Archivo por meses: septiembre 2019

Diego Rodríguez Vallejo, el fotógrafo de El Viti

Con Pepe Rodríguez, el de MasterChef, deben descubrirse los taurinos. En los tiempos que la Fiesta ha estado en el punto de mira él alza a los cuatro puntos cardinales su pasión taurina. Y sin apuro alguno cuando desde tantos sectores públicos gusta mirar para otro lado si se habla de Tauromaquia.

No me extraña el caso de Pepe, quien junto a su hermano Diego, regenta el muy afamado restaurante El Bohío, en la villa de Illescas, porque ha mamado los toros desde la cuna. Y es que su padre -lo he escrito más veces- fue una institución en el mundo de los toros, primero como aspirante a torero y después, arte en el que se consolidó, en la labor de un excepcional fotógrafo.

Tiempos añejos con las figuras contratando a su fotógrafo que viajaba con ellos durante la temporada como uno más de la cuadrilla. Era el caso de Cano con Luis Miguel, a cuya vera estaba la tarde que un toro mató a Manolete en Linares y, en medio de la desgracia, para él fue una lotería de la que sacó tanto rédito; del viejo Arjona, con Antonio Ordóñez; de Cuevitas, con Paco Camino y después también lo haría con El Niño de la Capea. Mientras que con El Viti lo hacía un toledano llamado Diego Rodríguez Vallejo hasta que un día colgó la cámara para ir a trabajar al mesón familiar de Illescas, al Bohío. A ese mesón en el que el hoy famosísimo Pepe Rodríguez creció entre pucheros y el recuerdo taurino de su padre. De ese Diego que veneraba al maestro Santiago Martín ‘El Viti’, quien lo marcó por su maestría en los ruedos y señorío en la calle. Porque Diego Rodríguez Vallejo hasta que llegó su final siempre fue un entusiasta vitista y un hombre que supo amar a la Fiesta y transmitirla a sus hijos. A los hermanos Diego y a Pepe, a quienes traté en las ocasiones que fuí al Bohío para conocer más detalles de la leyenda de El Viti y en sus baúles guardan un verdadero santuario.

Por esa razón me descubro de admiración ante Pepe Rodríguez por la pasión con la que defiende la Tauromaquia y siempre con la figura del Viti en los horizontes.

 

La raíz charra de Flores Albarrán

En 1919 España estaba inmersa en una grave crisis económica y social. Por entonces, ante las escasas expectativas de un futuro mejor, el Nuevo Mundo se había convertido en la meta de numerosos españoles que soñaban por cambiar la dureza de la tierra, a cambio de un precario salario, por la riqueza de Argentina, Cuba, Venezuela… países que recibían cada día miles de emigrantes de esa Europa pobre de la que formaba parte España. En Navales, un pequeño pueblo situado al lado de Alba de Tormes, muchas de las familias con menos recursos vendían sus escasas propiedades para costearse el billete a América, donde partían desde los puertos de Vigo o Santander (en ellos embarcaba la emigración de Castilla) rumbo a un destino que para todos iba a ser su particular El Dorado. Por entonces, en el Campo Charro, comenzaba a vivirse un enorme auge ganadero y familias como los Pérez-Tabernero, Cobaleda, Galache, Sánchez-Rico, Coquilla. Arranz… empezaban a saborear el triunfo que conlleva la cría del toro bravo.

En el censo de aquel pueblo de Navales también había dos hermanos dedicados a la agricultura y al trato de ganadero, ambos muy aficionados a la Tauromaquia y emprendedores a quienes la trashumancia les había llevado a conocer otros lugares. Se trata de Pedro Antonio y Francisco Flores Albarrán. El primero padre de ocho hijos, mientras que el otro permaneció siempre soltero. Pedro Antonio y Francisco Flores Albarrán, un buen día, al igual que aquellos que emprendían el viaje a América, deciden vender sus propiedades, pertenencias y todos los enseres de Navales para buscar de mejorar su futuro como agricultores y ganaderos en tierras de Jaén, influyendo también que Pedro Antonio era víctima de unas  dolencias producidas por los fríos del invierno salmantino que le provocaban fuertes dolores, por lo que le recomendaron ir a vivir a un clima más cálido, pero que no fuera al pie del mar debido a la humedad. De esa forma llegaron a tierras de Jaén, a una finca muy cerca de Andújar llamada Cabeza Parda, que adquirieron por la fabulosa cantidad de 425.00 pesetas de la época, lo que provocó que entre las gentes de la zona de Jaén se hablase durante años de aquella operación echándose las manos a la cabeza, porque para todos era una locura.

Establecidos en sus nuevos dominios, los Flores Albarrán, que llegaron a Andalucía vistiendo de charros, a la usanza de la época, se asentaron, fueron aumentando el patrimonio y crearon una ganadería que durante muchos años ha ocupado un respetado lugar en el mundo del toro a pesar de tener un devenir muy cambiante. Primero compraron reses a ganaderos de la zona, concretamente vacas de Pellón y Romualdo Jiménez, y mas tarde un nuevo lote, ahora un lote de Samuel Flores, al que compraron el hierro en 1.925 e ingresaron en la Unión de Criadores de Toros de Lidia. En su nuevo actividad pronto logran cartel, hasta que llega la Guerra Civil y las tropas republicanas asaltan la finca en varias ocasiones y dejan prácticamente exterminada la ganadería.

Varios años después, en 1.945 deciden rehacerse al compran vacas al viejo Samuel Flores, que tenía la finca Los Alarcones muy cerca de Cabeza Parda y se aumentan por otras compradas a Germán Gervás, también vecino. Y aquí comienza esta mezcla tan peculiar, a esas vacas samuelas desde 1.968 y durante cerca de un lustro son cubiertas por un semental de Ana Carolina Diez Mahou, llamado Guitarrero. Más tarde, en 1.971, se compra a la misma ganadería Cerrajero, que al morir al año, es comprado Venturero, comenzando ya a sacar sus propios sementales, produciéndose desde entonces un cruce por absorción.

