¡30 años de aquel rabo del Capea!

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Se retiró El Niño de la Capea y durante la feria de septiembre de 1988, todo el mundo taurino miraba a Salamanca. Aquel catorce de septiembre quien era algo en la Tauromaquia acudió al coso charro para disfrutar de una de las jornadas más gloriosas de su historia torera. Se marchaba El Niño de la Capea con el sello de primera figura, el respeto de sus compañeros y la admiración del público en el escenario de una temporada redonda tras brillar en Sevilla, en la gesta madrileña de los ‘victorinos’, en Málaga se lleva de calle la feria, al igual que en Bilbao, mientras que en otras muchas plazas deja su sello, sin olvidar Linares, donde corta un rabo en un trasteo considerado de los mejores que se han realizado en la plaza de Santa Margarita.

Se marchaba como siempre han soñado en irse los toreros, en lo más alto, cuando se espera la llamada de las empresas para exigir honorarios. De la misma manera que unos años antes lo había hecho Diego Puerta. Cuando era rico y con una fortuna amasada. Con todo a su favor y en una edad pletórica, pero había llegado el momento de decir adiós. Para la gran ocasión elige Salamanca. Esa Salamanca suya en la que tanto costaba entrar y la que varias veces lo despidió con broncas cuando llegaba a la feria con el éxito y el reconocimiento de su carrera. La Salamanca exigente donde sufrió dos gravísimas cornadas cuando se arrimaba para demostrar que a él nadie le había regalado nada. Y era figura por méritos propios.

Aquella tarde de septiembre de 1988, soleada y ventosa -días antes toreó por última vez con Robles y recibió un emotivo brindis del malogrado torero, con capeistas y roblistas fundiendo por primera vez el corazón y sentimientos-, dijo adiós en medio de una corrida memorable, con la reventa por las nubes y con miles de aficionados llegados de Madrid, Bilbao, Málaga, Lisboa, Barcelona o incluso México y Venezuela abarrotando La Glorieta. De gente que admiró a Pedro ‘El Capea’ y venía a tributarle su admiración en el momento de la retirada. Viejos maestros como Marcial Lalanda, Luis Miguel, Manolo Escudero, Paco Camino, Julio Aparicio, Fermín Murillo, Andrés Vázquez… no se perdieron el acontecimiento de la época. Ni los mejores aficionados. Ni tan siquiera los jugadores del Real Madrid, el equipo que siempre siguió y donde contaba con tan buenos amigos que estuvieron presentes en su despedida, como Camacho, Gallego, Michel…, con quienes antes de la corrida posó en el hotel Regio, donde instaló su cuartel general esa tarde y recibió a tanta gente que hasta la carretera nacional de Madrid, que entonces pasaba por allí, sufre un atasco.

Esa tarde torea con El Litri y José Luis Ramos, que toma la alternativa frente a una corrida de santacolomeña de Joaquín Buendía. Tarde de emociones, de brindis y de lágrimas presentes en las mejillas de muchos aficionados. Pero también del magnífico toreo  realizado por El Niño de la Capea a ‘Borrascoso’ tras llevarlo a los terrenos de sol, al estar más resguardado del viento, para cortarle un rabo, dar tres vueltas al ruedo -la segunda y tercera con su fiel El Brujo, que también se corta la coleta- y salir por la puerta grande entre gritos de: “No te vayas” en una de las tardes más memorables de la historia taurina charra. La que dentro de unos días, el catorce de septiembre, alcanzará el treinta aniversario. ¡Y parece que fue ayer!

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Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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