Volver a Hinojosa de Duero

Al columnista le gusta recordar el momento que llegó por primera vez a Hinojosa de Duero, de ello hace ya muchos años. Entonces la monumental línea férrea del Duero, que atraviesa su término, llegaba ya un lustro cerrada y decidimos, junto a otro par de amigos, que también están pirados por el mundo carrilano, hacer la maravillosa locura de recorrer la totalidad del trayecto en cuatro maratonianas jornadas. De entonces quedaron cientos de fotografías sacadas del montón de carretes que utilizamos, cuando todavía estaba a años luz la llegada de la foto digital.

Aquel día de 1989 llegamos, a pincel por el viejo camino de hierro, al pueblo de Hinojosa al caer una luminosa tarde de primavera, cansados y sudorosos, para consumir la tercera etapa del recorrido. En esa época era habitual, acompañado por toda la fuerza de la juventud, tras montar la tienda de campaña al lado de la estación del tren, recorrer todos los bares, que es la mejor forma de conocer un pueblo, alternar con sus gentes y brindar con los lugareños para que algún día volviera a circular el tren por los raíles oxidados del ferrocarril del Duero. Desde aquel día, por medio quedan dos décadas, un montón de proyectos e ilusiones y lo que es peor, la casi ruina definitiva de un trazado férreo que es una joya y, al que los políticos, tan faltos de sensibilidad, están dejando morir definitivamente. Una línea que debe volver a marcar el pulso de esa comarca y de la que queda un hermoso dicho que repiten las gentes de los pueblos de su trayecto. Cada cual barriendo para casa. Por eso, en Hinojosa lo reflejan así:

 En Boada, me dan una cornada.

De Villares, ni los andares.

En Olmedo, no me quedó.

En Bogajo, no me bajo.

En Villavieja, me quitan la pelleja.

De Lumbrales, ni los aires.

¿Hinojosa? eso es otra cosa.

 Aquel fue el primer encuentro con una villa ribereña que ya entró para siempre en el corazón y a la que, a cada regreso, se le da categoría de acontecimiento. Como sucedió el pasado sábado cuando, a la llamada de una marcha senderista, regresamos a ese pueblo, alegre y con rumbo, que ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos sin perder su hegemonía, ni la identidad que lo hizo grande. Pero sobre todo ha sabido guardar las reliquias de su pasado para convertirse en un museo, como reza en los ganchos publicitarios que utiliza para atraer al turismo. Hinojosa días pasados celebraba una marcha senderista, tan de moda en la comarca de Arribes y lo hizo por la puerta grande. Con las cosas bien hechas, una organización que merece un sobresaliente y después de buscar una ruta tan atractiva que dan ganas de regresar todos los días para volver a deleitarla con toda su belleza. Sobre todo al descubrir un lugar idílico y para soñar, como es el mirador Peña La Vela, ubicado donde en tiempos pasados había varias majadas para guardar las cabras que pastaban por esas trochas ribereñas.

Eran majadas de piedra, con las cabriteras (para guardar a los cabritos), junto a las chozas de los pastores todas rematadas con la construcción de piedra y pizarra típica de los pueblos ribereños y dotadas de suficiente altura para que el lobo no pudiera entrar. Y también en las que se resguardaban los contrabandistas cuando venían de Portugal cargados de café, tabaco, aceite… y tenían que escurrir la vigilancia de la Guardia Civil, siempre pendientes de echarles el alto. Por eso, la zona se conoce también como la ruta de los contrabandistas, desde esos tesos que dominan la maravilla del río Duero, en la inexpugnable frontera natural que separa los dos países ibéricos.

Fue una mañana hermosa para gozar del privilegio de todos esos rincones de Hinojosa, con la mirada perdida en los montes de Freixo, al otro lado del padre Duero, con sus quintas magníficamente cultivadas de olivo, vid y naranjos, en las que disfrutó un debutante ganado para esas jornadas de campo y ocio llamado Agustín Cruz.

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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