Años después, llegado el cambio generacional, los ocho hijos solo quedaron como ganaderos Juan Antonio, Daniel y Pedro, siendo los toros de los Herederos de Flores Albarrán muy del gusto de distintos toreros, entre ellos la familia Bienvenida, protagonizando además un hito en un mano a mano formado por dos miembros de esa gloriosa dinastía. Se trata de la corrida inaugural de la temporada 1.960, en Las Ventas, con Antonio y Juan Bienvenida en el cartel, tarde donde se produce otro hecho que ha quedado en los anales, al anunciarse por primera vez el peso anunciador de las reses, siendo el primero en salir a la arena y por tanto anunciado su peso, el inscrito con el nombre de Clavito.

Hoy la finca se llama Medianería y dentro de ella está la primitiva de Cabeza Parda, en el corazón ganadero de Jaén, en una zona magnífica donde muy cerca pasta la divisa de Ramón Sorando o de Jacinto Ortega, además de la citada de Samuel Flores en Los Alarcones y también relativamente cerca está la finca La Virgen, donde se asentó el grandioso torero Luis Miguel Dominguín y vivió los últimos años de su vida. Allí, esta familia originaria del pueblo salmantino de Navales lleva un siglo engrandeciendo el arte de criar de toros y con el recuerdo vivo de Pedro Antonio y Francisco Flores Albarrán, aquellos de hermanos que, vestidos de charros, se establecieron muy cerca de Andújar, donde siempre tuvieron presente a su querido pueblo y también a la Virgen de la Natividad, patrona de Navales, de la que son devotos y a la que se encomendaban cada vez que embarcaban una corrida.

Pedro Antonio Flores Albarrán y su esposa rodeado de siete de sus ocho hijos

Porque ni los viejos Flores Albarrán que emigraron, ni tampoco sus herederos olvidaron su origen natal –donde están emparentados con varios ganaderos y diferentes personajes conocidos de la sociedad charra-, a la cuya capital siempre regresan por septiembre. De hecho ayudaron en diferentes obras, por ejemplo en la restauración de la parroquia de San Silvestre tras el incendio que la destruyó el dos de agosto de 1941, donde aparte de financiar las obras también regalaron una imagen de una imagen de Nuestra Señora de Navales, que salió en procesión por primera vez de manera solemne el día 8 de septiembre, de 1.942, día de la Virgen día de la Natividad.

Ahora esta divisa, que acaba de cumplir un siglo en tierra de Jaén, tiene como representante de la ganadería Pedro Luis, siendo su primo Juan Antonio Flores Benayas quien lleva la gestión administrativa de una divisa de la que también son dueños otros primos, todo ellos de la tercera generación. De una divisa donde sus propietarios sueñan con volver a lidiar de nuevo en La Glorieta, como testimonio y homenaje a Pedro Antonio y Francisco, quienes todas las noches soñaban con su querido Navales y cada mañana, al romper un día se encomendaban a la patrona, la Virgen de la Natividad.

 

 

Un injusto vacío contra el maestro Capea

Por segundo año consecutivo, El Niño de la Capea ha estado ausente de la feria de Salamanca. De esa barrera de capotes que compartía al lado de Carmen Lorenzo, su esposa y desde la que seguía el ciclo a modo de trono de quien ha sido un rey del toreo. Una máxima figura, un hombre de bien reconocido en todo el orbe. Allí, en aquella  barrera  la estampa del maestro y su fiel Carmen, era otra estampa de la feria. Y nada más romper el paseíllo, los toreros y las cuadrillas acudían saludarlo, recibiendo además infinidad de brindis, respondidos por el público con largas ovaciones.

Ahora, El Niño de la Capea, señor del toreo y uno de los orgullos de esta tierra, no ha vuelto a la plaza en una de las mayores injusticias. Desconozco exactamente los motivos, pero todo tiene el trasfondo de una mala relación con la empresa, con los actuales Pablo y Óscar Chopera, a quienes han faltado tacto para solucionar este entuerto de tanta sensibilidad, el mismo que en tiempos del padre, del viejo Manolo, no hubiera ocurrido. Y desde luego no hubiera dado lugar a esta situación tan anómala desde que la gran figura charra, harta de desprecios y ninguneos, por quienes mejor deben tratarlo haya dicho adiós a su plaza.

Todo ello no es más que una página injusta, dura y de inmenso vacío a tan grandioso torero y excelente persona. A un hombre que viajó por el mundo entero bajo el estandarte de la bandera de Salamanca y ahora vive este inmenso feo. Porque El Niño de la Capea no es uno más en La Glorieta, es una referencia y un símbolo.

Y es que las tarde de toros, en Salamanca, sin la presencia del maestro Niño de la Capea en esa barrera de capotes, que era un simbólico trono alcanzado con la grandeza de su temple en todos los ruedos del mundo, no tiene justificación alguna. Ni tampoco se lo explican sus compañeros cuando vienen a la feria y al mirar de reojo y comprobar la ausencia del maestro y ver que ese brindis quedará en el aire.

Es una tristísima página y muy falta de sensibilidad esta que se ha vivido en los dos últimos años y que se debe poner freno, porque esas tardes de septiembre quedan cojas sin El Niño de la Capea en su barrera, que es su sitio natural Porque es un símbolo de la Tauromaquia y un charro universal.

¡Aquellas ferias de Logroño!

