Marcos de Celis, el adiós de un artista grandioso

Marcos de Celis se fue este último domingo de mayo en la soledad y con su leyenda en el recuerdo de los viejos toreros y aficionados. Tuvo en sus manos ser algo grandioso, pero se escurrió como el agua entre los dedos por la mala suerte de los percances, de la gestión, junto a dudas y una bohemia que le hizo mucho daño cuando se quitaba el vestido de torear. Vivió sus días, alejado a la realidad de su grandeza e internado en el hospital psiquiátrico de San Luis, de la capital palentina, convertido en su residencia desde hace varios años. Allí, entre decenas de internos, a todos se les escapaba que aquel hombre, tocado por un visera, fue una de las ilusiones más genuinas del toreo. Un artista total que sumaba el valor y la calidad para estar durante años en la diana de la admiración.

Con su mirada fija y sin apenas hablar con nadie, su última ilusión era esperar la llegada de Luisa Gato, su mujer y fiel compañera, que acudía a visitarlo dos veces por semana, hasta que la muerte la sorprendió a ella hace un par de años y Marcos dejó de ver su sonrisa. Aquel Marcos que tuvo en su mano la hoja en blanco para escribir una grandiosa página de la historia. De ese torero castellano malogrado y que fue personaje de culto.

Gozó de tanta aureola que maestros de la talla de Antonio Ordóñez o Rafael Ortega mostraban públicamente la admiración sin reservas a la clase de Marcos de Celis. También ocurría con Paco Camino, quien una vez al compartir cartel a su lado en una de sus idas y venidas, con ocasión de torear su segunda corrida -la primera lo hace en solitario en San Sebastián de los Reyes- tras desertar del traje de luces para irse a picar carbón a una mina de Bélgica, queda tal admirado del lío que le forma con el capote a toro de Molero que se dirige a Florentino Díaz Flores, el apoderado del Viti, quien completaba la terna y también había dirigido la carrera de Celis: “Pero cómo es posible que este hombre con ese arte no esté en figura del toreo”.

Su sino estaba escrito, porque a los pocos días de aquel faenón una vaquilla le fractura la columna vertebral y de nuevo llega un parón que frena sus ilusiones de ser figura. Como también se rompieron en otras ocasiones. La primera el año de la alternativa, recibida en 1957 en Valencia, de manos de Julio Aparicio y a final de temporada marcha a América tras firmar en las mejores ferias. Pero la mala suerte se ceba y en Lima sufre un voltereta que le lastima la clavícula viéndose obligado a España, dejando en el camino un montón de contratos y de dinero.

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Corre el tiempo y llegan más percances, viviendo el más grave en septiembre de 1961 y no precisamente por una cornada. Ese año, en la corrida especial programada en Valladolid el 18 de julio, Marcos de Celis corta un rabo y recibe de empresario, Isidro Ortuño ‘Jumillano’, la promesa de torear en la Feria. Sin embargo al presentarse los carteles el torero comprueba que su nombre ha quedado fuera y el mismo día que comienza el ciclo acude al viejo hotel ‘Conde Ansúrez’ de la capital castellana al encuentro del empresario para arremeter violentamente contra él con un bastón. Esa acción propicia que Marcos quedé fuera de Madrid, de Barcelona y de otras plazas importantes que tenían apalabrada su contratación.

Con idas y venidas. Con etapas oscuras que nunca acabaron de brillar, el genio palentino de Marcos de Celis vuelve a vestir su vestido de obispo y oro -el mismo que lleva la tarde que triunfa en Madrid negándose a salir en hombros– y Díaz Cañabate le firma una crónica memorable titulada ‘el vestido de oro viejo’). Así hasta que en la Feria de San Antolín de 1972 torea su última corrida.

Desde entonces queda la nostalgia de lo que pudo ser y no fue a cargo de éste maestro que toreó de rodillas con más arte que nadie o que en las tardes especiales entraba a matar sin muleta, mucho antes de popularizarlo Antonio José Galán.02 M de Celis 55_1 Castellon DSC02732 Del mismo que, en su arranque novilleril, formando pareja con El Turia revoluciona el toreo. Del que siempre surge el recuerdo en las tardes de toros de San Antolín al sonar los ecos de su pasodoble ‘De castilla, la gloria’.

De quien fue un genio y vivió con su estrella decadente en el hospital psiquiátrico de San Luis, en Palencia, hasta que esta misma mañana se ha apagado, aunque jamás el eco de la admiración entre quienes disfrutaron de su arte único.

MArcos de Celis

 

 

 

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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