FALLECE EN ACCIDENTE

Andrés Hernando, DEP

Ya era noche cerrada después de un espléndido día otoñal cuando poco después de apagar el ordenador para salir a dar un paseo, timbró el wasap. Era mi amigo Paco Garcinuño, quien desde Ávila daba la triste noticia del fallecimiento del maestro Andrés Hernando, que acababa de perder la vida en un accidente de tráfico sufrido en los alrededores de la capital amurallada.

Sin dar aún crédito y pensar que podía ser una confusión, un montón de recuerdos bloqueaban mi mente; hasta que, desgraciadamente, a los pocos minutos se confirmaban los triste presagios. Y brotaban en mi pensamiento reuniones con los amigos de la Peña Taurina Abulense, también en su finca de Merlin o en Segovia, infinidad de entrevistas, encuentros con Manolo Lozano y con su ahijado Juan José, la admiración por El Viti, el reconocimiento a Juan Mora… ¡Una pena! No hace ni una semana hablábamos por última vez por teléfono y quedamos en vernos en las próximas semanas. Una cita que jamás llegará, pero deja para siempre el recuerdo de un caballero, de excelente torero castellano que voló tan alto y nos distinguió con su amistad.

Para conocer mejor la grandeza de Hernando, recupero este capítulo dedicado a él en el libro ‘Tauromaquias de Castilla’ que escribí hace varios años:

El nombre de Andrés Hernando va ligado al de destacados toreros de la década de los sesenta que convirtieron ese decenio uno de los más importantes de la Tauromaquia. En un eslabón al coincidir en los ruedos una ilustre baraja de nombres que defienden su sitio ante tan rica competencia y la variedad de encastes que se lidiaban en esas fechas.

Hernando formó parte de esa nómina para dejar escrito su nombre de manera destacada tras convertirse en un importante torero castellano y desde luego en el más notable que parió Segovia durante la segunda mitad del siglo XX, la tierra que lo ve nacer el veintiséis de febrero de 1938, hecho acaecido en La Velilla, perteneciente al municipio de Pedraza y partido judicial de Sepúlveda. Pronto su familia se traslada a Madrid donde su padre trabaja de taxista y allí, Andrés, con tan solo diez años de edad, vive la conmoción social que supone la trágica cogida de Manuel Rodríguez Manolete en la plaza de Linares. A la mañana siguiente escucha a los vendedores de periódicos vocear su muerte y no se habla de otra cosa, porque hasta se improvisan coplas dedicadas al protagonista. El suceso le provoca tal impacto que despierta su vocación de ser torero y se aplica en leer cuanto cae en sus manos relacionado con la Tauromaquia, además de pasarse horas enteras contemplando las fotos en blanco y negro publicadas en los semanarios taurinos, en los diarios e incluso las ilustraciones de los carteles que anuncian festejos.

Su familia carecía de antecedente taurino alguno, ni tan siquiera eran aficionados, aunque la nueva ilusión de su vástago no pasa inadvertida y un buen día su padre conoce a los miembros de una peña taurina trasladándole la naciente ilusión de su hijo, invitándolos estos a un tentadero celebrado en tierras de Albacete. Acude en compañía de su progenitor y llega sin base alguna sufriendo varias volteretas, pero demostrando un gran valor. Tal valor hace que un veterano banderillero Alfonso del Toro, presente en la tienta y retirado por una cogida que le dejó un brazo inútil, se fije en él al llamarle la atención lo rápido que se levanta para volver a la cara del animal con naturalidad. Aquel detalle hace posible que Alfonso del Toro se decida a enseñarle el toreo en el madrileño parque del Retiro y sea quien le organice novilladas sin picadores por pueblos de Castilla, siendo Guadarrama donde actúa por primera vez en un festejo público. Corría el año 1953 y el de La Velilla tenía claro cuál sería su futuro.

Los inicios no fueron fáciles. En cada paso se presentan un sinfín de dificultades y sin lograr alcanzar el necesario empujón, razón por la que durante varias temporadas sigue toreando festejos menores por la meseta, sin que llegue el esperado salto al escalafón de novilladas picadas, hecho que no se produce hasta transcurridas tres temporadas. Lo hace el día veinticuatro de junio de 1956 en Chinchón y tímidamente asoma a un escalafón que cuenta en sus filas con destacados nombres y al final, tras tanta lucha y partirse la cara vistiéndose en pensiones de palangana y cosos sin enfermería, en la primavera de 1957 logra debutar en la plaza madrileña de Vista Alegre y plataforma de numerosos novilleros que allí encontraron su particular rampa de lanzamiento. Hernando es uno de ellos y tras despertar tantos elogios en ese debut el empresario, Domingo Dominguín, decide apoderarlo, algo que entusiasma al muchacho para seguir su carrera ascendente. El segoviano ve un importante paso al estar en manos de quien lanzó y apoderó a Domingo Ortega, a Fermín Espinosa Armillita Chico, a su hijo Luis Miguel Dominguín, a Rafael Ortega o a su yerno Antonio Ordóñez, quienes componen cinco de los ases de la baraja taurina.