Tiempos de la vieja Manzanera cuando Logroño, taurinamente, era un vergel. Ya con la temporada exprimida, en época de vendimia y, casi siempre, acompañados de un tiempo revuelto, los primeros ‘sanmateos’ que conocí sellaron para siempre una íntima relación con esa tierra. Desde entonces en pocas ocasiones falté a la cita anual escrita en decenas de festejos en la vieja plaza y después en la actual de La Ribera, moderna pero sin sabor ni torería. A uno le gustaban más las corridas de La Manzanera, con la incomodidad de los primeros fríos, sus anuncios de ‘Whiskey Label’ en la barrera, pero con una seriedad y solemnidad que nada parece a la actual. Entonces la Feria de San Mateo era exigente, con el toro cuajado, en puntas y nada de gaitas –como les gustaba a Manolo Chopera-, dándole toda la categoría y respeto a los toreros que entraban de verdad en el corazón de su gentes. Fue el caso de nuestro Julio Robles, quien triunfó desde el debut y ya para siempre gozó del sello de distinción de ‘torero de Logroño’, que eran palabras mayores, además de contar allí con una peña muy activa. La misma que cerró su existencia el día que presentamos el libro de su titular –Julio Robles, ¡pasión torera!-, en noche marcada por tantas nostalgias.

Han sido infinidad las ocasiones que he acudido a esa hospitalaria capital, bien en su ciclo ferial o también a lo largo del año, lo mismo que ha ocurrido en el resto de La Rioja. Son decenas las charlas disertadas en esa región. En Calahorra donde Javier Gurpegui ejerce el mando taurino y un año hasta fui pregonero; también en Alfaro, siempre con Vicente Salcedo a la cabeza, señor y amigo, que me abrió las puertas para presentar libros y moderar charlas, dos de ellas inolvidables, con El Viti y Juan Mora llegando al corazón de todos los alfareño; en Santo Domingo de la Calzada, en Haro o en Navarrete… siempre brindando por los toros y la amistad en esa Rioja donde tienes la sensación de acariciar el cielo.

Hace ya un porrón de años y gracias a Alfonso Navalón conocí a la peña Peña-21, que defiende el prestigio taurino de esa tierra basado en la integridad y en la pureza. Tradicionalmente reservan el puente de la Inmaculada para venir a Salamanca y aprovechan para bajar a Las Tiesas a echar el día con la familia de Victorino, por la gran amistad que les unió al viejo Victorino, heredada hoy por sus descendientes. En esa excusión, antes, no faltaba el tentadero en El Berrocal regado con los grandes caldos de su tierra, ni tampoco la despedida final, que solía ser una comida en Salamanca con dos invitados de excepción y muy queridos para la gente de esta peña. Uno, Santiago Martín ‘El Viti’, quien en Logroño está aupado al pedestal de máxima admiración y el otro, hasta que vivió, Paco Pallarés, quien allí rompió aguas para alumbrar su deslumbrante época de novillero. Después, han sido también muchas las ocasiones que visité la sede de la peña y compartí la amenidad de sus miembros. De ese peña presidida por el gran Eusebio Apellániz, un caballero con su pasión por El Viti, Victorino Martín y Diego Urdiales, quien siempre tiene cerca a Ricardo Tricio, su fiel escudero, tan señor y enarbolando de la bandera de la simpatía y el saber estar. Y no pueden olvidarse el resto de socios, todos con la solera y categoría, ejemplo del señor Quintana, quien tanto ayudó a Pallarés desde su debut en Logroño para nacer una íntima amistad. Siempre cerca de la ‘21’ –que lleva ese nombre en honor a la fecha del día de San Mateo, patrón de Logroño y al contar la institución ese mismo número de socios- está el maestro Manolo González, palentino de nacimiento y alma riojana, que sentó cátedra a la vera del Ebro convirtiéndose en una referencia del mejor periodismo radiofónico y escrito. Del más libre y objetivo, en la onda de la categoría de la plaza y de la seriedad de la ‘21’. Manolo ha sido otra referencia de la Feria de San Mateo hasta que un día acabó harto de estos taurinos y ahora aprovecha esos días para relajarse con los soles andaluces.

La Peña ’21’ junto a Andrés Vázquez en la finca de Victorino Martín hace 25 años.

Tiempo después conocí otra entrañable asociación, más nueva y cuyo corazón no deja de latir durante todo el año para programar infinidad de actividades. Me refiero a la peña ‘El Quite’, formada por grandísimos aficionados y que tiene a Alejandro Lerena, entusiasta y magnífico aficionado, a su frente y siempre cerca de Félix –con su pasión por la divisa de Adolfo Martín-, Paco –apasionado de Juan Mora y Antonio Ferrera-, junto al resto de los socios. Y entre tantos recuerdos de Logroño un personaje que tiene un sitio de excepción es José Luis Irigoyen, rey de la generosidad y el saber estar, amigo de tantos y tantos toreros, también afín al Campo Charro y un personaje allá donde está abrazado a su bonhomía.

De entonces a ahora vivimos un montón de vivencias en Logroño por estos días feriales de San Mateo, con sus noches de vinos por la abarrotada calle Laurel y calle San Juan, el café en el Ibiza o ya última hora bajar hasta la Gran Vía para ir al Acordes –ya cerrado-, a tomar una copa acompañado de la mejor música y disfrutar de ese establecimiento que cultivaba la admiración a Juan Mora, con varias fotos en las paredes del local dedicadas por el maestro de Plasencia. En el Acordes solía aparecer a última hora Ángel ‘El Alemán’, de Villavieja de Yeltes, quien era otro entusiasta de Logroño, sin perderse ningún San Mateo y después acabaría siendo un gran amigo.

Y ahora, aunque la nueva plaza de La Ribera haya perdido el sabor que tuvo La Manzanera para mercantilizarse con el torito a modo de las figuras que tantos estragos hace a la Fiesta, lo cierto es que La Rioja siempre es un lugar de culto para volver. Aunque sea para recordar su esplendoroso pasado taurino. Porque recordar es volver a vivir.

Zúñiga (hijo) tropieza en la soberbia

Cuanto más grandes somos en humildad, tanto más cerca estamos de la grandeza. 

