblemática en el calendario taurino charro.

Suyo fue también el monumento al torero portugués José Falcón situado en los alrededores de La Glorieta. De aquel Falcón, que tan valiente y buen torero, afincado en Salamanca donde enraizó con su talante y nobleza. O después también promocionó la escultura dedicada al malogrado Nicasio Pérez Cesterito, que se conserva en el Museo Taurino de Salamanca.

Ahora, en estas vísperas de San Andrés, cuando ya han llegado las primeras heladas y las nieblas son protagonistas de muchas mañanas en Salamanca se ha ido a la eternidad. Aunque hacía ya años que vivió en un mundo de nieblas, lejos de tanto rumbo como el que tuvo en la vida. Ahora se ha ido casi en silencio, entre el cariño eterno de Nati, su mujer; de Gema y de Juan Carlos, sus hijos y del pequeño Andrés, su nieto, que fue su debilidad. Se ha ido quien fue un taurino ejemplar y un día en Tenerife supo que su sitio estaba en su querida Salamanca, donde Mi Vaca y Yo su bar fue un referencia durante más de tres décadas. Y sobre todo un rincón que tuvo todos los ingredientes para ser argumento de un bell seller.

 

¡Dejad tranquila la memoria de Paquirri!

Paquirri ha vuelto a la pomada de la actualidad. En realidad nunca dejó de estar y su nombre se ha mantenido vivo desde aquella trágica tarde de Pozoblanco que nos devolvió a la realidad de que los toros matan de verdad.

Sin embargo, no es justo que quien fuera tan gran torero, siempre un tío digno y con la verdad por delante, no lo dejen dormir el sueño eterno. Y sus restos se revuelven en su mausoleo del cementerio sevillano de San Fernando desde que es víctima de tantas especulaciones. Y con numerosa gente interesada medrando alrededor de quien fue un tío cabal.

Hoy su nombre acapara protagonismo en las tele-rosas y las revistas del colorín, a vueltas siempre con ese grandioso torero que nunca acabó de ser feliz. Porque tuvo mala suerte hasta para morir en una plaza con escasos medios sanitarios y además, un apoderado ineficaz -su ex cuñado Juan Carlos Beca Belmonte- que no fue capaz de llamar al helicóptero de  Protección Civil para que en veinte minutos lo hubiera desplazado a Córdoba y evitar perder la vida en las siniestras carreteras del Valle de los Pedroches. Y es que Paquirri tuvo mala suerte hasta para eso, después de que sus  éxitos en el ruedo que lo auparon a ser una primera figura, ni tanto dinero como ganó y la máxima popularidad lograda allanaron el camino para ser un hombre feliz. El camino que siempre se busca en la vida.

Ahora, para quienes tanto admiramos su figura, es tristísimo ver cómo sigue en la diana de la actualidad por mor de su tan traída y llevada herencia. Por malas artes de gentes en quien confió y por tanta vividor a costa de un torerazo que nunca fue feliz.

Dejad su memoria tranquila. Porque debe permanecer el recuerdo de un grandioso torero y de un hombre íntegro. Esa es la gran herencia que dejó Paquirri.