Bajo la administración de Dominguín al año siguiente alterna triunfos en Barcelona, Zaragoza y Vista Alegre y ve la otra cara de la moneda con tres graves percances seguidos. Los tres poco antes de presentarse en Las Ventas, a la que llega con las heridas aún recientes. La fecha del acontecimiento es el seis de julio de 1958 y lo hace junto a Luis Parra y Victoriano Valencia, quienes lidian reses portuguesas de Palha. Esa tarde se produce el acontecimiento que pasará a los anales de esa plaza al lidiar Victoriano Valencia el novillo Carpeto, cuajándole una faena memorable –aunque malograda por la espada- que acapara los titulares y roba el protagonismo al debutante, quien sin estar mal, por culpa de esa eclosión, pasa inadvertido. La empresa de Madrid lo tiene en cuenta y a las pocas semanas vuelve de nuevo al coso de la calle Alcalá y otra vez se repite un hecho semejante, al del debut, que va contra él. En esa segunda ocasión alterna con el conquense Luis Alfonso Garcés, quien corta tres orejas en una actuación redonda y dejando sin ningún eco la labor del de La Velilla.

Tres tardes más vuelve a Las Ventas, en todas sin ningún éxito y aumentando cada día las dudas hasta que decide dejar la profesión. En principio tiene intención de hacerlo para siempre al sentir en sus propias carnes que su tren había pasado y además sentir el resquemor de ver cómo Domingo Dominguín apenas le ha prestado interés, porque toda su dedicación estaba en administrar la carrera de dos colosos, su hijo Luis Miguel y su yerno Antonio Ordóñez en la nueva vuelta a los ruedos de ambos. Royendo los cristales del fracaso se marcha a La Velilla y allí, con la mirada perdida en las cercanas montañas, es consciente que no puede convivir más con esa sensación, por lo que llena las fuentes de su amor propio y vuelve a los ruedos de la mano de su pariente y paisano José Luis Martín Berrocal, hijo del fundador de la empresa de autobuses La Sepulvedana y que por entonces hacía sus pinitos como promotor de boxeo. Con Berrocal, quien gracias a este apoderamiento llega al mundo del toro, recupera el sitio perdido, además de la moral y torea un alto número de novilladas, logrando algo tan difícil para los toreros castellanos como es entrar en Sevilla, plaza donde gozaría de tanto cartel tras debutar a lo grande que, incluso, la afición hispalense se preguntaba de qué barrio de Sevilla era.

Con excelente perspectiva comienza la campaña de 1962, sucediéndose las novilladas y también un parón tras un grave percance en Barcelona ocurrido a primeros de marzo del que pronto se recupera. Entonces llega el momento de tomar la alternativa, ofreciéndosele en la tradicional corrida del Corpus de Sevilla, planteamiento al que se opone Martín Berrocal, quien defiende que debe celebrarse el día del patrón de Segovia con un cartel estrella, decidiéndose por esta opción que es del agrado de todos. Es el primero de julio de 1962 y, a plaza llena, sus paisanos lo ven hacerse matador, apadrinado por Victoriano Valencia y El Viti de testigo, anunciándose reses de Manuel Arranz. Tres orejas y un rabo es el cómputo global del toricantano, quien comienza una nueva etapa marcada por la exigencia, al tener que ganarse un nuevo contrato cada tarde. Las circunstancias no son fáciles para él y cuesta sumar una nueva corrida en esos inicios, hasta que un año más tarde, en 1963, las cosas se encarrilan tras un contundente triunfo en San Fermín. Pocos días dura ese estado de felicidad, porque en breve llega un nuevo percance, otra vez en Barcelona –una de las plazas que más lo aplaudió-, al caer herido de mucha gravedad por un Miura.