Hace dos semanas, cuando aún mostraba el calendario de este mes septiembre sus primeras hojas, analicé en un artículo (http://www.glorietadigital.es/2019/09/06/el-pilar-una-feria-de-viejas-glorias/) los carteles de la próxima Feria del Pilar. Fue un artículo escrito con la libertad que siempre he aireado en esta profesión, sin cortapisas, pero con el respeto que guardo al viejo oficio de periodista y explicando punto por punto qué me gustaba y qué no de las diferentes combinaciones mañas.

Lo plasmé desde la perspectiva de conocer muy bien Zaragoza y su ambiente taurino, después de presenciar decenas de festejos en su plaza de La Misericordia, de haber dado varias conferencias en peñas y asociaciones taurinas de la propia Zaragoza y del resto de Aragón. Porque desde la primera vez que fue a Zaragoza, en la ya lejana Feria de San Jorge de 1986, siendo aún un chaval, ya nunca dejé de acudir a esa bendita ciudad.

Por esa razón, con la experiencia y el conocimiento de la Tauromaquia, tengo opinión propia para juzgar unos carteles, aunque a una parte del taurinismo andante y al ‘sistema’, inmersos tantas veces en un mundo sumido en el oscurantismo, le siga molestando que aún quede gente que vaya por libre y sea independiente. Gente a la que no pueden manipular. Y que pierdan los papeles cuando han sido criticados por algo que, a tenor de uno, no está bien; como ocurrió siempre que el periodismo tuvo una prensa libre. Al igual que los analistas políticos critican al Gobierno; o los del fútbol, pongamos un ejemplo, la gestión de Florentino Pérez, la de Zinade o un mal momento del Barcelona. Eso es periodismo, siempre que se haga con garantías y por tanto esa critica tenga un fin constructivo. Y servidor lo practica en esta página llamada Glorieta Digital que, por más que pese a unos cuantos, llega a todos los aficionados y, la mayoría de sus artículos, suman muchas miles de visitas, cifras que son públicas para todo aquel que quiera verlas.

Vaya por delante que en este viejo y noble oficio también es fácil equivocarse (el artículo de Zaragoza no es el caso, porque lo ratifico) y de hecho a todos nos ha ocurrido en alguna o varias ocasiones, pero ahí está la virtud de saber pedir disculpas para rectificar, de ir con la mano por delante y con humildad, que es la mejor compañera de viaje en esta vida. Además, es entendible que cuando haya critica la parte contraria trate de demostrar que se esté equivocado y ellos tengan razón, que eso es señorío. Pero mal vamos, cuando la defensa se basa en el arerbato de soberbia y la mentira para buscar el desprestigio, como ha hecho el señor Zúñiga (hijo) en un tuitter insultante y que directamente lo retrata.

Quien me conoce sabe cómo soy y en esa primera parte del mensaje, el señor Zúñiga (hijo) decanta que la tolerancia tampoco va con él, de hecho ya ha tenido más problemas, alguno muy serio, como hace unos años en Gijón por sus ataques donde tuvo que achantarse y rectificar para que no le rescindieran la explotación de la plaza del Bibio. Por eso es muy triste que sus invenciones lleguen hasta este nivel, tan impropio de esta sociedad y de un arte que representa, como el taurino, que enarbola la cultura y el respeto. E insisto quien me conoce saber cómo soy.

Al igual que fabula al escribir entre líneas con lo ‘coger’, refiriéndose a sobrecogedor y, ante esa calumnia y falsedad, le indico que  he vivido de mi trabajo; bien cuando he estado contratado por medios de comunicación o en otras épocas de la obra literaria que he producido y ya que supera las treintena de libros de diferentes disciplinas. Y además nunca he dejado de escribir de toros, con una decena de libros publicados sobre esa temática –biografía, ensayo…-, pero también de fútbol, de trenes, de viajes, sin olvidar varias novelas. Siempre viviendo exclusivamente de mi trabajo, en unas épocas mejor y en otras con más estrecheces, pero con la decencia por bandera y la libertad de reflejar lo que siento, sin darle importancia nunca al dinero. También he de decirle al señor Zúñiga (hijo), cuando dice con esa rechifla que tengo varios Premios Nobel de Literatura que busque en la wikipedia y verá como en mis vitrinas hay importantes galardones de periodismo y de literatura.

¡Qué daño hace a la Fiesta estas actitudes y formas impropias de una Fiesta culta! ¿Imaginan que a los deportivos le hacen esto? ¿O a los de política? Es triste que en la Fiesta siga presenta la amenaza, o en esta caso la mofa y la mentira. Pero en fín, todo tiene una verdad y la realidad de todo es que este Zúñiga (hijo) desde que llegó una guerra familiar nunca me perdonó que fuera y siga siendo amigo de su padre, ese viejo luchador de todos los caminos del toro que merece todos los respectos llamado Carlos Zúñiga, a quien arrebató del trono ya en la vejez. Y ojo que entre padres, hijos y hermanos no metas la mano, pero fui y seré amigo del viejo Zúñiga, taurino de siempre con un comportamiento ejemplar en los buenos y malos momentos.

Y al igual que empecé le digo a este personaje que Cuanto más grandes somos en humildad, tanto más cerca estamos de la grandeza.

Emilio de Justo: olés que salen del alma

El toreo lleva tiempo bailando al compás de Extremadura. En esa tierra. donde hace años se asentaron numerosas ganaderías gracias a un clima más templado que el de Salamanca y la sierra de Madrid, no había sido generosa en dar toreros de postín. Hubo muchos que apuntaron, pero no acabaron de consagrarse en figuras, casos de Angelete, Luis Álviz, más tarde Morenito de Cáceres o Sánchez Cáceres, también Luis Reina que varios años disparó alto, hasta que el maestro de Plasencia Juan Mora alcanzó un puesto de relumbrón a finales de la pasada década de los 80 para convertirse en la primera figura de Extremadura. Juan Mora, aunque inspirado para el torero en los aires de Sevilla, fue el gran orgullo de aquella Extremadura que se convertía en la región con mayor censo de ganaderías bravas. Hoy, el grandioso Juan Mora, aún sigue en activo regalándonos de vez en cuando obras de arte que permanecen para siempre en la retina del aficionado.

