Juli, ¿hasta cuándo?

No tiene nombre. A lo del Juli, a eso me refiero. No tiene nombre, pero tampoco a estas alturas ya a nadie extraña vista su actitud, la que ha mantenido en los últimos años, más pendiente de seguir llenando su voluminosa caja que de dignificar la Fiesta. Esa Fiesta que para levantarla no hay otra cosa más primordial que la emoción en el ruedo y él sigue erre que erre, o lo que es igual anunciándose con la condición de llevar sus toritos bajo el brazo.

Lo hace en todas las plazas. La última en San Sebastián donde debió hacer un esfuerzo cuando los Chopera los llamaron para contratarlo y esa sería la postura justa de quien tanto le gusta presumir de ser máxima figura para dar un impulso taurino a esa maravilla de ciudad. Pero él de nuevo volvió y lo hizo como ya solamente sabe, con las exigencias de sus toros y su interpretación ventajosa coronada por ese horrible volapié que es un atentado a la pureza de la suerte supremo.

Alguien de los acérrimos julistas -o juligan, que diría el maestro Joaquin Vidal– dirá que es hicieron siempre las figuras. Pues si, pero con más dignidad porque siempre tuvieron unos cuantos lugares para dar la cara y mostrar su condición de figuras, como ahora debería ser el caso de San Sebastián cuando se ha debido hacer tanto esfuerzo para que se recupera la libertad de poder ir a los toros en esa tierra. Y eso debió hacer en Illumbe para dar un definitivo espaldarazo a esa plaza.

Pero a El Juli de la última época eso debe darle igual, porque a él por sus hechos lo que más le interesa es el dinero. El ’parné’, que se dice en la jerga.

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