
ESTE ARTÍCULO ES DE:
ISABEL TABERNERO
Era tan grande la expectación de la vuelta de Morante a Madrid que hasta hubo un peregrinaje de toros a Las Ventas que ni el Camino de Santiago. Toros de ida y vuelta para pasar un casting que pusiera de acuerdo a veterinarios, empresa y torero… donde se aprobó lo que se pudo.
Resultado: una corrida que no estuvo a la altura del acontecimiento ni de coña.
La taquilla tenía el nombre del genio de La Puebla. Aarón Palacio, que confirmaba la alternativa, y Héctor Gutiérrez, triunfador de la Copa Chenel, completaban el cartel. Pero el público estuvo frío y no les echó ni cuenta. Morante era el acontecimiento y el objetivo. Podría haberse dicho aquella frase de antaño de Hoy torea Morante y dos más que habría reventado las taquillas igual.
Pero, como ya he dicho mil veces, si los equipos de campo de Morante y de la empresa intervienen en la selección de los toros, tampoco pueden desentenderse cuando el resultado decepciona. La falta de presencia y el escaso juego no son responsabilidad exclusiva de una sola parte, y ya empiezo a estar un poquito harta de escuchar que no se pudo hacer nada porque los toros no sirvieron.
Cuentan en los mentideros que Morante pudo cobrar unos 600.000 euros por la tarde, otros hablan de una cantidad más alta todavía y, como dice la copla ‘ ¡… pero la verdad del cuento, ay señor de los tormentos, la saben la Lirio y yo! Si fuese cierta tal suma de dinero, está claro que no compró la bravura aunque el temita sí da para hacerse una pregunta: ¿no merecía el acontecimiento un encierro a la altura? Por ese dinero no se garantiza una embestida, pero tampoco parece descabellado exigir que el toro sea el primer protagonista y no un figurante con cuernos.
Morante es un genio. Tiene duende, recupera suertes olvidadas y acerca a jóvenes a una Fiesta que necesita precisamente eso. Pero una cosa es admirar al artista y otra extenderle un salvoconducto. Si se vende la recuperación del toreo antiguo, habrá que cuidar también aquello sobre lo que se construyó: el toro.
La estética añeja queda estupenda en el escaparate; la casta, en cambio, no se puede sustituir por merchandising. Alrededor de Morante se ha levantado un universo comercial que convierte al torero en leyenda, icono y producto. Nada malo hay en vender una imagen, siempre que lo que se vende no termine eclipsando aquello que le da sentido. El duende no está reñido con la transparencia, ni la leyenda debería servir de cortina de humo. Y si el modelo de selección del ganado se cuestiona, la figura que participa en él debe aceptar preguntas, no pedir inmunidad diplomática.
Eso tampoco convierte al tendido 7 en dueño de la verdad. Madrid tiene derecho a exigir el toro, a protestar y a no regalar ovaciones. Pero entre la exigencia y acudir con la sentencia escrita antes del paseíllo hay un trecho. ¿Hubo quien fue a ajustar cuentas con Morante? No podemos saber qué llevaba cada espectador en la cabeza, pero cuando parece que algunos están más pendientes de que fracase el torero que de que embista el toro, conviene preguntarse si se ha ido a disfrutar de una corrida o a pasar factura.
Aarón Palacio y Héctor Gutiérrez merecían algo más que hacer de teloneros. Uno se jugaba una confirmación importante; el otro había ganado su sitio. Pero, en una tarde en la que solo importaba Morante, ni siquiera sus compañeros consiguieron escapar de su sombra. Tanto hablar de promocionar a los jóvenes para después no hacerles ni puto caso.
Morante dejó naturales de categoría pero sin toro. Todos sabemos que llegar donde ha llegado Morante esta al alcance de muy pocos y quien llega ahí, cosecha los frutos de toda su carrera y manda. Su personalidad, vestidos y montera inspirados en los maestros de antaño… pero cada vez que veo tardes como la última de Sevilla y esta de Madrid me pregunto si no se ha saltado ya la linde y está cosechando las besanas de otros con el beneplácito de unos y las protestas de otros.
Al final, cada cual con su responsabilidad: la empresa, por el espectáculo que organiza; los ganaderos, por sus animales; quienes intervienen en la selección, por sus criterios; Morante, por su actuación y por las decisiones en las que participa; y el público, por no distinguir entre exigir y ajustar cuentas.
Morante es un genio pero no puede ser intocable, Madrid puede ser exigente sin ser infalible y la empresa puede llenar la plaza sin ofrecer una gran corrida. Lo preocupante es que, entre tanta leyenda, tanto negocio y tanta bronca, acabemos olvidando que aquí el protagonista debería ser el toro. Porque si el duende llena los tendidos, el merchandising vende la leyenda y el toro pone los cuernos, lo mínimo es que alguien se ocupe de que también ponga la emoción.
¡Cada palo que aguante su vela!
FOTO: (CULTORO)