Después, en medio de aquel ambiente tan taurino, rodeado de divisas de postín, como no podía ser de otra manera dieron en dio en surgir toreros de relumbrón que el siglo XXI ha escrito su nombre con letras de oro en varios capítulos tras alcanzar varios extremeños el estatus de figura –Ferrera, Perera, Talavante…-, sin olvidar otros que allí se han instalado su vida, ejemplo de Julián López ‘El Juli’, sin olvidar a maestros que han invertido allí, casos del Niño de la Capea, Paco Ojeda, Roberto Domínguez…. Y de esa Extremadura del fenomenal ambiente taurino, con un torero en cada pueblo, desde hace varios años tiene otro tesoro que tanta luz artística está llevando a las plazas. Un tesoro llamado Emilio de Justo que es la exquisitez vestida de luces, la pureza en la mejor interpretación del arte de torear y con el perfecto complemente de un perfecto volapié que lo convierte en el mejor y más puro intérprete de la suerte suprema de la actualidad.

¡Qué orgullo tiene la Fiesta con Emilio de Justo!, porque este muchacho del pueblo de Torrejoncillo es un banderín de enganche para disfrutar del mejor toreo, el del olé profundo, el de la inspiración, el de la rotundidad, el del empaque y las formas más ortodoxas. De Justo forma parte de una magnífico plantel torero que comparte con Ureña, Urdiales, Curro Díaz, Aguado… a quien tanto le cuesta al ‘sistema’ darle un sitio y convertirlos en un necesario relevo para la Fiesta. Y con el añadido que Emilio de Justo guarda la grandeza de no esconderse de muchas ganaderías de las que huyen las llamadas figuras. Ahí está su leyenda con Victorino Martín, donde en la finca Las Tiesas se hizo torero y ha cuajado numerosos ‘grises’ en su trayectoria, los últimos en la encerrona francesa de Dax en una lección que deberían proyectar en las escuelas para que las nuevas hornadas de coletudos sepan la verdad y rotundidad del más puro  toreo. Y con esas llamadas ‘duras’ muestra tanta solvencia y capacidad, también brilla su luz cuando comparte cartel con las figuras, como ocurrió hace unos días en Albacete donde salvó la tarde tras una precisa, preciosa y emocionante faena que llevó su sello. El sello de este torerazo de Torrenjocillo que está logrando el trato de maestro con todas las bendiciones. Porque Emilio de Justo provoca esos olés que salen del alma y han hecho posible que el toreo siga bailando al compás de Extremadura.

 

Una tarde al servicio del triunfalismo

Mientras se celebraba la corrida, uno dejaba la mente volar en su recuerdos. Serán ya los muchos años en el oficio, reflejados en unas sienes cada día más plateadas y quizás por haber vivido tantas cosas bonitas desde muy joven que, comparadas a las actuales, uno tiene claro en qué momento fue más feliz. Y mientras las agujas del reloj corrían despaciosamente y los cielos abrían tras la lluvia que hizo acto de presencia antes del inicio, perdí varias veces la mirada en la bella estructura del reloj de La Glorieta, el más hermoso de todas las plazas de toros, del que aún tengo vivo el recuerdo de hace ya un porrón de años cuando había un encargado de su mantenimiento, llamado Chan –a la vez electricista del Ayuntamiento capitalino- que veía las corridas desde el tejadillo de la andanada donde está ubicada la caseta, accediendo al exterior por una portezuela aún existente. Ante aquel reloj, que ha marcado tantas horas de triunfo, mientras en el ruedo abundaban monótonos muletazos en las larguísimas faenas ya habituales en el toreo moderno, retrocedí a una tarde que Julio Robles fue capaz de pararlo mientras toreaba magistralmente a un toro de Joaquín Buendía. Cerraba los ojos y presenciaba cómo si fuera ahora mismo esa faena, embutido en aquel corinto y azabache que únicamente se puso en dos ocasiones y ahora se muestra, para añoranza de los nostálgicos, en una estantería del restaurante Pacheco de Vecinos. Aquella ocación, Julio llegó infiltrado al estar afectado por una lesión de abductores que le quitó muchos contratos y no poco dinero por esa época para sacar todo el manantial de su torería y regalarnos una tarde inolvidable donde hasta paró el reloj. Entonces, los más apasionados roblistas, con el gran y entusiasta Félix Rodríguez (fuenteño afincado en Ciudad Rodrigo) al frente no dejaba de repetirlo: ¡Hasta ha parado el reloj de cómo ha estado! ¡Que veinte muletazos! Y allí, justo debajo del reloj otra día vi por primera torear a S. M. ‘El Viti’ en Las Hermanitas (solamente llegué a verlo varias veces en este festival que, entonces, era un acontecimiento taurino de la temporada) y hasta sentí la emoción de aplaudir por primera vez a quien ya era una leyenda y gran señor del toreo que acababa de rubricar hacía pocos años su gloriosa página artística.