Madrid no puede esperar más y la confirmación de alternativa llega el siguiente veintinueve de marzo. En tal ocasión protagoniza una interesante tarde y corta una oreja pedida con mucha fuerza, quedando en el umbral de la puerta grande. El éxito no le sirve para torear en San Isidro, aunque si lo hace en la corrida de la Beneficencia, que es televisada, junto a Manuel Benítez El Cordobés –cartel completado por el mexicano Gabino Aguilar-, quien con su fuerza exigió al segoviano –muy unido a él desde los tiempos de novilleros-. Esa tarde, con máxima expectación, los dos salen en hombros y Andrés Hernando ya definitivamente vuela a las ferias tras cristalizar en el triunfo tantos esfuerzos. Se afianza en los mejores carteles y vive momentos muy importantes este diestro que brilló en el toreo de capa, fue poderoso con la muleta y tuvo su talón de aquiles con la espada. El esplendor llega al final de la temporada de 1969 al volver a salir en hombros por la llamada puerta de Madrid en dos nuevas ocasiones, mientras que en Sevilla goza de tanto cartel que es contratado hasta dieciséis veces para torear sobre sus amarillas arenas y en una de ellas, Díaz Cañabate escribe en ABC una crónica diciendo que parecía de Triana. En esos años Barcelona lo aplaude con pasión y además, al finalizar El Pilar de Zaragoza, atraviesa el Atlántico para torear en los ruedos americanos y alcanzar notables triunfos en Lima y en La México –en este gigantesco coso logra cortar un rabo-; sin olvidar la Santamaría de Bogotá, con impacto en su presentación.

Protagonista de varios hechos históricos uno de ellos se produce el veintitrés de mayo de 1968 al indultar en Barcelona al toro Potrico, de Pablo Romero, el primero que consigue tal distinción en la principal plaza de la capital catalana tras una faena para el recuerdo en tarde que torea con Dámaso Gómez y José Martínez Limeño. Andrés Hernando ha escrito su nombre entre los hitos de la importantísima plaza barcelonesa.

Entre un sinfín de premios logrados uno muy importante para él fue la consecución del afamado Trofeo Manolete, en Linares, en sus manos tras estoquear una corrida de Eduardo Miura, éxito que le supuso una tremenda alegría por todo lo que significaba y la importancia que tuvo para él el nombre de Manolete. A pesar de alcanzar ese triunfo llegado con el corte de las dos orejas y el rabo de uno de sus toros, no volvió a torear más en la plaza linarense de Santa Margarita. Como tampoco lo hizo en una edición de Fallas tras cortar en la anterior Feria de San Jaime un total de cinco orejas y un rabo.

A partir de 1969, un poco hastiado de la mala administración de los despachos, harto de matar tantas corridas duras y después de contraer matrimonio con la abulense Dolores Aboín -hija de ganaderos y más tarde destacada política en la Comunidad de Madrid-, el número de sus contratos empieza a descender, planteándose poner fin a su carrera. La fecha elegida es el cinco de octubre de 1974 en su querida Segovia y en tan importante ocasión forma cartel con El Viti –testigo de su alternativa y con el que actúa en una veintena de ocasiones- y Roberto Domínguez, lidiándose una corrida de Ramos Matías. Una vez que mata el último toro, su padre baja a las arenas, con el niño de Hernando en brazos, para cortar el añadido en una estampa cargada de sabor y sentimiento con toda la gente puesta en pie para tributarle una larga ovación. Era el adiós definitivo de Andrés Hernando, el torero más glorioso de la tierra segoviana en la segunda mistad del siglo XX, quien además en su paso por el toreo fue un hombre solidario y generoso que actuó en numerosos festivales benéficos, razón por la que fue distinguido con importantes condecoraciones. Entre ellas La Gran Cruz de la Beneficencia por su participación altruista en decenas de festivales; de igual manera está en posesión de La Cruz de Caballeros de la Orden de Cisneros, que luce entre sus honores y es hijo predilecto de Morata de Tajuña, localidad tan identificada con él.

Alejado del traje de luces siguió vinculado a la Fiesta. Fue empresario de varias plazas e incluso aspiró a dirigir Las Ventas, además de apoderar a varios diestros. Actualmente, su principal dedicación es ser ganadero y está al cargo de la divisa que pasta en la finca Peñatella, en tierras abulenses y anuncia a nombre de su mujer. Allí, en las jornadas de tentadero no es difícil verle coger la muleta para bajar a las arenas y deleitar con aquella clase que, en la década de los sesenta, lo aupó a los carteles de las figuras.

QUERIDO MAESTRO, DEP

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas largas juntando letras llevo recorrido mucho camino y ya se divisa la bandera ajedrezada del final del camino. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo (que es mucho). He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición, tanto en medio locales, como regionales y nacionales; además de conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril y si estoy a gusto en una buena tertulia regada con un tinto me olvido del móvil. Soy enemigo del ego y de los trepas, que tanto los he sufrido. Llevo escrito treinta y nueve libros y también he plantado árboles. Un mal día le puse los cuernos a mi profesión para entrar en política y fue el mayor error de todos los cometidos en mi vida, al encontrar un mundo de traiciones, puñaladas por la espalda y falsedades que acabó convertido en un infierno hasta el punto que casi me cuesta la vida. Aunque esa es otra historia.

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