El glorioso San Isidro de 1970 de S. M. ‘El Viti’

Hace medio siglo, la Feria de San Isidro de 1970, volvió a tener el nombre de Santiago Martín El Viti en el pedestal de los triunfadores. No era fácil mantener el sitio de honor conseguido y donde ya, además de los magníficos compañeros de la anterior década, habían llegado los Paquirri, Ángel Teruel, Dámaso González, Ruiz Miguel… todos con mucha hambre de ser figura y deseos de sentarse en la mesa del grande del toreo. Donde están sentados las grandes figuras y los toreros de mayor interés en ese momento.

 

En el recuerdo de la afición estaba reciente la feria de 1969 con el doble triunfo del maestro de Vitigudino al desorejar, el dieciséis de mayo, un toro de José Luis Osborne -esa misma tarde corta otra oreja más a uno de Baltasar Ibán- y al día siguiente, a uno de Paco Galache tras memorable faena, al que también desoreja, en la corrida que confirma Juan José. Sin embargo en el toreo nadie vive de las rentas y, en 1970, había que salir de nuevo a darlo todo ante ese público agradecido cuando un torero se entregaba y duro con quien no está a la altura esperada. Y El Viti, en su noveno año de alternativa y consagrado, sabe mejor que nadie lo que es Madrid, plaza que tantas horas de sueño ha quitado a quienes se ven anunciados en sus carteles.

Madrid es Madrid, el puerto más duro de la temporada y que significa lo máximo en la carrera de un torero. Más aún de una figura para mantener su sitio. Aquel 1970 arranca con triunfo de El Viti en Castellón, en Fallas (tres orejas), en Zaragoza y Arlés (cuatro orejas), quedando excluido de la Feria de Sevilla, de una plaza que ya sabe quién es el maestro de Vitigudino y donde los aficionados aún tocan las palmas al recordar la inmensa faena al toro de Samuel cuatro años atrás. Y Madrid no volvió a fallar, dejando para el recuerdo una extraordinaria faena un toro de Juan Mari Pérez Tabernero, al que cortó dos orejas –también logró otra en su segundo) en la tarde del veinte de mayo. El mismo premio logrado dos días más tarde, ahora frente a uno de Baltasar Ibán. Esos dos corrida las acabó en volandas por la puerta de Madrid. Por la puerta de la gloria que él traspasó 14 veces y, precisamente, aquel veintidós de mayo, sería la última vez que lo haría; porque al año siguiente, en 1971, también cortaría dos orejas a un toro, ahora de Atanasio Fernández y se negaría salir en hombros al finalizar la corrida.

Aquel San Isidro de 1970 deja escrito en grandes titulares el nombre de Manuel Benítez El Cordobés, quien en dos tardes corta ocho orejas a los cuatro toros que lidia, para acallar las voces críticas contra él. Y esa misma feria, a José Fuentes, el gran torero de Linares después de gritarle insistentemente ¡pico, pico…! se dirigió a la barrera y le dijo a Joaquinillo, su mozo de espadas que antes fue peón de lujo, entre otros, con Pepe Luis Vázquez y Pepín Martín, que le dejase unas tijeras para recortar la muleta. La recortó y anómala situación tampoco silenció a quienes lo censuraban. Pocos días más tarde, en ese postre isidril que es la tradicional corrida de le Beneficencia, otra leyenda de los sesenta escribe la página más gloriosa de su biografía. Se trata de Paco Camino, quien firma una tarde pletórica en su encierro solitario que supune el cénit del camero.

El 14 de mayo de 1970 confirma la alternativa a Dámaso González en presencia de Miguel Márquez.

 

 

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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