 

Malo que uno recuerde tanto, porque hay dos cosas que conducen a ello, o se ha perdido afición o esta no es la Fiesta en la que uno fue educado. Seguramente sea la segundo, porque la afición siempre aflora, al igual que el sentimiento cuando surge algo de verdad, de pureza o incluso de sincera entrega. Porque la Fiesta ha cambiado en sus patrones, sus formas y casi en los conceptos desde una quincena de años para acá. Ahora las figuras se han montado su propio submundo, con sus ganaderías de cámara y siempre el triunfalismo presente. Porque el triunfalismo se ha convertido en el final de una tarde de toros (pronto los carteles dirán ‘al final del festejo la terna actuante saldrá en hombros’) y la de Salamanca ha sido un claro ejemplo de ello, donde sobraron claramente tres orejas.  Pero claro, en Salamanca y la mayoría de los lugares, ya no hay aficionados que conocen la lidia y saben valorar el buen toreo, además de censurar cuando les da gato por libre. Y ahora todo vale y la gente que acude al reclamo de las figuras no lo hace más que para aplaudir locamente y pedir las orejas al rodar el toro, a no ser que haya sido una actuación gris. Porque si hay cierto decoro, aunque la estocada haya caído baja, enseguida sacan sus pañuelos a flamear aire en esta Fiesta que ha desembocado en triunfalismo de las orejas y puertas grandes. Cuántas veces hemos presenciado faenas serias y macizas que acabaron en silencio y era bastante más respetuosos que muchas orejas. Y si escribo de silencio no me refiero a los silencios de Sevilla, que son distintos.

Lo cierto es que en Salamanca se han regalado muchas orejas este feria, también porque el público las ha pedido y ya apenas quedan aficionados con rigor en esta tierra. En caso de haberlos, Manzanares no había dado ese recital de pases y pases por la circunvalación que ofreció en los dos toros de su lote; en caso de haber unos cuantos entendidos y una afición reivindicativa, como aquel tendido 5 de hace muchos años, lo hubieran silbado. Y después pitado al matar al toro. Pero en Salamanca quienes saben se sientan en el 7 y en el 8, entre ellos los ganaderos y esos no protestan, si acaso codean entre ellos. En fín…

De lo bueno lo mejor surgió de las manos de Ferrera, aunque ni de coña merecía dos orejas en el primero, ni tampoco la del cuarto, pero trajo frescura y el poso de esa veteranía que es siempre tan apreciaba. Mientras que Juan del Álamo lo mejor lo hizo en su primero, al que tardó en ver y lo descubrió en el albor de la faena, desde el momento que al finalizar el muletazo le dejaba la pañosa en la cara y ahí el toro embestía humillando y templado a sus engaños para lograr los mejores momentos.

Porque la tarde como fue un ejemplo del toreo moderno, con esas corridas como la de Núñez del Cuvillo donde solo se busca que valgan para la muleta, ¡qué sindios! Por eso uno prefirió dejar volar su imaginación desempolvando añoranzas, que a fin de cuentas, frente al actual triunfalismo, es el alimento para mantener la afición por esta Fiesta.

                                   Ficha del festejo

Salamanca, domingo, 15 de septiembre de 2019.  Con casi tres cuartos se han lidiado toros de Núñez del Cuvillo, desiguales de presentación, bajos de raza y de codicia. El mejor fue el primero, aplaudido en el arrastre.

Antonio Ferrera: Dos orejas y oreja.

José María Manzanares: Oreja y silencio tras aviso.

Juan del Álamo: Oreja tras dos avisos y oreja.

Cuadrillas: Se desmonteraron Fernando Sánchez tras banderillear a los toros primero y cuarto con enorme torería; Juan José Trujillo tras parear al segundo; e hicieron lo propio Mambrú y David Sánchez con el tercero. Jarocho lo hizo con el sexto.

LAS FOTOS SON DEL DIARIO DIGITAL SALAMANCA AL DIA

El Juli tiene una mina de oro en Salamanca

Los ‘juligan’ gritaban con desbordada euforia cada una de las dos veces que su torero daba la vuelta al ruedo con una oreja en cada mano.  Y él, con su cara pícara y melena rubia alborotada por los vientos, miraba sonriente a los tendidos en esa tarde que se llevó de calle. Porque El Juli cuenta con un núcleo de acérrimos seguidores que son felices cuando triunfa. “oye, tú, que yo soy del Juli y es el mejor”, dicen con euforia. Por eso, en esta ocasión, se multiplicaba la alegría unido a que muchos espectadores se sumaron a él también para chinchar un poco a Morante, que no tuvo su día. Y esos mismos ‘juligan’, que más allá de su torero y de pedirle las orejas, apenas la interesa nada, en esta ocasión también se hicieron de Cayetano en el sexto, ya cuando la tarde había roto por los senderos del triunfalismo y ahí lo raro fue ya que no pidieran el indulto para el toro y convirtieron aquello en una tómbola. Como ha ocurrido tantas veces

El Juli es un hombre feliz desde que supo aupar su carrera y consolidarla en la cima cuando encontró una mina de oro que le ha dado tantas tardes de gloria y está ubicada en campos de Salamanca. Esa mina cuenta con dos vetas, una por tierras de Alaraz, donde pasta la divisa de Garcigrande y la otra por Tranguntía, cerca de Vitigudino, la de Domingo Hernández, ambas de la misma casa ganadera y donde supo encontrar la alquimia perfecta aquel personaje de Humanes y afincado en Fuenlabrada y listo como el hambre que fue Domingo Hernández, quien casado con una hija de Pichorrongo, buscó el toro del momento para acabar protagonizando una época ganadera y rifarse las figuras los que no quedan de los carteles del Juli. En esa casa ganadera, El Juli, es el arcángel que conoce a la perfección las reatas, los sementales y lo existente alrededor de esta vacada que le ha dado sucesivos triunfos, con las que vive el éxito a diario y le ha permitido mantenerse arriba del todo, porque la entiende perfectamente y sabe mejor que nadie las reacciones y condiciones de esos animales. Y mira que El Juli lleva a su espaldas una carrera impresionante, que lo ha hecho multimillonario sin ser artista y más bien encasillado en la modernidad de la técnica, también del ventajismo y las faenas interminables que lo han encumbrado como máximo representante, junto a Ponce- de la UGTT (Unión General de Trabajadores Toreros). Aunque el arte y el aroma es otra cosa.

