Valdemorillo, otra zancadilla al toreo

Valdemorillo acaba de tirar por la alcantarilla de los dislates el prestigio que gozó su Feria de San Blas y la Candelaria, la primera del año. La que dejó el recuerdo de tantas tardes imborrables y la que siempre tuvo en los modestos el trampolín para buscar un triunfo que le abriera las puertas de Las Ventas.

La han dejado agonizar, desprestigiada y con un futuro roto por hacer las cosas mal, por planteamientos nefastos y, de nuevo, la política jugando un sucio papel. La feria de Valdemorillo, en estas manos, no necesita enemigos, porque ellos solitos se la han cargado. Y lo triste, ahora que había programado una gran ciclo para recuperar su antañona categoría y han acabado jugando con la gente; con inmensos profesionales a quienes contrataron y a la hora de la verdad todo fue un engaño, como ha ocurrido con el maestro Juan Mora. O con toreros de la talla de Uceda Leal, de Miguel Abellán…. De atentar con ilusiones de novilleros, a quienes han ninguneado, caso de Alejandro Mora, que iba a debutar con picadores y otra serie de chavales que ya no torean. Mientras, en algún contenedor de papel estarán amontonados los primitivos carteles que tanta ilusión despertaron antes de ver la realidad con este mal sueño.

De todas formas, Valdemorillo ya venía cantando en los últimos años que algo no funcionaba. La moderna plaza de La Candelaria no acabó de captar la atención del aficionado, de ahí las escasas entradas que tenía en la mayoría de las veces que abría sus puertas –en ocasiones con atractivos carteles- en otra clara muestra de que en la Fiesta, muchas veces, la tradición va reñida con la modernidad.

A Valdemorillo, no lo olvidemos, la grandeza le llegó con la idiosincrasia de la portátil, la particular fusión de toros con las tardes de frío, con gorro, bufanda y la manta de tiras para abrigar las piernas, en esa lucha del aficionado contra el gélido clima de primeros de febrero en la sierra de Madrid. Aquella fue la primera identidad de ese pueblo; el otro las combinaciones de carteles con toreros modestos, junto a nombres de espadas que había perdido el tirón y buscaban su recuperación. De hecho miramos atrás y vemos gente de la categoría de Bernado, El Inclusero, Miguel Márquez, Juan José, Marismeño, Currillo, Sánchez Bejarano, Sánchez Puerto…, con otros más jóvenes y, sin estar arriba, luchaban por encontrar un sitio. Y al lado de las corridas novilladas, algunas de tanto tirón, como un año que hicieron doblete Finito de Córdoba y Jesulín con la plaza abarrotada y mucha gente en el callejón. Porque entonces Valdemorillo era un feria de reventón. Y ahí bajó su historia.

Ese ejemplo de Valdemorillo y la enorme decadencia que viene también es aplicable a Logroño. En la capital riojana, desde que cerró la vieja y torerísima plaza de La Manzanera para dar paso al actual tauródromo de La Ribera, se han perdido los enormes condicionantes que hicieron del San Mateo logroñés una feria de postín. La confusión del cambio trajo un nuevo modelo y, en el camino, quedó la exigencia del público riojano, junto a aquel toro serio y cuajado que identificó, hasta entonces, a esa plaza. Hoy Logroño es una clara feria desnortada, donde el coso de La Ribera en raras ocasiones supera la media entrada.

Y es que las plazas de toros deben tener su identidad, no globalizarlas. Por eso me dan tanto miedo las dichosas obras que se llevarán a cabo en Las Ventas para aprovechar el coso de la calle de Alcalá en otros espectáculos. Miedo, porque  va minando su función inicial para la que se construyó. De estos hablaremos otro día; ahora lo que se denuncia es el atropello cometido en Valdemorillo, que acaba de tirar por la alcantarilla de los dislates el prestigio que gozó su Feria de San Blas y la Candelaria con ese atentado contra importantes toreros, entre ellos el grandioso maestro Juan Mora, a quienes no han respetado. Y es que el respeto debe imperar sobre todas las cosas. Y si se pierde…

           

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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