Arte y aroma el de Morante, aunque en esta ocasión no supo aflorar con su capote de oro y su muleta inspirada; pero claro un artista ni puede cincelar todos los días una obra de arte, porque la monotonía no casa con ello y en esos estilos cuando no se ve claro se abrevia. Ni imagino al genio de la Puebla fajándose con un toro con la vista desparramaba, o con otro que no sirve para su exquisita interpretación y “je, je, je…” o sorteando gañafones. Por eso se tira por la calle del medio y es el camino digno, el de no engañar a nadie, aunque llegue la bronca, que por cierto es algo muy torero y que tantas páginas de grandeza ha dado a la Tauromaquia. Porque la bronca es parte de esta Fiesta, donde nadie imagina a aquel exquisito Cagancho en plan trabajador, ni a Romero, ni a Paula… ni a tantos otros de quien se espera lo mejor. Como ocurre con Morante, porque si esa tarde al de La Puebla del Río le sale un toro que se olviden de los demás y ahí está el recuerdo de aquel día de Salamanca cuando dibujó la grandeza del arte de torear con dos toros del Pilar y aún lo paladeamos, mientras que se han olvidado tantos triunfos que llegaron después, muchos rotundos y semejantes al alcanzado por El Juli, a pesar de esa mina de oro que ha encontrado en campos de Salamanca y arropado por tanto ‘juligan’. La gente se enfadó con Morante, donde su cuadrilla en el primero estuvo fatal regando el suelo de banderillas –por cierto en esta feria son horrorosas y parecen compradas en un ‘chino’-, mientras que antes había derribado al caballo y se tardó varios minutos en levantar, ordenando el matador el de puerta que ‘crujiera’ el toro en dos duros puyazos. El otro de su lote tampoco tuvo condición, quedándose corto, mirando al torero y únicamente apto para un diestro de guerra, algo que están en las antípodas de Morante.

Cayetano, arropado por miles de señoras y señoritas que le cantan su belleza y se desgañitan aplaudiéndolo ofreció las dos caras. La primera la del diestro que hace un enorme esfuerzo cuando su oponente no ofrece condiciones, sin ser capaz de buscar las vueltas y volviéndose demasiado pesado en la larga sucesión de series y pases sin ningún eco. Luego, la segunda, la del toreo que llega con tanta facilidad y además es dueño de una magnífica interpretación con mucho gusto en su hacer, como ocurrió en el cierraplaza, donde volvió a dar una magnífica dimensión y para redondear quiso matar recibiendo, pero pinchó y aún así, como después mató con dignidad, el público y miles de entusiasmadas mujeres (con además parecidos a los ‘juligan’, pero estas con otros sueños) lograron que el presidente le regalara la segunda oreja.

Ficha del festejo

Ganadería: Se lidiaron toros de Domingo Hernández (1º, 3º, 5º y 6º) y Garcigrande (2º y 4º), bien presentados y de juego desigual. Destacaron el Segundo, quinto. El sexto, con el número 119, de nombre ‘Barquito,’ negro mulato y de 541 kilos, premiado con la vuelta al ruedo.

Morante de la Puebla: Bronca y bronca;

El Juli: Dos orejas y dos orejas;

Cayetano: Silencio y dos orejas.

Casi lleno en tarde entoldada y de agradable temperatura.

LAS FOTOS SON DEL DIARIO DIGITAL SALAMANCA AL DIA.

 

Con la miel en los labios

Escribo esta crónica al crepúsculo de la tarde otoñal que nos ha regalado este ecuador de septiembre, con el sol ya perdido en Lusitania y los horizontes teñidos de un hermoso naranja impregnado entre las nubes en esta víspera de la Exaltación de la Cruz, el Cristo o los Cristos, depende del lugar, día que celebran sus fiestas grandes un montón de pueblos, ya donde la temporada taurina vive su último fin de semana fuerte, antes de comenzar a desinflarse para cerrar otro curso. Escribo cuando ya las primeras hojas empiezan a caer de manera lenta y parsimoniosa de los árboles en inspiradoras estampas, sin nota, ni chuleta, únicamente con el recuerdo vivido esta tarde en el llamado cartel del arte, que bien podía haberse bautizado así de tener algo de imaginación la empresa. Pero ya se sabe que la empresa está a lo que está, a recoger pronto y en la mano, en vez de mimar y dar mejor trato al cliente. No olvidemos que en las altas esferas del toreo se rebajan y arrodillan ante quien va a sacarle literalmente los hígados y luego maltratan al cliente, o sea al espectador.

Ahora que llega el otoño y sus días ‘mateos’ y por La Rioja ya miran los cielos para ver cuándo empezarán a vendimiar esos racimos de uvas que después serán sus exquisitos caldo, hoy nos hemos vuelto a emocionar con la torería y empaque de Diego Urdiales, el maestro de Arnedo. De ese Urdiales que, con más de dos décadas de alternativa, debutaba en La Glorieta, aunque de novillero toreó una nocturna, en un mano a mano para olvidar con Salvador Ruano. Entonces aún se anunciaba como Diego de Arnedo y estaba a años luz de ser ese torero de culto que se ha convertido con el tiempo, donde ha acabado bendecido por varias leyendas. Entre ellas nuestro Santiago Martín ‘El Viti’, santo y seña del toreo, que allá en su balconcillo del 8, donde tiene su trono desde hace varias ferias y cada tarde asoma su cabellera plateada para orgullo de sus paisanos y la propia Tauromaquia, recibió el brindis del riojano. Brindis ceremonioso como requería la ocasión y al que Urdiales correspondió regalando la más pura torería, la que fluye de las fuentes más claras, como esa momento en el que surgen dos naturales, que despertaron los oles, salidos del alma y prólogo de una serie de derechazos ya en el comienzo de la sinfonía de Urdiales, cuyas notas sonaron con toda la grandeza que ha sabido ganarse quien es el ejemplo de la pureza y la torería, Y además brindado al Viti, ¡en Salamanca!

También debutaba Pablo Aguado y lo hizo regando La Glorieta de clase y arte, de inspiración y ese toreo al ralentí para lancear a la verónica y dejar el inolvidable recuerdo de dos lances que pararon los relojes, como los paraban antes los lances de Gitanillo de Triana y de Cagancho, después los de Antonio Ordóñez y más tarde ese gitanito de Jerez llamado Rafael de Paula. Ahora, este muchacho del barrio sevillano de Nervión y de familia bien, porque ahora los toreros de Sevilla ya son de familia bien, lejos de las épocas cuando chavales de condición humilde se redimían de la pobreza por el camino del toreo, es el heredero de esa gloria capotera. ¡Que gustazo de verónicas tan despacito!, todo ello acompañado de su garbo, empaque y torería, porque para ser torero hay que parecerlo y a este muchacho lo parieron para ello. ¡Y qué torero! También brindó a la leyenda del Viti y después nos regaló varios momentos que fueron pinceles y hubieran inspirado a aquel inolvidable pintor bilbaíno de alma charra que fue Luis García Campos y se instaló en la villa de Vecinos para crear su universal obra. García Campos ayer hubiera recreado esos momentos de Aguado en sus lienzos para inmortalizar la belleza del arte, como hizo en su día con Paula tras aquella apoteosis de la carabanchalera Vista Alegre que lo hizo leyenda la tarde que se cortaba la coleta Antonio Bienvenida. Porque esos momentos de Aguado fueron una delicia, la pena fue después que la miel quedó en los labios al ser imposible poder redondear esa tarde de su debut, donde también se lució ese extraordinario peón que es Iván García, quien lidió a su primero de manera brillante y en el segundo banderilleó de primor. Volverá Aguado a Salamanca, porque La Glorieta ha dejado la esencia de su arte y algún día, ojalá que sea pronto, vibrarán los cimientos de esa plaza para aplaudir a este arista sevillano que para a los relojes lanceando a la verónica.

Entre tanto arte quedó desbordado Ginés Marín, que no tuvo su día y aunque dejó varios detalles, como un saludo capotero o un inicio de faena doblándose por abajo con torería, no lo vio en ningún momento, incluso en su segundo –al que picó muy buen Agustín Muñoz- se le vio desconfiado y fuera de sitio. En su primero el santo público harto ya de su abusos lo pitó por el ventajismo que puso en practica y tan habitual en el toreo moderno por varias de las llamadas figuras.

Total que la mayoría mojados (por la lluvia caída durante el segundo) y con frío, envueltos en la melancolía que trae esta estación de poetas que es el otoño y ayer rompió aguas en nuestra tierra, abandonamos la plaza con la miel en los labios, con lo que pudo ser y no fue. Pero rebozados en esa pureza que regaló Diego Urdiales toreando para El Viti; o la inspiración de Aguado que para los relojes toreando a la verónica.

—————————— Ficha del festejo——————————————–

Salamanca, viernes 13 de septiembre de 2019. Feria de la Virgen de la Vega. Menos de tres cuartos de entrada en tarde entoldada y con lluvia durante el segundo toro.

Toros de Montalvo, de magnífica presentación y juego desigual. Los mejores, primero y quinto, con calidad.

Diego Urdiales: oreja y ovación con saludos tras petición.

Ginés Marín: pitos y pitos tras aviso.

Pablo Aguado: ovación con saludos y silencio

Navajazo a la grandeza de la Fiesta en Valladolid

La Fiesta continúa zozobrando a merced de esos contaminados vientos taurinos cargados de interés y ventajismo que dan de lado al aficionado, vientos de sinvergonzonería. Valladolid ha sido la última muestra en la corrida de ayer, con ese esperado mano entre Morante y Aguado, plato fuerte de la feria y también de todo el mes de septiembre -así lo vendieron- y al final no fue más que otro dardo envenenado al mismo corazón de la Tauromaquia. Otro navajazo a la grandeza de la Fiesta. Un ataque directo que tanto daño ha hecho y ha traído el malestar y desengaño de quienes han pasado por taquilla para acudir a la llamada de un acontecimiento.

Otra vez han engañado al aficionado, quien de nuevo queda desamparado por los abusos de las figuras. Primero fue el constante movimiento de toros producido horas antes -algo habitual en las corridas de figuras-, para lidiarse finalmente un encierro remendado y con varias de las reses indignas, que parecían propiamente para rejones. Ello dio lugar a que el escándalo se consumase a medida que transcurría la corrida con un Morante inhibido en una de sus tardes más grises y abúlicas, provocando in inmenso cabreo entre sus seguidores, cada vez más hartos de sus abusos y exigencias. ¡Tanto para nada! Mientras que Pablo Aguado, por su parte, trató de sacar adelante la corrida, pero resultó imposible por esa imposición ganadera del divo de La Puebla del Río, a la misma que Aguado se apuntó, algo que lo ha llevado otra vez más al naufragio directo. Por cierto, una pena lo mal se está llevando la carrera de este muchacho, de quien tantas veces se busca la cantidad y el sumar para hacer caja, sin medir las corridas, algo que puede estrellar a un artista exquisito como él. Y es que la definición real del festejo de ayer no son necesarios antitaurinos, ni podemitas, porque el propio ‘sistema’ y los abusos de las figuras hacen el resto, con el resultado a vista de todos de cómo están echando a la gente de las plazas y, algo peor, de esta Fiesta a la que están hundiendo

Porque el resumen de la esperada tarde del mano a mano vallisoletano entre Morante-Aguado ha quedado escrita como la la historia de una inmensa decepción, donde el primer gran fracaso de la corrida fue ver cómo apenas se cubrieron tres cuartos del aforo de la plaza. Digo apenas porque esa cifra es muy generosa cuando se ha vendido como el gran acontecimiento taurino de septiembre.  Y de ahí en adelante todo lo que no sea un lleno es un fracaso, por más que lo quieran disfrazar. Del resto culpen al ‘sistema’ y a los abusos de Morante.